Capítulo 10
Maya
Ravi estaba sentado en el último banco del parque Dolores, con una gorra de béisbol calada hasta las cejas, una chaqueta de nylon demasiado grande y un vaso de café entre las manos que no se llevaba a la boca.
Parecía un espía de comedia. Me costó no reírme.
Después me fijé en cómo le temblaba el pie derecho, en cómo miraba por encima del hombro cada vez que pasaba un corredor, en el tono ceniciento de su cara, y se me quitaron las ganas.
Me senté a su lado sin saludarlo. Tal y como habíamos quedado. Delante de nosotros, un hombre con tres perros de razas incompatibles intentaba que ninguno se comiera a otro. Más allá, la ciudad, envuelta en una neblina baja, se extendía hasta la bahía como una maqueta olvidada.
—No me has seguido nadie —dije, en voz baja.
—No lo creo. He dado dos vueltas a la manzana.
—Eres pésimo en esto.
—Ya lo sé. —Se le escapó una risa nerviosa—. Tengo un trabajo de oficina, Maya. Mi vida de riesgo se limita a olvidarme del paraguas.
—¿Lo has traído?
Sacó del bolsillo interior un pendrive de plástico azul, del tamaño de un caramelo, y lo apretó en el puño. Lo mantuvo allí un segundo largo, sin entregármelo, mirándolo como si fuera a morderle.
—Antes quiero que me prometas una cosa.
—Dime.
—Que si esto sale mal, no me nombrarás. Que dirás que lo encontraste tú. Que lo extrajiste antes de que te despidieran.
—Ravi...
—Tengo una hija en camino. Se llama Anika. Todavía no ha nacido y ya tengo una hipoteca a su nombre. —Tragó saliva—. No me da vergüenza reconocerlo. Soy un cobarde con un motivo.
—No eres un cobarde.
—Prométemelo.
Le cogí el puño con las dos manos. Estaba helado.
—Te lo prometo. No te nombraré. Ni a ti ni a nadie. Y si esto se complica, te lo diré antes de hacer nada.
Abrió los dedos. El pendrive cayó en mi palma, leve como una moneda. Lo guardé en el bolsillo del pantalón, con una sensación absurda: tan poco peso para tanta carga.
—El correo está en una carpeta que se llama «recibos».
—Se pasó una mano por la barba—. Dentro hay tres archivos.
El primero es el encargo de Corvane & Hale, con la lista de lo que debían auditar y de lo que no.
El segundo es un intercambio entre Imogen y la responsable de la consultora, donde la segunda pregunta si hay «alguna capa adicional» y la primera contesta que no. El tercero...
—¿Qué?
—El tercero es un archivo de texto con una captura de pantalla. Una conversación que Imogen me envió por error una noche. Era para otra persona.
—¿Qué dice?
—Que ella sabía perfectamente lo que hacía. Y que Desmond le había dicho que, si alguna vez salía a la luz, el responsable del módulo sería Colette. Que Colette no sabía nada. Que la usarían de cabeza de turco.
Respiré hondo. Me dolía algo en el pecho.
—Ravi. Esto vale oro.
—Lo sé. Por eso tengo miedo. —Bajó la voz hasta casi un susurro—.
Hay algo más. Imogen se fue de la empresa hace un mes.
Dijo que le habían ofrecido un puesto en Seattle.
Pero no está en Seattle. Está en Portland.
Trabaja en una cooperativa de panaderías.
Me escribe de vez en cuando desde una cuenta que no usa su nombre.
—¿Por qué se fue?
—No lo sé. Pero me dijo una cosa, hace unas semanas. Me dijo que no podía dormir. Que cada vez que abría la aplicación, veía el número de alguien y pensaba en lo que había hecho.
Me quedé inmóvil. Un perro pasó corriendo y casi me tiró el café.
—¿Te dio su dirección?
—No. Dijo que no se la diera a nadie. Pero me dijo, y esto lo recuerdo palabra por palabra, que si alguien de verdad venía a buscarla, y no con abogados ni con cámaras, sino de verdad, ella abriría la puerta.
—Necesito encontrarla.
—Te daré el nombre de la cooperativa. —Sacó un papel arrugado del bolsillo de la chaqueta. Estaba escrito a lápiz, con una letra de colegio—. Se llama «Harina y Marea». Está en el barrio de Alberta. Es lo único que sé.
Lo cogí. Se me escapó un sollozo ahogado, y me lo tragué.
—Gracias, Ravi.
—No me des las gracias. Dámelas cuando todo esto haya terminado. —Se levantó. Se ajustó la gorra, se subió la cremallera de la chaqueta y me miró con unos ojos tristes y decididos—. Y Maya. Ese hombre. El periodista.
—¿Qué pasa con él?
—Tienes que contárselo. No sé qué ha pasado entre vosotros dos, pero lo he visto en televisión y lo he visto cuando te ayudó a recoger la caja. No lo hagas sola. Es lo único que te pido a cambio.
—No sé de qué hablas.
—Ya. —Esbozó una sonrisa pequeña—. Eso es lo que dijo mi mujer cuando me conoció.
Se alejó entre los corredores con las manos en los bolsillos, un hombre pequeño con una chaqueta demasiado grande, y no se volvió a mirarme.
Yo me quedé sentada en el banco, con un pedazo de papel arrugado en una mano y el pendrive azul en el bolsillo, sin atreverme a levantarme, mientras la neblina se deshacía poco a poco sobre los tejados de la ciudad.
No llamé a Liam. Hice lo contrario. Me fui a casa, me encerré en el dormitorio, copié el contenido del pendrive en tres sitios distintos, leí los tres archivos cuatro veces y después me quedé sentada en el borde de la cama, con el ordenador en las rodillas, sin saber qué hacer con las manos.
Llevábamos dos días sin hablar. Dos días de silencio absoluto desde el portazo en su coche.
Había recibido seis mensajes de Liam. Los había leído todos y no había respondido a ninguno.
«¿Estás bien?» «Billie quiere hablar con nosotros esta semana.
» «He transcrito la grabación de Desmond.
Es explosiva.» «Pomelo te echa de menos.
Lo juro.» «Perdona si dije algo que no debía. » «Maya, por favor.»
Había estado a punto de contestarle cien veces. Cada vez, la cifra volvía a mi cabeza, ochenta y siete coma tres, brillando en la oscuridad como un letrero de neón, y se me cerraba la garganta.
Antes de que ella llegara, sonó el timbre del portal. Pensé que serían periodistas, o la vecina del segundo con una queja por el ruido, o un repartidor equivocado. Pulsé el interfono con desgana.
—¿Sí?
—Señorita Ferreira. —Una voz grave, avergonzada, cargada de pausas—. Soy Walt. De la seguridad de SoulMatch. Del edificio.
Se me paró el corazón. Bajé las escaleras de tres en tres, descalza, con un jersey puesto del revés, y abrí la puerta del portal con tanta brusquedad que casi le golpeo.
Walt estaba en la acera, enorme, con una chaqueta de lana a cuadros que no le había visto nunca, sin uniforme, sin la gorra, con las manos juntas delante del cinturón y un sobre de papel marrón sujeto entre los dedos.
—Perdone que la moleste —dijo—. Estoy de vacaciones. Me he cogido unos días.
—Walt, ¿qué haces aquí?
—Mi sobrina vio el vídeo. El de la entrevista.
Me llamó llorando. Dijo que si usted dice que el número es mentira, igual el suyo también lo era, y que ahora no sabe si su novio la quiere o la quiere la máquina.
—Se pasó la mano por la cabeza rapada—. Le dije que no se preocupara.
Que yo lo arreglaría. Aunque no sé cómo.
—Walt...
—Y entonces recordé una cosa. Del día que usted se fue.
—Me tendió el sobre—. No sé si sirve. Yo no entiendo de ordenadores.
Pero yo estaba en el puesto de la entrada ese día, y los registros de visitas pasan por mí.
Los apunto a mano. Siempre los apunto a mano, aunque ya hay pantallas, porque soy un viejo desconfiado.
Cogí el sobre. Dentro había una fotocopia de una hoja de cuaderno, con una letra grande, clara, de colegial aplicado. Una columna de nombres. Una columna de horas. Una columna de destinos.
—La visita de las ocho y cuarto —dijo Walt—. Esa de ahí. Mire.
Seguí su dedo grueso hasta una línea que decía: «8:15. Viv Calloway. Corvane & Hale. Planta 14. Despacho D. A.»
—Es la consultora de las auditorías —murmuré.
—No sé qué es eso. Solo sé que ese día, a las ocho y cuarto de la mañana, vino una señora con un maletín a ver al jefe, y a las nueve y diez la llamaron a usted a Recursos Humanos.
Una hora después. Y que la señora Brisbane, la de Recursos Humanos, salió del ascensor a las nueve y cinco descompuesta, y que se quedó un buen rato hablando sola en el pasillo.
Yo la oí. —Bajó la voz—. Decía: «No me parece justo. No me parece justo».
Se me hizo un nudo en la garganta. Colette, con su voz de discurso ensayado y su carpeta blanca, diciéndose en un pasillo que no le parecía justo.
—Walt. Esto es importante.
—Eso pensé. Por eso me he puesto la chaqueta buena. —Esbozó una sonrisa tímida—. Yo no sé nada de nada. Pero sé reconocer cuando alguien con prisa viene a decirle a otro lo que tiene que hacer. Y esa señora tenía prisa.
—Podrían despedirte por esto.
—Ya me dije que sí. —Se encogió de hombros, y vi que le temblaba un poco el labio—. Pero llevo seis años saludando a la gente que entra en ese edificio. Y a usted la saludaba todos los días. Y usted siempre me contestaba. Hay muy pocos que contesten.
No supe qué decir. Me puse de puntillas, porque el hombre medía dos metros y yo no, y lo abracé con todas mis fuerzas, hundiendo la cara en la lana a cuadros de su chaqueta.
Walt se quedó rígido unos segundos, sin saber dónde poner las manos.
Después, muy despacio, me dio dos palmaditas en la espalda.
—Cuide de ese periodista —murmuró, sobre mi cabeza—. Mi sobrina dice que parece buen chico.
—Lo cuidaré.
—Y tome la tarta de mi mujer. Se la he traído. Está en la bolsa.
Era verdad. Había una bolsa de tela a sus pies, con un táper dentro.
Una tarta de manzana. Por segunda vez en la semana, alguien me daba una tarta de manzana para expresar lo que no sabía decir con palabras, y me eché a reír y a llorar a la vez, de pie en la acera, entre los coches, con un jersey del revés y un guardia de seguridad abrazado como a un oso.
Noor me encontró así, a media tarde, cuando volvió de la floristería con las manos manchadas de savia y una caja de bombones de cereza. Se asomó a la puerta del dormitorio. Me miró. Dejó la caja sobre la cómoda.
—Levántate —dijo.