Soulless CEO (Los CEO de Manhattan nº 4) 14. Caleb
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14. Caleb

El restaurante se llama Aubrey, está en el piso cincuenta y seis sobre Park Avenue, y lo he elegido porque aquí nadie levanta la voz.

Alfombras que amortiguan cada paso. Mesas lo bastante separadas para poder tratar de negocios sin que el vecino de al lado oiga la conversación.

Un sumiller que sabe cuándo ha de desaparecer.

Control hasta el más mínimo detalle. Así me gusta.

Estoy de pie junto a la ventana, contemplando la ciudad mientras los inversores aún no han llegado. Marc ha reservado la mesa para las siete de la tarde. Son las siete y dos. Hartwell siempre llega tarde; es su forma de demostrar que puede permitírselo.

A mi espalda se abre la puerta de la zona de recepción, y la huelo antes de verla. Limón. Algo fresco, que no tiene nada que ver con los densos perfumes que suelen flotar por aquí. Mi pulso hace algo que no debería.

Contrólate, Graham.

Me doy la vuelta.

Anne está en el umbral y, por un momento, se me olvida lo que iba a decir.

El vestido es verde oscuro, sencillo, sin florituras, exactamente como se lo describí a Marc.

Pero verla ahora con él puesto es otra historia.

Le hace algo a sus ojos con lo que no había contado.

He elegido el vestido porque era funcional, porque esta noche no debía parecer una recepcionista de Boston, sino alguien que pertenece a mi mesa. Estrategia. Nada más.

—Te me quedas mirando —dice ella.

—Estoy comprobando.

—¿El qué compruebas?

—Si el vestido te queda bien.

Enarca una ceja y se acerca. Sus tacones son más altos de lo que acostumbra, lo noto por su forma de andar. Con cuidado. Como si calculara cada paso.

—Me queda bien —dice—. Seguramente ha costado tanto como mi apartamento de Boston, así que más le vale, joder.

—Tres apartamentos.

—¿Perdona?

—El vestido. Tres de tus apartamentos de Boston. —Lo digo con sequedad, y ella se ríe, esa risa corta y sorprendida a la que me he acostumbrado en las últimas semanas, aunque no lo admitiría.

—Eres una persona horrible —dice.

—Lo oigo a menudo.

—¿De quién?

—De ti. Hoy. Antes, junto al ascensor. Y ayer.

Abre la boca para replicar, pero entonces su mirada se posa en algo detrás de mí y su actitud cambia. Se yergue, profesional, una máscara que se pone como si fuera un abrigo. Conozco esa máscara. Yo mismo llevo una.

Hartwell ha llegado.

Atraviesa la sala como un hombre acostumbrado a que los espacios se reorganicen a su alrededor.

Gerald Hartwell, sesenta y siete años, tres mil millones, una sonrisa que saca como una tarjeta de crédito.

Tras él, dos de sus hombres, a los que no presto atención.

Lo que importa es Hartwell. Siempre importa el hombre que tiene el dinero.

—Caleb. —Me estrecha la mano con demasiada fuerza, como siempre—. Tienes pinta de haber tenido una buena semana.

—Yo planifico semanas buenas.

—Por supuesto que sí. —Su mirada se desliza hacia Anne y algo en su rostro cambia. Se vuelve más cálido. Más interesado—. ¿Y a quién tenemos aquí?

—Anne McMillan. Trabaja en estrecha colaboración conmigo.

—¿Cómo de estrecha? —Hartwell se ríe de su propio chiste y coge la mano de Anne, reteniéndola un instante de más—. Perdone a un viejo. Pero es que Caleb nunca trae a nadie que no parezca un abogado.

—Tampoco soy abogada —dice Anne—. Soy peor. Me acuerdo de las cosas.

Hartwell vuelve a reír, esta vez más fuerte, con sinceridad. Y yo siento algo en el pecho que no quiero nombrar, porque es ridículo. Se lo ha metido en el bolsillo con una sola frase. A mí me cuesta unas cifras trimestrales y una cena.

Nos sentamos. Siento a Anne a mi lado, frente a Hartwell. El sumiller aparece, desaparece y regresa con un vino que ha elegido Hartwell, porque le gusta elegir. Le dejo. A veces se gana dejando que otro gane.

El negocio transcurre como transcurren los negocios. Hartwell quiere entrar en la expansión de la costa oeste, pero quiere unas garantías que no puedo darle, y yo quiero un capital que él no soltará sin garantías. Bailamos. Conozco los pasos. He bailado este baile cien veces.

Lo que no había previsto es la frecuencia con que la mirada de Hartwell se desvía hacia Anne.

—¿Y usted qué opina de esto, señorita McMillan? —pregunta en un momento dado, en medio de una frase sobre las reservas de liquidez—. Este Caleb solo ve números. Usted se acuerda de las cosas. ¿De qué se acuerda sobre mí?

Anne deja el tenedor. Lo hace con lentitud, a conciencia, y veo que está pensando.

No en qué va a decir. Sino hasta dónde puede llegar.

—Que ha mirado el reloj tres veces desde que estamos aquí sentados —dice ella—.

Pero nunca cuando se hablaba de dinero. Solo cuando Caleb hablaba de las garantías.

Así que ya ha tomado una decisión. Solo quiere que él sude un poco antes de dar el sí.

Se hace el silencio en la mesa.

Hartwell la mira. Entonces se ríe, y ya no es una risa educada, es la risa de un hombre que ha encontrado algo poco común. —Caleb —dice, sin apartar la vista de Anne—, ¿dónde la has encontrado?

—En Boston.

—Entonces Boston está infravalorada. —Se inclina hacia Anne y su voz se vuelve más confidencial, más baja, como si fueran los únicos en la mesa—. Sabe, estoy buscando a alguien para mi oficina. Alguien con su ojo clínico. Seguro que Caleb paga bien, pero yo pago mejor. Y soy más encantador.

Lo dice en broma. Probablemente. Pero siento que algo se me contrae por dentro, duro y frío, y no tiene nada que ver con el negocio. Ella pertenece a mi mesa, pienso, y el pensamiento surge tan rápido y tan posesivo que me asusto.

Es una empleada, Graham. Nada más.

No me creo a mí mismo.

Anne le dedica una sonrisa educada a Hartwell y responde algo ingenioso que no llego a oír del todo, porque mi mano ya se está moviendo.

Debajo de la mesa. Sin que yo lo decida.

Mis dedos se posan en su rodilla, sobre la tela del vestido.

La tela es fina y su piel está caliente debajo; es lo menos profesional que he hecho en años.

Anne se queda rígida.

Sigue hablando, su voz permanece tranquila, pero siento cómo se le tensa el cuerpo, cada músculo, y entonces gira la cabeza y me mira. Solo un instante. Sus ojos buscan los míos y en ellos hay una pregunta para la que no tengo respuesta.

¿Qué haces, Graham?

No lo sé. Ese es el problema. Por primera vez en mucho tiempo, no sé lo que hago.

No retiro la mano.

Y ella no aparta la rodilla.

Hartwell no se da cuenta de nada. Los hombres como Hartwell nunca se dan cuenta de nada que no figure en un balance.

Sigue hablando de la costa oeste, de puntos porcentuales, de un contrato que, como bien ha intuido Anne, hace tiempo que quiere firmar.

Respondo mecánicamente. Mi mente funciona en dos niveles: uno para las cifras y otro para el calor bajo mi palma, y el segundo nivel va ganando.

—Nos quedamos con la costa oeste —dice Hartwell finalmente y levanta su copa—. Pero insisto en que la señorita McMillan esté presente en la firma del contrato. Trae suerte.

—Ella trae precisión —digo—. La suerte es para los que no tienen datos.

Hartwell se ríe, pero Anne vuelve a mirarme, y esta vez hay algo diferente en su mirada.

Algo cauteloso. Ha oído la palabra. Datos.

Ya me echó en cara eso una vez, en el helicóptero, me dijo que trataba a la gente como si fueran partidas en una tabla, y ahora me oigo a mí mismo y sé que tenía razón.

Retiro la mano de su rodilla.

La sensación es de pérdida.

Salimos juntos del restaurante. Hartwell me da la mano, y a Anne se la estrecha durante más tiempo.

Le dice algo en voz baja que no oigo, pero que dibuja una sonrisa en su cara.

Odio lo mucho que me molesta esa sonrisa.

En el ascensor, de pie uno al lado del otro, ninguno de los dos dice nada.

Los números sobre la puerta descienden. Lentamente.

—Ha ido bien —dice ella finalmente.

—Lo has hecho bien.

—Lo sé. —Mira al frente, a su propio reflejo en la puerta del ascensor—. También sé lo que has hecho en la mesa.

Ahí está. El muro de cristal entre nosotros. Visible, pero inalcanzable.

—Hartwell se ha pasado de la raya —digo.

—Hartwell es un viejo inofensivo al que le gusta flirtear. —Se vuelve hacia mí—. No lo estabas controlando a él, Caleb. Me estabas marcando a mí.

El ascensor se detiene. Las puertas se abren al vestíbulo de mármol. Está vacío a estas horas y no salgo. Me quedo quieto. Ella también.

—No sé lo que he hecho —digo, y es la verdad, una verdad que me sorprende a mí mismo. No suelo admitir ninguna debilidad. No admito nada en absoluto—. He visto cómo te miraba y mi mano, sin más, se ha ido allí. Eso no me pasa. Yo planifico mis movimientos.

Me mira fijamente, durante un buen rato, y en sus ojos verdes se gesta algo que no consigo descifrar. —Es lo más sincero que me has dicho nunca.

Sale del ascensor y yo la sigo; el coche ya nos espera delante del edificio, negro y reluciente bajo las farolas. El chófer abre la puerta. Entramos, nos sentamos uno al lado del otro en el asiento trasero, y la puerta se cierra, y de repente el mundo se vuelve muy pequeño.

El coche arranca. Manhattan desfila por las ventanillas: luces, gente, la ciudad que nunca se detiene.

Anne mira hacia fuera. Yo la miro a ella.

Su perfil en la alternancia de luces y sombras.

Veo la línea de su cuello. El mechón de pelo que se ha soltado de su peinado me recuerda a cuando la toqué en el helicóptero, y quiero hacerlo de nuevo, y no lo hago.

Mantén el control, Graham.

Hace mucho que perdí el control.

—Caleb —dice sin mirarme.

—Sí.

—¿Por qué me has enviado el vestido?

—Porque necesitabas algo para esta noche.

—Marc podría haberme dado un presupuesto. Yo misma habría elegido algo.

—No quería eso.

—¿Por qué no?

No respondo de inmediato. Afuera, la ciudad pasa deslizándose y busco una respuesta que suene profesional, algo sobre la representación y causar la impresión adecuada, pero no se me ocurre nada. En su lugar, llega la verdad, y la dejo llegar, porque esta noche, por lo visto, ya no me quedan muros.

—Porque quería ver cómo te quedaba.

Gira la cabeza. Por fin. Y me mira, y el aire dentro del coche cambia, se vuelve denso, pesado y eléctrico; la misma tensión que en el ascensor hace dos días, cuando nuestros dedos se rozaron. Su respiración se acelera. Lo veo en el movimiento de su clavícula sobre la tela verde oscuro.

—No deberías decir eso —susurra.

—Lo sé.

—Trabajo para ti.

—Eso también lo sé.

—Esto es un error.

—Probablemente.

Pero ninguno de los dos se aparta. Su mano descansa en el asiento entre nosotros y la mía está a su lado.

Nuestros meñiques están tan cerca que siento el calor sin que lleguemos a tocarnos, y eso es peor que cualquier contacto.

El coche gira. Su perfume inunda el reducido espacio, limón y algo más, algo que es solo ella, y aspiro más hondo de lo que debería.

Di algo, Graham. Rómpelo.

—Charlet ha preguntado por ti hoy —digo, y es lo más inoportuno que podría haber dicho, porque veo al instante cómo algo en su rostro se cierra.

—Vaya.

—Quería saber si venías a la cena con Hartwell.

Anne retira el meñique. Solo un centímetro, pero lo siento como un portazo. —¿Y qué le has dicho?

—Nada. No es asunto suyo.

—Entonces, ¿por qué le interesa? —Su voz ha cambiado, se ha vuelto vigilante, la voz de una mujer que escucha lo que hay entre las palabras—. Das evasivas cuando se trata de ella. Siempre.

Se me tensa la mandíbula. Lo noto y no puedo evitarlo, y sé que ella lo ve, porque lo ve todo; por eso, precisamente, la contraté.

—No hay nada que evadir —digo mientras miro por la ventanilla y veo que su calle se acerca.

Pero Anne ya no dice nada. Vuelve a mirar hacia fuera, y la distancia entre nosotros ha reaparecido de repente, la misma distancia que entre el piso setenta y la calle, y la he abierto yo mismo con una sola palabra.

El coche se detiene delante de su casa.

—Gracias por la velada —dice formalmente y echa mano a la puerta.

—Anne.

Se detiene, con la mano en el tirador, pero no se da la vuelta.

Quiero decir algo. Sobre Charlet. Sobre el vestido y mi mano en su rodilla y sobre que llevo semanas sin dormir bien porque una parte de mí está pendiente de una mujer que me dice a la cara que soy una persona horrible. Quiero ser sincero.

—Que duermas bien —digo en su lugar.

Se baja. La puerta se cierra. La sigo con la mirada mientras camina hacia el portal, con el vestido verde que costó lo que tres de sus apartamentos de Boston, y no mira hacia atrás.

—Arranque —le digo al conductor.

El coche se pone en marcha, reclino la cabeza y cierro los ojos. El asiento a mi lado está vacío, pero todavía huele a limón, y odio darme cuenta. Odio darme cuenta de nada, en realidad. Antes de Anne, entraba en coches, en habitaciones, en edificios enteros sin sentir absolutamente nada.

La empresa gana, pienso. El viejo mantra. Ya no funciona.

Saco el móvil y le escribo un mensaje a Marc, algo de trabajo: el contrato con Hartwell, la costa oeste, plazos. Algo que puedo controlar. Pero mientras escribo, solo veo su rostro en la ventanilla del coche, el momento en que se cerró cuando pronuncié el nombre de Charlet.

Lo sabe, pienso. No el qué. Pero sí que hay algo.

Y sé que tengo que decírselo pronto, antes de que lo descubra por sí misma. Antes de que se lo diga otra persona, alguien que lo use como un arma.

El teléfono vibra. Un mensaje de Hartwell. Por una buena colaboración. Y quédate con esa mujer, Caleb. No se encuentran dos como ella.

Apago la pantalla y miro la ciudad que pasa, la misma ciudad que le mostré desde las alturas, y, por primera vez en años, desde aquí abajo parece más grande que yo.