SoulMatch Capítulo 2
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Capítulo 2

Liam

Llegué al café a las siete y veinte, veinte minutos antes de lo que había prometido, porque llevaba desde las cinco dando vueltas por mi apartamento y Pomelo, mi gato, había empezado a mirarme con un desprecio que no merecía.

Pedí un espresso doble y me senté en la mesa del fondo, de espaldas a la pared, desde donde se veía la puerta, la barra y el cruce de la calle Mission con la Dieciséis.

Es una manía de reportero. Siempre quiero ver quién entra antes de que me vea.

El local era pequeño y ruidoso, con las sillas desparejadas, un mostrador cubierto de pegatinas y una máquina de café que silbaba como una locomotora vieja. A esa hora lo llenaban repartidores, enfermeras que salían de guardia y estudiantes con los ojos hinchados. Nadie me prestaba atención. Mejor.

Toda la noche había estado dándole vueltas a una pregunta, y seguía sin respuesta. ¿Por qué me escribía Maya Ferreira?

Conocía su nombre mejor que el de mis primos.

Llevaba año y medio sin poder borrarlo del todo de la memoria, igual que se queda una espina en la lengua después de comer pescado.

La había visto subir al escenario de aquella conferencia de tecnología, con su vestido azul y sus zapatos planos, con un mando a distancia en la mano y una energía que parecía a punto de romperle las costillas.

Había hablado veintidós minutos sin una sola pausa.

Había usado la palabra «magia» seis veces.

Había proyectado un corazón rojo que latía, y yo, en la cuarta fila, con el portátil sobre las rodillas, había escrito la frase que sabía que se iba a hacer viral antes de terminar de teclearla.

Y se hizo viral.

Lo que no esperaba era lo que vino después.

El correo. Once párrafos. «Parásito emocional con carné de prensa.

» Lo imprimí. Lo tengo guardado en un cajón, doblado en tres, porque en veinte años de oficio nadie me había insultado con tanta ortografía.

Tampoco esperaba la sensación incómoda que me dejó.

Una tarde, después de leerlo por quinta vez, comprendí que mi artículo había sido bueno y que había sido injusto, ambas cosas, a la vez, y que la segunda me pesaba más de lo que debería.

Le contesté con cuatro palabras. No me atreví a más.

A las siete y treinta y ocho la vi aparecer al otro lado del cristal.

Se detuvo en la acera, con las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta vaquera demasiado fina para el viento, y miró el café como se mira un precipicio.

Llevaba el pelo negro recogido en una coleta desordenada, sin maquillaje, con unas ojeras que le oscurecían la piel bajo los ojos.

Estaba más delgada que en la conferencia.

Se mordía el labio inferior, un gesto rápido, inconsciente, y entonces algo me tiró del pecho, una punzada breve que identifiqué de inmediato como indigestión.

Tenía que ser indigestión. Había tomado dos cafés antes de salir de casa.

Entró. Me localizó en dos segundos, porque en dos segundos recorrió el local con los ojos muy abiertos, buscando la salida más cercana, y avanzó hacia mi mesa con el mentón alto.

—Llegas pronto —dijo, sin sentarse.

—Llegas tú pronto. Yo llevo veinte minutos.

—Claro. —Sacó la silla y se dejó caer—. Por supuesto que llevas veinte minutos. Seguro que te sentaste de espaldas a la pared para ver quién entraba.

—Es una costumbre profesional.

—Es una costumbre de persona que no se fía de nadie.

—Es la misma cosa.

Casi sonrió. Lo noté en la comisura del labio, una sacudida mínima que ella aplastó antes de que acabara de formarse. Pidió un té con leche y un trozo de bizcocho de limón en el mostrador, volvió con la bandeja y la dejó sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—No te he pedido nada —dije.

—Te dije que pidieras tú el café.

—Y lo pedí. Mira. —Levanté mi taza vacía—. Lo pedí hace veinte minutos.

—Eres insoportable.

—Eso lo escribiste con más detalle en el correo.

Dejó de masticar. Me miró fijamente, con unos ojos castaños muy oscuros, casi negros en aquella luz, y vi que se debatía entre tirarme el té a la cara y seguir a lo suyo. Ganó lo segundo.

—No he venido a hablar del correo.

—Lo supuse.

—He venido a hablar de SoulMatch.

—También lo supuse. Ajuste_emocional. —Apoyé los codos en la mesa—. Fue un buen asunto. Tardé tres minutos en comprender de qué hablabas y otros ocho en decidir si era una trampa.

—¿Y qué decidiste?

—Que una trampa tuya sería más elaborada. Y que no te habrías atrevido a escribir mi nombre en una línea de asunto sin tener algo gordo.

Sacó el portátil de la mochila, lo abrió y lo giró hacia mí.

Lo hizo con una brusquedad solemne, igual que se deja una carta sobre un tablero.

Y yo, que en veinte años había visto de todo, que había entrevistado a senadores en calzoncillos y a directores ejecutivos con las manos manchadas, sentí un cosquilleo de verdad en la nuca al leer el primer párrafo.

Estuve cuarenta minutos leyendo. Ella no habló.

Bebió té, mordisqueó el bizcocho, miró por la ventana, volvió a mirarme, volvió a la ventana.

Yo pasaba las páginas y a ratos me detenía para pedirle que me explicara un término, y ella se inclinaba sobre la pantalla, con una paciencia que me desconcertó, y me traducía una función de treinta líneas a frases que podría entender un niño.

Olía a jabón de limón. Me lo apunté mentalmente como dato irrelevante y lo borré enseguida.

Cuando terminé, me recosté en la silla y me froté los ojos con los dedos.

—Cuéntame con tus palabras lo que significa esto —dije.

—Que el número es mentira.

—Más despacio.

—El Índice de Afinidad es el porcentaje que ve el usuario.

Se calcula con un modelo que funciona de verdad, que es bueno, que analiza las respuestas y los hábitos.

Pero antes de mostrarlo, el resultado pasa por una segunda función oculta, el ajuste emocional, que lo modifica en función de cosas que no tienen nada que ver con las personas.

Si pagas la suscripción premium, te inflan los números altos.

Si llevas más de diez días sin abrir la aplicación, te lanzan un match irresistible.

Si has tenido tres buenas citas seguidas con la misma persona, te baja el siguiente.

—Para que no te quedes con ella.

—Para que no te marches de la aplicación. Una pareja feliz es un usuario perdido, Liam. Lo dijo el propio Desmond en una reunión interna, el año pasado: «Nuestro mejor cliente es el que está a punto de encontrar el amor».

Me quedé en silencio un momento. Era uno de esos instantes raros de la profesión, cuando la historia que perseguías con la mitad del cuerpo se sienta frente a ti y te mira con ojos cansados.

—¿Tienes pruebas de que lo dijo?

—Tengo un acta de reunión. Sin firma. Sin sello. Con una cabecera que alguien podría falsificar en cinco minutos.

—Entonces no vale nada.

—Eso pensé.

—Escúchame bien —dije, e intenté suavizar la voz, porque sabía que lo que venía no iba a gustarle—.

Lo que tienes es potente, pero no sirve de nada tal como está.

Tu código es robado, desde un punto de vista legal.

Tu acuerdo de confidencialidad te amordaza.

Tu despido, que llegó a las pocas horas, parece una represalia, pero en un juzgado lo presentarán como el final lógico de una empleada que accedió a sistemas que no le correspondían.

Y nadie, absolutamente nadie, va a leer veintitrés páginas sobre un módulo de software.

La historia de una ingeniera resentida con un algoritmo que supuestamente no funciona es una nota a pie de página en cualquier medio.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué me has llamado?

—Porque me dijiste que no te equivocabas con lo de las diapositivas.

Parpadeé.

—No entiendo qué tiene eso que ver.

—Tenías razón. —Se echó hacia atrás y cruzó los brazos—.

Yo creí que bastaba con enseñar los datos.

Que si le ponía a la gente delante una prueba lo bastante clara, lo entendería.

Y me equivoqué. Pero también tenías razón en otra cosa, que escribiste en el artículo: que el único dato fiable del amor es que ningún dato lo ha predicho nunca.

Yo creo que alguien debería demostrarlo. Con un caso real, a la vista de todos.

Fue entonces cuando empecé a escuchar de verdad.

—Sigue.

—SoulMatch dice que nadie con una afinidad inferior al treinta por ciento ha mantenido una relación de más de un año.

Está en su informe anual. Está en la web, en la sección de preguntas frecuentes.

Lo repiten en las entrevistas. Es su argumento central, el que justifica que te borren de las sugerencias si tu número es bajo.

—Y es mentira.

—Es una cifra que nadie ha podido comprobar, porque nadie con un treinta por ciento se atreve a probarlo. Se rinden. La aplicación les convence de que no vale la pena. Es una profecía que se cumple sola.

—Sigo sin ver el...

—Creemos una pareja.

Me quedé con la taza a medio camino.

—Una pareja.

—Dos perfiles. Los diseño yo. Responderemos a las doscientas catorce preguntas de forma que el sistema, aplicando incluso su capa oculta, nos dé el peor resultado posible.

Un uno por ciento. Un dos. La incompatibilidad más estruendosa de la historia de la aplicación.

—Se inclinó hacia delante y dejó de ser la mujer cansada de hacía un momento: la vi encenderse, con las mejillas rojas y los dedos temblando de entusiasmo—.

Y luego, delante de todo el mundo, con cámaras, con entrevistas, con vídeos, tenemos la relación más feliz del planeta.

Documentada. Pública. Con testigos. Si funciona, SoulMatch queda reducido a un lector de horóscopos con aire acondicionado.

Y no hay comunicado de prensa que lo pueda desmentir, porque lo estarán viendo millones de personas con sus propios ojos.

Dejé la taza sobre el plato con mucho cuidado.

—¿Nosotros?

—Tú y yo.

—¿Tú y yo, una pareja?

—Falsa. Fingida. Una actuación.

—Una actuación —repetí.