Capítulo 1 #2
—Doce semanas, durmiendo tres horas por noche, para encontrarlo.
Cuando lo tuve claro, escribí un informe de veintitrés páginas con capturas, con registros, con las líneas del código.
Y se lo mandé a Desmond. En persona. Pensé que no sabía nada.
Pensé que algún ingeniero de producto lo había metido por la puerta de atrás sin que él se enterara.
—¿Y?
—Y me contestó a las cuatro horas con una sola frase. «Gracias por tu dedicación. Hablemos mañana.»
—Eso no suena a una amenaza.
—No. Suena a que ya lo sabía. —Me froté la cara con las dos manos—. Esta mañana, a las nueve y diez, me han llamado a Recursos Humanos. A las nueve y veinte ya tenía el despido encima de la mesa. Han tardado once horas desde que se lo mandé.
Noor dejó la botella en la mesa con cuidado. Me miró de frente, con esos ojos grandes que heredamos de nuestra madre, y habló en voz baja.
—Tienes las pruebas. Esas veintitrés páginas. ¿Las tienes guardadas?
—Las tengo en tres sitios. —Sonreí a medias—. Siempre he sido paranoica con las copias de seguridad.
—Pues llévalas a un periódico.
—No es tan fácil.
—¿Por qué no?
—Porque soy una exempleada despedida con un acuerdo de confidencialidad firmado.
Porque en cuanto salga mi nombre, el departamento jurídico de SoulMatch dirá que soy una ingeniera resentida que ha manipulado los datos para vengarse.
Porque no basta con enseñar un código que casi nadie sabe leer.
—Tamborileé en la mesa con las uñas—. Necesito algo que cualquier persona, sin saber nada de programación, pueda ver y entender en cinco segundos.
Algo que no se pueda desmentir con un comunicado de prensa.
—Entonces necesitas a alguien que sepa contar historias.
—Sí.
—Alguien con credibilidad. Alguien que lleve años dándoles caña.
—Noor.
—Solo digo que hay una persona.
—No.
—Liam Hargrove.
—No.
—Es el único periodista que ha escrito en serio sobre ellos. El del reportaje de los datos de ubicación, el de las demandas por cancelación de suscripción. El que les hizo una llamada en directo en una radio y Desmond colgó.
—Noor, ese hombre me destrozó en público.
—Ya lo sé.
—Escribió un artículo sobre mí. Con mi nombre. Mi foto. Mi charla entera, resumida en una sola frase que decía que yo creía que el amor cabía en una hoja de cálculo.
—Dijiste algo muy parecido en esa charla.
—¡Era una metáfora!
—Que tú soltaste con una presentación de diapositivas con corazoncitos animados.
Me quedé callada, con la boca abierta, sintiendo que la cara me ardía.
—Eres mi hermana. Se supone que estás de mi parte.
—Estoy de tu parte. Por eso te lo digo. —Se inclinó sobre la mesa y me puso una mano sobre el brazo—.
Ese artículo te dolió una barbaridad. Lo sé.
Estuviste dos semanas sin salir de casa.
Pero escribió la verdad de lo que viste en esa sala, Maya.
Tú misma me has dicho mil veces que la charla fue ridícula.
—Que yo lo diga no le da derecho a decirlo él.
—Y le mandaste un correo.
—Ah, eso. —Aparté la mirada hacia la caja—. Era un correo educado.
—Era un correo de once párrafos donde lo llamabas «parásito emocional con carné de prensa».
—Fue un arrebato.
—Y él te contestó.
Me quedé inmóvil. Sí. Me contestó. Se me quedó grabada cada palabra, porque la leí no menos de cuatrocientas veces mientras buscaba el modo de odiarlo con más precisión.
Una sola línea. Un único párrafo de cuatro palabras, sin saludo, sin despedida, firmado solo con las iniciales.
«Tienes razón. Era injusto.» Y debajo, en una segunda línea separada por un espacio: «Pero no me equivocaba en lo de las diapositivas».
Durante meses no supe qué odiaba más: que me hubiera dado la razón o que me la hubiera quitado en el mismo mensaje.
—No voy a llamarlo —dije.
—Vale.
—En serio, Noor. Antes me presento con las pruebas en una radio local de pueblo.
—Vale.
—Prefiero que me coma un tiburón.
—Que sí. Que vale.
—No lo digas con ese tono.
—No tengo ningún tono.
—Tienes el tono que usas cuando ya has decidido que tengo que hacerlo y estás esperando a que yo lo descubra sola.
Mi hermana alzó las manos con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie, y se acabó la cerveza.
Pedimos hamburguesas. Cenamos con el barullo del local a nuestro alrededor, entre risas de mesa grande y partidos de béisbol en una pantalla, y a ratos conseguí olvidarme de todo.
Noor me contó que una clienta había intentado devolver un ramo de peonías porque «no hacía juego con la tristeza» de su cuarto.
Me reí hasta que me dolió el estómago. Pero cuando la hamburguesa se acabó, y con ella la anestesia, noté de nuevo el vacío en el pecho, esa sensación hueca de haberme caído de un escalón que no sabía que existía.
Me dejó delante de mi portal pasadas las once.
Subí los tres pisos por la escalera con la caja pegada al abdomen, abrí la puerta, dejé la suculenta en el alféizar, junto al otro cactus, y me quedé en medio del salón sin encender la luz.
El apartamento era pequeño, de techos bajos y radiadores que silbaban.
Tenía una mesa con tres monitores que ya no servían para nada, una estantería con libros de ingeniería y novelas de segunda mano, un sofá verde donde me había quedado dormida tantas noches con el ordenador en las rodillas.
Todo seguía en su sitio. Yo era la única pieza que se había movido.
Me preparé un té que no me bebí. Me senté en el suelo, con la espalda contra el sofá, y abrí el portátil personal.
Lo primero que hice fue comprobar las copias.
Tres sitios: un disco externo, una nube con doble cifrado, un lápiz de memoria metido en una caja de tornillos.
Estaban todas. Veintitrés páginas. Cuarenta y una capturas.
Los registros. El fragmento de código donde la función se llamaba, con un descaro que todavía me daba escalofríos, «ajuste_emocional».
Luego, sin tener claro por qué lo hacía, busqué el artículo.
Seguía ahí, en la sección de tecnología del periódico.
Titular en negrita: «La ingeniera que cree que el amor cabe en una hoja de cálculo».
Firmado por Liam Hargrove. Foto mía en el escenario, con los brazos abiertos y la boca a mitad de una palabra, bajo una pantalla donde se veía un corazón rojo palpitando.
Dios mío. Lo había olvidado. El corazón palpitaba. Me había parecido buena idea.
Lo leí otra vez de arriba abajo. No era cruel.
Eso era lo peor, que no era cruel. Estaba escrito con una ironía fría y limpia, de frases cortas, de las que no sobran, y en el tercer párrafo había una observación que me hizo detenerme: «Lo inquietante de la propuesta de Ferreira no es que sea ingenua, sino que es sincera.
Cree de verdad que el afecto humano puede descomponerse en variables, y lo cree porque aún no ha tenido que desmontar un corazón con sus propias manos».
A esas alturas de la noche todavía me escocía.
Leí hasta el final, hasta la última frase, que decía que el único dato verdaderamente fiable sobre el amor era que ningún dato lo había predicho jamás. Cerré el portátil con un golpe seco. Me puse en pie, caminé hasta la ventana, volví al sofá. Me senté. Me levanté otra vez.
No quería llamarlo. No quería pedirle nada a un hombre que había hecho que dos mil desconocidos se rieran de mi charla en una sola mañana.
No quería que me viera así, sin trabajo, sin ordenador, con una caja de cartón y una planta suculenta.
Quería hacerlo yo sola. Quería publicar el informe en un foro, en una red social, en cualquier sitio, y que el mundo entero comprendiera lo que yo había comprendido.
Pero sabía cómo acabaría eso. Lo había visto en otros casos.
Una exempleada furiosa, un puñado de capturas de pantalla, el departamento de comunicación de una empresa de ocho mil millones de dólares respondiendo con una nota tibia y un abogado.
Y al día siguiente, nada. Los corazones de acero seguirían girando en el vestíbulo.
Necesitaba a alguien que supiera mirar de frente una cosa que nadie quería ver. Y el único hombre que yo conocía que había mirado a SoulMatch de frente durante años era el mismo que había escrito mi nombre en un titular para que se burlaran de mí.
Abrí el correo. Busqué en la bandeja de enviados, hasta encontrar aquella vieja cadena de hacía año y medio, la de los once párrafos. Su respuesta seguía allí, con las iniciales, con las cuatro palabras. La dirección no había cambiado.
Escribí: «Asunto: Necesito hablar contigo».
Borré «Necesito». Escribí «Tengo». Borré «Tengo hablar». Probé con «Asunto: SoulMatch». Lo borré también. Probé con «Asunto: Las diapositivas». Estuve a punto de reírme, pero no me reí.
Al final dejé solo una palabra.
«Asunto: Ajuste_emocional».
Debajo, en el cuerpo del mensaje, escribí cuatro líneas. «Tienes razón en que soy ingenua. Pero no en lo que creías. Si todavía te interesa saber qué hay dentro de SoulMatch, mañana a las ocho estaré en el café de la esquina de Mission con la Dieciséis. Ven solo. Y no lo cuentes a nadie.»
Lo leí tres veces. Me pareció dramático, y a la vez no me importó. Posé el dedo sobre la tecla, sentí el corazón latiéndome en la garganta, y la pulsé antes de poder arrepentirme.
El mensaje salió con un sonido tan leve que apenas lo oí. Me quedé mirando la pantalla, con el té frío y la suculenta en la ventana, y el silencio del apartamento zumbándome en los oídos.
No esperaba que contestara esa noche.
Contestó en once minutos.
«Estaré a las siete y cuarenta. Pide tú el café, porque seguro que vas a odiar el mío. L.H.»