Soulless CEO (Los CEO de Manhattan nº 4) 5. Anne #2
18%

5. Anne #2

—Es controlado. Totalmente controlado. Se mueve como si tuviera cada paso planeado de antemano. Habla poco, pero cuando lo hace, son frases que no puedes ignorar. Y te mira como si estuviera calculando en tiempo real lo que vas a decir a continuación.

—Suena agotador.

—Lo es. —Hago una pausa—. Y, aun así, quiero que vuelva.

A la sala de conferencias. Estoy ahí sentada y, cada vez que alguien pasa por delante, levanto la vista con la esperanza de que sea él.

Y eso me está volviendo loca, Jess. Porque es una estupidez.

Porque es mi jefe. Porque me ha hecho venir hasta aquí como si fuera un paquete.

—¿Y, aun así…?

—Y, aun así.

Silencio. Un segundo en el que Jess contiene la respiración y yo la suelto de golpe.

—¿Y a qué huele? —pregunta Jess.

—Jess.

—¿Qué? El otro día empezaste a hablar de su aftershave . Te paraste a media frase y dijiste que era amaderado. Amaderado, Anne. Normalmente solo usas esa palabra para los muebles.

Me río. Suena a desesperación, y probablemente lo sea.

—Huele a algo que no sé describir. Es cálido y de algún modo oscuro, y me descoloca. ¿Contenta?

—Mucho —dice Jess, haciendo una pausa—. Anne, escúchame. Sé que tienes miedo. Sé que piensas en Rob cada vez que un hombre se te acerca tanto que puedes olerlo. Pero este no es Rob. Rob era un perdedor que te convenció de que no eras lo bastante buena. Este hombre te ha traído a New York en avión.

—Eso no lo mejora. Lo empeora. Caleb Graham es mi jefe.

—Y puede que por eso mismo sea diferente.

No entiendo a qué se refiere y se lo digo.

—Porque un hombre que lo tiene todo no se tomaría la molestia de pasarse a verte en persona si no le importaras.

Trago saliva. Mi perrito caliente se ha enfriado, tengo los dedos pegajosos y en algún lugar de mi pecho se asienta una calidez que no quiero sentir.

—Tengo que volver, Jess.

—Lo sé. ¿Me llamas esta noche?

—Claro. ¿Cómo está mamá?

—Estable. Mañana volveré a estar con ella. ¿Ha preguntado por un pañuelo azul que se supone que tenías de pequeña?

—Nunca existió.

—Ya me lo imaginaba. Le he llevado uno de todas formas. Cuídate, Anne.

Me guardo el teléfono en el bolsillo y me abro paso de nuevo entre el torrente de gente.

La ciudad empuja y tira, y yo me dejo llevar hasta que el edificio de Graham Enterprises aparece ante mí: setenta pisos de cristal y hormigón y un nombre en letras grandes.

Su nombre, que ahora, de algún modo, parece distinto al de esta mañana.

Más personal. Más concreto. Como un rostro tras una fachada.

La tarde en la sala de conferencias pasa más deprisa.

Abordo la siguiente carpeta. Mi cuaderno se va llenando.

La irregularidad del tercer trimestre se repite en otro departamento.

Son otras cifras, pero el mismo patrón. Dinero que entra y no llega adonde debería.

No soy investigadora. No soy contable. Pero sé leer, y estas cifras cuentan una historia que no cuadra.

Hacia las cinco, se abre la puerta. Caleb. Esta vez se acerca a la mesa. Se sienta frente a mí y apoya las manos sobre el tablero. Sus dedos son largos, cuidados, serenos. Todo en él es serenidad. Como si no pasara nada bajo la superficie.

Pero sus ojos no están serenos. Sus ojos recorren mi cara como si buscara algo que no espera encontrar ahí.

—Avanzas más rápido de lo que había planeado —dice.

—¿Me habías dado un plan?

—Yo me he hecho un plan.

—Y voy por delante de tu plan.

—Con creces. —Se reclina en el asiento—. ¿Qué has encontrado?

Deslizo mi cuaderno por la mesa. Él lo coge y lee. Observo sus ojos. Se mueven con rapidez, se detienen, retroceden, se detienen de nuevo. Al llegar a la parte del tercer trimestre, se entrecierran.

—El patrón se repite —digo—. Otro departamento, otras cifras, pero la estructura es idéntica. Aumentos de presupuesto sin contratos correspondientes. Fondos que se liberan, pero que no tienen un destinatario claro.

Caleb deja el cuaderno sobre la mesa. Despacio. Me mira, y hay algo en su mirada que antes no estaba. Sorpresa, quizá. O algo que podría ser sorpresa si él fuera el tipo de persona que se deja sorprender.

—Has salido hoy —afirma.

No es un comentario. Es una constatación. Lo sabe. Claro que lo sabe. Probablemente una cámara en el vestíbulo me ha visto salir, o Marc se lo ha dicho, o simplemente ha mirado hacia abajo desde el piso setenta y me ha visto en una esquina comiéndome un perrito caliente y mirando hacia arriba.

—La pausa para comer —digo—. Tengo derecho a ella, ¿no?

Sus labios se mueven. Casi una sonrisa. —Tienes derecho a ella.

—Bien. —Recupero mi cuaderno y lo cierro—. ¿Algo más?

Se levanta. Lento, controlado, cada movimiento medido. Se dirige a la puerta. Y entonces se detiene, con la mano en el marco, y se vuelve una vez más.

—Mañana a la misma hora. ¿Y, Anne?

—¿Sí?

—El perrito caliente de la esquina de la Cincuenta con la Sexta es mejor.

Se va. La puerta se cierra. Y yo me quedo sentada en una sala de conferencias en la octava planta de un edificio que lleva su nombre, sintiendo cómo algo se remueve en mi pecho, algo que no debería permitir que se removiera.

Por la noche, me asomo a la ventana del hotel y contemplo la ciudad. Las luces parpadean y brillan, y Manhattan palpita bajo mis pies como un ser enorme y vivo. En la mano tengo una copa de vino del minibar, demasiado cara para mi gusto, pero el día ha sido largo y tengo la cabeza demasiado llena.

Pienso en cifras que no cuadran. En carpetas que están demasiado limpias. En un hombre que sabe dónde compro mi perrito caliente y me recomienda uno mejor.

Y pienso en lo que dijo Jess. Que un hombre que lo tiene todo no se tomaría la molestia si no le importaras.

La ciudad resplandece. Y yo estoy aquí, lejos de mi vida en Boston, y sé que me estoy mintiendo a mí misma. Que no son solo los expedientes lo que me hará levantarme mañana por la mañana. Que no es solo el trabajo lo que me acelera el pulso cuando se abre la puerta.

Céntrate, Anne. Estás aquí para trabajar.

Pero cuando me aparto de la ventana y dejo la copa, sus ojos permanecen en mi mente. Azules, alerta, demasiado cerca. Y el pensamiento que no logro apartar: que mañana volverá. Y que me hace ilusión.