SoulMatch Capítulo 7
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Capítulo 7

Maya

SoulMatch tardó tres horas en contestar, y lo hizo con un comunicado tan pulcro que me dieron ganas de enmarcarlo.

Lo leí en la cocina de Liam, de pie, con el portátil sobre la encimera y una tostada a medio morder en la otra mano.

«SoulMatch lamenta profundamente las declaraciones de una exempleada con la que la compañía ha concluido su relación laboral por motivos disciplinarios.

Nuestro Índice de Afinidad ha sido validado por tres auditorías independientes y ha contribuido a la formación de más de cuatro millones de parejas.

Respetamos el derecho de cualquier persona a poner a prueba nuestros resultados, y confiamos en que los datos hablen por sí solos.

» Firmado: Ingrid Solheim, directora de Comunicación.

—«Motivos disciplinarios» —dije—. Qué elegante manera de decir que me echaron por decir la verdad.

—Es buen texto. Seco, sin ataques directos.

—Liam, sentado a la mesa con una taza de café, giró el portátil hacia sí y lo leyó con la ceja izquierda alzada—.

Lo ha escrito alguien que sabe lo que hace.

No dice que seas una mentirosa. Dice que has sido despedida.

Y deja que cada lector llegue solo a la conclusión.

—Tres auditorías independientes.

—Pagadas por ellos.

—Y ninguna de ellas habrá mirado la capa oculta, porque la capa oculta no figura en ningún documento de especificaciones.

—Eso es lo que hay que demostrar.

—Es lo que estoy intentando demostrar.

—Lo sé. —Alzó la vista—. Y lo estás haciendo bien.

Esa frase me dejó un calor tonto en las orejas.

Me di la vuelta fingiendo buscar mantequilla.

Llevábamos dos días viviendo en una especie de burbuja de contradicciones: por las mañanas nos tratábamos con cortesía de huéspedes de hotel, a mediodía discutíamos como siempre, y por las tardes nos mirábamos de reojo cada vez que el otro se agachaba a recoger algo.

Habíamos acordado, otra vez con temporizador, que lo del garaje había sido el último episodio.

Habíamos acordado, también, que el sofá y el coche eran «incidentes aislados».

Y habíamos dormido cada uno en su cama, en su apartamento, muy dignos, con la misma cara de dos adolescentes que acaban de oír pasos en el pasillo.

El vídeo de la entrevista llevaba ya cuatro millones de reproducciones.

El sábado por la mañana, la cifra se había duplicado.

Mi móvil no dejaba de sonar. Periodistas, bloggers, un podcast de psicología de pareja, una marca de colchones que quería patrocinar «el amor imperfecto».

Noor se había erigido en mi secretaria personal, con una hoja de cálculo de ofertas y un sistema de colores que no entendía nadie más que ella.

Antes, a media tarde, me sonó el móvil con un número desconocido. Contesté con un «¿Sí?» receloso y oí, al otro lado, una respiración entrecortada y un ruido de coches.

—Maya. Soy yo. Ravi.

Me senté en el suelo de la cocina, con la espalda contra los armarios. Ravi, el de la barba cuidada, el que había agachado la cabeza cuando me acompañaron a la salida. Hacía casi dos semanas que no sabía nada de él.

—¿Cómo has conseguido este número?

—Lo tenía en el móvil personal. Estoy en un aparcamiento. No puedo hablar mucho. —Tragó saliva—. Te vi en la tele. Lo vimos todos en la oficina. Pusieron el vídeo en las pantallas de la cafetería, no sé si para humillarte o para exhibirlo, y Colette ordenó apagarlo a los cuarenta segundos.

—Ravi...

—Déjame acabar. Me siento fatal por lo del otro día. Debí decir algo. Debí levantarme. Soy un cobarde. —Hizo una pausa—. Pero he estado pensando. Y creo que puedo darte algo.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Las auditorías. Las tres. Las firmó una consultora de Delaware que se llama Corvane & Hale.

Yo tuve que preparar los datos para ellos hace dos años.

Y me dieron instrucciones precisas: solo el modelo base.

Nada de la capa de ajuste. Ni los registros, ni los parámetros.

Me dijeron que esa parte era «propiedad intelectual de uso interno».

—¿Lo tienes por escrito?

—Tengo el correo. Con el encargo. Y con la firma de Imogen.

—¿Imogen?

—Ella lo coordinó todo. Ahora se ha marchado de la empresa. Le dieron un finiquito enorme y un acuerdo de silencio, pero yo guardé una copia del correo en un pendrive. Lo llevo en el bolsillo desde el día que te fuiste. No sé por qué. Creo que sabía que algún día lo necesitaría.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me tapé la boca con la mano para que no se me notara en la voz.

—Ravi, esto es enorme.

—Lo sé. Y tengo mucho miedo. Mi mujer está embarazada. Pero ver cómo te miraba ese periodista en la entrevista... —Soltó una risa corta, nerviosa—. Pensé que alguien que está dispuesto a ponerse así de ridículo por una causa, merece que alguien más sea valiente.

—No sé qué decir.

—No digas nada. Solo dime dónde quedamos. Pero no en ningún sitio con cámaras. Y que no vaya tu periodista, por ahora. Prefiero hablar contigo sola.

Quedamos el lunes en un banco del parque Dolores, a las siete de la mañana, entre perros y corredores.

Colgué con el corazón desbocado, y estuve un buen rato sentada en el suelo de la cocina, mirando las baldosas, con una sensación extraña que tardé en identificar.

Era esperanza. Una esperanza real, sin caramelo ni corazones animados.

La clase de esperanza que viene con miedo incluido.

La segunda parte de la respuesta de SoulMatch llegó a las cinco de la tarde, y no fue un comunicado.

—Maya —dijo Liam. Su voz había cambiado—. Ven a ver esto.

En la pantalla, una cuenta con quince mil seguidores y un nombre inocuo, «@CorazonesSinFiltro», había publicado un hilo.

Primera línea: «Os presentamos a la pareja del año.

Conocedlos mejor.» Debajo, una captura del artículo de Liam, «La ingeniera que cree que el amor cabe en una hoja de cálculo».

Debajo, una captura de mi correo, los once párrafos, con la frase del «parásito emocional con carné de prensa» resaltada en amarillo.

Debajo, una captura de la respuesta de cuatro palabras.

Y al final, un comentario: «Dos personas que se odiaban a muerte hace un año y medio, y que ahora, curiosamente, necesitan un número bajo para promocionarse. ¿Montaje? Pensadlo.»

Tenía ya nueve mil compartidos.

—Dios mío —murmuré, sentándome—. Han sacado el correo.

—Estaba en una cuenta que yo no había borrado. Lo imprimí, pero la copia digital seguía en mi bandeja. Quien lo haya encontrado ha tenido acceso a mis servidores o a los tuyos.

—¿Crees que han entrado en nuestras cuentas?

—Creo que han hecho lo que haría yo. Buscar el rastro público de la enemistad y volverlo contra nosotros. —Pasó los dedos por el teclado—. El correo se lo mandaste tú, y no hay manera de que sea ilegal publicarlo. Pero el momento es perfecto. Es una jugada profesional.

Se levantó. Dio dos vueltas por el salón. Pomelo lo siguió con los ojos. En la pantalla, el contador subió a diez mil, once mil.

—Lo que dirán es lo que dijo la maquilladora —señaló Liam, deteniéndose de pronto—. Que no es actuación. Y lo que dirá la mitad de internet es que sí lo es.

—Entonces estamos jodidos.

—No necesariamente. —Se volvió hacia mí, con esa chispa de reportero que se le encendía en los ojos cuando olía una pista—. Billie dijo que no fingiéramos amor. Que fingiéramos lo que ya sentimos. ¿Y si dejamos de esconder el odio?

—¿Cómo?

—Lo contamos nosotros. Antes de que lo cuenten ellos. Nos adelantamos con una entrevista, un vídeo, lo que sea, y decimos: sí, es verdad, nos odiábamos. Nos escribimos cosas terribles. Y mirad qué ha pasado después. Con el correo delante, sin ocultar nada.

—Convertir el ataque en parte de la historia.

—Convertir la prueba de que mentimos en la prueba de que no.

Lo miré. Tenía el pelo revuelto, una sombra de barba, la camisa arrugada, y yo sentí, con un vuelco incómodo, que ese hombre era el único con quien había deseado en mucho tiempo pensar en voz alta. Me dije que era cansancio. Me dije que era la televisión.

—De acuerdo —dije—. Pero lo haremos juntos. Guion compartido.

—Guion compartido.

—Y esta vez ensayamos sin temporizador.

—Maya.

—¿Qué?

—Tienes mantequilla en la nariz.

—¡Cállate!

Mientras me limpiaba con el dorso de la mano, sonó el timbre.

Fue un timbrazo largo e impaciente, el de alguien convencido de que la puerta se va a abrir.

Liam me miró. Yo me encogí de hombros. Caminó hasta la entrada con un gesto de recelo, abrió, y su cuerpo bloqueó la vista durante un par de segundos.

Hubo una pausa. Y luego, con una voz que reconocí antes de verla, alguien dijo:

—Tú debes de ser el del gato.

Se me cayó la tostada al suelo.

Amparo Ferreira entró en el apartamento de Liam Hargrove con una maleta de ruedas, una bolsa de tela cargada de tuppers y la barbilla alta de una conquistadora que llega a territorio nuevo.

Tenía sesenta y cuatro años, el pelo teñido de castaño rojizo y recogido en un moño apretado, un abrigo de lana color mostaza y una mirada capaz de atravesar una pared de hormigón.

Me vio. Me estudió de arriba abajo, deteniéndose en la camisa gris de hombre que llevaba puesta.

—Hola, hija.

—Mamá. ¿Qué haces aquí?

—He visto el vídeo. Lo ha visto toda Fresno.

La vecina de enfrente me lo enseñó en el móvil y me dijo: «Amparo, esa es tu hija».

Y yo le dije: «Claro que es mi hija, no la reconozco peinada así, pero es mi hija».

Y me puse a hacer la maleta. —Dejó la bolsa sobre la mesa—.

Te he traído croquetas. Y lentejas. Y una tarta de manzana.

Y estaba preocupada, Maya. Hay un montón de gente diciendo cosas horribles de ti por internet.

—Estoy bien.

—Eso lo decidiré yo. —Se volvió hacia Liam, que seguía de pie junto a la puerta, con la mano todavía en el pomo—. Y usted es Liam.

—Señora Ferreira. Encantado.

—Amparo. Se acabó el «señora». Me parece muy raro que un hombre que ha dicho en televisión lo que ha dicho me llame «señora».

—Amparo.