SoulMatch Capítulo 6
26%

Capítulo 6

Liam

Maya llegó a recogerme con diez minutos de adelanto y un termo de café del tamaño de un extintor.

La vi desde la ventana, apoyada contra el capó de su coche, un hatchback rojo con la pintura levantada en el parachoques, mirando el móvil con el ceño fruncido.

Llevaba un vestido azul marino de manga corta y una chaqueta blanca, el pelo recogido en un moño bajo y un par de pendientes pequeños que le brillaban cada vez que giraba la cabeza.

Bajé las escaleras de tres en tres. Me dije que lo hacía por puntualidad.

—Estás pálido —dijo, a modo de saludo, y me tendió una taza de plástico con el termo—. Bebe.

—No hace falta.

—Bebe. Vas a necesitarlo.

Bebí. Era un café amargo, hirviendo, con una cucharada de azúcar moreno. Me quedé mirándola por encima del borde de la taza.

—Lo has hecho como a mí me gusta.

—Es una prueba de que hemos estudiado las listas. —Abrió la puerta del conductor—. Sube.

Subí. El coche tenía un ambientador de pino colgado del retrovisor, una montaña de recibos en el hueco de la palanca y un cactus de plástico pegado al salpicadero. Maya arrancó con un resoplido y metió una marcha con tanta brusquedad que el cactus se inclinó.

—Conduces como si te hubieran robado algo.

—Conduzco como una persona que va a salir en televisión en directo delante de cuatro millones de espectadores.

—No es mala razón.

—Calla y respira.

Respiré. Ella también. Durante veinte minutos no dijimos nada más.

El estudio de «Buenos días, Bahía» ocupaba una nave reformada del distrito de Dogpatch, con una entrada de cristal ahumado, una recepcionista de peinado imposible y un pasillo de paredes naranjas cubierto de fotografías de presentadores sonrientes.

Nos acompañó una ayudante de producción con auricular, una chica joven que hablaba muy rápido y caminaba más rápido aún.

Nos llevó a una sala de espera con un sofá de cuero rojo, una mesa de frutas y una pantalla donde se veía el plató en directo.

—Tamsin sale en cuarenta minutos —dijo la chica—. Os maquillan en diez. Os llamo a vosotros en el segundo bloque, tras las noticias del tráfico. ¿Queréis agua? ¿Un té? ¿Nervios?

—Nervios, por favor —dijo Maya, con una sonrisa pálida.

La chica se rio sin saber si era una broma y desapareció. Nos quedamos solos. Maya se sentó en el borde del sofá, con las rodillas juntas y las manos apretadas entre ellas. Yo me senté a su lado. El cuero crujió.

—Si me pongo a vomitar, tápame —murmuró.

—Eso no está en mis competencias.

—¿Tú no tienes nervios?

—Tengo cuarenta y tres artículos en la espalda y una carrera entera de preguntas incómodas. Pero esto es distinto.

—¿Por qué?

—Porque esta vez la pregunta soy yo.

Me miró. Alargó una mano, titubeó, y finalmente la posó sobre la mía, sobre mi rodilla. Estaba fría. Le di la vuelta con la palma hacia arriba y entrelacé los dedos con los suyos. Fue un gesto sin permiso, sin acuerdo previo. No hubo temporizador. Ninguno de los dos dijo nada.

—Gracias —susurró.

—No he hecho nada.

—Lo sé. Gracias igualmente.

Entró una maquilladora con un neceser. Nos soltamos.

Nos sentamos en dos sillas altas, frente a un espejo rodeado de bombillas.

Me aplicaron un polvo en la cara que me hizo estornudar.

A ella le perfilaron los ojos con un lápiz oscuro y le dieron un toque de color en los pómulos, y yo, a través del espejo, la observé con una atención que ya no pude disimular.

La maquilladora me pilló. Sonrió con complicidad, sin decir nada.

—Qué suerte tenéis —dijo, mientras guardaba los pinceles—. Se nota que os queréis un montón.

—Es una buena actuación —respondí.

—No es actuación, cariño. Se nota desde aquí.

No supe qué contestar. Maya tampoco. Nos miramos en el espejo y apartamos los ojos a la vez.

Tamsin Rourke era una mujer de cuarenta y tantos, de pelo rubio cortado a la altura de la barbilla, ojos verdes de una agudeza casi quirúrgica y una sonrisa de dientes perfectos que no llegaba nunca más arriba de los pómulos.

Nos recibió en el plató con un apretón de manos firme, una mirada que me recorrió de la cabeza a los pies y un comentario seco.

—Liam Hargrove. Tu artículo sobre Ferreira me pareció una crueldad elegante.

—Gracias.

—No era un cumplido. —Se volvió hacia Maya—. Y tú eres la valiente que se ha dejado emparejar con él.

—Más bien lo contrario —dijo Maya—. Me emparejaron con él por un uno coma cuatro.

—Os vais a divertir. Os advierto de que me gusta preguntar lo que no debo. Si no os apetece contestar, mentid con elegancia.

Se alejó hacia su sillón. Un técnico nos colocó los micrófonos, uno en cada solapa, con unos dedos fríos que me rozaron el pecho.

Nos sentaron en un sofá de terciopelo gris, junto a una mesita con tres tazas vacías y un jarrón de lirios blancos.

Los focos nos cayeron encima como una losa de calor.

Alguien contó hacia atrás con los dedos. Cinco. Cuatro.

La mano de Maya buscó la mía sobre el sofá. La encontró.

—En directo, en tres, dos...

—Buenos días, Bahía —dijo Tamsin, mirando a cámara con una sonrisa ancha, pulida por veinte años de práctica—.

Hoy tenemos un caso que ha hecho correr ríos de tinta, o más bien ríos de píxeles, en los últimos días.

Una aplicación de citas, un algoritmo y una pareja a la que ese algoritmo ha declarado oficialmente la menos compatible del mundo.

Con ustedes, Maya Ferreira y Liam Hargrove.

—Buenos días —dijimos a la vez, y nos reímos, un poco nerviosos, un poco sincronizados, y vi por el rabillo del ojo la luz roja de la cámara.

—Antes de nada —continuó Tamsin—, tengo que ser clara con los espectadores.

Liam, usted es periodista de investigación.

Maya, usted trabajó hasta hace diez días en SoulMatch.

Y los dos tienen una historia pública de enemistad que, si me permiten, es de las mejores que he visto.

¿Cómo se pasa del insulto por correo electrónico al sofá de un programa de televisión?

Habíamos ensayado esa pregunta cuarenta veces. Maya respiró, me miró, y soltó la frase que le había dado Hollis.

—Despacio. Con muchas discusiones. Y con un gato que se puso de mi parte.

La sala rio. Tamsin alzó una ceja, divertida.

—Cuéntenos lo del gato.

—Lo tiene Liam —dijo Maya—. Se llama Pomelo. Nunca le había gustado nadie. Llegué un día a su casa a pelearme por un asunto de trabajo, y el gato se me sentó encima de las zapatillas y no se quiso mover.

—Traidor —añadí yo.

—¿Fue entonces cuando supo que se estaba enamorando? —preguntó Tamsin.

—Fue entonces cuando supe que me había equivocado de veredicto sobre ella —respondí—. Había escrito un artículo injusto. Y ella, en lugar de pedirme una disculpa, me pidió que me tomara un café. Ahí fue cuando entendí que no la había entendido.

Hablé con una suavidad que no había ensayado. Maya me miró. Y pasó algo extraño: la cámara desapareció, los focos desaparecieron, y quedó su cara a medio metro, con los labios entreabiertos y una luz de sorpresa en los ojos. Se me aceleró el pulso.

—Qué bonito —dijo Tamsin, y la voz le cambió un grado, y comprendí que habíamos pasado la primera prueba—.

Vayamos a la parte científica. Maya, usted conoce el sistema por dentro.

SoulMatch les dio un uno coma cuatro. En su documentación, ninguna pareja por debajo del treinta por ciento ha durado más de un año. ¿Tienen miedo de que sea verdad?

—No tengo miedo, Tamsin. Tengo curiosidad.

—Maya se enderezó, y su voz pasó a un registro más firme, el mismo que había usado en su charla ante trescientas personas—.

Lo que SoulMatch llama afinidad es un número que se muestra en una pantalla.

Yo sé de qué está hecho. Y puedo decir, con todo el respeto, que ese número no es lo que los usuarios creen que es.

—¿Está acusando a su antigua empresa de fraude?

—Estoy diciendo que la mejor manera de comprobar una teoría es ponerla a prueba. Mi pareja y yo somos esa prueba. Dentro de un año volveremos a sentarnos en este sofá, y le contaremos cómo nos ha ido.

—Un año —repitió Tamsin—. ¿Y si fracasan?

—Si fracasamos, lo reconoceremos delante de todos. Con la misma transparencia.

Fue una buena respuesta. Dura, sin estridencias. Me estaba preparando para respirar cuando Tamsin se volvió hacia mí, con un destello en los ojos verdes que reconocí al instante, porque era el mismo que me asoma a mí cuando tengo delante a una fuente que está a punto de decir algo que no quería.

—Liam. Una pregunta que no está en el guion.

Sentí la mano de Maya apretarse con fuerza dentro de la mía.

—Diga.

—Usted ha pasado veinte años escribiendo sobre la hipocresía de las instituciones. En su último libro afirma, y cito, que el amor es «la mercancía más cara y más defectuosa del mercado». ¿Qué le ha hecho cambiar de opinión?

El estudio quedó en un silencio completo. Vi de reojo la luz roja. Vi a Hollis, detrás del cámara, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo, esperando. Noté el sudor frío bajo la camisa. Tenía preparadas diez respuestas. Todas estaban en una cajita lejana de mi cerebro, bajo llave.

Y entonces miré a Maya, que me miraba a mí, con las pestañas inmóviles y una fe absurda en los ojos, y se me olvidaron las diez.

—No he cambiado de opinión —dije—. Todavía creo que el amor es una mercancía defectuosa. Pero ella es la primera persona que me ha hecho querer comprarla.

Maya soltó un sonido que fue entre una risa y un suspiro. Tamsin sonrió, esta vez de verdad, con los ojos incluidos.

—Eso —dijo— es lo más romántico que le he oído decir a un periodista.

—Es lo más peligroso que he dicho en mi vida.

—Se ve. —Tamsin se giró hacia la cámara—. Volvemos en un minuto con la información del tráfico y con el tiempo.

La luz roja se apagó. Un técnico gritó «¡Fuera!». Alguien aplaudió en la penumbra. Tamsin se quitó el micrófono con un gesto rápido, nos miró a los dos, entre curiosa y respetuosa, y se limitó a decir:

—Habéis estado muy bien. Demasiado bien. Me gustaría saber cuánto de eso era guion.