SoulMatch Capítulo 5
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Capítulo 5

Maya

Desperté con el peso de un gato sobre los tobillos y la mejilla pegada a un cojín que olía a café y a detergente barato.

Tardé un par de segundos en entender dónde estaba.

Después vi la pizarra, los papeles esparcidos por el suelo, el vestido verde convertido en un trapo arrugado junto a la mesa, y los recuerdos de la noche me cayeron encima de golpe, uno detrás de otro, con una nitidez casi insultante.

La mesa. El sofá. Su boca. Mi voz diciendo su nombre de un modo que no había usado jamás con nadie.

Me tapé la cara con la manta y solté un gemido largo, sordo, que hizo que Pomelo me clavara una mirada de reproche desde los pies.

—No me juzgues —le dije—. Tú tampoco sabes lo que haces cuando te dan pescado.

Alguien trasteaba en la cocina. Oí el siseo de una sartén, un golpe de cacerola, una maldición en voz baja.

Me incorporé despacio, sujetando la manta contra el pecho, porque debajo estaba desnuda, y busqué con la vista algo que ponerme.

Mi ropa interior estaba en el suelo, empapada y fría.

El vestido, inservible. Al final, en el respaldo de la silla, vi la camisa gris que Liam había dejado allí hacía días.

La agarré. Me la puse. Me llegaba a medio muslo y las mangas me cubrían las manos. Me remangué dos veces cada una.

Liam estaba de espaldas, delante de los fogones, con un pantalón de chándal gris y el torso desnudo.

Lo observé desde la puerta de la cocina sin decir nada.

Tenía la espalda ancha, marcada con cuatro arañazos rojos que reconocí al instante como obra mía, y una forma de apoyar el peso en una pierna, con la cadera ladeada, que me hizo apretar los muslos.

Peleaba con una tortilla de huevos que se negaba a darse la vuelta. La espátula temblaba en su mano.

—Se te va a quemar —dije.

Dio un respingo tan violento que la tortilla salió volando y aterrizó sobre los fogones con un sonido blando y trágico.

—Joder —dijo, y se giró.

Nos miramos. En su cara pasaron, a toda velocidad, la sorpresa, el pánico y una cosa que no supe nombrar. Sus ojos grises bajaron desde mi cara hasta la camisa, hasta las piernas desnudas, y volvieron a subir con una prisa culpable.

—Esa es mi camisa.

—Mi vestido ha muerto.

—Ya. Lo vi. Lamento el fallecimiento.

—Era de segunda mano.

—Aun así.

Nos quedamos callados. La sartén humeaba. Yo me abracé los codos. Él se pasó la mano por la nuca. En el piso de abajo arrancó la secadora y los cristales de la cocina se pusieron a tintinear con un compás tembloroso.

—He hecho tortilla —dijo al fin.

—Lo veo.

—Pensé que tendrías hambre.

—Tengo hambre.

—Hay café. Con leche de avena. Para ti lo he dejado sin azúcar, como dijiste el otro día. Para mí con una cucharada de azúcar moreno.

—Lo recuerdo.

—Bien.

—Bien.

Serví dos tazas porque necesitaba hacer algo con las manos.

Él rescató lo que quedaba de la tortilla y la repartió en dos platos con una dignidad lastimosa.

Nos sentamos a la mesita de la cocina, uno frente al otro, con las rodillas a un palmo de distancia.

Me costaba mirarlo. Me costaba aún más no mirarlo.

Comimos en un silencio áspero, interrumpido por el ruido de los tenedores y por el motor de la lavandería.

—Mañana no hablamos de esto —dije por fin, y mi propia voz me sonó ridícula.

—Es hoy.

—¿Qué?

—Que dijimos mañana. Y ya es mañana.

—Entonces hablamos cinco minutos.

—Con temporizador.

—Con temporizador.

Puso el móvil sobre la mesa y activó una cuenta atrás. Quedó la pantalla brillando entre las tazas, con un cinco y tres ceros. Respiré hondo.

—Fue un error —empecé.

—Sí.

—Un error muy agradable.

—Sí.

—Pero un error. Fue el vino, la lluvia, el nerviosismo de estos días. Convivir tan juntos, ensayar los besos... Era una bomba de relojería.

—De acuerdo.

—No nos conviene complicarlo. Tenemos un plan, y el plan funciona precisamente porque no hay nada real. Si mezclamos las cosas, nos perdemos.

—Estoy de acuerdo.

—Y el reportaje depende de que seamos honestos con los hechos. Si empezamos a sentir algo, el reportaje se contamina.

—Totalmente.

—Entonces no volverá a pasar.

—No volverá a pasar.

Nos quedamos mirándonos. Sus ojos se detuvieron en mi boca. Yo aparté la vista y fingí mucho interés en el borde de mi taza.

—Tres minutos —dijo, con la voz un poco rasposa.

—Pues dime lo que piensas tú.

—¿Yo?

—Es una conversación. Tienes que participar.

Se pasó los dedos por el pelo. Tardó en responder. Cuando lo hizo, lo hizo mirando la tortilla.

—Pienso que es la primera vez en mucho tiempo que alguien me toca y no estoy pensando en cómo escribirlo después.

Se me cayó el tenedor al plato. Sonó como una campana.

—Es un comentario ambiguo —logré decir.

—Es un comentario sincero.

—Hay un temporizador en marcha. Esto no cuenta.

—Dos minutos —murmuró él, sin alzar la vista.

Dejé de comer. Me quedé con las manos sobre las rodillas.

Tenía el corazón desbocado y la camisa me raspaba el cuello.

Quise decirle algo de lo que no me iba a arrepentir, y no se me ocurrió ninguna frase que cumpliera esa condición, y entonces sonó el móvil.

No el temporizador, el mío. Una vibración furiosa dentro de la mochila, en el salón.

Salí de la cocina como una exhalación. Rebusqué entre las cosas hasta dar con el teléfono. Era Noor, con tres mensajes seguidos y una llamada perdida.

«¿DÓNDE ESTÁS?»

«Te he llamado cuatro veces. Estoy preocupada.»

«Si no contestas en cinco minutos aviso a mamá. Es una amenaza real.»

Marqué.

—Estoy viva —dije, en cuanto contestó.

—Maya Ferreira. —La voz de mi hermana se quebró entre el alivio y la indignación—. Me has dado un susto de muerte. Pasaste de largo por el piso, no has respondido, no has dormido en casa.

—Estoy en casa de Liam.

Silencio. Largo.

—¿En casa de Liam?

—Trabajando. Hemos trabajado hasta tarde.

—Trabajando.

—Sí.

—¿Y por qué hablas en voz tan baja?

—Porque hay un gato durmiendo.

—Ya. —Otro silencio, más corto, cargado de sospecha—. Maya. ¿Llevas puesta tu ropa?

—Eso no es asunto tuyo.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —chilló, y tuve que apartar el teléfono de la oreja—. Dios mío, lo sabía. Te lo juro, desde que me contaste lo del correo, pensé: aquí hay tensión. Aquí hay tensión narrativa. Esto acaba como en las novelas de mamá.

—Noor, para.

—No paro. ¿Cómo ha sido? ¿Ha sido bueno? ¿Es de esos que hablan o de los que se callan?

—Voy a colgar.

—¡Maya!

—Fue un error. Una cosa puntual. No va a repetirse.

—Eso dices ahora.

—Lo digo siempre.

—Lo dices desde que tenías catorce años y juraste que no volverías a hablar con Dylan Trask, y le escribiste esa misma tarde.

—Cuelgo.

—¡Te quiero! ¡Quiero detalles! ¡Cuando quieras! ¡Con cifras!

Colgué. Me quedé de pie en medio del salón, con el teléfono en la mano y la cara ardiendo.

Desde la cocina llegó el sonido de una risa contenida, ronca, que se apagó en cuanto lo miré.

Liam estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la boca tensa por el esfuerzo de no sonreír.

—¿Has oído algo?

—Nada. Absolutamente nada. —Se mordió el labio—. Solo lo de las cifras.

—Voy a ducharme.

—Hay toallas limpias en el armario del baño.

—Gracias.

—Y puedes quedarte la camisa.

Me paré en la puerta del baño, de espaldas a él.

—No la quiero.

—Vale.

—Pero me la llevo.

No oí su respuesta, porque cerré la puerta, y el agua caliente me cayó encima como una absolución.

Liam insistió en llevarme a mi apartamento para que me cambiara, y yo, con la camisa gris puesta y el vestido verde hecho un fardo dentro de una bolsa de supermercado, no tuve fuerzas para negarme.

Subimos juntos los tres pisos. Noor ya se había ido a la floristería, y en el salón solo quedaban los cubos con agua, un rastro de hojas de eucalipto y la suculenta de mi despido, que se había puesto cómoda en el alféizar.

Liam entró detrás de mí con las manos en los bolsillos, mirándolo todo con esa curiosidad profesional que le había visto en su propia casa.

Se detuvo delante de la estantería. Pasó un dedo por el lomo de un manual de redes neuronales.

Se agachó junto al sofá verde y lo palpó con la palma, como si quisiera comprobar que era real.

—Aquí es donde duermes cuando no duermes en la cama —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—Hay una hendidura. Y un portátil olvidado. Y una manta con una mancha de café que tiene la forma de Florida.

—Es Texas.

—Es Florida con ganas.

Fui al dormitorio a buscar ropa. Cuando regresé, abrochándome unos vaqueros, lo encontré inmóvil delante del corcho de la pared del fondo, el que yo había colgado sobre mi mesa de trabajo hacía año y medio y que no había tenido valor de tocar desde entonces.

Estaba lleno de notas, de gráficos de colores, de entradas de conciertos.

Y en el centro, clavada con cuatro chinchetas rojas, estaba la impresión de un artículo.

Titular en negrita. Una foto de una mujer con los brazos abiertos.

Y, justo sobre la firma, un racimo de agujeros diminutos, tan apretados que el papel parecía un colador.

—Maya —dijo, con una voz extraordinariamente tranquila—. ¿Esto son marcas de dardos?

—Es una afición.

—Hay diecisiete agujeros en mi apellido.

—Dieciocho. Uno es de cuando Noor jugó borracha.

—Has usado mi nombre como diana.

—No lo he usado como diana. Lo he usado como objetivo de entrenamiento.

Giró la cabeza despacio. Tenía los labios apretados y los ojos entornados, y yo vi, con una ternura que no me esperaba, que se estaba aguantando la risa con un esfuerzo heroico.

Se llevó el puño a la boca. Los hombros le temblaron una vez, dos, y de pronto soltó una carcajada tan grande, tan abierta, tan sin defensas, que se tuvo que apoyar contra la pared.

—Dieciocho —repitió, ahogándose—. Dieciocho agujeros. Y yo pensando que me odiabas de manera abstracta.

—Te odiaba con puntería.

—Lo veo. La mayoría están en la frente.

—Apuntaba a la frente.

—Qué mujer más precisa.