Capítulo 10 #2
—No quiero.
—Levántate. Vamos a hacer ramos.
—Estoy ocupada.
—Estás mirando una pantalla en la que no hay nada. Se te ve desde el pasillo.
Me levantó de la cama tirándome del brazo.
Me arrastró hasta el salón, me sentó en la alfombra, entre cubos de agua y manojos de flores sin ordenar, y me puso en las manos un puñado de ranúnculos naranjas y unas tijeras.
Se sentó frente a mí con las piernas cruzadas y empezó a recortar tallos, con la lengua entre los dientes.
—Se cortan en diagonal —dijo—. Para que absorban más agua. Hazlo así.
Corté. Los tallos caían sobre el suelo con un chasquido limpio. Tenía algo de terapéutico, aquel gesto repetido. Mi hermana trabajaba en silencio, con una concentración tranquila, y yo la miraba de reojo, y poco a poco noté que se me aflojaba un nudo en los hombros.
—Te escucho —dijo, cuando llevábamos diez minutos.
—No tengo nada que contar.
—Maya.
—Es una tontería.
—Entonces cuéntame la tontería.
Corté tres tallos más. Los dejé sobre la alfombra. Respiré.
—Si te dijera que existe un número, y que ese número dice que dos personas son compatibles, y que esas dos personas somos Liam y yo. ¿Qué pensarías?
—Que es un número estupendo.
—Hablo en serio.
—Yo también. —Dejó las tijeras—. ¿Qué número?
—Ochenta y siete coma tres.
Noor se quedó mirándome con la boca abierta. Después, despacio, se llevó una mano a los labios y soltó una risita ahogada. Acabó siendo una carcajada, de las que le sacudían los hombros, que se le quedó pegada a la garganta, hasta que le saltaron lágrimas.
—No te rías —dije.
—Perdona. Perdona. —Se secó los ojos con el dorso de la mano—. Es que no me lo puedo creer. ¿Un ochenta y siete? ¿Ese es el problema?
—Es el modelo limpio. Sin la capa de ajuste. El de verdad.
—¿Y el problema es que sale bien?
—El problema es que no debería salir.
—¿Por qué no?
—Porque yo odio a ese hombre.
—Qué va.
—Y él me odia a mí.
—Eso tampoco.
—Y estamos metidos en un plan que depende de que no nos guste el otro. Y si el modelo tiene razón, entonces... —Me detuve.
—Entonces todo lo que sientes es real.
Noté que se me empañaban los ojos. Agaché la cabeza para que no lo viera.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—No. —Apreté un tallo tan fuerte que se quebró—.
No lo sé. Porque durante años he pensado que se me da fatal esto.
Que me enamoro de personas que no existen, que me encandilo con la mentira bonita.
Lo hice con el chico de los idiomas, lo hice con esa empresa.
Yo, que me dedicaba a medir el amor con un algoritmo, y creía a pies juntillas en el resultado.
Y ahora aparece un hombre, un hombre que se ríe de mí, que me desprecia en una columna, que solo está aquí porque necesita una historia, y de repente el modelo me dice que es el adecuado.
¿Tú sabes lo que se siente al recibir esa confirmación de una máquina en la que ya no confías?
—No.
—Es como que te den la razón unos mentirosos.
Noor me puso una mano sobre la rodilla.
—Maya. Escúchame. Tú no te has equivocado con él. Te has equivocado con la máquina. Con SoulMatch. Con un hombre que vendía destino y te lo creíste. Pero a Liam lo has visto con tus propios ojos. Te ha visto con tus propios ojos. Tú no necesitas un número. Tú lo que tienes es miedo.
—Es lo mismo.
—No lo es. El miedo es lo que se siente cuando algo importa.
—Cogió las tijeras de nuevo—. Mira, yo vendo flores.
Llevo años viendo gente que entra en la tienda con una cara.
La cara de «necesito disculparme». La cara de «he llegado tarde a todo».
Y siempre, siempre, los que compran el ramo más grande son los que más miedo tienen.
Tu miedo no es una razón para huir. Es la prueba de que te importa.
No supe qué responder. Me limpié la nariz con la manga. Me reí un poco, a regañadientes, con el pecho todavía encogido.
—Eres insoportable.
—Soy tu hermana. Es peor.
Seguimos recortando tallos en silencio. Cuando acabamos, teníamos un ramo enorme de ranúnculos naranjas, atado con una cinta de raso verde, y mi hermana lo puso en mis manos con una sonrisa traviesa.
—Para él. Para decirle que lo sientes.
—No voy a darle flores.
—Pues para ti. Para que te recuerdes que existen cosas bonitas.
Lo puse en un jarrón, junto a la suculenta del alféizar. Quedaban muy bien, naranjas contra el cristal. Y yo me quedé mirándolos hasta que anocheció.
Billie llamó a las nueve.
—Maya, cielo, ¿estás sentada?
—Lo estoy.
—Hay noticias. Una buena y una mala. ¿Cuál quieres primero?
—La mala.
—Las descargas de SoulMatch han subido un dieciséis por ciento desde la entrevista. Es una barbaridad. El mercado está encantado. La salida a bolsa se ha adelantado una semana.
Me incorporé de golpe.
—¿Cuánto tiempo nos queda?
—Cuatro semanas. Menos de cuatro. Y la buena...
—¿Hay buena?
—Hay una conversación con Liam que tenéis pendiente desde hace dos días y que, por lo que me dice mi instinto, os conviene tener antes de que acabe la semana.
Necesito que vayáis juntos a una cosa. Una gira.
Una cadena de televisión de Portland quiere entrevistaros en directo.
Y de paso, hacéis un par de paradas de promoción por el camino. Hollis lo ha organizado todo.
—¿Portland?
—Portland, Oregón. Diez horas en coche. Os dará tiempo a hablar de lo que sea que tengáis que hablar. —Hizo una pausa—. Y a lo que sea que tengáis que averiguar.
Me quedé inmóvil. Sentí que el papel arrugado de Ravi me quemaba en el bolsillo.
—Billie.
—¿Qué?
—¿Cómo sabes que tengo algo que averiguar?
—No lo sé, cielo. Lo intuyo. Soy vieja y me aburro. —Soltó una carcajada ronca—. Mañana a las ocho en la casa de Liam. Y llevad ropa para cuatro días.
Colgó. Me quedé mirando el teléfono. Después marqué un número que ya sabía de memoria y que nunca había guardado en la agenda.
Descolgó al primer tono.
—Maya.
Su voz, grave, un poco ronca, me recorrió la espalda de arriba abajo. Cerré los ojos.
—Liam. Perdóname. Lo que dije en el coche. Fue injusto.
—No hace falta.
—Sí hace. Dije que tú tenías un reportaje, un nombre, un contrato. Y es verdad, pero no es justo. Tú también te estás jugando la carrera. Y has estado conmigo en cada paso. No debí hablarte así.
Hubo un silencio al otro lado. Oí un ruido de fondo, un maullido, el crujido del sofá.
—Yo también debí pedirte perdón —dijo, al fin—. Por la manera en que reaccioné con lo del número. Por hablarte como si fueras una ingeniera con un problema, y no una persona.
—Era lo que era.
—No lo era. Eras alguien que se había asustado. Y yo, en vez de decirte que yo también tenía miedo, me puse a dar una conferencia sobre estadística.
Sonreí. No pude evitarlo. Me acurruqué en el sofá con las rodillas contra el pecho.
—Ya te he perdonado.
—Eso es bueno. Porque me he pasado dos días sin saber si hablarte o no.
—Seis mensajes, para ser exactos.
—Los has contado.
—Los he leído doce veces cada uno.
—Mierda —dijo, con una risa temblorosa—. No debí escribir lo del gato.
—Fue lo mejor.
Estuvimos un rato callados, escuchándonos respirar. Podía imaginarlo en su salón, descalzo, con el pelo revuelto, una mano en la nuca. Pomelo roncando sobre su regazo.
—Tengo que contarte una cosa —dije—. Es importante. Ha pasado esta mañana.
—Cuéntamela.
—Ahora no. En el coche. Cuando salgamos hacia Portland.
—¿Es buena?
—Es muy buena. Y da mucho miedo.
—Las mejores cosas dan mucho miedo —dijo, muy bajito.
El corazón me dio un vuelco.
—Hasta mañana, Liam.
—Hasta mañana, Maya.
Colgué. Dejé caer el móvil en el sofá. Me quedé mirando los ranúnculos en el alféizar, naranjas contra la noche. Y por primera vez en dos días, respiré hondo y no me dolió.