SoulMatch Capítulo 9
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Capítulo 9

Liam

El desayuno de Desmond Achterberg consistió en tortitas de arándanos, café de una cafetera que costaba más que mi coche y una conversación en la que nadie dijo nada importante a lo largo de cuarenta minutos.

Nos lo sirvieron en una terraza acristalada que daba a la bahía, con el temporal ya reducido a una llovizna gris que resbalaba por los cristales.

Ingrid, con el moño intacto y una blusa blanca sin una sola arruga, repasaba su tableta con el dedo índice.

Desmond, recién afeitado, con un jersey azul claro, nos hablaba de un monasterio budista de Japón donde había pasado una semana en silencio y había descubierto que la felicidad era una cuestión de logística.

Maya cortaba las tortitas en cuadrados cada vez más pequeños.

Yo masticaba sin saborear nada, con el bolígrafo en el bolsillo y la certeza incómoda de que el grabador seguía encendido, registrando cada cuchara.

—¿Habéis dormido bien? —preguntó Desmond, con una inocencia tan perfecta que me dieron ganas de volcarle el café encima.

—Muy bien —dijo Maya, sin levantar la vista—. La bañera era magnífica.

Fue una respuesta calculada. Ingrid alzó los ojos de la tableta un segundo, lo justo para clavármelos, y los bajó de nuevo. Desmond sonrió.

—Me alegro. La casa tiene ese efecto en la gente.

—Debe de ser el aceite de sándalo —dije.

—Debe de ser —admitió él.

Nos despidieron en la puerta de cuatro metros, con la lluvia fina cayéndonos sobre los hombros.

El mayordomo de los guantes blancos nos devolvió los abrigos.

Desmond estrechó la mano de Maya con las dos suyas y le dijo, muy bajito, algo que no pude oír.

Ella asintió con la cabeza, rígida, y se separó. Después me tendió la mano a mí.

—Piensa en lo que te he dicho, Liam.

—Lo estoy pensando.

—Eso es lo que más me gusta de los periodistas. Que piensan.

Bajamos la escalinata de piedra sin hablar.

Maya llevaba el chal gris sobre la cabeza como una capucha, con los zapatos de tacón en una mano y los pies descalzos sobre las losas mojadas.

Esperó a que llegáramos al coche. Esperó a que yo abriera la puerta del copiloto.

Esperó a que me sentara al volante, a que cerrara mi puerta, a que el ruido de la lluvia nos aislara del mundo.

—Arranca —dijo.

—Dime primero qué te ha dicho.

—Arranca, Liam.

Arranqué. Bajé por la cuesta empinada con las dos manos en el volante, con los limpiaparabrisas barriendo a toda velocidad. No dijimos nada hasta que la mansión desapareció tras una curva, y después tampoco, durante dos manzanas más.

—Me ha dicho que ha visto mi expediente —murmuró Maya, al fin—. Que sabe que me llevé una copia del código. Que no va a denunciarlo. Que, si quiero, el ofrecimiento del puesto sigue en pie «mientras haya algo que salvar».

—Eso es una amenaza.

—Es un ofrecimiento con una amenaza dentro.

—Lo sé. —Giré a la derecha—. Yo tengo la mía. Quiero contártela entera, pero no sé por dónde empezar.

—Empieza por el principio.

—El principio es que sabe lo de Dorian y Odalys.

Se volvió hacia mí con un movimiento tan brusco que el chal le resbaló hasta los hombros.

—¿Qué?

—Lo sabe todo. Lo de los perfiles, lo de los nombres. Dijo que el de Odalys es el de tu abuela.

—Mierda.

—Me lo dijo en la bodega. Con una calma que daba escalofríos. Dijo que no iba a hacer nada con ello, porque la mejor campaña publicitaria de la década somos nosotros. Que las descargas han subido un doce por ciento desde la entrevista.

—Eso no puede ser verdad.

—Lo comprobé esta mañana, mientras te duchabas. Es verdad. El doce por ciento. Billie dice que hoy sube al catorce.

Maya se llevó las manos a la cara. Se quedó así, inmóvil, con los codos apoyados en las rodillas. Yo conducía sin ver la carretera, con la lluvia cayendo en cortinas sobre el parabrisas, y un pensamiento terrible que se me había instalado en la cabeza durante la noche y que no sabía cómo sacar.

—Hay otra cosa —dije.

—No quiero oírla.

—Es importante.

—Todas las cosas que dices ahora son importantes. —Levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos y una expresión desafiante—. Dímela.

Aparqué en una calle lateral, bajo un arce con las hojas cobrizas, delante de una panadería cerrada. Apagué el motor. El ruido de la lluvia sobre el techo se hizo más intenso. Respiré hondo y me obligué a mirarla de frente.

—Desmond me dijo que el modelo base nunca se equivoca. Que lo que modifican es el efecto, no el diagnóstico. Que cuando mi cabeza y mi cuerpo reconocen algo, el modelo lo reconoce antes.

—Es lo que dicen los vendedores de horóscopos.

—También dijo que nuestro uno coma cuatro era una anomalía. Que solo se obtiene con perfiles inventados. —Me froté la nuca—. Y que si hubiéramos usado los datos reales...

No terminé la frase. Maya apartó la mirada hacia la ventanilla. Se había quedado con la boca entreabierta, con una expresión tan transparente que no necesité más.

—Lo has hecho —dije.

—¿El qué?

—Lo has comprobado. Con el modelo base. Con nuestras respuestas.

—No sé de qué hablas.

—Maya.

—Estás diciendo tonterías.

—Te toqueteas el pelo.

Dejó la mano en el aire, a medio camino del moño. La retiró con una sacudida.

—Es una coincidencia.

—Tu madre dice que lo haces cuando mientes. Me lo contó mientras ponía los tuppers en la nevera.

—Mi madre es una bruja.

—Tu madre es una mujer muy lista. Dime cuánto salió.

El silencio duró lo que tarda una gota en recorrer un cristal. Después Maya cerró los ojos, apretó los labios, y dijo con una vocecita que no le conocía:

—Ochenta y siete coma tres.

Sentí que me quitaban el aire de los pulmones. No lo esperaba. O lo esperaba tanto que no quise creerlo.

—¿Cuándo?

—Anoche. Mientras tu... mientras mi madre dormía.

Saqué el lápiz de memoria. No sabía qué estaba haciendo.

Solo quería comprobar si... —Se mordió el labio—.

Es una tontería. Un modelo entrenado con millones de perfiles puede encontrar patrones en cualquier cosa.

Dos personas con gustos compatibles producen un número bonito. No significa nada.

—Claro.

—No significa nada, Liam.

—Estoy de acuerdo.

—Lo digo en serio.

—Y yo.

—Entonces ¿por qué me miras así?

—¿Así cómo?

—Como si hubiera dicho que el sol sale por el oeste.

No supe qué contestar. Me froté la cara con las manos. Llevaba toda la vida encontrando el hueco a las cosas bonitas, y de pronto tenía delante una cifra que apuntaba, con una insolencia matemática, a que yo me había equivocado en lo único en lo que no podía permitirme equivocarme.

—Es un modelo —dije, y las palabras me salieron con un tono áspero, defensivo—.

Un modelo no ve el amor. Ve coincidencias.

Los dos odiamos el cilantro, los dos madrugamos, los dos nos hemos criado entre adultos que se casaban demasiado.

Hay una lista de factores en común y la máquina los suma. No hay nada detrás.

—Eso es lo que he dicho yo.

—Pues entonces estamos de acuerdo.

—Pues entonces no pasa nada.

—Pues no.

Nos quedamos callados. La lluvia seguía golpeando el techo. Una mujer pasó corriendo por la acera, con una bolsa de plástico sobre la cabeza.

—Entonces no se lo cuentas a nadie —dije.

—¿A quién se lo voy a contar?

—A Billie. A Noor. A tu madre.

—Claro que no.

—Y no lo usamos en el reportaje.

—Es evidente.

—Porque no es una prueba. Es una anécdota.

—Una anécdota. —Soltó una risa corta, sin alegría—. Qué palabra tan perfecta.

La miré. Tenía el pelo revuelto de la noche, las ojeras marcadas y los labios secos de tanto mordérselos.

Aún llevaba el vestido negro bajo el chal, con una tira ligeramente torcida.

Me pregunté cuándo se había producido ese cambio en mí, el de fijarme en cada detalle suyo, el de saber que se había tocado el pelo tres veces durante la cena sin que yo me hubiera dado cuenta de que contaba.

—Maya.

—¿Qué?

—Si el número fuera cierto —dije, con mucho esfuerzo—. Si el modelo base tuviera razón. ¿Qué haríamos con eso?

—Nada.

—¿Nada?

—Absolutamente nada. Porque el reportaje no cambiaría.

El ajuste emocional sigue siendo un fraude.

SoulMatch sigue manipulando a ochenta millones de personas.

Lo del modelo base solo demostraría que la herramienta funciona y que ellos la usan para otra cosa.

Nuestra historia, lo que importa, es lo otro.

—Eso es verdad.

—Pues ya está.

—Pues ya está.

Encendí el motor. Metí la marcha con un golpe seco. Ella se subió el chal hasta las orejas y miró por la ventanilla con una atención exagerada hacia un buzón de correos.

No volvimos a hablar hasta su portal.

Aparqué en doble fila, frente a su edificio. La lluvia había amainado hasta convertirse en un rocío suave que empañaba los cristales. Maya recogió los zapatos del suelo del coche, el bolso, el chal. Se detuvo con la mano en la manilla de la puerta, sin abrirla.

—Gracias por el viaje.

—De nada.

—Voy a descansar. Tengo cosas que hacer. Una cita el lunes con una persona que... —Se mordió la lengua—. Es un asunto personal.

—¿Qué persona?

—Ya te lo contaré.

—¿Cuándo?

—Cuando pueda.

—Maya.

—No, Liam. —Se giró hacia mí, y vi en sus ojos una dureza que no era de odio, sino de miedo—.

No me mires como un reportero. Es tu manía.

Preguntas, preguntas, preguntas, y te quedas con las respuestas.

Yo también tengo derecho a guardarme algo.

Este plan es mío. Es mi vida la que está en juego.

Y tú ya tienes un reportaje, un nombre y un contrato con tu periódico.

Yo solo tengo un lápiz de memoria y una caja de tornillos.

—Eso es injusto.

—Es la verdad.

—Yo también me estoy jugando algo.

—Lo sé. Tu prestigio. Tu libro. Lo sé. —Abrió la puerta. El aire frío entró de golpe—. Pero no estás en la misma situación, y los dos lo sabemos.