20. Caleb
Espero.
Yo no hago eso. Yo hago esperar a los demás.
Soy el punto hacia el que corren los demás, el lugar fijo en un calendario lleno de piezas móviles.
Pero ahora estoy en el vestíbulo de un edificio de apartamentos del East Village.
En la pared hay un cartel sobre la separación de residuos y ya lo he leído innumerables veces mientras espero a Anne.
Así debe de sentirse alguien antes de su baile de graduación, y para mí es una sensación completamente nueva.
El esmoquin me aprieta en el cuello. Lo he llevado muchas veces. Hoy siento como si alguien lo hubiera cosido para otro hombre. Ruedo los hombros. Contrólate, Graham. Es una gala. Vas todos los años. Y todos los años la odias.
Solo que este año he llegado media hora antes y el chófer está fuera, en el coche, fingiendo que no ve cómo su jefe se aferra a un buzón como un colegial.
Marc se habría encargado de esto. Marc se encarga de todo.
Mandar el coche, recoger a Anne, dejarla en la alfombra roja.
Impecable, silencioso, perfectamente paralelo.
Le he dicho esta tarde que me ocuparía yo mismo y Marc ha movido una ceja.
Ese milímetro que en él equivale a todo un alegato.
No ha dicho nada. Es lo mejor de Marc. Sabe cuándo no hace falta una respuesta.
Oigo unos pasos en la escalera.
Me doy la vuelta y me quedo sin aliento.
Maldita sea.
El vestido es azul. Lo elegí yo, sabía cómo era el corte, tuve la tela entre los dedos cuando la mujer de la boutique me la enseñó.
Creía que sabía lo que me esperaba. No sabía nada.
El vestido en una percha es solo tela. El vestido en Anne es otra cosa.
Es el punto en el que dejo de pensar en términos de contratos.
Se detiene en el penúltimo escalón, con una mano en la barandilla, y me mira como si no estuviera segura de si debe seguir.
—Di algo —dice—. Me das miedo cuando solo me miras así.
—Has acabado antes de tiempo.
—¿Eso es lo primero que se te ocurre?
—No. —Doy un paso hacia ella—. Pero lo otro no puedo decirlo todavía sin quedar en ridículo.
Se ríe. Es esa risa nerviosa que ya conozco.
La risa tras la que se esconde cuando algo se le acerca demasiado.
Se atusa el dobladillo, se balancea de un pie a otro y veo que está insegura, y eso es lo primero de esta noche que me permite respirar con más facilidad.
Porque sé qué hacer con la inseguridad. No sé qué hacer con lo otro.
Con lo que ocurre en mi pecho cuando la veo así, de pie ante mí en la escalera.
—Es demasiado —dice—. El vestido. Los zapatos, todavía me aprietan, y el pelo… Me lo he arreglado yo misma porque no quería ir a una de esas peluquerías donde te miran como si fueras un mueble que hay que retapizar, y…
—Anne.
Deja de hablar. Ya estoy a su lado.
—Baja —digo. Le tiendo la mano—. El último escalón. Si no, seguiremos aquí cuando la gala haya terminado.
Baja el último escalón y se queda de pie frente a mí.
Huele a esa fragancia fresca y luminosa.
Algo que no es un perfume de un frasco caro.
Es el aroma que la acompaña allá donde va.
Lo huelo antes de estar realmente cerca, como siempre.
Le ofrezco el brazo. Lo mira como si le hubiera tendido un arma.
—Solo me caigo cuando me agarro a alguien —dice—. Sola llego sorprendentemente lejos.
—Lo sé —respondo—. No es por eso.
Me coge del brazo.
En el coche se sienta muy recta, con las manos en el regazo, y mira por la ventanilla como si la ciudad fuera a someterla a un examen.
Conozco este camino. Llevo años haciéndolo, pasando por las mismas fachadas, las mismas luces, y ya no veo nada de eso, igual que uno ya no ve su propia cara en el espejo.
Pero Anne lo ve todo. Levanta la vista hacia los pisos superiores, hacia las ventanas iluminadas, y sus labios se mueven ligeramente, como si estuviera contando algo o memorizando algo.
—¿Qué haces? —le pregunto.
—Miro en qué pisos sigue habiendo luz. E imagino lo que hace la gente.
Ahí arriba, el cuarto por la izquierda, ese hombre está preparando la cena porque ha vuelto tarde del trabajo.
Su mujer está enfadada, pero no de verdad, solo un poquito.
—Se da cuenta de que lo está diciendo en voz alta y se sonroja—. Jess dice que es una enfermedad.
—No es ninguna enfermedad. —Entonces, ¿qué es?
—Atención —digo—. Es para lo que te contraté. Ves cosas que a los demás se les pasan por alto.
Ella se vuelve hacia mí. Algo en su rostro se cierra un poco, mientras escucho mis propias palabras en mi cabeza. Contraté . Todo es un negocio. Sueno como la prueba viviente de todo lo que me ha echado en cara. Una partida más en la hoja de cálculo.
—Me he expresado mal —digo.
—No —dice ella—. Has sido sincero. Y eso lo empeora todo.
El coche se detiene en un semáforo en rojo.
Fuera, un grupo de jóvenes cruza la calle entre risas.
Uno de ellos sostiene una caja de pizza sobre la cabeza y Anne los sigue con la mirada.
Durante un instante, hay algo en su rostro que no sé interpretar.
Añoranza, quizá. Por una vida en la que uno sostiene cajas de pizza sobre la cabeza.
En la que no tienes que ir en coche a una gala junto a un hombre que no sabe decir lo que debe.
Pongo la mano en el asiento, entre los dos.
No sobre la suya. Solo al lado. Una invitación, no una exigencia.
Es distinto a lo de New Haven. Aquello fue fácil y relajado.
Una escapada para disfrutar. Hoy le exijo que me acompañe, que me represente.
Un acto de presencia forzoso que ni a mí me gusta, pero que es parte del juego.
El semáforo se pone en verde. El coche arranca. Y entonces, sin mirarme, sin decir palabra, desliza la mano por la superficie de cuero y la posa sobre la mía.
Tiene los dedos fríos. Y tiemblan un poco.
—Me encuentro mal —dice en voz baja—. Que lo sepas. Si vomito en una maceta ahí dentro, que sepas que ha sido a propósito, siempre he querido arruinar una planta de interior.
—No vas a arruinar ninguna planta de interior.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque estaré a tu lado —digo—. Y voy a cuidar de ti.
Me mira, un buen rato, y sus dedos dejan de temblar. Le aprieto la mano, una vez, con firmeza, y ella me devuelve el apretón. Y así recorremos el resto del camino, de la mano, sin que ninguno de los dos diga nada, y es lo mejor que he hecho en días.
Delante del edificio hay mucho ruido. Cámaras, voces, la mujer del comité con su portapapeles, tachando cada nombre como si decidiera quién entra en el paraíso. Anne se tensa a mi lado; lo noto a través de la tela de su vestido, a través de su brazo en el mío.
—No mires a nadie directamente a los ojos —le digo en voz baja mientras salimos del coche—. Mira por encima de ellos, a un punto en la pared. Así todos pensarán que te aburres, y te devolverán el aburrimiento por respeto. Lleva años funcionando.
—Eso es lo más triste que has dicho nunca.
—Probablemente. Pero funciona.
Ella ríe, y la risa libera la tensión de su brazo.
Está a mi lado, la cabeza alta, la mirada por encima de la multitud.
Por el rabillo del ojo, veo cómo se giran las cabezas.
No hacia mí. Hacia ella. No se da cuenta, y eso no hace más que agravarlo.
Ese girar de cabezas, esa breve pausa en las conversaciones…
Y siento algo en el pecho que no puedo y no quiero controlar.
Orgullo. Así que esto es lo que se siente.
En el salón, todo es oro y cristal. Lámparas de araña, espejos en las paredes, un cuarteto de cuerda en un pequeño escenario.
Los camareros se mueven con bandejas de copas de champán.
Son demasiado finas para sujetarlas de verdad.
Anne coge una y la sostiene con ambas manos, como un niño que teme que se le caiga algo.
Mira a su alrededor, con el rostro abierto como una ventana.
—Es como en una película —dice—. Solo que es real. ¿Verdad?
—Es real.
—Lo dices como si no te lo creyeras.
Miro a mi alrededor. El fasto que ya no veo. Que para mí se ha vuelto normal. La gente cuyas caras conozco y cuyos nombres he olvidado. Toda esa maquinaria que solo existe para que yo me mueva dentro de ella como sobre una tabla de cristal. Dejarse ver, sin que nadie se acerque demasiado.
—Dejé de verlo —digo—. Hace mucho tiempo. Tú lo ves por primera vez y, por eso, eres capaz de verlo.
—Eso es triste, Caleb.
—Sí —reconozco—. Ya me lo has dicho esta noche.
—Porque era verdad.
Antes de que pueda responder, Hartwell se acerca a nosotros, embutido en un esmoquin que le hace parecer una morsa satisfecha. Me estrecha la mano y luego mira a Anne con ese brillo que reconozco de la cena y que no me gusta un pelo.
—Anne —dice—. Has aguantado al tipo. No estaba seguro de que fueras a querer estar cerca de él una segunda vez.
—Soy tenaz —responde Anne—. Y me paga por estar a su lado.
Hartwell suelta una carcajada, una risa ladrada y sincera, y me apoya una mano en el hombro.
—Consérvala —me dice, en voz baja, pero no lo bastante como para que ella no lo oiga—. De estas no se encuentran dos.
Y entonces se va, perdido entre la multitud. Anne se queda allí, con las mejillas sonrojadas y su copa demasiado fina. Veo que quiere decir algo, algo mordaz para quitarle importancia al momento, porque los grandes momentos la asustan.
—No lo digas —digo.
—¿Qué?
—Lo que sea que fueras a decir. Dejemos este momento tal y como ha sido.
Ella cierra la boca. Me mira. Y entonces asiente, muy despacio. Eso vale más que todo el dinero reunido en esta sala.
—Gracias por haber venido conmigo. Tengo la obligación de estar aquí y es algo que nunca me ha gustado. Ya ni siquiera me doy cuenta de todo esto, pero esta vez está siendo un momento bonito porque estás a mi lado.
Ella no dice nada, pero sonríe.
Durante la hora siguiente, la guío a lo largo de la velada.
Inversores, miembros del consejo de administración, la mujer que todos los años afirma haber creado la fundación, aunque fue mi padre.
Anne aprende rápido. Se ríe en los momentos adecuados, hace preguntas que nadie más hace, consigue que un banquero de setenta años le hable de su nieto.
Yo me quedo a su lado y observo cómo conquista un mundo en el que llevo veinte años moviéndome como si llevara un traje demasiado estrecho.
Apoyo una mano en su espalda, ligera pero presente.
Para que sienta que estoy con ella. Si un hombre la mira durante demasiado tiempo, me giro de tal forma que mi cuerpo se interpone entre ellos.
No lo hago de forma consciente. Como mi mano, en la cena con Hartwell.
Simplemente estaba ahí y yo dije que eso a mí no me pasaba.
Pero me pasa todo el tiempo. Desde que está conmigo. He dejado de buscarle una explicación.
Entonces, el cuarteto de cuerda termina y otro grupo toma el relevo. El estilo cambia, de modo que las primeras parejas salen a la pista de baile.
—No —dice Anne al instante—. De ninguna manera. Yo no bailo. En la boda de mi prima me tropecé con mis propios pies y tiré una mesa de aperitivos. Había cóctel de gambas por todas partes. Caleb, eso una familia no lo olvida. No puede pasar eso aquí bajo ningún concepto.
—No tienes que hacer nada —digo, dejando mi copa—. Solo tienes que agarrarte a mí. Yo hago el resto.
—Esa suena como una relación terrible entre dos compañeros de baile.
—Es la única que conozco.
Le cojo la mano antes de que pueda encontrar más excusas y la llevo a la pista de baile.
Nos situamos en medio de los demás y le pongo la mano en la espalda.
Justo donde termina la tela y empieza su piel.
Me mira con los ojos muy abiertos y, por un momento, me olvido de que hay gente a nuestro alrededor.
La música es lenta y empiezo a moverme con ella.
—Mírame a mí —le digo en voz baja—. No a tus pies. A mí. Así irás adonde yo vaya.
Me mira. Y nos movemos.
No es buena bailarina. Me pisa dos veces y en una ocasión se mueve en la dirección equivocada y tengo que sujetarla.
Se ríe en mi hombro, sin aliento, y siento su respiración en mi cuello.
Eso es, este es el momento en que el mundo se detiene a nuestro alrededor.
Las lámparas de araña, las voces, el oro.
Todo está lejano y es insignificante. Solo existe su aliento en mi cuello y su mano en la mía y el aroma fresco y luminoso que no es un perfume.
Ya he vivido esto una vez. Hace mucho tiempo. Lo llamé amar a una mujer y ella me desplumó hasta los huesos. Sé lo que es estar aquí y creer que el mundo se detiene. Sé lo que se siente cuando el suelo cede bajo tus pies.
Y, sin embargo, la acerco más a mí.
—Caleb —susurra—. La gente está mirando.
—Deja que miren, llevan haciéndolo toda la noche.
—Suenas como un hombre al que no le importa.
—No me importa. —Y mientras lo digo, me doy cuenta de que es verdad. Por primera vez en años, es verdad—. Por primera vez en mucho tiempo, no me importa lo que la gente vea ni lo que piense.
Levanta la cabeza de mi hombro y me mira; sus ojos son verdes, enormes y están un poco húmedos, y veo en ellos la misma pregunta que yo llevo en el pecho y no puedo formular.
Dejamos de bailar, en medio de la pista, mientras las demás parejas giran a nuestro alrededor. Me inclino hacia ella. Mi boca está junto a su oreja, huelo su pelo y el corazón me late más rápido de lo que debería permitir.
—Quiero subirte a mi apartamento —digo en voz baja—. Sacarte de esta sala. Lejos de toda esta gente. Solo tú y yo.
Se queda quieta en mis brazos. Siento cómo se le corta la respiración, cómo su mano se aferra a la mía, con más fuerza. Me enderezo de nuevo, lo justo para poder verle la cara, y espero, porque esto es lo único que no fuerzo. Algo que nunca forzaré, por mucho dinero que tenga.
Me mira. Durante un buen rato.
Y entonces asiente.