SoulMatch Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Se lo bajé. Fue una lucha, porque el tejido empapado se resistía, y los dos nos reímos a trompicones, con las frentes juntas, mientras yo tiraba de la tela y ella levantaba los brazos.

Cuando por fin cedió, el vestido se deslizó hasta su cintura y se quedó arrugado en un montón verde alrededor de sus caderas.

Llevaba un sujetador de encaje negro, mojado, casi transparente, bajo el que se adivinaban los pezones endurecidos por el frío y por algo más.

—Dios —dije.

—No hables —me ordenó, y desabrochó mi camisa con dedos torpes, arrancándome un botón—. Hablas demasiado. Siempre estás hablando.

—Tú también.

—Cállate, Hargrove.

Le besé el cuello. Sabía a lluvia y a piel.

Fui bajando con la boca por la clavícula, por el borde del encaje, y le mordisqueé la curva del pecho con suavidad.

Ella echó la cabeza hacia atrás y se agarró a mi pelo, y un gemido largo, grave, le salió de lo más hondo del cuerpo.

Desabroché el sujetador con una mano y se lo quité.

Me quedé un segundo mirándola, a la luz amarilla de la lámpara, con la piel brillante de gotas, los pechos pequeños y firmes, la boca hinchada de besos.

Después la tomé con la boca. Chupé uno de los pezones, lo rodeé con la lengua, lo mordí apenas.

Maya arqueó la espalda y empujó las caderas hacia mí.

Sentí la presión de su pelvis contra mi erección, que ya dolía bajo los pantalones mojados.

—Más —dijo, y su voz fue un hilo—. Liam. Más.

Le bajé el vestido del todo. Quedó solo con las bragas de encaje a juego, negras, empapadas.

Me arrodillé frente a la mesa. Ella se quedó quieta, con las manos agarradas al borde, y el pecho subiéndole y bajándole a trompicones.

Le besé el interior de la rodilla. El muslo.

Subí despacio, dejando un rastro húmedo con la lengua, y noté cómo le temblaban las piernas bajo mis manos.

Le aparté las bragas a un lado con dos dedos.

—Mírame —murmuré.

Me miró. Tenía los ojos vidriosos, la boca abierta, las mejillas encendidas.

Sostuve su mirada mientras la lamía por primera vez, despacio, con la lengua plana, de abajo arriba.

Maya dejó escapar un grito sordo y se llevó la mano a la boca.

Su sabor, cálido, salado, dulce, me trastornó.

Volví a hacerlo. Y otra vez. Descubrí que ella reaccionaba con más fuerza cuando dibujaba círculos pequeños alrededor del clítoris, y que cuando lo succionaba con suavidad le temblaban los muslos y le enredaba los dedos en el pelo para sujetarme.

Introduje un dedo. Después dos. Estaba tan mojada que se deslizaron sin esfuerzo, y los curvé hacia arriba, buscando, hasta que su respiración se convirtió en jadeos cortos y desesperados.

—No pares —suplicó—. Dios, no pares, no pares...

No paré. La sostuve con una mano en la cadera mientras mi boca y mis dedos seguían un ritmo cada vez más firme, y noté cómo su cuerpo se tensaba, cómo el vientre se le endurecía, cómo sus piernas me apretaban la cabeza.

Se corrió con un gemido ronco, entrecortado, y el espasmo la recorrió entera.

Le temblaron los muslos durante largo rato.

Seguí lamiéndola suavemente hasta que me empujó por los hombros, riendo y jadeando, sin aliento.

—Para, para, que me vas a matar.

Me incorporé. Tenía la barbilla húmeda. Maya me agarró de la camisa abierta y me atrajo hacia ella para besarme, probándose a sí misma en mi boca, con una avidez que me volvió loco.

Sus manos bajaron a mi cinturón. Lo desabrochó con dedos rápidos, me bajó la cremallera, metió la mano bajo la tela y me envolvió con los dedos.

Solté un gruñido. Estaba tan duro que la caricia me recorrió entero como una descarga.

—Quiero verte —dijo, con la voz espesa.

Se bajó de la mesa. Me empujó hacia el sofá, y Pomelo, ofendido, saltó al suelo con un maullido de protesta. Me senté. Ella me quitó los pantalones, los calzoncillos, con una impaciencia deliciosa, y se quedó de pie delante de mí con las bragas todavía puestas, mirándome con una sonrisa traviesa.

—No sabía que fueras tan grande —dijo.

—Me alegra poder sorprenderte.

—No te sorprendas tú de lo que voy a hacerte.

Se arrodilló entre mis piernas. Me tomó con las dos manos, me acarició de arriba abajo, despacio, con los ojos fijos en los míos.

Después se inclinó y me lamió la punta, y yo eché la cabeza hacia atrás con un sonido que no supe contener.

Me metió en la boca, caliente, húmeda, y empezó a moverse con un ritmo lento y profundo que me deshizo las ideas.

Le enredé los dedos en el pelo, sin presionar.

Sus labios me envolvían, su lengua dibujaba círculos en la parte inferior, y de vez en cuando se retiraba para mirarme, con la boca brillante, y volvía a tragarme entera.

Gruñí su nombre. Me temblaban las rodillas.

—Maya... espera. Voy a...

Se apartó con un chasquido húmedo, relamiéndose.

—Todavía no.

Se quitó las bragas. Se subió a horcajadas sobre mis muslos, apoyó las manos en mis hombros y me miró desde arriba, con el pelo enmarañado cayéndole sobre la cara.

Me besó. Se frotó contra mi erección, despacio, deslizándose con su humedad a lo largo de toda mi longitud, y los dos jadeamos contra la boca del otro.

—Preservativo —dije, con un esfuerzo—. En el cajón del baño...

—Ve.

Fui. Volví en veinte segundos con un envoltorio plateado entre los dedos.

Ella me lo quitó de la mano y lo rasgó con los dientes.

Me reí. Me colocó el preservativo con una pericia que me hizo gemir otra vez, y entonces se alzó, se colocó sobre mí y bajó muy despacio, centímetro a centímetro, con la boca abierta y los ojos clavados en los míos.

Quedé enterrado en ella hasta el fondo.

Nos quedamos quietos un instante. Su frente contra la mía. Su respiración temblorosa, la mía rota. Estaba estrecha y caliente y empapada, y me envolvía como si me hubiese esperado toda la vida. Le agarré las caderas con las dos manos.

—Dios mío —susurró—. Liam.

—Lo sé.

—Muévete.

Se movió ella primero. Subió y bajó, con un balanceo lento, profundo, que me arrancaba un gemido cada vez que bajaba.

Yo la acompañé, empujando hacia arriba para encontrarla, con las manos aferradas a su cintura.

Sus pechos rebotaban contra mi pecho. Se los atrapé con la boca, uno primero, luego el otro, y ella gritó y aceleró el ritmo.

El sofá crujía bajo nosotros. Los cristales de la ventana vibraban con el centrifugado de la lavandería, y por un instante absurdo pensé que el edificio entero se movía con nosotros.

—Más fuerte —pidió—. Hazlo más fuerte.

La giré. La tumbé de espaldas en el sofá, con una pierna sobre mi hombro, y entré en ella de una sola embestida que le arrancó un grito.

La penetré con un ritmo hondo, brusco, sujetándole el muslo, mientras ella me arañaba la espalda y repetía mi nombre entre dientes, sin aliento, una y otra vez, como una oración.

La miré. Tenía los labios hinchados, las mejillas rojas, los ojos entrecerrados, y la mano libre se había deslizado entre los dos para acariciarse.

Verla así, entregada, sin una sola de sus defensas, me hizo perder el control.

—Voy a correrme —gruñí.

—Espera... espérame...

Me obligué a ir más despacio. Apreté los dientes.

Bajé una mano y rodeé con el pulgar su clítoris, y presioné en círculos, y noté cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo sus uñas se hundían en mi hombro, cómo su interior se cerraba a mi alrededor en una contracción larga, brutal.

Gritó mi nombre. Se arqueó entera. Y yo, arrastrado por el espasmo, con la cara hundida en su cuello, me deshice dentro de ella con un gemido que me dejó vacío.

Nos quedamos inmóviles, sudando, respirando a bocanadas. Su pecho subía y bajaba contra el mío. Su mano me acariciaba el pelo, despacio, distraída. Fuera la lluvia seguía cayendo.

Me incorporé sobre los codos. La miré. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa pequeña, borracha de placer. Le aparté un mechón de la frente.

—Hola —dije, estúpidamente.

—Hola. —Abrió los ojos—. Esto no ha pasado.

—Claro que no.

—Ha sido... el vino. La lluvia. El estrés.

—Sí. El estrés.

—Un desahogo.

—Por supuesto.

—Mañana no hablamos de esto.

—Mañana no hablamos de esto.

Se mordió el labio. Dudó. Me acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto tan suave que me dolió.

—Pero ahora no te vayas —dijo, muy bajito.

No me fui. Me tumbé a su lado en el sofá estrecho, con el cuerpo pegado al suyo y el brazo bajo su cabeza, y ella se acurrucó contra mi pecho.

Pomelo saltó sobre nuestras piernas, dio tres vueltas, y se echó encima de sus pies con un suspiro de gato resignado.

La lámpara seguía encendida. La ropa mojada formaba un revoltijo en el suelo, entre los papeles caídos.

Me quedé mirando el techo, con su respiración tranquila contra mi pecho y el 1,4 por ciento dando vueltas en mi cabeza, hasta que la lámpara me pareció demasiado brillante y no tuve ganas de apagarla.