Capítulo 4
Liam
Billie nos obligó a salir a cenar.
—Una cena de verdad —había dicho por teléfono, con un chasquido de mechero al fondo—.
En un sitio con velas, con camareros que os conozcan y con gente alrededor.
Quiero saber cómo os comportáis cuando os miran.
Y si volvéis a poner esa cara de funeral, os mando de vuelta a casa a ensayar con un espejo.
Habíamos ensayado cinco días enteros. Cinco días de listas, de preguntas cruzadas, de cronometrar besos con el temporizador del móvil, con las manos a la vista y la mirada en un punto neutro, como dos pilotos de pruebas.
Habíamos aprendido que Maya dormía de lado, con un brazo bajo la almohada, porque me lo contó una noche en que se le hizo tarde y se quedó dormida sobre mi sofá con los apuntes en el regazo, y yo la tapé con una manta sin hacer ruido.
Había aprendido que de niña quiso ser astronauta y después forense y después bruja, y que su madre, Amparo, llamaba todos los domingos a las seis para preguntarle si había comido verdura.
Ella había aprendido que yo no soportaba el cilantro, que me despertaba a las cinco sin necesidad de despertador y que mi madre se había casado cuatro veces con tres hombres distintos, porque con el segundo se había casado dos veces.
—Espera —dijo, cuando se lo conté—. ¿Con el mismo?
—Con el mismo. Dos veces.
—¿Y por qué?
—Dice que la primera vez se casó por la fiesta y la segunda por la razón.
—¿Y los otros dos?
—El primero, por amor, dice. El último, Gerald, porque le regalaba flores. Murió hace seis años y mi madre sigue regándole los geranios.
—Liam.
—Lo digo en serio.
—¿Y tú qué sacaste de todo eso?
—Un diploma en escepticismo. Y una colección de corbatas de padrino que nunca me puse.
Se rio con la boca tapada y yo me di cuenta de que había contado esa historia, que no le había contado a nadie en diez años, sin la capa de ironía que suelo ponerle. Lo que me asustó no fue haberla contado. Fue que me hubiera salido tan fácil.
La cena fue en un restaurante italiano de North Beach, pequeño y oscuro, con manteles de cuadros rojos, velas metidas en botellas de chianti y un camarero viejo, de bigote blanco, que se llamaba Aurelio y que nos acompañó a una mesa en un rincón, junto a un ventanal empañado por el vapor de la cocina.
Habíamos acordado que ella llegaría diez minutos después que yo para hacer una entrada creíble.
Yo esperé en la mesa con la copa de vino tinto en la mano, intentando parecer un hombre que espera a la mujer que quiere, y no a una compañera de conspiración con la que se ha besado seis segundos de más.
Entró a las ocho y diez.
Llevaba un vestido verde oscuro, de manga larga, que se le ceñía a la cintura y le caía hasta las rodillas, y unos zapatos negros de tacón bajo que repicaron en el suelo de baldosas.
Se había soltado el pelo. Le caía en ondas sobre los hombros, brillante bajo la luz de las velas, y se había pintado los labios de un rojo oscuro que me hizo olvidar, durante un instante, cómo se respiraba.
Se detuvo a la entrada, buscándome con la vista. Me encontró. Y sonrió.
No fue la sonrisa de ensayo, la corta y brillante que habíamos acordado. Fue otra. Una sonrisa lenta, pequeña, que le empezó en los ojos y le bajó hasta la boca como si le costara permitírsela. Sentí que la silla se me quedaba pequeña.
—Llegas tarde —dije, y se me quebró la voz a mitad de la frase.
—Me ha costado elegir el vestido. —Se sentó frente a mí, y dejó el bolso en la silla contigua—. Estás muy serio.
—Estoy concentrado.
—Parece que vayas a un juicio.
—Es lo que se espera de un hombre perdidamente enamorado, ¿no?
—Dilo más bajito, que te oye todo el restaurante.
—Es la idea.
Aurelio apareció con la carta y con una mirada de ternura vieja, y la dejó sobre la mesa con una reverencia leve.
—Es la primera vez que vienen —dijo—. Se nota en cómo se miran.
Maya y yo intercambiamos una mirada rápida.
—¿Cómo nos miramos? —preguntó ella.
—Como si fueran a pelearse y a besarse a la vez. —Sonrió, y se le arrugaron los ojos—. Así miraba mi Graziella a mí hace cuarenta años. Les recomiendo los raviolis de calabaza. Y una botella de Barolo, que invita la casa.
Se alejó. Nos quedamos callados. En la mesa de al lado, una pareja mayor compartía un tiramisú con dos cucharas.
—Ha dicho que nos miramos así —susurró Maya.
—Es un camarero viejo. Dice eso a todo el mundo.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
Pedimos los raviolis. Bebimos el Barolo.
Hablamos de nuestras listas, de nuestros recuerdos falsos y verdaderos, y a veces no sabía cuál era cuál.
Ella me contó de verdad cómo se había enamorado por primera vez, a los diecinueve, de un compañero de laboratorio que hablaba cuatro idiomas y no sabía hacerse la cama, y cómo la dejó por una becaria de Zúrich con una nota escrita en tres lenguas.
Yo le conté de Elena, mi prometida durante dos años, con quien estuve a punto de casarme en una ceremonia que se canceló once días antes porque nos dimos cuenta de que no teníamos de qué hablar en las comidas de domingo.
Ni rencor ni drama. Solo una especie de vacío cortés, como cuando se apaga un electrodoméstico que llevaba años encendido sin que nadie lo oyera.
—Qué triste —murmuró Maya, con la copa entre los dedos.
—No lo fue. Fue un alivio.
—Eso es lo más triste de todo.
La miré. Tenía las mejillas encendidas por el vino y un mechón de pelo pegado a la comisura de los labios. Me di cuenta de que quería apartárselo. Me di cuenta de que mi mano ya estaba subiendo por el mantel. La detuve a medio camino, apretando el puño sobre un cubierto.
—Dime una cosa —dijo ella, con la voz baja—. Si el artículo lo escribieras hoy. El de la charla. ¿Qué dirías?
—Que la ingeniera es de las pocas personas del auditorio que creían en algo.
—¿Y yo qué hubiera dicho de ti?
—Que soy un cobarde con buena prosa.
—Eso es demasiado benévolo.
—¿Qué tendrías que añadir?
—Que eres un cobarde con buena prosa que cocina espaguetis a las tres de la madrugada para no dormir.
—Dejó la copa—. Y que tiene un gato que le gana todas las discusiones.
Y que se ríe con los ojos antes que con la boca.
Y que, cuando cree que nadie lo ve, mira por la ventana como si esperara a alguien.
No supe qué responder. El corazón me golpeaba tan fuerte que temí que se oyera. Fuera, la lluvia, que llevaba una hora amenazando, empezó a repiquetear contra el ventanal.
Pagué la cuenta sin que ella se diera cuenta.
Aurelio nos despidió con un apretón de manos y un «vuelvan pronto, los dos».
Cuando salimos a la calle, la lluvia había arreciado y las aceras brillaban como espejos oscuros bajo las farolas.
Maya intentó abrir el paraguas, pero la varilla se había doblado con el viento, y se lo guardó en el bolso con un bufido.
—Corre —dije, y la agarré de la mano.
Corrimos. Corrimos por la cuesta de Columbus con los zapatos empapados y el agua metiéndose por el cuello de las chaquetas, riéndonos como idiotas, resbalando en los charcos.
Ella perdió un zapato en una alcantarilla y tuvimos que parar a rescatarlo.
Yo me quedé de rodillas en la acera, con el agua hasta las muñecas, mientras ella sostenía el zapato con las dos manos y me miraba, empapada, con el pelo pegado a la cara y el rímel corrido, y yo pensé con absoluta claridad que nunca había visto nada tan hermoso.
Fue un pensamiento limpio, sin ironía, y me asustó tanto que me levanté de golpe.
—Venga —dije—. Mi casa está más cerca.
Subimos la escalera chorreando. Dejamos un rastro de agua en cada peldaño. Abrí la puerta verde con las manos entumecidas, y Pomelo, que dormía sobre el sofá, levantó la cabeza, nos miró con repugnancia y se volvió a hacer una bola.
Maya se quedó en medio del salón con los brazos pegados al cuerpo, temblando.
Le caían gotas de la barbilla. El vestido, empapado, se le había pegado a la piel y dibujaba cada línea de su cuerpo: la curva de los hombros, el pecho que subía con la respiración agitada, la cadera, los muslos.
Cogí una toalla del cuarto de baño y se la tendí. Ella la agarró, sin secarse.
—Esto es un desastre —dijo.
—Es un desastre.
—Se me ha estropeado el vestido.
—Te queda bien mojado.
Lo dije sin pensar. Se me escapó, ronco, y vi cómo se le contraía el estómago al oírlo.
Alzó la vista hacia mí. Tenía las pestañas cargadas de agua, la boca entreabierta y los ojos muy oscuros, y entre nosotros crepitó una electricidad que ni los cinco días de ensayos ni todos los temporizadores del mundo habrían podido medir.
—Liam —susurró.
—Lo sé.
—Esto no es un ensayo.
—Lo sé.
—Esto es una mala idea.
—Es la peor de mi vida.
—Entonces para.
—Dime tú que pare.
No lo dijo.
Se acercó. Dio un paso hacia mí, luego otro, y soltó la toalla, que cayó al suelo con un chasquido húmedo. Me puso las dos manos en el pecho. Sentí cómo me latía el corazón bajo sus palmas. Subió los dedos hasta mi cuello, hasta mi mandíbula, y tiró de mí hacia abajo con una determinación feroz.
La besé después de cinco días diciéndonos que no.
Con hambre. Con rabia. Habíamos fingido tanto que ya no sabíamos dónde acababa la actuación.
Mi boca devoró la suya. Ella me mordió el labio, me clavó las uñas en la nuca, me arrastró hacia atrás hasta que chocamos contra la mesa y los papeles cayeron al suelo en una lluvia blanca.
Le agarré la cintura y la subí a la madera de un tirón.
Soltó un gemido ahogado. Sus piernas se abrieron para rodearme las caderas y el vestido mojado se le subió hasta los muslos.
—Cremallera —jadeó contra mi boca—. Atrás. Quítamelo.