SoulMatch Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Le expliqué todo. Esta vez, sin términos técnicos, con calma, de principio a fin: el descubrimiento, el informe, el despido, el plan.

Billie escuchó sin interrumpir, sentada en el brazo del sofá, con la bolsa de pasteles en el regazo.

Cuando acabé, abrió la bolsa, sacó un pastel de nata, lo mordió, lo masticó muy despacio y miró a Liam.

—¿Estás seguro de esto?

—No.

—Es lo más sensato que te he oído decir en meses. —Se volvió hacia mí—. Y tú, ¿estás segura?

—Estoy segura de que hay que hacerlo. De que salga bien no estoy segura de nada.

—Esa respuesta me gusta más. —Se limpió la nata de la comisura con el pulgar—. Os doy mi bendición. Con condiciones.

—Dispara —dijo Liam.

—Una. Todo queda por escrito. Cada paso. Cada cita, cada grabación, cada conversación con la empresa. Si esto acaba en un juzgado quiero un archivo que parezca el de un notario.

—De acuerdo.

—Dos. Yo no sé nada oficialmente hasta que el reportaje esté listo. Si alguien pregunta, esta historia nació de una casualidad entre dos personas que se cayeron muy mal. Al periódico no se le menciona. Si os pillan, el periódico os desmiente. Es lo único que puedo hacer por vosotros.

—Entendido.

—Y tres. —Dejó el pastel en la bolsa y nos miró a los dos, con el ceño fruncido y una seriedad inesperada—.

Hay una entrevista el jueves de la semana que viene en «Buenos días, Bahía».

Una amiga mía trabaja allí. Tamsin Rourke os dará siete minutos en directo, en el sofá, como pareja que se ha emparejado con un uno coma cuatro.

No sé cómo se tomará la nación una pareja con ese número.

Pero os aviso: si en esos siete minutos alguien sospecha que mentís, se acabó.

—¿Una semana? —dije.

—Nueve días.

—No hay tiempo.

—Para ensayar sí. Para convenceros, quizá no. —Cogió su paraguas—. Voy a haceros tres preguntas ahora mismo. Una a cada uno. Quiero veros responder en caliente.

Me tensé. Liam cruzó los brazos.

—Maya. ¿Cómo toma Liam el café?

Abrí la boca. La cerré. Me volví hacia él, y él me miraba con los ojos entrecerrados, como retándome.

—Solo —dije al fin—. Sin azúcar.

—Con leche de avena —corrigió Liam—. Y una cucharada de azúcar moreno.

—Eso... eso lo tomaba de otra manera esta mañana.

—Esta mañana me trajiste tú el café.

—¡Por eso me equivoqué!

—Liam. —Billie lo señaló con el paraguas—. ¿Cómo se llama la madre de Maya?

—Eh...

—¿Y su comida favorita?

—Eh...

—¿Y en qué calle vive?

—La de las... flores —murmuró Liam, sin ningún convencimiento.

—Se llama Amparo —dije yo, con las mejillas ardiendo—. Vive en Fresno, en una calle sin nombre de flor. Mi comida favorita son los tacos de pescado. Y mi hermana es la que trabaja con flores, no yo.

Billie nos contempló a los dos durante un largo rato, sin parpadear, con el paraguas en la mano. Al final dejó escapar un suspiro enorme.

—Estáis perdidos.

—Nos hace falta ensayar —dijo Liam, muy digno.

—Os hace falta un milagro. Pero os dejo ensayar.

Me voy antes de que me contagiéis esta cosa que tenéis.

—Se acercó a la puerta, y antes de salir, volvió la cabeza—.

Una última cosa, y no es una condición, es un consejo.

Cuando mintáis, cuando os miréis a la cara y finjáis, no fingáis amor.

Fingid lo que ya sentís, que es otra cosa, y que nadie os ha enseñado a esconder. Eso se nota desde el último asiento.

Salió sin esperar respuesta. Oímos sus pasos bajar la escalera, y el golpe de la puerta del portal, y luego el rugido de la secadora del piso de abajo.

Nos quedamos mirando la puerta.

—¿Qué ha querido decir? —pregunté.

—Ni idea. Billie habla así cuando se ha tomado un café fuerte.

—¿Lo que ya sentimos?

—Que nos detestamos. Es obvio.

—Sí. Obviamente.

Me sentía incómoda. Intenté sacudirme la sensación, y fui a buscar la libreta. La abrí por una página en blanco. Liam se sentó frente a mí, con una expresión seria, y empezamos a escribir.

Hicimos tres listas. Una de cosas que cada uno debía saber del otro: nombre de padres, de hermanos, de amigos íntimos, de mascotas pasadas, comida favorita, miedos, manías.

Otra de historias compartidas, una cronología falsa pero sólida de cómo nos habíamos conocido, cómo habíamos pasado de la enemistad al desconcierto y del desconcierto a algo parecido al cariño.

Otra de gestos. Lo que hace una pareja que se conoce de verdad: acabarse las frases, tocarse el brazo al reírse, compartir comida sin pedir permiso.

Fue en esa tercera lista donde se nos atascó la conversación.

—Beso —dijo Liam, con el rotulador suspendido sobre el papel.

—¿Qué pasa con el beso?

—Habrá que hacerlo en público. En la entrevista. En alguna cena. En las fotos. Y no puede notarse que es la primera vez.

—Ya.

—Quedamos en que lo hablaríamos.

—Pues hablémoslo.

—Yo propongo ensayarlo.

Dejé la libreta sobre la mesa. Fingí que lo consideraba, aunque la propuesta me había atravesado el estómago como un trago de agua helada.

—¿Ahora?

—Es un ensayo técnico. Nada personal. Si no lo hacemos antes, el primer beso de verdad será en directo y saldrá torpe.

—Tienes razón.

—Lo sé.

—No hace falta que lo digas con esa suficiencia.

—Perdona.

Nos levantamos. No sé por qué nos levantamos.

Podríamos haberlo hecho sentados. Pero los dos nos pusimos de pie y nos quedamos frente a frente en medio del salón, entre la pizarra y el sofá, con un metro de suelo que parecía mucho más largo.

Liam se pasó la lengua por el labio. Yo me llevé las manos a la espalda, las junté, las solté.

Pomelo, desde debajo del sofá, nos observaba con ojos fosforescentes.

—Reglas —dije—. Cinco segundos.

—Cinco.

—Sin lengua.

—Por supuesto.

—Y no me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a escribir sobre esto.

—No voy a escribir sobre esto.

—Más te vale.

Dio un paso. Yo di otro. Quedamos tan cerca que veía las motas más claras en sus ojos grises y la sombra de una barba de dos días.

Respiré por la nariz. Él también. Puso una mano en mi cintura, con una suavidad prudente, esperando una señal.

Yo le coloqué una mano en el hombro, y noté debajo de la camiseta su piel caliente y la tensión de un músculo duro.

Se inclinó. Yo levanté la barbilla. Cerré los ojos.

El primer contacto fue torpe. Chocamos con la nariz.

Sentí su aliento, cálido, cargado de café, y un temblor ridículo me recorrió las rodillas.

Giré un poco la cabeza. Nuestras bocas se encontraron al fin, de lado, muy quietas, secas, apretadas, como en una foto de carné. Conté mentalmente: uno. Dos.

Al tercer segundo, él abrió los labios.

No fue una decisión. Fue una grieta. Noté cómo su boca se ablandaba contra la mía, cómo su mano en mi cintura se cerraba con más fuerza sobre la tela de mi jersey, y cómo algo se me desmoronaba por dentro con un chasquido sordo.

Respondí. No supe por qué respondí. Entreabrí la boca y nuestros labios se movieron juntos, despacio, con una torpeza que fue desapareciendo a cada latido, y me oí soltar un sonido pequeño, ronco, que no reconocí como mío.

Él me atrajo contra su cuerpo. Le agarré la camiseta con el puño. Cuatro. Cinco.

Seis.

Siete.

Ninguno de los dos se apartó.

Su mano subió por mi espalda, despacio, y se hundió en mi pelo, deshaciendo la coleta.

Yo le clavé las uñas en el pecho. Me mordió el labio inferior, apenas, con una suavidad que me hizo temblar, y respondí con un jadeo que se perdió dentro de su boca.

Dejé de contar. Dejé de pensar. El mundo se redujo al ritmo de su respiración mezclada con la mía, a la dureza de su torso contra el mío, al olor a café y jabón y piel caliente.

Mis dedos le subieron hasta la nuca. Los suyos me apretaron la cadera.

Y por un instante, uno solo, me imaginé siguiendo, tirando de él hacia el sofá, arrancándole la camiseta a tirones.

Fue ese pensamiento el que me despertó.

Lo empujé con las dos manos. Retrocedió un paso, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, el pelo revuelto por mis dedos, el pecho subiendo y bajando. Yo me limpié los labios con el dorso de la mano. Me temblaba todo.

—Eso... —empezó él, y se aclaró la garganta—. Eso ha sido más de cinco segundos.

—Lo he notado.

—Y has usado la lengua.

—Tú has usado la lengua primero.

—Yo he respondido a tu...

—Yo he respondido a la tuya.

—Es un empate técnico.

—Es un error técnico.

—De acuerdo.

—De acuerdo.

Se pasó una mano por la cara. Yo me coloqué el jersey, que se me había subido por un lado, y fui hasta la mesa para coger la mochila. Mis dedos se movían con una torpeza ridícula. Intenté cerrar la cremallera tres veces. A la tercera, lo conseguí.

—Mañana —dije, sin mirarlo—. A las diez. Seguimos con las listas.

—Vale.

—Y a partir de ahora, los ensayos serán con cinco segundos. Cronometrados. Con un temporizador.

—Me parece bien.

—Y con las manos donde se vean.

—Perfecto.

Llegué a la puerta, la abrí y salí al rellano.

El aire de la escalera, húmedo y templado, me golpeó la cara, y me di cuenta de que llevaba la coleta deshecha y el pelo suelto sobre los hombros.

No me lo recogí. No tenía fuerzas. Bajé los escalones de dos en dos, con una mano en la barandilla, y salí a la calle, donde el viento de la noche me aplastó el jersey contra el pecho.

Caminé tres manzanas hasta la parada del autobús con los dedos sobre los labios.

Me dolían un poco. Me dolían de un modo agradable, sorprendente, de una manera que no tenía nada que ver con el odio.