SoulMatch Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Casi nada —dijo Maya, en voz muy baja.

Tamsin asintió, despacio, y se alejó sin añadir nada.

Salimos del plató con las rodillas flojas. En el pasillo naranja, Hollis nos cortó el paso con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Lo habéis clavado! ¡Lo habéis clavado! Esa frase de la mercancía... ¿La habéis ensayado?

—No —dije.

—Pues es oro. Va a correr por todas las redes antes de mediodía. —Se secó la frente con un pañuelo—. Llamad a Billie. Y no cojáis el teléfono hasta que lo hagáis. Va a explotar.

Explotó.

En el aparcamiento subterráneo del estudio, a las nueve y veinte de la mañana, Maya se dejó caer contra la puerta de su coche, con el móvil en la mano y la boca abierta.

La pantalla se iluminaba cada dos segundos con un mensaje nuevo.

Veinte mil visualizaciones del fragmento. Cincuenta mil. Ciento diez mil.

—Mira —dijo, con la voz temblorosa—. Mira esto. «Ella lo mira como si le debiera la vida.» «Dios, quiero un hombre que diga eso en directo.» «Llevo cinco años en SoulMatch y nunca he tenido más de un cuarenta por ciento. Me estáis dando esperanza.»

—Maya.

—«Que alguien le dé un Pulitzer a este gato.»

—Maya.

—Dime.

—Has estado increíble.

Levantó la mirada. Tenía los ojos húmedos, la nariz roja y una sonrisa descompuesta. Se tapó la cara con las manos y se rio, y se le escapó un sollozo en medio de la risa.

—Lo hemos hecho —dijo—. Lo hemos hecho de verdad.

—Lo hemos hecho.

No sé quién dio el primer paso. Creo que fue ella, creo que fui yo, creo que el espacio entre nosotros se cerró como se cierra una puerta con corriente de aire.

Nos abrazamos con tanta fuerza que le crujió la chaqueta.

Ella hundió la cara en mi cuello y noté su respiración rápida, sus lágrimas calientes en mi piel, la risa temblándole en el pecho.

La levanté en volandas. Dio un grito de sorpresa y me rodeó la cintura con las piernas, y la apreté contra el coche, y de pronto ya no nos estábamos riendo.

—Liam —murmuró, pegada a mi oído.

—Lo sé.

—Estamos en un garaje.

—Lo sé.

—Hay cámaras.

—Hay una cámara. —Señalé con la cabeza hacia una esquina—. Y está rota. Hace meses que está rota.

—¿Cómo lo sabes?

—Soy periodista.

Su risa se deshizo en un gemido cuando mi boca encontró su cuello.

La besé debajo de la oreja, en la curva de la mandíbula, en la hendidura de la clavícula, y ella se agarró a mi pelo con las dos manos y echó la cabeza hacia atrás contra el techo del coche.

Le subí el vestido por los muslos. Estaba ardiendo.

La tela azul se amontonó en su cintura, y mis dedos subieron por el borde de sus bragas, que eran de algodón blanco y estaban ya húmedas, y las aparté con un tirón impaciente.

—Abre la puerta —jadeó.

—¿Qué?

—La del coche. Atrás. Rápido.

Abrí la puerta trasera con la mano libre, sin soltarla.

Entramos como pudimos, tropezando, chocando con el reposacabezas, con las rodillas y los codos en un espacio absurdamente pequeño.

Cerré la puerta de un golpe. Dentro olía a pino y a plástico caliente, y los cristales empezaron a empañarse con nuestras respiraciones.

Maya se tumbó de espaldas en el asiento corrido, con una pierna doblada contra el respaldo y la otra apoyada en el suelo, y me atrajo hacia ella por la camisa.

—No tengo nada —dije, con un esfuerzo—. No traigo...

—Yo sí. —Rebuscó en el bolso, tirado en el suelo, y sacó un envoltorio plateado con una sonrisa temblorosa—. Desde el otro día. Por si acaso. No juzgues.

—No juzgo nada.

—Eres un mentiroso.

—Soy un periodista agradecido.

Me desabrochó el pantalón con una prisa torpe.

Yo le arranqué las bragas, que dejaron un chasquido de tela en el aire cerrado, y le besé el vientre, el hueso de la cadera, el interior del muslo.

Ella gemía bajito, con una mano en la boca para no hacer ruido y la otra clavada en mi hombro.

Me metí entre sus piernas. La lamí, despacio, saboreándola, hasta que arqueó la espalda y empujó con las caderas contra mi cara, y entonces me detuve.

—No —suplicó—. No pares, no...

—Ahora quiero otra cosa.

Me puse el preservativo. Me coloqué sobre ella, apoyado en un codo, con el cuerpo encorvado contra el techo del coche.

Le sujeté el muslo, lo subí sobre mi cadera, y entré con una sola embestida lenta, que me arrancó un gruñido y a ella un jadeo largo.

Se aferró a mi espalda. El coche empezó a mecerse con nosotros, con un chirrido leve de amortiguadores, y los dos soltamos una carcajada ahogada, enloquecida, que se fundió en un gemido.

—El cactus —susurró ella—. Se va a caer el cactus.

—Que se caiga.

Se movió contra mí, y tuve que cerrar los ojos.

Era increíble. Era estrecha y cálida y pulsaba a mi alrededor con cada empuje.

Fui rápido, luego lento, luego otra vez rápido, siguiendo el ritmo de su respiración, de sus uñas en mi espalda, de las palabras sueltas que murmuraba contra mi boca.

«Así.» «Más.» «Liam.» El cristal empañado goteaba.

Alguien pasó cerca, con el taconeo de unos zapatos, y los dos nos quedamos inmóviles, con la respiración contenida, hasta que el ruido se alejó.

Nos miramos. Estallamos otra vez en una risa muda, jadeante, que acabó en un beso hondo.

Aceleré. Le agarré las caderas con las dos manos.

Ella echó la cabeza hacia atrás y se mordió el puño para ahogar el grito, y noté cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo se cerraba en torno a mí, cómo se deshacía entera con un temblor profundo que me arrastró detrás.

Me corrí con la cara en su cuello, ahogando su nombre, con los dedos clavados en el asiento de plástico.

Quedamos tendidos, enredados, entre el respaldo y el suelo, con el pelo pegado a la frente.

Maya me acariciaba la nuca. Yo le besaba el hombro, sin fuerzas, con una felicidad idiota.

Fuera, a lo lejos, se oyó el motor de un camión.

Dentro, el cactus de plástico seguía balanceándose en el salpicadero.

—Esto tampoco ha pasado —murmuró, con la voz rota.

—No.

—Ha sido la adrenalina.

—Totalmente.

—Un efecto secundario de la televisión.

—Está documentado.

Se rio contra mi hombro. Me apartó el pelo de la frente con las yemas de los dedos, y me miró unos segundos, con los ojos aún empañados de placer y de algo más que no se atrevió a nombrar. El móvil, tirado en el suelo, vibró de nuevo. Ninguno de los dos lo cogió.

—Tenemos que llamar a Billie —dijo, sin moverse.

—Sí.

—Y a mi madre. Y a la tuya.

—A la mía no.

—Entonces a la mía.

—Dentro de cinco minutos.

—Cinco minutos —aceptó ella, y se acurrucó un poco más, con la mejilla contra mi pecho, y cerró los ojos.

Los cristales del coche terminaron de empañarse. Y yo me quedé quieto, sin pensar en nada, con una mano sobre su espalda, intentando recordar cuándo había sido la última vez que me sentí tan tranquilo.