SoulMatch Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Dame un beso.

Liam se agachó con obediencia de recluta. Ella le plantó dos besos sonoros, le tomó la cara entre las manos y lo observó con los ojos entornados, con esa atención minuciosa con la que revisa las lentejas antes de cocerlas.

—Eres guapo —declaró—. Un poco flaco. Tienes ojeras de no dormir. ¿Comes bien?

—Intento...

—No intentes. Come. —Lo soltó—. Maya, vete a ponerte unos pantalones.

—Mamá, no es...

—Ya sé lo que no es. Anda.

Fui a ponerme unos pantalones. Cuando volví, mi madre había colonizado la cocina.

Había sacado los tuppers, calentado las lentejas en dos cacerolas que yo ni sabía que existían, y le estaba contando a Liam, con la cuchara en la mano, la historia de cómo a los siete años me había negado a ponerme otra cosa que no fuera un disfraz de astronauta durante dos meses.

Él la escuchaba sentado a la mesa, con las manos entrelazadas y una sonrisa auténtica, de las que le llegaban a los ojos, y yo me quedé en la puerta, sin atreverme a entrar.

—...y la maestra me llamó y me dijo: «Señora Ferreira, su hija ha ido al colegio con un casco de plástico». «Ya lo sé», le dije. «Le ha dado por ahí.»

—Era un buen casco —dijo Liam.

—Era una cazuela de aluminio con una cinta de goma.

—¿Y el traje?

—Una sábana plateada que le cosió mi abuela, con un hilo que cambiaba de color con la luz. A la niña le encantaba.

—Mamá, ya vale.

—No, de verdad, es una historia fascinante —dijo Liam, sin mirarme—. Cuénteme más.

—Te voy a matar —le dije, sin voz.

—Lo sé —respondió él, también sin voz, con los labios muy quietos.

Cenamos los tres en la mesita de la cocina, apretados, con las rodillas chocando bajo la madera, comiendo croquetas de jamón que mi madre había hecho a las seis de la mañana en su cocina de Fresno.

Noor llegó a las nueve, con un ramo de dalias y la cara roja de haber corrido, y se quedó paralizada en el umbral al ver a nuestra madre dándole de comer lentejas a Liam Hargrove con una cuchara como si fuera un niño pequeño.

Nos miró a los dos. Me miró a mí con los ojos como platos.

Yo moví la cabeza en una negación frenética.

—¡Nooor, mi vida! —dijo Amparo—. Ven a sentarte. Hay para todos.

La velada fue una especie de pesadilla deliciosa.

Liam, que había ensayado cuarenta veces la respuesta sobre el café con leche de avena, tuvo que enfrentarse a una batería de preguntas que no figuraban en ninguna lista.

Quiénes eran sus padres. Dónde había nacido.

Si creía en Dios, aunque fuera un poco. Cuántos hijos quería tener.

Si sabía planchar. Si había estado casado.

Si pensaba estarlo. Respondió con una serenidad que me desconcertó.

A veces, con una verdad cruda que no vi venir.

—Mi madre se ha casado cuatro veces —dijo, cuando Amparo le preguntó por su familia—. Con tres hombres distintos. Es una persona muy cariñosa, pero creo que tiene un problema con las expectativas.

—¿Y tú qué opinas del matrimonio, hijo?

—Que hay que respetarlo mucho. Desde lejos.

Amparo rio, una carcajada sonora, ancha, y le dio una palmada en el brazo.

—Me gustas. Me gustas porque no mientes. Ni un poquito.

La sonrisa de Liam vaciló un segundo. Fue casi imperceptible. Yo sentí que se me contraía el estómago.

Después de cenar, mientras Noor y yo fregábamos los platos y Liam sacaba la basura por encargo expreso de mi madre, Amparo se sentó en una de las sillas de la cocina y me miró fregar en silencio. Me conozco ese silencio. Es el mismo que usaba cuando yo tenía doce años y había roto algo.

—Dímelo ya —dije.

—¿El qué?

—Lo que quieres decir.

—Que ese hombre te mira como a una ventana abierta.

Se me escapó un plato de las manos. Noor lo atrapó al vuelo, con un reflejo de portero, y lo dejó en el escurridor sin decir nada.

—No sé a qué te refieres.

—Maya Ferreira. Soy tu madre. Te vi nacer. Te he visto mentir desde que aprendiste a hablar. Siempre te tocas el pelo cuando mientes. Lo hiciste en la televisión tres veces cuando hablabas del algoritmo, y no lo hiciste ni una cuando hablabas de él.

—Mamá.

—No te estoy diciendo que sea malo. Te estoy diciendo que me he dado cuenta.

—Se levantó. Se acercó a mí y me tomó la cara con las manos húmedas y callosas, igual que había hecho con Liam—.

Hija, tú llevas años sin dejar que nadie se acerque.

Y ahora hay un hombre en esta casa que ha dejado que le dé de comer sin quejarse.

Yo no sé qué es lo que estáis haciendo. Pero te pido una cosa.

Ten cuidado con lo que finges. Porque a veces, de tanto fingir, lo que se cae es la máscara.

No supe qué responder. Tragué saliva. Noor, a mi espalda, se había quedado tan quieta que parecía no respirar.

—Vale —dije, al fin.

—Vale. —Amparo me dio un beso en la frente, y se volvió con una sonrisa radiante, como si no hubiera pasado nada—. ¿Quién quiere tarta?

Se quedó a dormir en mi cama, la única con colchón decente, y yo me tumbé en el sofá con una manta y la cabeza dándome vueltas.

Liam se marchó pasada la medianoche, tras despedirse de mi madre con otro par de besos y de mí con un «buenas noches» formal que me escoció en algún lugar sin nombre.

Cuando oí que la puerta se cerraba y los pasos se alejaban escaleras abajo, abrí los ojos en la penumbra.

Tardé unos diez minutos en decidirme.

Me levanté sin hacer ruido y fui hasta mi mesa de trabajo.

Encendí el portátil con la pantalla baja, y busqué en la caja de tornillos, donde seguía el lápiz de memoria.

Lo conecté. Abrí una carpeta cifrada que había dejado sin tocar desde mi despido, y que contenía lo único que me había llevado de SoulMatch sin que se enterase nadie: una copia local del modelo base de afinidad, el original, el que funcionaba bien, sin la capa de ajuste emocional.

Un cerebro limpio, sin trampa. Lo había guardado para comparar. Nunca lo había usado para nada más.

Pero esa noche hice algo que no tenía nada que ver con comparar.

Abrí dos formularios en blanco. En el primero, rellené las doscientas catorce preguntas con las respuestas verdaderas de Liam.

Las conocía casi todas. Las que no, las dejé en blanco, con el sistema configurado para interpolar a partir del resto.

Lo había aprendido en estas semanas de convivencia fingida: que se despierta a las cinco, que odia el cilantro, que cree que el sarcasmo es una forma de ternura, que le da miedo la gente que no sabe perder, que le aterran las bodas.

En el segundo, hice lo mismo con mis respuestas.

Con las mías, que eran las de verdad, sin mentiras, sin Odalys.

Me temblaban los dedos sobre el teclado. Pulsé «calcular».

La barra de progreso tardó nueve segundos.

«Índice de Afinidad (modelo base): 87,3 %.»

Me quedé mirando la pantalla, sin parpadear, mientras la luz azul me bañaba la cara. Oía la respiración de mi madre al fondo, a través de la puerta entreabierta del dormitorio. Un coche pasó por la calle y su luz recorrió el techo.

Ochenta y siete coma tres.

Cerré el portátil con suavidad. Saqué el lápiz de memoria.

Lo envolví en un pañuelo de papel, lo metí en el fondo de la caja de tornillos, y volví al sofá.

Me tapé hasta la barbilla. Me quedé tumbada, mirando el techo, con la certeza dura y clara de que aquello no significaba nada.

Que un modelo entrenado con millones de perfiles es capaz de encontrar patrones en cualquier cosa.

Que dos personas con una lista de gustos solapados pueden producir una cifra bonita sin que haya nada detrás.

Que el modelo base, el limpio, era el que habían construido para hacer creer a los usuarios que podían confiar en un número.

Me lo repetí cuatro veces. Cinco.

No se lo conté a Liam.