SoulMatch Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

No pude evitarlo. Me reí con él, con la mano en el estómago, y durante un minuto largo los dos nos quedamos allí, sin aire, delante de aquel corcho absurdo.

Cuando se calmó, descolgó el recorte con un cuidado reverencial.

Lo dobló en cuatro, despacio, y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

—¿Qué haces?

—Me lo quedo. Es la mejor crítica que he recibido en mi vida.

—Es mi corcho.

—Es mi cara.

—Es una cara muy agujereada.

—Pues entonces es mía —concluyó, con tanta dignidad que volví a reírme—. Anda. Termina de vestirte. Que Hollis nos espera.

Mientras me ponía un jersey, me di cuenta de que acababa de enseñar a un hombre, sin pensarlo, la parte más cruel y más ridícula de mí misma, y de que él se había reído sin una gota de burla. Y esa idea me incomodó más que cualquier otra cosa de aquella mañana.

Pasamos los cuatro días siguientes ensayando con una seriedad militar.

Billie nos presentó a Hollis Tran, un productor de televisión retirado de sesenta y tantos años, calvo, enjuto, de gafas redondas y una paciencia sobrehumana, que nos recibió en un estudio alquilado de Potrero Hill con dos sillones frente a una cámara y una pantalla donde se veía nuestra imagen.

Nos sentó juntos. Encendió la cámara. Nos hizo la primera pregunta con un tono neutro.

—¿Cómo os conocisteis?

—Bueno —dije—. Nos conocimos en una conferencia hace un año y medio...

—No. Parad. —Hollis se frotó el puente de la nariz—. Maya, estás mirando a cámara. Tienes que mirarle a él. Estás contando una historia de amor. No estás leyendo un parte meteorológico.

—Me pone nerviosa la cámara.

—Pues mira a Liam. Está más cerca y es menos intimidante.

—No sé yo.

—Gracias —murmuró Liam.

Lo intentamos otra vez. Y otra. Hollis nos corrigió veinte veces.

Que Liam hablaba demasiado deprisa. Que yo me tocaba el pelo cuando mentía.

Que él ponía una expresión de abogado cada vez que yo decía «cariño».

Que yo reía una décima de segundo tarde.

A media tarde, Hollis se detuvo, apagó la cámara y se sentó en el borde de la mesa con las manos entrelazadas.

—Escuchadme bien. Vais a salir en directo, a las ocho y cuarenta de la mañana, delante de cuatro millones de personas.

Tamsin Rourke es una profesional muy lista, y vuestro caso es llamativo.

Os va a preguntar cosas que no habéis ensayado.

Habrá un momento, unos diez segundos, en que os soltará una pregunta que no esperéis.

En ese momento, no pensaréis. Solo seréis.

—Se puso en pie—. Así que ahora vamos a probar a ser. Quiero que os cojáis de la mano.

Obedecimos. La palma de Liam estaba tibia y seca. Nuestros dedos se entrelazaron con una facilidad que me inquietó.

—Ahora cerrad los ojos.

—¿Para qué?

—Para que dejéis de actuar. Y ahora, cada uno, sin hablar, piensa en una cosa que te gusta del otro.

El silencio duró varios segundos. Se oía el zumbido del aire acondicionado.

Pensé en la risa de Liam, en esa forma suya de reírse con los ojos antes que con la boca.

Pensé en la tortilla quemada. En la manta con que me tapó cuando me quedé dormida.

En su voz diciéndome, mirándome, «te queda bien mojado».

En el pulgar que, sin que él se diera cuenta, trazaba círculos muy pequeños sobre el dorso de mi mano.

—Abrid los ojos.

Los abrí. Liam me miraba. Tenía la mandíbula tensa y una expresión abierta, desnuda, desprevenida, que nunca le había visto, y que desapareció en cuanto él se dio cuenta de que yo la había visto.

—Eso —dijo Hollis, con una sonrisa satisfecha—. Eso es lo que quiero en cámara. Quedaos ahí.

—Hollis, creo que nos has pillado...

—Os he pillado a los dos. Es mi oficio. —Encendió la cámara—. Otra vez desde el principio. Y esta vez, mirad cómo se mira de verdad.

Fue una sesión agotadora, y a la vez extraña, porque a ratos, entre pregunta y pregunta, olvidaba que estábamos actuando.

Olvidaba que había una cámara. Liam contaba cómo me había insultado en un correo y yo le respondía con una réplica improvisada, y los dos nos reíamos de verdad, y Hollis, desde detrás del monitor, asentía con la cabeza como si presenciara un milagro de laboratorio.

Cuando acabamos, ya de noche, Liam y yo salimos juntos del estudio. La calle estaba tranquila. Caminamos hasta su coche, un utilitario gris con un faro roto, sin hablar. Me abrió la puerta del copiloto con un gesto automático, y yo me quedé mirándolo.

—¿Qué?

—Nada. Esa cortesía no está en las listas.

—Es costumbre.

—Es sospechosa.

—Sube al coche, Ferreira.

Subí. El trayecto fue silencioso. Las luces de la ciudad se deslizaban por el parabrisas.

Él conducía con las dos manos en el volante, con la vista fija en la carretera, y a mí me costaba apartar la mirada de su perfil: la nariz recta, la línea dura de la mandíbula, un mechón que le caía sobre la frente.

—Dime una cosa —dije, para romper la quietud—. ¿Tú crees que funcionará?

—La entrevista, sí.

—No hablo de la entrevista.

—¿Entonces?

—Todo. El plan. Lo de SoulMatch. Lo de... nosotros.

Tardó en contestar. Un semáforo se puso en rojo y frenó con suavidad.

—Creo que Desmond Achterberg lleva años contando una mentira que le conviene a mucha gente —dijo—. Y creo que las mentiras que le convienen a mucha gente son las más difíciles de tumbar. Pero creo que tú tienes razón. Y yo, por una vez, quiero ayudar a alguien que tiene razón.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

El semáforo cambió a verde. Arrancó.

—¿Y lo de nosotros? —insistí.

Estuvo callado dos manzanas enteras.

—Eso lo dejo para después de la entrevista —dijo, por fin—. Una cosa cada vez.

Me dejó en el portal de mi edificio. Se quedó con el motor encendido mientras yo bajaba y rodeaba el coche. Antes de cerrar la puerta, me agaché hasta su ventanilla.

—Liam.

—Dime.

—Mañana a las seis te recojo yo. Para ir al estudio de televisión.

—No hace falta.

—Quiero conducir. Me ayuda a no pensar.

—Vale. A las seis.

—A las seis.

Cerré la puerta. Subí las escaleras con las piernas pesadas, como si hubiera corrido una maratón sin moverme del sitio.

Noor me esperaba en el salón, sentada sobre la alfombra, rodeada de ramos a medio atar, con un cuchillo de florista en una mano y una copa de vino en la otra.

Me miró, me observó la cara, y bajó el cuchillo.

—No hace falta que me cuentes nada —dijo.

—Gracias.

—Se te ve todo en la cara.

—Noor.

—Lo digo con cariño. Lo digo con muchísimo cariño. —Me tendió una copa—. Siéntate. Bebe. Y no digas ni una palabra hasta que te lo pida.

Me senté a su lado, sobre la alfombra, entre las rosas y las hojas de eucalipto.

Bebí. Ella siguió atando ramos, con la lengua entre los dientes, y no me preguntó nada más.

Al cabo de un rato apoyé la cabeza en su hombro, y cerré los ojos, y pensé en una mano que dibujaba círculos diminutos sobre la mía.