Capítulo 2 #2
—Necesito a alguien con credibilidad que lo cuente.
Tú necesitas una historia que nadie pueda desmentir.
Y la única forma de demostrar que el amor no depende del número es que dos personas lo hagan con el peor número posible.
—Se mordió el labio otra vez—. Dos personas que, además, no puedan sospechar que se quieren, porque se detestan con todas sus fuerzas.
Así no habrá sesgo. Nadie podrá decir que tuvimos la ayuda de la química, o de una afinidad secreta, o de lo que sea.
Me eché a reír. No pude evitarlo. Una carcajada seca, corta, que hizo que dos estudiantes se volvieran desde la mesa de al lado.
—Es la peor idea que he oído en mi vida.
—Lo sé.
—Es ridícula. Es arriesgada. Es éticamente discutible, porque estaríamos mintiendo a millones de personas.
—Mentimos para desmontar una mentira mucho más grande.
—Eso es lo que dicen todos los que mienten.
—Tú no tienes mejor plan.
—Tengo uno. Dame las pruebas, déjame investigar dos meses, consigo otra fuente dentro de la empresa y escribo un reportaje de cuatro mil palabras que...
—Que nadie leerá. —Me clavó los ojos—. Liam, sabes que es verdad. Lo escribiste tú mismo: el público no se mueve con cifras. Se mueve con historias. Con caras. Con besos en la puerta de un restaurante.
—Yo no beso a nadie en la puerta de un restaurante.
—Pues vas a tener que aprender.
Tardé un buen rato en contestar. Miré por la ventana.
En la acera, una mujer con un cochecito discutía con un hombre que cargaba una bolsa de la compra, y me pregunté si habrían usado la aplicación, si habrían mirado un número antes de decidir quedarse con el otro.
Me pregunté, con una claridad que me incomodó, cuántas veces había mirado yo un número parecido en mi cabeza, el de las probabilidades, el de las estadísticas de divorcios, el de las veces que mi madre se había casado y descasado, y había usado esas cifras como una armadura.
Cuatro bodas. Tres divorcios. Un funeral.
Una familia entera educada en la certeza de que el amor es un negocio con fecha de caducidad.
Y ahora aquella mujer, con los ojos hundidos y el bizcocho a medias, me pedía que lo fingiera ante el mundo entero.
—Hay un problema —dije.
—Hay muchos.
—Hay uno grande. Nadie se va a creer que tú y yo somos una pareja. Hay un artículo, un correo, hay una historia pública de enemistad que cualquiera con dos minutos de internet puede encontrar. En cuanto nos vean juntos, alguien sacará esa cadena de correos. Dirán que es un montaje.
—Es un montaje.
—Dirán que es un montaje para ganar dinero.
—Entonces lo convertimos en la parte más fuerte de la historia.
—Se le iluminó la cara, con esa chispa que ya había visto en el escenario, ese brillo absurdo que me había irritado tanto y que ahora, a un metro de distancia, me costaba mirar sin parpadear—.
Somos los enemigos públicos que se enamoraron.
Se enamoraron, no se fingieron. Eso no se puede refutar.
Les gustará. Es lo que la gente quiere ver.
—Es lo que quiere ver la gente que usa SoulMatch.
—Pues les damos lo que quieren y les quitamos lo que creen.
La frase se me quedó en la cabeza, vibrando. Era buena. Demasiado buena. De esas que se imprimen en camisetas.
—Hay condiciones —dije.
—Todas las que quieras.
—Primera. Yo escribo la historia final. Tú puedes revisar los datos técnicos, pero la redacción, el enfoque y el titular los decido yo.
—Acepto.
—Segunda. Mi editora tiene que saberlo. Billie Okafor. Si le miento, me despelleja. No es negociable.
Dudó. Se rascó la sien con el pulgar.
—¿Es de fiar?
—Es la única persona de este planeta que me ha visto llorar y no lo ha contado.
—Vale. Acepto.
—Tercera. Nada de contacto físico que no hayamos hablado antes. Nada de sorpresas. Si hay que simular un beso, un abrazo, lo que sea, lo hablamos antes y los dos damos el visto bueno.
Algo cambió en su expresión. Vi cómo se le ruborizaban las orejas, primero la izquierda, después la derecha, y cómo desviaba los ojos hacia la taza.
—Me parece razonable —dijo, con la voz un poco más aguda que antes.
—Cuarta. Cuando termine, cuando el reportaje salga, nos separamos. Un final limpio, sin dramas. Cada uno se vuelve a su vida.
—Evidentemente.
—Y quinta, y esta es la más importante. —Esperé a que me mirase—. Que nos detestemos de verdad. Que no se nos olvide ni un momento. Porque el día que uno de los dos empiece a creérselo, esto se acaba.
—No va a pasar.
—Dímelo con seguridad.
—No va a pasar. —Me tendió la mano por encima de la mesa, con la palma abierta y los dedos largos, un poco manchados de tinta azul en el lateral del índice—. Te odio con todas mis fuerzas, Liam Hargrove. Y pienso seguir odiándote hasta que hayamos hundido esa empresa.
Se la estreché.
Fue un apretón corto, seco, formal, de los que se dan para cerrar un trato de compraventa.
Su piel estaba fría por el viento y me sorprendió su fuerza.
Duró tres segundos. No lo soltó ella, y no lo solté yo, y en el tercer segundo noté una descarga breve que me subió por el antebrazo hasta el codo, y retiré la mano con un gesto demasiado rápido.
—Estática —dije.
—Claro. Es el suéter.
—Es el suéter.
Los dos miramos hacia otro lado. Ella se puso a doblar la servilleta en cuadrados cada vez más pequeños, y yo me llené los pulmones con un aire que de repente me pareció escaso. En la barra, la máquina de café soltó un chillido largo.
—Una cosa más —dije, para llenar el hueco—. Hay un plazo. SoulMatch va a presentar la salida a bolsa a principios de diciembre. Si queremos que la historia les arruine la operación, tiene que estallar antes. Eso nos da siete semanas.
—Siete semanas para fingir que somos la pareja más feliz del mundo.
—Y para comprobar que el sistema no funciona.
—Siete semanas —repitió, y dejó la servilleta convertida en un cuadradito minúsculo—. Será una tortura.
—Será la peor experiencia de mi vida.
—Y de la mía.
Nos quedamos callados. Ella cogió la taza vacía, la miró por dentro, la dejó otra vez.
Yo vi cómo se le movía la garganta al tragar saliva.
Pensé que debería marcharme. Pensé que había aceptado un plan absurdo, desmesurado, que podía costarme la carrera, y que lo había aceptado en el tiempo que se tarda en tomar un café.
—¿Y cómo empezamos? —preguntó.
—Esta tarde. En mi casa. Tengo una pizarra y un gato que juzga a todo el mundo.
—¿En tu casa?
—A no ser que prefieras el despacho de mi editora, con una moqueta que no se ha cambiado desde los noventa.
—Tu casa está bien.
—Vale.
—Vale.
Recogí mi abrigo. Ella recogió la mochila.
Salimos juntos del café, en medio del ruido de las sillas y los vasos, y el viento nos recibió en la acera con una bofetada fría.
Caminamos unos pasos sin decir nada. Ella se subió el cuello de la chaqueta vaquera y yo metí las manos en los bolsillos, y durante un momento absurdo me pregunté si debía ofrecerle mi bufanda.
No se la ofrecí.
—Liam.
—Dime.
—Si esto sale mal, te voy a odiar mucho más.
—Si esto sale mal —contesté—, voy a necesitar que me odies más. Te saldrá mejor.
Se rio. Fue una risa breve, sorprendida, que le salió por la nariz y que me desarmó por completo.
Se tapó la boca con la mano, como si le hubiera dado vergüenza, y echó a andar hacia la parada del autobús con la coleta rebotándole en la nuca.
Yo me quedé quieto en la acera, mirándola alejarse, con la sensación de que acababa de firmar algo mucho más grande de lo que había leído.
Lo achaqué a la indigestión.