5. Anne
El café está demasiado cargado, los informes son demasiados y la sala de conferencias huele a moqueta nueva y a desinfectante. La combinación de ambos crea una sustancia química que se te pega a la lengua y ahí se queda, por mucho que beba.
Llevo sentada en esta mesa desde las siete y media.
Sala de conferencias B, octava planta, pared de cristal con vistas a Manhattan.
Delante de mí tengo archivadores, alineados como soldados.
Historiales de transacciones, organigramas, cifras trimestrales.
Marc los dejó aquí ayer, perfectamente paralelos, como si fuera un rasgo de su personalidad.
Quizá lo sea. Quizá una se vuelve así si trabaja el tiempo suficiente para Caleb Graham. Exacta. Paralela. Funcional.
Ayer me ventilé casi dos de esos archivadores.
Conseguir revisarlos todos en dos semanas va a ser justo, pero desde luego no lo lograré para mañana.
Abro el tercer archivador y acerco el ordenador portátil.
Las cifras se desdibujan, se ordenan y vuelven a desdibujarse.
Hace ya unos años que terminé la carrera, pero la cabeza todavía me funciona.
Presupuestos departamentales, procesos de aprobación, justificantes contables.
Todo impecable, todo en orden. Demasiado en orden, quizá.
En Boston, David tenía sus cifras en tablas de Excel que parecían hechas con los ojos cerrados.
Aquí todo parece sacado de un libro de texto. Superficies lisas. Sin un rasguño.
Anoto una anomalía en el tercer trimestre. Una de las partidas presupuestarias se ha duplicado de un mes para otro sin motivo aparente. Probablemente no sea nada. Pero mi bolígrafo rodea la cifra con un círculo antes de que mi cabeza haya decidido si es relevante.
Así llevo desde ayer. Leer, marcar, anotar. Nadie me ha dicho qué es lo que tengo que buscar. Marc me dijo que entendiera las estructuras. Caleb no ha dicho nada de nada. Ayer, en el pasillo, Caleb me miró como si yo fuera una ecuación que estuviera resolviendo mentalmente y luego siguió su camino.
No pienses en eso, Anne.
Tomo un sorbo de café, me quemo la lengua y maldigo en voz baja.
Al otro lado de la pared de cristal pasa gente trajeada.
Pasos rápidos, cabezas gachas, teléfonos pegados a la oreja.
Nadie mira hacia la sala de conferencias.
Nadie se fija en mí. Soy invisible aquí, una desconocida de la pequeña agencia de Boston.
Hacia las diez oigo unos pasos más lentos que los demás. Más tranquilos. Más controlados. Sé quién es antes de que se abra la puerta y odio saberlo.
Caleb se apoya en el marco de la puerta, como si la sala no fuera suficiente para él y necesitara también el pasillo. Traje azul oscuro, camisa blanca, sin corbata. Como en Boston. Su mirada recorre los archivadores sobre la mesa, mi ordenador, mis notas. Luego se posa en mí.
—Buenos días.
—Buenos días —digo, y dejo el bolígrafo—. ¿Se supone que me levante o basta con que asienta con devoción?
Algo se agita en la comisura de sus labios. No es una sonrisa. Es algo previo.—Quédate sentada. ¿Cómo vas?
—Archivador tres de veinte. Suponiendo que no aparezcan más.
—No van a aparecer más. —Entra en la sala. No se acerca a la mesa. Se queda de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón, y mira la ciudad—. ¿Preguntas?
—Varias. —Me giro hacia él—. ¿Qué busco exactamente?
—Irregularidades.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única respuesta que te puedo dar.
—Gira la cabeza. Sus ojos se encuentran con los míos y ahí está otra vez.
Esa mirada que se prolonga demasiado, que ve demasiado, que me hace sentir como si me leyera igual que a uno de estos informes.
Solo que más a fondo—. Si te digo lo que tienes que buscar, solo verás eso. Quiero que lo veas todo.
—Todo.
—Todo.
Me reclino en la silla y me cruzo de brazos.—Entonces sería útil saber en qué contexto se enmarcan estos informes. ¿Quién los ha preparado? ¿Por qué estos departamentos? ¿Por qué este periodo de tiempo?
Me examina. Guarda silencio. Luego da dos pasos hacia la mesa, coge mis notas y las lee. Su aftershave me llega antes de que esté lo bastante cerca. Amaderado. Cálido. Esa nota en particular que no sé identificar y que se me instala en algún lugar bajo las costillas.
Concéntrate, Anne. Es tu jefe. Tu jefe temporal. Tu jefe temporal que huele como si alguien hubiera embotellado un atardecer.
Oh, Dios.
Caleb vuelve a dejar las notas sobre la mesa.—La marca en el tercer trimestre. ¿Por qué?
—La partida presupuestaria para consultoría externa se duplicó, pero no hay contratos que se correspondan en el archivador. —Señalo el punto en cuestión—. O falta un contrato o el dinero ha ido a parar a otro sitio.
No dice nada. Pero sus ojos cambian. Se entornan, se vuelven más alerta. Como si hubiera dado con algo que él esperaba.
—Sigue —dice. Luego se da la vuelta y se va.
Se detiene en la puerta y se gira de nuevo. Me mira y mi corazón se para.
Entonces se marcha. Y yo me quedo mirando la puerta, intentando averiguar si lo que acaba de pasar ha sido una conversación profesional o algo distinto. Y por qué mi corazón late ahora tan deprisa, como si hubiera subido corriendo las escaleras.
La mañana avanza a paso de tortuga. Me duele la espalda, me escuecen los ojos, pero las cifras se vuelven más claras.
Empiezo a crear referencias cruzadas, a establecer conexiones entre departamentos, aprobaciones de presupuestos y listas de personal.
Es como un puzle del que no tengo el modelo, pero, poco a poco, empiezo a reconocer bordes y esquinas que podrían encajar.
Hacia las doce, echo la silla hacia atrás y me estiro.
Me cruje el cuello. Me rugen las tripas.
Y las paredes de la sala de conferencias se acercan, como si la estancia hubiera encogido a lo largo de la mañana.
Necesito aire.
El ascensor me lleva abajo, el vestíbulo me escupe a la calle y New York se me echa encima.
El ruido me golpea como una pared. Cláxones, voces, el estruendo del metro bajo el asfalto.
Todo se mueve. Todo es ruidoso. En Boston, en la pausa para comer, a veces voy al parque que está a dos manzanas de la oficina, me siento en mi banco y me como el sándwich. Mi banco. Mi sándwich. Mi rutina.
Aquí no hay rutina. Aquí hay multitudes que se apartan a mi paso como el agua alrededor de una roca, y un olor que es una mezcla de comida, gases de escape y oportunidad.
Hay un puesto de perritos calientes en la esquina y el hombre que lo atiende me grita algo que no entiendo. Me acerco.
—¿Qué te pongo, cielo?
Es corpulento, lleva un delantal grasiento y una sonrisa más ancha que su puesto. Sus manos se mueven más rápido de lo que me da tiempo a ver.
—Un perrito caliente, por favor. Con todo.
—Con todo. —Asiente con aprobación—. No eres de por aquí.
—¿Por qué lo dices?
—La gente de aquí los pide sin cebolla, sin mostaza, sin kétchup, solo salchichas ecológicas con crema de aguacate y remordimientos. —Me tiende el perrito—. Eres de Boston, ¿a que sí?
Me río.
—¿Se me nota tanto?
—Miras hacia arriba. Los neoyorquinos nunca miran hacia arriba.
Pago, le doy las gracias y me llevo el perrito a la siguiente esquina.
Allí, apoyada contra la pared de un edificio, mastico y, efectivamente, miro hacia arriba.
Los edificios recortan el cielo en formas geométricas.
En algún lugar por encima de mí, un hombre con un traje a medida está interesado en mis notas.
Sea lo que sea que Caleb quiere de mí, parece que para él tiene más sentido que para mí.
Trago. El perrito caliente sabe a mostaza y a nostalgia.
Me vibra el móvil. Jess.
—Anne McMillan, ¿sigues viva o te ha devorado la ciudad?
—Estoy en una esquina comiéndome un perrito caliente que probablemente infringe varias normativas sanitarias. —Me limpio mostaza de la barbilla—. Y creo que el vendedor me acaba de psicoanalizar.
—Esto es New York, nena. —Jess se ríe—. Cuenta. ¿Qué tal el hotel?
—Absurdo. Hay una bañera en medio de la habitación. Y el albornoz es más suave que cualquier cosa que yo tenga. Y el minibar tiene cosas que no sé ni pronunciar.
—Llévatelo todo.
—Eso ya me lo has dicho.
—Y seguiré diciéndotelo hasta que lo hagas. Bueno, ¿y el trabajo qué tal?
Mastigo y observo a la multitud que pasa a mi lado sin verme. Todos con prisa. Todos con un destino. Soy la única que está de pie contra una pared sin saber adónde ir.
—Estoy sentada en una sala de conferencias revisando expedientes.
Documentos financieros, estructuras organizativas.
Nadie me ha dicho qué tengo que encontrar.
Marc, que es su asistente, me ha dejado las carpetas y se ha ido.
Me siento como si estuviera en un examen para el que nadie me ha dado las preguntas.
—¿Y el tipo? ¿El de los ojos?
—Todo el mundo tiene ojos, Jess. Es una persona, no un cuadro.
—Me dijiste que tenía los ojos azules y que parecía que te atravesaba con la mirada. Esas fueron tus palabras, Anne. Las tuyas. No las mías.
Cierro los ojos y apoyo la cabeza en la pared del edificio.
—Ha estado en la sala de conferencias esta mañana.
—¿Y?
—Y nada. Ha leído mis notas. Me ha dicho que siguiera. Con lo que sea.
—¿No te ha dicho qué estás haciendo allí? —La voz de Jess es tan seca que casi oigo crepitar la arena—. ¿Y no te parece curioso?
—¿Por qué iba a parecerme curioso?
—Porque los multimillonarios suelen trabajar de forma eficiente y no se dedican a montar terapias ocupacionales para recepcionistas, Anne. Porque te ha traído en avión desde Boston y te ha metido en un hotel de lujo. Es un hombre que quiere que estés a gusto.
—O un hombre que quiere que rinda. Para que lea sus expedientes más rápido.
—Cuéntame más sobre él.
Abro los ojos y veo una paloma peleando por un trozo de panecillo a mis pies.