Capítulo 8 #2
—Ha caído un temporal —anunció, con una voz sin matices—. Las carreteras de bajada están cortadas por un árbol caído. Desmond ha pensado que sería prudente que os quedarais a dormir. Hay una suite de invitados preparada.
—Es muy amable —dije, con los dientes apretados.
—Es lo mínimo.
Maya apareció en la puerta del jardín, con el pelo mojado y el chal chorreando. Me miró, y yo le devolví la mirada, y supe en un segundo que ella ya lo sabía todo, o que lo sospechaba, o que iba a descubrirlo en cuanto estuviéramos a solas.
La suite de invitados ocupaba un ala entera de la casa.
Un dormitorio con una cama de dos metros y medio, un ventanal que daba al jardín y a la bahía, una chimenea encendida y un cuarto de baño de mármol negro con una bañera exenta del tamaño de una barca.
Una criada nos dejó una bandeja con dos copas y una botella de agua y se retiró sin una palabra. La puerta se cerró con un clic.
Maya dejó caer el chal en una silla, se sentó en el borde de la cama y se quitó los zapatos con cuidado.
Yo me quedé de pie, en medio de la habitación, sin atreverme a hablar.
Ella levantó un dedo hacia sus labios. Después señaló con la barbilla el techo, las lámparas, la pared del fondo, el espejo del tocador.
Entendí.
Pasamos diez minutos buscando micrófonos con una linterna del móvil.
Yo registré el cabecero de la cama. Ella examinó los marcos de los cuadros.
En el cuarto de baño, tras el espejo, encontró una rendija sospechosa, y la miramos a la luz un buen rato sin decidirnos.
Al final, Maya sacó del bolso un pequeño aparato negro del tamaño de un mechero y lo encendió. Una luz verde parpadeó.
—Detector de radiofrecuencia —murmuró—. Es una tontería que compré en la tienda de electrónica de abajo de casa. Nunca pensé que...
—Chis.
Recorrió la habitación con el aparato. Sonó en un par de sitios. Se detuvo junto a la lámpara de la mesilla. Después en el interruptor. Después en el marco de la cama. Los dos nos quedamos mirando la luz verde, sin respirar. Ella lo apagó.
—Puede que haya algo, puede que no —susurró—. No me fío.
—Hablemos en voz baja.
—Mejor aún: no hablemos.
—Está bien.
—Tengo que contarte una cosa —dijo, y se mordió el labio—. Pero no ahora.
—Yo también tengo una cosa que contarte.
—Pues mañana.
—Mañana.
Nos quedamos mirándonos en la penumbra, con la luz de la chimenea moviéndose sobre su cara. Ya no éramos dos desconocidos que ensayan. Éramos dos personas solas, en una casa ajena, contra un mundo que no se parecía al que creíamos.
Maya se acercó. Me puso las manos en el pecho, deslizó los dedos hasta el botón superior de mi camisa y lo desabrochó. No dijo nada. Yo tampoco. Me quitó el bolígrafo del bolsillo y lo dejó sobre la mesilla, apagado. Me desabrochó el segundo botón. El tercero.
Moví los labios sin voz: «Nos pueden oír».
Ella sonrió y movió los suyos: «Pues que se enteren».
Me besó. Fue un beso lento, hondo, sin la prisa del garaje ni la rabia del sofá.
Un beso que sabía a vino y a lluvia y a una ternura que me dolió en los huesos.
La levanté en brazos. Ella me rodeó el cuello.
La llevé hasta el cuarto de baño, por el suelo de mármol frío, y la dejé en el borde de la bañera mientras abría el grifo.
El agua caliente empezó a caer con un rumor tranquilo, llenando el aire de vapor.
—Para que no se oiga nada —susurró, a mi oído.
—Es una excusa excelente.
—Soy una mujer de recursos.
Le bajé los tirantes del vestido. Despacio.
El tejido cayó hasta su cintura, y después hasta el suelo, y ella se quedó frente a mí con un conjunto de encaje negro, de pie en medio del vapor, con el pelo mojado pegado al cuello y una expresión seria, casi solemne.
Le recorrí los hombros con las yemas de los dedos.
Le besé la clavícula. Le desabroché el sujetador y lo dejé caer.
Tenía la piel erizada. Se estremeció cuando le rodeé un pecho con la mano y le acaricié el pezón con el pulgar, despacio, hasta endurecerlo, y echó la cabeza hacia atrás con los labios entreabiertos.
Se desnudó del todo. Después me desnudó a mí.
Me quitó la camisa, el cinturón, los pantalones, los calzoncillos, con una calma que era casi más erótica que la urgencia.
Nos metimos en la bañera. El agua nos cubrió hasta el pecho, caliente, perfumada con un aceite de sándalo que alguien había vertido de antemano.
Maya se sentó entre mis piernas, de espaldas a mí, con la cabeza recostada en mi hombro, y suspiró.
—Esto es obscenamente cómodo —murmuró.
—Es el dinero.
—Es el dinero.
Le besé el cuello. Le mordí suavemente el lóbulo de la oreja.
Ella arqueó la espalda contra mi pecho. Mis manos bajaron por su vientre, resbalando bajo el agua, hasta la cara interna de sus muslos, que se abrieron para dejarme paso.
La acaricié despacio. Su respiración cambió.
Un gemido bajo, quebrado, se le escapó de la garganta, y se llevó la mano a la boca para ahogarlo.
Con la otra me agarró del muslo, clavándome las uñas.
—No te muevas —susurré—. Déjame a mí.
Fui lento. Muy lento. Con dos dedos dentro de ella y el pulgar sobre su clítoris, dibujé círculos pequeños, regulares, al ritmo del agua que golpeaba el mármol.
Noté cómo se tensaba, cómo sus caderas respondían en un balanceo involuntario, cómo su cuerpo se arqueaba cada vez más contra el mío.
Notaba mi erección apretada contra su espalda, dolorosa, y la ignoré.
Quise que fuera ella. Quise oír cómo se le rompía la voz por mi culpa.
Se corrió con un temblor hondo, silencioso, mordiéndose la muñeca para no gritar. Su cuerpo se contrajo contra mis dedos una vez, dos, tres. Después se quedó laxa, jadeando, recostada contra mí, con el agua rizándose alrededor de nuestros cuerpos.
Se giró. Se puso a horcajadas sobre mis muslos, frente a mí, con las rodillas apoyadas a ambos lados de mis caderas. El agua le resbalaba por los hombros. Tenía los ojos muy oscuros y una media sonrisa.
—Ahora tú.
Me tomó con la mano, bajo el agua, y me guió hasta su entrada. No teníamos preservativo, y los dos lo supimos al mismo tiempo. Nos quedamos quietos, con el glande apenas rozándola.
—Espera —dije, con la voz hecha trizas—. Tengo que...
—Tomo anticonceptivos —susurró—. Y me hice una analítica hace un mes. Limpia.
—Yo también. Hace dos.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y tú quieres?
—Más que nada en el mundo.
Bajó despacio. Me envolvió con un calor húmedo, estrecho, perfecto, y los dos soltamos el aliento a la vez. Sin la barrera de nada. Sentí cada pliegue, cada latido. Ella apoyó la frente en la mía. Nos quedamos así un instante, sin movernos, respirando juntos.
Después empezó a mecerse. Muy despacio. Hacia delante, hacia atrás, sin sacarme apenas, con las manos en mis hombros y los ojos clavados en los míos.
El agua chapoteaba con suavidad contra el borde.
Le agarré las caderas, ayudándola a marcar el ritmo, y ella echó la cabeza hacia atrás y gimió muy bajito, con la garganta tensa.
Le besé el cuello, el hueco entre los pechos, el pezón húmedo.
Sus uñas me arañaban la nuca. Sus muslos temblaban.
—Mírame —murmuré.
Me miró.
—No cierres los ojos.
—No los cierro.
Fuimos subiendo despacio, sin prisa, sin apartar la vista.
Cada embestida me parecía una palabra que no nos atrevíamos a decir.
Sentí cómo ella se apretaba a mi alrededor, cómo la tensión crecía otra vez.
Me mordí el labio. Aceleré un poco el ritmo, y Maya jadeó mi nombre contra mi boca.
Bajé una mano y la acaricié entre los dos, hasta que se tensó entera, con un grito ahogado contra mi hombro, y la sentí temblar a mi alrededor en un espasmo profundo y largo que me arrastró detrás.
Me hundí en ella hasta el fondo. Me deshice con un gemido sordo, con la cara escondida en su cuello, abrazándola con tanta fuerza que temí hacerle daño.
Nos quedamos inmóviles, con el agua cada vez más tibia, escuchando cómo bajaba el ritmo del corazón. Fuera, la lluvia golpeaba el cristal. Maya me acariciaba el pelo con las yemas de los dedos, despacio, de un modo distraído, y dejó caer un beso en mi hombro mojado.
Más tarde, ya en la cama, tumbados bajo unas sábanas de algodón fresco, con la chimenea reducida a brasas, me di cuenta de que ella dormía.
Respiraba con la boca entreabierta, con una mano debajo de la mejilla, como una niña.
Yo no podía dormir. Me quedé mirando el techo, con el brazo bajo su cabeza, repasando cada palabra que Desmond había dicho en la bodega.
El modelo base nunca se equivoca. Lo que modificamos es el efecto, no el diagnóstico.
Giré la cabeza y la miré. Tenía el pelo extendido sobre la almohada, una arruga pequeña entre las cejas, los labios enrojecidos. En algún momento de la noche, sin despertarse, se acercó a mí y apoyó la frente contra mi costado. Su respiración me calentó la piel.
Fuera, el temporal empezó a ceder. La luz azul del amanecer se coló por el ventanal, sobre los bambúes mojados, y yo seguí despierto, sin moverme, sin soltarla.