SoulMatch Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Salió. Cerró la puerta con un portazo moderado.

La vi subir los tres escalones del portal con los zapatos colgando de una mano, el chal arrastrando por el suelo mojado, y la melena revuelta que le caía sobre la espalda.

Buscó las llaves en el bolso. Tardó en encontrarlas.

Yo esperaba, sin saber por qué, que se volviera.

No se volvió.

Conduje hasta mi casa con la radio apagada.

Subí las escaleras de dos en dos. Pomelo me recibió en el felpudo con un maullido de reproche, y yo le serví el pienso con una brusquedad que no merecía, y me quedé de pie en medio del salón, mirando la pizarra, con su letra de ingeniera todavía ahí, en una esquina, junto a una flecha que decía «ajuste».

Llamé a Billie. Cogió al primer timbrazo.

—¿Cómo ha ido?

—Me han ofrecido una exclusiva.

—¿A cambio de qué?

—De suavizar el reportaje.

—Era de esperar. ¿Y has grabado?

—Todo. Una hora y veinte minutos. Más lo de la bodega.

—Perfecto. —Oí cómo encendía un cigarrillo—. Tráeme el boli. Y no hagas nada hasta que yo te diga. Y Liam.

—¿Qué?

—Tu voz suena rara.

—Estoy cansado.

—Estás peor que cansado. Suenas a hombre al que le han dado una noticia que no quería oír. —Una pausa larga—. ¿Ha pasado algo con la ingeniera?

—Nada.

—Mientes de pena.

—Es una cuestión técnica.

—Ya. Bueno. Cuando quieras contarme la cuestión técnica, ya sabes dónde encontrarme. Y no te equivoques, chico. Esa chica es lo mejor que te ha pasado en años. No la fastidies por culpa de tu cabeza.

—No es lo que piensas.

—Nunca lo es —dijo Billie, y colgó.

Me senté en el sofá. Pomelo saltó a mi regazo, dio tres vueltas y se acurrucó con un ronroneo bajo, ronco.

Saqué del bolsillo interior de la chaqueta un papel doblado en cuatro.

Lo abrí. Ahí estaba el artículo, con dieciocho agujeros minúsculos en mi apellido.

Pasé el pulgar sobre ellos, uno a uno, con una lentitud absurda, y descubrí que sonreía.

Dejé de sonreír enseguida. Doblé de nuevo el papel y lo guardé en el cajón, con el correo de los once párrafos.

El teléfono sonó a las tres. En la pantalla apareció una foto de mi madre con un sombrero de paja y una copa de vino, tomada en una boda que nadie recordaba de quién era.

—Liam, cariño —dijo Dolores Hargrove, con la voz cantarina que usaba cuando quería algo—. Te he visto en la tele.

—Lo sé, mamá. Me lo han dicho tus siete primas.

—Ocho. Se ha sumado Beatriz. Dice que tienes un magnetismo que no te conocía. Yo le he contestado que lo has sacado de mí.

—Mamá.

—¡Qué mujer más guapa! La de la entrevista. Esa Maya. Tiene una cara muy sincera. Se nota cuando una mujer es sincera, ¿verdad? Los ojos no mienten. Yo lo supe con Gerald nada más verle. Los ojos de Gerald no mentían.

—Gerald te dejó una hipoteca.

—Y un jardín precioso. —Suspiró—. Quiero conocerla.

—Es complicado.

—Siempre es complicado cuando se trata de ti, cariño. Desde que eras pequeño. Tu padre se fue, y tú dejaste de creer en las cosas bonitas, y te hiciste periodista, y mira, yo siempre lo he dicho: un niño que dice «¿y si es mentira?» a los siete años acaba escribiendo sobre mentiras toda la vida.

—Eso no es verdad.

—Es lo que dice tu tío Walter.

—Walter es un alcohólico.

—Pero es muy perspicaz. —Hizo una pausa y su voz cambió, bajó un grado, una nota que yo conocía bien y que reservaba para tres cosas: los funerales, las ventas de casas y las confidencias—.

Liam. Ayer, en la entrevista, cuando dijiste lo de comprar la mercancía defectuosa. Se me saltaron las lágrimas.

—Mamá, fue un guion.

—No te creo.

—Es un trabajo.

—Es un trabajo en el que te has puesto a hablar como cuando eras niño y me decías que cuando fueras mayor ibas a casarte con la vecina del tercero.

—Tenía seis años.

—Tenías el corazón limpio. Y lo has vuelto a tener delante de cuatro millones de personas. —Oí cómo se sonaba la nariz—. No te estoy pidiendo que te cases, que conste. A mí el matrimonio me ha salido regular. Solo te pido una cosa. No te protejas tanto que te quedes sin lo que quieres.

Quise decirle algo agudo. Una de mis frases cortas, limpias, afiladas. No me salió ninguna.

—Lo tendré en cuenta —dije.

—Eso dicen todos y luego no lo tienen. —Soltó una risa—. Un beso, mi vida. Cómete algo. Y llama a esa chica.

—Adiós, mamá.

Colgué. Me quedé mirando la pantalla apagada, con la sensación de haber recibido un golpe suave en una herida que creía cicatrizada.

Mi madre se había casado cuatro veces. Había llorado cuatro veces en cuatro bodas con la misma emoción sincera, y cada vez le había salido regular, y cada vez había vuelto a creer.

Durante años yo había considerado esa fe un defecto de carácter, una enfermedad hereditaria que había que evitar a toda costa.

Era la primera vez que me preguntaba si no sería, en realidad, la cosa más valiente que había visto hacer a nadie.

Pasé la tarde frente al ordenador, preparando las notas de la cena, transcribiendo la grabación.

Escuché tres veces la voz de Desmond diciendo «el modelo base nunca se equivoca».

La cuarta vez apagué el audio. Me levanté.

Fui a la cocina, me serví un vaso de agua, lo dejé sin beber.

Volví al salón. Me quedé mirando la ventana, la lavandería del bajo, la calle mojada y vacía, y me di cuenta de que llevaba una hora pensando en una mujer que dormía de lado, con un brazo bajo la almohada.

Y de que ese hombre que escribía con frases como cuchillas, que había hecho carrera desmontando mentiras bonitas, tenía por primera vez en veinte años miedo de que una de ellas fuera verdad.