Capítulo 11
Liam
Hollis había instalado un soporte para el móvil en el salpicadero del coche de Maya, junto al cactus de plástico, y nos había dado instrucciones muy precisas sobre cómo debíamos usarlo.
—Es un nombre horrible —dijo Maya.
—Es un nombre pegadizo.
—Es horrible y pegadizo.
—Así funcionan los buenos nombres. —Golpeó el techo del coche con la palma—. Id con cuidado. Y recordad la primera norma de la carretera: nunca dejéis que el otro conduzca con hambre.
Salimos de San Francisco con el sol subiendo por detrás del puente.
Yo iba de copiloto, con el mapa desplegado sobre las rodillas, porque Maya se había negado a usar el navegador del móvil, alegando que «hay que respetar la tradición».
Ella conducía con las gafas de sol puestas, una camiseta blanca de manga corta y el pelo recogido en una trenza floja que le caía sobre el hombro.
Había dormido poco. Se le notaba en la forma de agarrar el volante, con los nudillos tensos, y en el silencio terco con que atravesó el puente y las dos primeras horas de autopista.
Esperé. Soy bueno esperando. Es lo único que me enseñó mi madre sin proponérselo.
Cerca de Williams, junto a un cartel descolorido que anunciaba un mercado de cerezas, aparcó en el arcén. Apagó el motor. Se quitó las gafas. Me miró.
—Vale. Te lo cuento.
—Te escucho.
Me lo contó todo. El parque, el pendrive azul, la hija de Ravi que aún no había nacido, la carpeta que se llamaba «recibos», el correo de Imogen, la consultora de Delaware, la captura donde Desmond prometía hacer cargar a Colette con el muerto.
Hablaba muy rápido, sin respirar, sacando las palabras igual que se vacía un cajón.
Cuando llegó a la cooperativa de panaderías de Portland, se detuvo.
—Se llama «Harina y Marea». Está en el barrio de Alberta. Imogen dijo que abriría la puerta solo si alguien iba de verdad.
—Y por eso Portland.
—Por eso Portland. La entrevista de televisión es una tapadera. Billie ya lo sabía. Cuando le dije que tenía algo que averiguar, ella supo exactamente qué era. —Hizo una mueca—. Esa mujer es una bruja.
—Es una editora.
—Es lo mismo.
Me quedé un momento sin decir nada. Fuera, el viento movía los chopos al borde del campo, y un tractor lejano levantaba una nube de polvo.
Pensé en todo lo que ella había hecho sola en dos días.
En lo que me había callado. En cómo me dolía y, al mismo tiempo, comprendía perfectamente que lo hubiera hecho.
—Ravi tiene razón —dije.
—¿En qué?
—En que no lo hagas sola. Me lo ha dicho también, ¿verdad?
—Cómo lo sabes.
—Porque conozco a los Ravi del mundo. Son los que te dicen la verdad cuando se la pides con cuidado. —Alargué la mano. Le tomé la suya, la que descansaba sobre el cambio de marchas—. Gracias por contármelo.
—No me des las gracias. Tenía que hacerlo.
—Pues gracias igualmente.
Se quedó mirando nuestras manos unidas. No retiró la suya. Yo tampoco.
—Liam.
—Dime.
—El número no cambia nada de esto.
—Ya lo sé.
—Seguimos haciendo lo mismo. Vamos a Portland, hablamos con Imogen, sacamos el reportaje. Lo otro...
—Lo otro es otra cosa.
—Eso.
—De acuerdo.
—De acuerdo.
Arrancó el coche. Y siguió conduciendo con mi mano todavía bajo la suya, sobre la palanca, durante cuarenta kilómetros.
El primer directo fue en una gasolinera de Redding, con una máquina de café que escupía líquido marrón en vasos de cartón y un empleado con un uniforme de poliéster que nos miró con indiferencia absoluta.
Hollis nos había mandado un mensaje con tres temas obligatorios.
Yo tenía que preguntar a Maya cuál era su canción favorita.
Ella, cuántas veces se había equivocado de camino.
Yo, además, tenía que confesar mi peor defecto.
Colocamos el móvil sobre el capó. Maya pulsó el botón de transmisión con un suspiro.
—Hola, mundo —dijo—. Estamos en una gasolinera de Redding y vamos a pelearnos por tonterías.
—Hola —dije yo, con un saludo torpe—. Soy el del uno coma cuatro. Ella es la del uno coma cuatro. Nos hemos dado cuenta de que a veces nos olvidamos de qué estábamos hablando.
—Primera pregunta de Hollis —leyó Maya en su móvil—. Liam. ¿Cuál es tu peor defecto?
—Soy muy puntual.
—No es un defecto.
—Lo es cuando la otra persona no lo es.
—Tú te sientas a esperar con veinte minutos de antelación y luego te quejas.
—Eso no es un defecto, es una estrategia.
—Es un defecto con corbata.
—Maya.
—¿Qué?
—Estás sonriendo.
—No es verdad.
—Lo veo desde aquí.
Se tapó la boca con la mano. La cámara del móvil, en el capó, grababa nuestra pelea con una ternura involuntaria, y el contador de espectadores subía a mil, dos mil, cuatro mil.
Los comentarios corrían por la pantalla como una cinta de noticias.
«ESTO ES LO MEJOR DEL DÍA.» «Se están enamorando en directo, ¿lo veis o no?
» «Liam, mírala.» «Maya, mírale.» «Os odio con todo mi corazón. »
El empleado de la gasolinera salió con un vaso de café en cada mano y los dejó sobre el capó, junto al móvil.
—Invita la casa —dijo, sin cambiar de expresión—. Mi mujer os ha visto. Dice que sois la mejor pareja de la tele.
—Gracias —dijimos los dos, a la vez, y volvimos a reírnos.
Hubo cuatro directos más. Uno en un mirador sobre el lago Shasta, con el volcán nevado al fondo, donde Maya intentó hacer una pose de modelo y casi se cae por el terraplén.
Otro en un restaurante de carretera, donde una señora mayor se nos acercó con un cuaderno y nos pidió un autógrafo «para mi nieta, que se ha casado con un hombre que le puntuaba un veinticinco».
Otro en una gasolinera donde nos quedamos sin batería.
Y el último, a media tarde, en un área de servicio de las montañas de Siskiyou, entre pinos, con las dos manos metidas en los bolsillos de la sudadera y el viento helado soplando contra el objetivo.
—Esta noche dormimos en Ashland —dije a cámara—. Es un sitio muy bonito. Hay un teatro y un festival de Shakespeare. Mañana, Portland.
—Y mañana descubrimos qué es lo que de verdad nos espera —añadió Maya, con un guiño que solo yo entendí.
Cortó la transmisión. Se apoyó contra la puerta del coche y cerró los ojos un segundo.
—Estoy agotada.
—Yo también.
—No sabía que fingir ser feliz cansara tanto.
—No estás fingiendo.
Abrió los ojos. Me miró. Yo me arrepentí de lo que había dicho, y a la vez no, y esa contradicción me dejó helado.
—Qué cosas dices —murmuró.
—Es verdad.
—Cállate y arranca.
Arranqué.
Hollis había reservado una habitación en un motel de las afueras de Ashland, al pie de unas colinas cubiertas de robles.
Un edificio bajo, de madera, con un rótulo de neón rosa que parpadeaba y un aparcamiento de gravilla.
Detrás del mostrador de la recepción, un hombre mayor, con un gorro de lana y unas gafas de cristales gruesos, nos miró con una sonrisa enorme.
—Habitación doce —dijo—. La nupcial.
—No es una habitación nupcial —dije.
—Es la única que quedaba, hijo. Hay un festival.
—Pero es que...
—Tiene una cama de matrimonio y un sofá. El sofá se pliega.
—Perfecto —dijo Maya, con la voz un poco aguda—. Gracias.
El hombre nos entregó una llave de verdad, de metal, con un llavero de plástico en forma de oso. Cuando nos íbamos, nos llamó.
—Les he visto en la tele.
—Ya lo suponía —dije.
—Mi mujer y yo nos conocimos con un treinta por ciento.
Hace cuarenta y un años. Nos dijeron que no íbamos a durar.
—Se encogió de hombros—. Ahora está en el hospital con una cadera rota y me ha dicho esta mañana que me traiga un pastel de manzana.
Les va a gustar la habitación. Tiene una chimenea de gas.
No supe qué contestar. Maya le dio las gracias con un hilo de voz.
La habitación doce tenía paredes de madera de pino, una cama enorme con una colcha de patchwork, un sillón de cuadros, un sofá que parecía haber sobrevivido a una guerra y una chimenea de gas con una pantalla de cristal.
Una ventana daba a un bosque oscuro. Dejé las bolsas en el suelo.
Maya encendió la chimenea con un clic, y una llama azul, mansa, se puso a danzar tras el cristal.
Cenamos bocadillos y patatas fritas sentados en la alfombra, con la espalda contra la cama, mientras en el exterior se desataba una tormenta.
Primero un trueno lejano. Después el viento, sacudiendo los robles.
Después la lluvia, de golpe, como si alguien hubiera volcado un cubo.
Comimos sin hablar mucho, riéndonos de cosas pequeñas: una patata con forma de Florida, una mancha de mostaza en mi camisa, los comentarios del directo que Maya leía en voz alta con acento dramático.
La luz se fue a las diez y diez.
Primero parpadeó. Después se apagó con un chasquido seco, y la habitación se quedó a oscuras, salvo por el resplandor azul de la chimenea de gas. Se oyó un grito al otro lado de la pared, una carcajada, una puerta que se cerraba. Maya soltó el vaso de agua.
—Genial —dijo.
—Hay velas en el cajón. Las vi antes.
—¿Quién ve las velas de un cajón?
—Un reportero de investigación.
Las encontré a tientas. Eran seis, gruesas, de cera blanca, de las que se compran para los cortes de luz.
Las coloqué sobre la repisa de la chimenea, sobre la mesilla, sobre el alféizar.
Las encendí una a una con el mechero que llevaba en el bolsillo.
La habitación se llenó de una luz dorada y temblorosa, de sombras largas, de un silencio que solo rompía la lluvia.
Maya estaba sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho, mirando las llamas con una expresión que no le había visto. Se había soltado la trenza. Le caía el pelo sobre los hombros, oscuro, ondulado, y la luz le dibujaba los pómulos y las pestañas.
—Liam.
—Dime.
—Tengo que preguntarte una cosa. Y quiero que me contestes sin escribirlo en tu cabeza.
—Está bien.
—¿Qué es esto?
No me preguntó a qué se refería. No hacía falta. Me senté a su lado, en el suelo, con la espalda contra el borde de la cama, y esperé a encontrar las palabras.
—No lo sé —dije al fin.
—Eso es una respuesta de periodista.