SoulMatch Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Es una respuesta sincera. —Suspiré—. Llevo toda la vida buscando la trampa en las cosas. En las personas, en las empresas, en los discursos. Y contigo busco la trampa todos los días. Y no la encuentro. Y eso me da un miedo que no sé explicar.

—A mí también.

—¿Lo has sentido?

—Todo el tiempo. —Se mordió el labio—. Es como esperar un golpe que no llega.

Nos quedamos mirándonos. En el exterior, un trueno hizo temblar los cristales. Las velas ondularon. Su rostro estaba muy cerca. Veía cada pestaña, cada mota dorada en el castaño oscuro de sus ojos.

—No ha sido el vino —dije.

—No.

—Ni la lluvia.

—Tampoco.

—Ni el estrés.

—Ni el estrés. —Su voz fue un susurro—. Ni la adrenalina. Ni la bañera. Ni nada.

—¿Entonces?

—Entonces somos dos idiotas.

—Dos idiotas muy asustados.

—Dos idiotas muy asustados con una cama de matrimonio.

Sonreí. Ella sonrió. Y luego dejamos de sonreír, y la distancia entre nuestras bocas se redujo a nada.

La besé despacio. No hubo urgencia, ni rabia, ni chiste. Solo un beso largo, hondo, con el sabor de las patatas fritas y la sal de sus labios, y sus manos en mi cara, y las mías enredadas en su pelo. Nos besamos como si tuviéramos una noche entera. Y la teníamos.

Le quité la camiseta. Ella me quitó la sudadera.

Nos levantamos sin separar las bocas, y nos dejamos caer sobre la cama, entre la colcha de patchwork y las sombras amarillas.

Me tumbó de espaldas. Se colocó a horcajadas sobre mí, con el sujetador blanco de algodón y el pelo cayéndole a los lados de la cara, y me miró con una seriedad enorme.

—Esta vez quiero verte —dijo.

—Me estás viendo.

—Quiero verte entero.

Me desnudó despacio, con una concentración casi reverente.

Me desabrochó los vaqueros, me los bajó por las piernas, me quitó los calzoncillos, y me contempló a la luz de las velas con una expresión que me hizo sentir expuesto de una manera nueva, más profunda que la desnudez.

Después se quitó el sujetador. Las bragas.

Se quedó de rodillas sobre mí, desnuda, con la luz moviéndose sobre su piel, y yo pensé que podría morirme en ese instante sin quejarme.

—Eres preciosa —dije.

—Calla.

—Lo eres.

—Calla, Liam. Que me emociono.

Se inclinó y me besó el pecho, el esternón, el vientre.

Bajó con la boca hasta mis caderas y me acarició con las manos, despacio, sin prisa, trazando con las yemas de los dedos las líneas de mis costillas.

Yo respiraba cada vez más hondo. Cuando por fin me tomó en la boca, con una ternura lenta, húmeda, me aferré a las sábanas, y un gemido quedo me salió desde el fondo del pecho.

Sus labios me recorrieron, cálidos, y su lengua dibujaba círculos suaves que me desarmaban.

Me miraba mientras lo hacía. Con aquellos ojos oscuros, brillantes, fijos en los míos.

—Maya —murmuré—. Ven aquí.

Subió por mi cuerpo, besándome el cuello, la mandíbula, la boca.

Nos giramos sobre el colchón. La tumbé de espaldas, entre las almohadas, y recorrí su cuerpo con los labios a mi vez, despacio, sin saltarme un centímetro.

Le besé el cuello. Los pechos. Las costillas.

El ombligo. Me detuve entre sus muslos y la miré desde abajo.

—¿Puedo?

—Pregunta tonta.

La lamí con una lentitud deliberada, con la lengua plana y cálida, escuchando cómo se le entrecortaba el aliento.

Sus dedos se enredaron en mi pelo. Sus caderas se alzaron al encuentro de mi boca.

Descubrí un ritmo que la hacía temblar, y lo mantuve, constante, paciente, sin dejar de mirarla, hasta que arqueó la espalda y su voz se quebró en un gemido largo, desnudo, sin una pizca de timidez.

Se corrió así, con los muslos temblando, mi nombre en los labios, y yo me quedé donde estaba, saboreando cada espasmo, hasta que me tiró suavemente del pelo para que subiera.

Nos besamos con el sabor de ella entre los dos. Me rodeó la cintura con las piernas.

—Dentro —susurró—. Ahora.

—No tengo... Se me han acabado.

—Yo sigo tomando la píldora. Y te he dicho la verdad. Confío en ti.

—Yo también confío en ti.

Entré despacio, con los ojos abiertos, sin apartar la mirada.

Ella jadeó. Se aferró a mis hombros. Nos quedamos quietos unos segundos, con las frentes unidas, respirando juntos.

Después me moví. Un ritmo lento, hondo, constante, que parecía seguir el de la lluvia.

Cada embestida arrancaba de ella un suspiro, un temblor.

Me susurraba cosas al oído que no entendía y que no hacía falta entender.

La sentía envolviéndome entera, caliente, estrecha, perfecta.

Cogí su mano y la sujeté contra la almohada, con los dedos entrelazados.

—Mírame —dije.

—Te miro.

—No cierres los ojos.

—No los cierro. —Se le quebró la voz—. Liam. Liam, no pares.

—No paro.

—No pares nunca.

Aceleré un poco. Ella levantó las caderas para encontrarme.

La habitación entera parecía latir con nosotros, con las llamas de las velas, con los truenos, con el viento en los robles.

Me hundí en ella una vez más, con todo el peso de mi cuerpo, y sentí cómo se tensaba, cómo se aferraba a mí con las uñas, cómo su respiración se rompía en jadeos cortos.

Dijo mi nombre. Lo dijo una vez, dos, tres, sin aire, y la sentí estremecerse en torno a mí en una oleada larga, profunda, que me arrastró detrás.

Me corrí con la cara en su cuello, ahogando un gemido, abrazándola con fuerza, y noté cómo sus brazos me rodeaban la espalda y me sostenían.

Nos quedamos así mucho rato. Sin hablar. Con la lluvia sobre el tejado y las velas ardiendo a medias. Su mano me acariciaba la nuca, despacio. La mía le recorría el costado, la cadera, el muslo. Estábamos sudados, pegajosos, agotados, y yo no recordaba haberme sentido nunca tan en casa.

—Liam —susurró, cuando por fin se hizo una pausa.

—Dime.

—Hemos usado la palabra «confío».

—Lo sé.

—No la habíamos usado nunca.

—Lo sé.

—Qué susto.

—Qué susto —repetí, y le besé la sien.

Se acurrucó contra mi costado. Yo la rodeé con el brazo.

Fuera, la tormenta se iba alejando poco a poco, con truenos cada vez más espaciados.

Una vela se apagó. Después otra. La chimenea de gas seguía ardiendo, azul, tranquila, y la luz de las últimas llamas temblaba sobre el techo de pino.

Tenía su respiración contra el pecho, lenta y regular.

Pensé en un número. En un 87,3. Y por primera vez, en lugar de buscarle la trampa, me quedé mirándolo en silencio, como se mira una puerta que alguien ha dejado entreabierta.