Capítulo 3
Maya
El apartamento de Liam Hargrove estaba encima de una lavandería de la calle Valencia, y se notaba en el suelo, que vibraba con cada centrifugado, en los cristales, que temblaban un poco cuando la secadora industrial se ponía en marcha, y en la humedad tibia que subía por la escalera hasta el segundo piso.
Pensé que viviría en un loft de ladrillo visto, rodeado de estanterías de caoba y tazas de cerámica artesanal, porque así es como me imaginaba a un periodista con premios.
Me recibió una puerta verde con la pintura desconchada, un felpudo que decía «Vete» y un salón diminuto donde apenas cabían un sofá marrón, una mesa de comedor cubierta de papeles y una pizarra blanca apoyada contra la pared, con restos de rotulador de tres tormentas de ideas anteriores.
—Es muy tuyo —dije, desde el umbral.
—¿Qué significa eso?
—Que no hay ni un cuadro en las paredes.
—Hay uno. —Señaló con la barbilla un marco pequeño, junto a la ventana. Dentro había un recorte de periódico amarillento. Titular: «Corrupción en el puerto: tres detenidos». Firmado por él.
—Eso no es un cuadro. Es un trofeo.
—Es un recordatorio de que de vez en cuando acierto.
Dejé la mochila en el suelo y avancé unos pasos.
El suelo de madera crujía. Había libros en pilas, en el alféizar, debajo de la mesa, algunos abiertos boca abajo, con el lomo roto.
Un bol de cereales a medias sobre el brazo del sofá.
Una taza con un dedo de café frío. Una camisa gris colgada del respaldo de una silla.
Lo vi todo en una ojeada y sentí una ternura inesperada, absurda, por un hombre capaz de vivir en medio de aquel desorden mientras escribía frases limpias como cuchillas.
Algo me rozó el tobillo. Bajé la vista y encontré un gato naranja, gordo, de ojos amarillos y expresión de juez, sentado sobre mis zapatillas sin pedir permiso.
—Él es Pomelo —dijo Liam desde la cocina, donde remataba una cafetera de la que salían ruidos sospechosos—. No le gusta nadie. No te lo tomes como algo personal.
—Me está mirando muy fijamente.
—Eso es que te desprecia.
—¿Y por qué se me ha sentado encima?
—Porque eres la primera persona en tres meses que ha entrado aquí sin traerme un paquete. Quiere estudiarte.
Me agaché y le acaricié la cabeza. El gato entrecerró los ojos, soltó un ronroneo ronco, de motor viejo, y apoyó la frente contra mi mano. Liam volvió al salón con dos tazas y se detuvo en seco.
—Traidor —murmuró al gato.
—Le caigo bien.
—Le caes bien porque no sabe quién eres.
—Eso lo dices tú. —Cogí una de las tazas—. Gracias por el café. Estaba convencida de que ibas a envenenarlo.
—Todavía puedo.
Nos sentamos a la mesa. Él apartó una pila de papeles para dejarme sitio y, al hacerlo, tiró un montón de recortes al suelo. Nos agachamos a la vez a recogerlos y nos dimos un golpe seco en la frente que nos dejó a los dos con la mano en la cabeza y los ojos cerrados.
—Perdona.
—Perdona tú.
—Tienes la cabeza dura.
—Me lo dicen mucho.
—No era un cumplido.
Nos reímos. Nos reímos los dos a la vez, con un resoplido incómodo, y el sonido me sorprendió tanto que dejé de masajearme la frente para mirarlo.
Tenía los ojos grises, de un gris muy claro que se aclaraba más cuando sonreía, y unas arruguitas en el contorno que no había visto en las fotos.
Se pasó la mano por el pelo oscuro, ya revuelto, y apartó la mirada primero.
Me dije que ese gesto no significaba nada.
Me dije que me acababa de dar un golpe en la cabeza y que el cerebro hacía cosas raras en esas circunstancias.
—Vale —dijo, y se puso en pie para coger un rotulador—. Empecemos por el principio.
Pasamos las siguientes tres horas diseñando dos desconocidos.
Tenían que ser perfectos en su incompatibilidad.
No bastaba con que fueran distintos: había que ajustar cada respuesta a lo que yo sabía del sistema, a esa capa oculta que no se dejaba ver pero tenía reglas que yo había desmenuzado durante semanas.
Dibujé en la pizarra un esquema de las doscientas catorce variables, agrupadas en nueve bloques.
Liam lo copió en una libreta, preguntando cada dos minutos por qué una pregunta tan inocente como «¿prefieres la montaña o la playa? » podía pesar tanto.
—Porque es una trampa —expliqué—. No importa lo que respondas.
Importa si tu respuesta coincide con la de la otra persona en un eje que el sistema considera estructural.
Montaña y playa no pesan nada. Pero la siguiente, «¿cuántas horas necesitas estar solo al día?
», es una de las veinte que cuentan de verdad.
—¿Y si respondemos las veinte en direcciones opuestas?
—Obtenemos un diez por ciento, quizá un doce.
—Insuficiente. Quiero el uno.
—No existe el uno. El mínimo que ha registrado la aplicación jamás fue un dos con cuatro. Alguien en el equipo de producto apostó una cerveza a que no bajaría de ahí.
—¿Y tú sabes cómo bajar de ahí?
—Sé exactamente cómo. —Cogí el rotulador—.
Hay que activar el contrapeso del ajuste emocional.
Si la cuenta es gratuita, sin foto de perfil, sin actividad en las últimas cuarenta y ocho horas, y si el perfil se rellena en menos de diez minutos, el sistema interpreta una falta de compromiso y aplica una penalización del cuarenta por ciento.
Una cuenta con ese perfil y otra con el perfil contrario, antagónico en todo, produce una cifra de...
—Dime.
—Uno coma cuatro.
Liam dejó de escribir.
—¿Es un número posible?
—Es el más bajo que se puede obtener sin romper el sistema.
—Entonces es el nuestro.
Nos miramos por encima de la mesa. Había una lucecilla intensa en sus ojos, como si acabara de encontrar la puerta secreta de una casa que llevaba años intentando abrir. Me gustó verla. No quise preguntarme por qué.
Rellenamos los perfiles. Él se hizo pasar por Dorian Wick, un contable de cuarenta y tres años, madrugador, aficionado a la jardinería, obsesionado con el orden, devoto de los domingos en familia y las cenas a las siete en punto.
Yo me convertí en Odalys Ferrer, una diseñadora gráfica de treinta y uno, noctámbula, caótica, alérgica a los compromisos, adicta a los festivales de música y a los planes sin planificar.
Respondimos las doscientas catorce preguntas por turnos, discutiendo la mayoría.
Liam no podía soportar que Dorian prefiriera las películas de sobremesa.
Yo no podía soportar que Odalys detestara los gatos.
—Tiene que odiarlos —insistió él—. Es el rasgo más antagónico que se me ocurre. Dorian los adora, y Odalys los odia.
—¿Y qué tiene eso que ver contigo? Tú tienes uno.
—Y me parece una prueba de carácter.
—Pomelo está en mi regazo ahora mismo.
Era verdad. En algún momento de la tarde el gato había saltado sobre mis rodillas, se había enroscado y ronroneaba con las patas delanteras cruzadas, como un caballero. Liam lo miró con una expresión de dolor genuino.
—Es una traición a todos los niveles.
—Ve y dile que se baje.
—No puedo. Es tu gato ahora.
—Eso es ridículo.
—Lo he visto yo. —Miró a Pomelo con rencor—. Hay una cosa que nadie te cuenta de los gatos. Que eligen. Y nunca eligen al que les da de comer.
Me reí tanto que el gato abrió un ojo, indignado.
Y entonces, mientras me secaba una lágrima con el dorso de la mano, noté algo extraño.
Me di cuenta de que llevaba un buen rato sin pensar en SoulMatch, ni en la caja de cartón, ni en Walt, ni en Colette.
Llevaba un rato sin sentir ese puño en el estómago.
Durante tres horas habíamos peleado y reído como dos personas que se conocen desde hace años, y no desde hacía unas horas.
Una parte de mí quiso salir corriendo. La otra pidió que trajera más café.
Pulsamos el botón de enviar a las siete menos diez. La pantalla giró durante un par de segundos. Después, centelleante, en grandes caracteres, apareció el resultado.
«¡Habéis alcanzado un 1,4 % de compatibilidad! Lamentablemente, vuestras posibilidades de éxito son prácticamente nulas. Os sugerimos explorar otros perfiles.»
Liam se levantó de golpe y levantó los dos puños al aire, como si hubiera marcado un gol.
—¡Lo tenemos!
—Lo tenemos —repetí, y también me levanté, con el corazón a mil.
—¡Uno coma cuatro!
—¡El peor resultado de la historia de la aplicación!
—¡Somos la pareja peor emparejada del mundo!
Saltamos los dos a la vez, no sé por qué, y chocamos las palmas con tanta fuerza que me escoció la mano.
Pomelo cayó al suelo de un brinco, soltó un bufido y se escondió debajo del sofá.
Liam se tapó la boca para no soltar otra carcajada y yo volví a sentirme absurdamente feliz, absurdamente viva, y durante unos segundos no hubo reglas ni enemistades, solo dos personas que acababan de comprobar que su plan descabellado tenía una posibilidad.
Llamaron a la puerta.
Nos quedamos inmóviles.
—Es Billie —murmuró Liam—. Compórtate.
—Yo siempre me comporto.
—Hace diez segundos has chocado la mano con un hombre al que llamaste parásito.
—Eso fue una emergencia.
Abrió la puerta, y entró en el apartamento una mujer baja, de unos cincuenta y pocos años, de piel oscura y pelo canoso cortado al rape, con unas gafas de montura roja que le ocupaban media cara y un abrigo largo de color mostaza.
Llevaba una bolsa de papel con el logo de una pastelería y un paraguas cerrado, goteando.
Miró el salón, miró la pizarra, me miró a mí, miró a Liam. Dejó el paraguas contra la pared.
—Ya me has contado la versión corta por teléfono —dijo, con una voz grave, pausada, de fumadora retirada—. Ahora quiero la versión entera. Y quiero que me la cuente ella.
—Maya Ferreira —dije, tendiéndole la mano.
—Wilhelmina Okafor. Billie. —Me la estrechó con firmeza—. Eres la de la charla del corazoncito.
—Eso me temo.
—Me encantó. Tuve que hacer una pausa de dos minutos para dejar de reírme.
—Billie —gruñó Liam.
—Es un cumplido. Y es la verdad. Siéntate, criatura, que me duelen los pies.