SoulMatch Capítulo 1
2%
SoulMatch

SoulMatch

Por Ingrid Solver

© inepub.com

Capítulo 1

Maya

La caja de cartón que me entregó el guardia de seguridad pesaba menos que mi orgullo, y eso que mi orgullo ya estaba bastante aplastado.

Dentro habían metido mi taza con un cactus pintado, un cargador de portátil, tres bolígrafos de la empresa y una planta suculenta que llevaba seis años sobreviviendo a mis descuidos.

Alguien se había tomado la molestia de envolverla en papel de burbujas.

No sé por qué ese detalle me dolió más que todo lo demás.

—Son quince minutos para recoger lo personal —había dicho Colette Brisbane, la directora de Recursos Humanos, mientras deslizaba una carpeta blanca sobre la mesa—. Hemos adelantado el trámite para que sea lo menos incómodo posible.

La sala de reuniones tenía las paredes de cristal y una vista panorámica de la bahía de San Francisco que, en cualquier otro momento, me habría parecido bonita.

Aquella mañana el agua era una lámina gris y los puentes parecían dibujados con tiza.

Yo estaba sentada con las manos entre las rodillas, apretándolas para que no me temblaran, mientras Colette pronunciaba palabras como «cese inmediato», «incumplimiento grave del acuerdo de confidencialidad» y «uso indebido de sistemas internos».

Hablaba con una suavidad ensayada, una voz pulida de tanto repetir ese discurso, sin una sola arruga de duda.

—Quiero que me expliques una cosa —dije al fin—. Si lo que he escrito en ese informe fuera mentira, ¿habríais necesitado tres guardias de seguridad en la planta?

—Solo hay uno, Maya.

—Hay uno en la puerta, otro junto al ascensor y Walt, que lleva diez minutos mirándome desde la máquina de café como si fuera a prenderle fuego al edificio.

Colette no contestó. Cerró la carpeta, la volvió a abrir y señaló con la uña pintada de burdeos una línea al final del documento.

—Aquí. Y aquí. Necesito tu firma en las dos hojas.

—No voy a firmar.

—Nadie te obliga. Pero la indemnización queda condicionada.

—¿Condicionada a que me calle?

—Condicionada a que respetes lo que firmaste cuando entraste en la compañía.

Miré la carpeta. Miré la bahía. Pensé en las doce semanas que había pasado detrás de una pantalla, de madrugada, con el café frío al lado y el corazón desbocado, siguiendo el rastro de una cifra que no tenía ningún sentido.

Pensé en el momento en que lo vi claro, una noche de martes, con la luz del monitor reflejada en la ventana y los dedos helados sobre el teclado.

Pensé en el correo que le mandé a Desmond Achterberg, el fundador y director ejecutivo de SoulMatch, el hombre que aparecía en las portadas de las revistas con una sonrisa de dentista y un jersey de cuello alto, y que había dicho en una entrevista que su empresa «no vendía una aplicación, vendía el destino».

El destino. Qué gran palabra para un generador de números con un traje de lujo.

—No firmo —repetí, y me levanté.

Me acompañaron hasta mi mesa. Walt caminaba dos pasos por detrás, con las manos cruzadas delante del cinturón y la mirada clavada en un punto neutro de la pared.

Era un hombre enorme, de hombros como un armario, con la cabeza rapada y una expresión de pena profesional.

Me había saludado cada mañana durante seis años. Aquel día no se atrevió.

—Lo siento, señorita Ferreira —murmuró cuando llegamos al espacio de trabajo—. Son las órdenes.

—No pasa nada, Walt. No es culpa tuya.

—Mi sobrina se conoció con su novio en la aplicación —añadió bajito—. Llevan tres años. Mi sobrina dice que fue el algoritmo.

Sentí un pinchazo que me llegó hasta las muelas.

—Entonces seguro que se quieren mucho —dije, y lo dije en serio—. Pero no fue el algoritmo, Walt. Fue ella. Fue él. Fueron ellos.

No me entendió. Me hizo un gesto con la barbilla hacia la mesa, donde ya había alguien de Informática desconectando mi ordenador, y me quedé mirando cómo me borraban de la silla, de los monitores, de los cuarenta y dos mensajes sin leer que ya no iban a existir.

Mis compañeros fingían teclear. A mi izquierda, Ravi, el chico de la barba cuidada que me había invitado a su boda hacía dos veranos, se agachó tanto sobre su pantalla que parecía querer entrar dentro.

A mi derecha, la mesa de Imogen estaba vacía.

Imogen había encontrado de pronto una reunión urgente.

Metí las cosas en la caja con una calma que no sentía.

Primero la taza del cactus. Después el cargador.

Los bolígrafos. La suculenta, envuelta en su papel de burbujas, la acomodé encima de todo como si fuera un bebé.

Cuando levanté la vista, tres personas me estaban mirando por encima de sus monitores.

Bajaron los ojos a la vez, como pájaros asustados.

Caminé hacia los ascensores. Cada paso sonaba en el suelo de resina con un eco que me pareció obsceno.

En el vestíbulo principal, bajo la escultura de acero que representaba dos corazones entrelazados, de seis metros de altura y que costó más que mi apartamento entero, una pareja de turistas se hacía fotos con el móvil.

Ella llevaba una sudadera con el logo de SoulMatch.

Él sostenía el teléfono en alto y contaba hasta tres.

—Perdona —me dijo ella, al verme pasar con la caja—. ¿Trabajas aquí?

Estuve a punto de decirle la verdad. Estuve a punto de dejar la caja en el suelo, ponerme debajo de los corazones de acero y soltarle que el número que su aplicación le había enseñado cuando conoció a su novio, ese noventa y uno por ciento de afinidad que había enmarcado en la pared de su salón, lo había generado una función que no sabía ni leer sus respuestas.

—Trabajaba —dije.

—¡Qué suerte! —contestó ella, radiante—. Tiene que ser increíble ayudar a la gente a encontrar el amor.

—Sí —sonreí con toda la boca—.

Salí a la calle. El viento de octubre me abofeteó la cara con una humedad salada, y me quedé quieta en la acera con la caja contra el pecho, sin saber hacia dónde mirar.

A mi espalda las puertas de cristal se cerraron con un susurro neumático.

Mi tarjeta de acceso ya no abría nada. Mi correo ya no existía.

Mi vida entera, esa que había construido línea de código a línea de código durante seis años, cabía en una caja de cartón con una planta dentro.

El móvil vibró contra mi cadera. Era mi hermana.

—¿Ha ido tan mal como pensabas?

—Peor. Me han dado una suculenta envuelta en burbujas.

—¿Una qué?

—Nada. Ven a buscarme, Noor. No tengo ganas de ir en autobús con una caja y cara de despedida.

—Estoy a dos calles. Cinco minutos. No te muevas y no hagas ninguna locura.

—No pensaba hacerla.

—Maya.

—Vale, estaba pensando una. Pero era pequeña.

Colgó riéndose, y yo me senté en el bordillo con la caja sobre las rodillas y esperé. Veía pasar los coches, los repartidores en bicicleta, un hombre con un perro diminuto vestido con un jersey de rombos. El mundo continuaba. Qué desconsiderado.

Noor llegó en cuatro minutos, al volante de su furgoneta blanca de reparto de flores, con el parabrisas cubierto por una película de polen seco y el asiento del copiloto invadido por cubos de plástico y cintas de raso.

Bajó la ventanilla, me miró un segundo y no dijo nada.

Se limitó a quitar un cubo de gerberas del asiento para dejarme sitio.

Mi hermana pequeña, tres años menor que yo, con el pelo oscuro recogido en un moño torcido y las manos manchadas de verde, es la única persona del planeta que sabe cuándo callar.

Fuimos a un bar de la calle Valencia donde el camarero nos conocía y donde en las mesas de madera había grabados nombres de gente que se había ido a vivir a otra ciudad. Pedí una cerveza grande. Noor pidió dos, una para ella y otra, supuse, para cuando yo acabara la mía.

—Cuéntamelo desde el principio —dijo, y me quitó la caja de los brazos para ponerla en el taburete vecino—. Pero despacio. Y sin términos técnicos.

—Es que es muy técnico.

—Pues tradúcelo.

Respiré. Le di un trago largo a la cerveza y dejé que me bajara fría por la garganta.

—El Índice de Afinidad —empecé—. Eso que sale en la pantalla cuando alguien te propone un match.

«Habéis alcanzado un setenta y ocho por ciento de compatibilidad.

» Lo vende la empresa como el cerebro de la aplicación.

Doscientas catorce variables. Valores, hábitos, temperamento, estilo de apego, no sé cuántas cosas más.

Un modelo entrenado con doce años de datos.

—Hasta ahí lo entiendo.

—Pues no existe.

Noor frunció el ceño.

—¿Cómo que no existe?

—Existe el número. El número está ahí, claro, lo ve todo el mundo.

Pero no sale del modelo. El modelo lo calcula, sí, lo calcula bien, con toda la parafernalia.

Y luego hay una segunda capa, escondida, que nadie del equipo de ciencia de datos ha visto jamás, que coge ese valor y lo sustituye.

Depende de si pagas la suscripción, de cuánto tiempo llevas en la aplicación, de cuántas veces has abierto la pantalla de perfil esta semana.

Si has dejado de abrirla, te suben el número de alguien que te interesa.

Si te acabas de emparejar con una persona con la que te va bien, te bajan el siguiente porcentaje para que sigas buscando.

Es un mecanismo de retención, Noor. Han construido un casino con forma de corazón.

Mi hermana se quedó con la botella a medio camino de la boca.

—Entonces la gente que se conoce y se enamora...

—Se enamora porque se conoce. Porque se escribe, porque queda, porque se cae bien.

Es lo que habría pasado en cualquier bar.

Pero SoulMatch se queda con el mérito, y con el dinero, y con la fe de ochenta millones de personas que cuando les sale un cuarenta por ciento piensan que no deben ni intentarlo.

—Joder —dijo Noor, y se bebió la mitad de la cerveza de un trago.