SoulMatch Capítulo 8
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Capítulo 8

Liam

La invitación llegó en un sobre de papel grueso, color crema, con las esquinas redondeadas y un lacre rojo en forma de corazón.

Dentro había una tarjeta escrita a mano con una caligrafía de colegio caro.

«Desmond Achterberg y Ingrid Solheim tienen el placer de invitar a la señorita Ferreira y al señor Hargrove a una cena íntima en su residencia.

Los ánimos están caldeados. Hablemos como personas civilizadas. »

—Es una amenaza —dijo Maya, sosteniendo la tarjeta entre dos dedos, como si oliera mal.

—Es una trampa.

—Es las dos cosas.

—Y vamos a ir.

—Por supuesto que vamos a ir.

Billie, que había aparecido en mi cocina con una bolsa de napolitanas, nos escuchó discutir durante diez minutos con los brazos cruzados. Cuando por fin nos callamos, se limpió las migas del abrigo y dictó sentencia.

—Vais a ir. Os pondréis guapos. Sonreiréis. Comeréis lo que os pongan, porque rechazar la comida es la manera más rápida de parecer culpable. Y llevaréis un grabador, Liam, uno de verdad, no el del móvil, que se nota cuando está activo.

—Tengo uno en el boli.

—Pues el boli. Y tú, Maya, no pierdas los nervios. Un hombre que manda un lacre con forma de corazón tiene la cabeza fría.

Mi padre decía que las casas de los ricos son enormes porque no les cabe la vergüenza.

La residencia de Desmond Achterberg, en lo alto de Pacific Heights, era una caja de cristal y acero suspendida sobre un jardín de bambúes, con una escalinata de piedra pálida y una puerta de cuatro metros de altura que se abrió sola cuando nos acercamos.

Un mayordomo con guantes blancos nos recogió los abrigos.

El vestíbulo era un espacio sin paredes, con un techo de doble altura, una lámpara de cristal soplado que descendía como una medusa y una vista del puente Golden Gate que parecía pintada.

Maya se agarró a mi brazo. Llevaba un vestido negro, sencillo, de tirantes finos, con los hombros descubiertos y un chal gris sobre ellos, y los labios del mismo rojo oscuro de la cena italiana. Me sorprendí buscando a ciegas la forma de que no me temblaran las manos.

—Respira —me susurró al oído.

—Eso lo dije yo la última vez.

—Pues ahora lo digo yo.

Desmond Achterberg nos esperaba en el salón, de pie junto a una chimenea de mármol blanco.

Era un hombre alto, de cincuenta y pocos años, de pelo plateado peinado hacia atrás, ojos azules pálidos y una sonrisa de una amabilidad tan perfecta que daban ganas de rascarla para ver qué había debajo.

Llevaba un jersey de cuello alto color marfil, vaqueros oscuros y los pies en unos calcetines de cachemir.

A su lado, Ingrid Solheim, una mujer rubia, esbelta, de cuarenta años largos, de rasgos nórdicos y un moño tan tirante que parecía tirar de la cara entera, sostenía una copa de champán con las dos manos.

—Maya —dijo Desmond, y extendió los brazos con una calidez que me puso la piel de gallina—. Cuánto me alegro de verte. Estás deslumbrante.

—Desmond.

—Y usted es el señor Hargrove. —Me estrechó la mano con las dos suyas, secas, cálidas—. He leído todo lo que ha escrito sobre nosotros. Casi todo es injusto, y casi todo está muy bien escrito. Es una combinación que respeto.

—Gracias.

—No era un cumplido —sonrió, y entendí que había ensayado esa réplica tanto como Tamsin.

Cenamos en un comedor de cristal, con una mesa de roble macizo para doce personas en la que habían puesto cuatro cubiertos en una esquina, de modo que nos sentamos casi codo con codo.

El menú era una sucesión de platos pequeños y absurdamente delicados: un caldo transparente con una flor flotando, tres vieiras sobre una piedra caliente, un cordero con una salsa que sabía a miel y a humo.

Desmond hablaba sin parar, con una elegancia blanda, de arte, de vino, de un viaje a Kioto, de la belleza de las cosas imperfectas.

Ingrid asentía a cada frase con precisión metronómica.

Maya masticaba con una sonrisa fija. Yo pasaba la mano por debajo de la mesa y le rozaba el muslo con los nudillos cada vez que la veía apretar la mandíbula.

Hacia el tercer plato, Desmond dejó los cubiertos.

—Quiero ir al grano —dijo—. Os he invitado porque me gustáis. Os lo digo con total sinceridad. Lo que hicisteis en televisión fue brillante. Una pieza de comunicación casi perfecta. Y yo, que me dedico a esto, sé reconocer el talento.

—Gracias —dijo Maya, con voz neutra.

—Maya. —Se inclinó hacia ella—. Fuiste una de las mejores ingenieras que he tenido.

Lo digo en pasado porque me temo que has malinterpretado algo que no entiendes del todo, pero eso tiene arreglo.

Quiero ofrecerte volver. Con un cargo nuevo.

Directora de Ciencia de Datos, con un paquete de acciones que, me atrevo a decir, te cambiaría la vida.

Vi cómo se le tensaba el cuello. No contestó.

—Y a usted, señor Hargrove —continuó Desmond, volviéndose hacia mí—, quiero ofrecerle acceso. Pleno. Entrevistas con todo el equipo directivo, visita a los servidores, una historia que ningún otro periodista del mundo podrá contar. A cambio de una sola cosa.

—Déjeme adivinar —dije—. Que la cuente a su manera.

—Que la cuente con matices. —Sonrió—. Hay una diferencia entre un fraude y una amabilidad.

—¿Una amabilidad?

—El número, Liam. Puedo llamarte Liam. —Alzó su copa de vino—.

Lo que hace el Índice de Afinidad, y te lo digo con total franqueza, es ahorrarle a la gente un dolor.

La gente no quiere un dato. Quiere un permiso.

Quiere que alguien con autoridad le diga: «Adelante, este te conviene».

O: «Déjalo, este no». El número es esa voz.

Si pensamos en el sufrimiento que evita, en los años de relaciones equivocadas que no se alargan, en las citas que no se hacen...

—Hizo un gesto con la mano—. Es una bondad.

—Que se paga con suscripción.

—Todo se paga. Los médicos, los curas, los terapeutas. El amor ha sido siempre un negocio, Liam. Solo que antes no lo sabíamos.

Pulsé discretamente el botón del bolígrafo, bajo el mantel. Sentí el pequeño clic en la yema del dedo.

—Y los usuarios que pagan reciben mejores números —dijo Maya, con la voz muy baja.

—Los usuarios que pagan reciben más atención —corrigió Desmond—. Más sugerencias, más visibilidad, más compromiso por nuestra parte. Es lógico que el sistema responda a su inversión.

—Y los usuarios que encuentran pareja pierden el número alto del siguiente.

—Los usuarios que encuentran pareja reciben un descanso. —Esa sonrisa otra vez—. Nos preocupamos por su bienestar.

—Me estás diciendo que lo sabes —murmuró Maya—. Lo sabes y lo reconoces.

—Te estoy diciendo que no hace falta que os pongáis dramáticos —dijo Desmond, con suavidad—. Todos los productos tienen una capa de ajuste. Los alimentos, las medicinas, los coches. Nadie vende la materia prima.

Hubo un silencio. Ingrid dejó la copa en la mesa. En el techo, una luz regulable bajó casi imperceptiblemente de intensidad, como si la propia casa reaccionara a la conversación.

—Voy a por un poco de aire —dijo Maya, y se levantó.

—Te acompaño —dije.

—No. —Me puso una mano en el hombro—. Quédate. Termina el plato. Y escucha.

Salió al jardín por una puerta lateral. La vi desaparecer entre los bambúes, con el chal gris ondeando tras ella, y noté que algo se me retorcía en el pecho. Desmond observaba cómo se alejaba con una expresión inescrutable.

—Es una mujer extraordinaria —dijo, sin mirarme—. La echo de menos.

—Ella no a usted.

—Lo sé. —Se giró con una sonrisa triste—. Ven. Quiero enseñarte una cosa.

Me llevó hasta una puerta de cristal ahumado, al fondo del pasillo.

La abrió con una tarjeta magnética. Descendimos una escalera de piedra hasta una bodega enorme, de techo abovedado, con paredes de ladrillo cubiertas de botellas dispuestas en nichos iluminados por pequeños focos cálidos.

Desmond tomó una botella, la inclinó hacia la luz, y la dejó otra vez.

—¿Sabes qué me fascina de ti y de Maya? —preguntó.

—Sorpréndame.

—Que habéis conseguido lo que no consigue nadie con un cuarenta por ciento. —Se volvió hacia mí, y por primera vez su sonrisa desapareció—. Una afinidad real. Lo he visto en el vídeo. Lo he visto esta noche, en cómo te inclinas hacia ella cuando respira mal. Es innegable.

—Es una actuación.

—No. —Negó con la cabeza—. Es algo que ni el ajuste puede esconder.

Escúchame bien, Liam. Yo no soy un hombre ingenuo.

Sé que ese número se manipula. Lo diseñé yo.

Pero el modelo base nunca se equivoca. Nunca.

Cuando tu cabeza y tu cuerpo reconocen algo, el modelo lo reconoce antes.

Lo que modificamos es el efecto, no el diagnóstico.

Si lo pensáis bien, vuestro uno coma cuatro era una anomalía.

Una cifra que solo se obtiene con perfiles inventados.

Se me heló la sangre. No pude evitarlo. Noté cómo el sudor me bajaba entre los omóplatos.

—No sé de qué habla.

—Claro que lo sabes. —Sonrió de nuevo, con una paciencia exasperante—.

Odalys Ferrer. Dorian Wick. Es un trabajo muy limpio, lo reconozco.

Pero ningún contable de cuarenta y tres años madruga para cuidar bonsáis y odia a los gatos.

Y el nombre de Odalys es el de la abuela de Maya, que figura en su expediente de personal como contacto de emergencia.

Callé. Sentí la mano apretada en torno al bolígrafo.

—No voy a hacer nada con eso —continuó, con tono casi afectuoso—.

Hace falta una historia mejor que la verdad para vencerme.

Y la verdad es que dentro de cinco semanas saldré a bolsa, y vosotros, con ese amor tan convincente, me habéis dado la mejor campaña publicitaria de la década.

Cada día que pasa, las descargas de la aplicación suben un doce por ciento. Gracias a vosotros.

—Está mintiendo.

—Compruébalo. —Alzó una ceja—. Ahora vamos arriba. Se ha puesto a llover.

Cuando subimos, Ingrid nos esperaba en el vestíbulo con un teléfono en la mano.