3. Anne
La maleta yace abierta sobre mi cama como un reproche.
David y yo no hemos vuelto a hablar en todo el día.
Él ha asistido a sus citas y todo ha sido como siempre.
Pero por dentro estoy hecha un lío. El tiempo hasta las cuatro, hora en la que salgo de trabajar, ha sido normal y, sin embargo, completamente distinto.
Y ahora estoy en casa, de pie, delante de mi maleta.
Estoy de pie, con dos blusas en la mano, una blanca y una azul claro, y me pregunto qué se pone una para volar a New York a revisar unos documentos para un hombre al que conoce desde ayer y que la trata como si fuera una aplicación que acaba de descargar.
—La azul —dice Jess.
Está sentada con las piernas cruzadas en su cama, que está a tres pasos de la mía porque nuestro piso es tan pequeño que apenas se le puede llamar piso.
Una habitación, una cocina americana y un baño en el que no puedes lavarte los dientes y darte la vuelta al mismo tiempo.
Jess está mordisqueando una manzana y me observa con esa mirada que conozco.
La que dice: «Ahora mismo me estoy conteniendo, pero no por mucho tiempo».
—La azul es demasiado elegante —digo.
—Vas a volar a New York, Anne. No a Fall River.
—Vuelo a New York para trabajar. En una sala de conferencias. Con expedientes.
—Para un tío que parece, y te cito, como si se hubiera caído de una revista.
—Yo no he dicho eso.
—Has dicho traje a medida, ojos azules, una mandíbula como esculpida y un aftershave que casi hace que te choques contra una farola. ¿Sigo?
Meto la blusa blanca en la maleta y, detrás de ella, la azul. Por si acaso. —Lo he descrito. No es lo mismo que estar colada por él.
—Claro. También describes siempre cómo huele el aftershave de tu jefe.
—David huele a café requemado y a desesperación.
Jess se ríe y yo no puedo evitar sonreír también, aunque no estoy de humor para ello.
Mi estómago lleva haciendo cosas desde la comida que no tienen nada que ver con el hambre.
Desde que me quedé parada en la acera mojada y vi el coche de Caleb Graham desaparecer al doblar la esquina, algo se retuerce en mi interior que no sé cómo nombrar.
Excitación. Pánico. O ambos a la vez, una sensación como si alguien hubiera destrozado mi termostato interior.
Abro el cajón y cojo unos calcetines. ¿Cuántos pares de calcetines se necesitan para una semana? ¿Quizá dos? Él dijo «quizá dos». ¿Pero quién dice algo así? «Quizá dos semanas», como si mi tiempo fuera una partida abierta en su contabilidad.
—Anne. —El tono de Jess ha cambiado. Ahora es más suave, más serio—. Ven aquí.
Me doy la vuelta. Da una palmada en el borde de la cama, a su lado. Me siento, todavía con los calcetines en la mano.
—¿Qué pasa de verdad? —pregunta.
—Nada. Estoy haciendo la maleta.
—Llevas una hora haciendo la maleta y hasta ahora has metido dos blusas y un cepillo de dientes. Eso no es hacer la maleta. Es evasión a cámara lenta.
Miro los calcetines que tengo en la mano. Negros, con un agujero en el dedo gordo. Perfecto. Justo lo que necesito para el mundo de Caleb Graham.
—Tengo miedo —suelto. La palabra sale antes de que pueda detenerla.
Jess deja la manzana a un lado. —¿De qué?
—De todo. —Me dejo caer hacia atrás y me quedo mirando el techo.
Hay una mancha de humedad que parece Italia.
Ya estaba ahí cuando nos mudamos. Conozco esa mancha.
Me la quedo mirando cuando estoy en la cama y no sé qué hacer—.
Tengo miedo de New York. Del trabajo. De él.
Del sentimiento de que me estoy metiendo en algo que me viene demasiado grande.
—¿Desde cuándo te dan miedo las cosas grandes?
—¿Desde siempre?
Jess resopla. —Exacto. Y ese es el problema.
Me incorporo. —¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que llevas tres años en la recepción de una inmobiliaria sirviendo cafés, aunque tienes un título mejor que la mitad de la gente que entra por esa puerta.
Quiero decir que desde Rob no has dejado que ningún hombre se te acerque.
Quiero decir que has organizado toda tu vida para que no te ocurra nada inesperado.
Y ahora ocurre algo inesperado, y tú te quedas ahí, temblando, con un agujero en el calcetín.
—No estoy temblando.
—Estás temblando por dentro. Eso también cuenta.
Abro la boca para replicar, pero no me sale nada. Porque tiene razón. Claro que tiene razón. Jess tiene la molesta manía de decir siempre la verdad cuando menos quieres oírla.
Tres años. Tres años de recepción, de listas de citas, de café de máquina.
Tres años en los que el momento más emocionante de la semana era cuando David se olvidaba de una cita y yo tenía que improvisar.
Me he convencido a mí misma de que estaba bien.
De que la estabilidad no es una concesión, sino una elección.
De que es sensato tener un trabajo que paga las facturas y la residencia de mamá, aunque cada día me adormezca un poco más.
—Lo de Rob es diferente —digo en voz baja.
—Lo sé. —Jess me coge la mano—. Pero este tío no es Rob.
—Este tío es mi jefe. Y, sin más, toma decisiones sobre mi vida. Eso no se parece a Rob.
Rob. Solo su nombre basta para que algo se encoja en mi pecho.
Durante dos años fue mi novio, mi ancla, mi red de seguridad.
Hasta que dejó de ser una red y se convirtió en un agujero por el que me caí.
Rob, que era encantador y atento y que sabía exactamente las palabras que yo quería oír.
Hasta que descubrí que también se las decía a otras tres mujeres.
Desde entonces, la cautela ya no es un rasgo de mi carácter. Desde entonces, la cautela es una estrategia de supervivencia.
—Caleb Graham es un multimillonario que ayer me invitó a un restaurante y luego mencionó de pasada que mañana vuelo a New York —digo—. Eso no es una invitación. Es una OPA hostil.
—Suena emocionante.
—Suena peligroso.
Jess recoge las piernas y apoya la barbilla en las rodillas. —Anne, escúchame. Siempre vas a lo seguro. En el trabajo, en el amor, en todo. Eliges el camino en el que sabes lo que te espera al final. Y está bien, de verdad. Pero ¿sabes qué es lo que hay al final de lo seguro? No digo nada.
—Lo mismo que al principio. Siempre lo mismo.
Silencio entre nosotras. Fuera, ladra un perro y, dentro, el frigorífico tararea su monótona canción. Sonidos que conozco. Mi vida en tonos. Familiar, predecible, segura.
Aburrida.
No. No aburrida. Estable. Hay una diferencia.
¿De verdad la hay?
—¿Y si sale mal? —pregunto.
—Entonces vuelves y yo estaré aquí. Con todo lo que necesites: vino, películas malas y palomitas.
Me río, pero el sonido es débil. —Lo dices con una facilidad…
—Porque es fácil. Te subes a un avión. Echas un vistazo a lo que quiere ese tipo. Y si es una mierda, te vuelves a casa. —Jess sonríe—. Y si no es una mierda, al menos habrás vivido algo que no estaba en tu agenda.
Me levanto y voy hacia la maleta. Meto los calcetines, también los que tienen el agujero. Vaqueros, otra blusa, el vestido negro que llevo dos años sin ponerme porque no ha habido ocasión. Ropa interior, el neceser, el libro que llevo meses sin continuar.
—Tengo que pasar a ver a mamá —digo.
—Yo iré a verla. Los días que estés fuera. No te preocupes.
Me doy la vuelta y miro a Jess. Está ahí sentada, con el corazón de la manzana en la mano. Lleva el pelo sin peinar y la vieja camiseta de la universidad que se niega a tirar desde hace años. Mi mejor amiga. Mi red de seguridad, una que de verdad aguanta.
—Gracias —digo.
—Venga, termina de hacer la maleta para que te largues de una vez.
El resto de las horas del día transcurren en una nube de nerviosismo y listas de tareas.
Conduzco hasta la residencia de mamá, me siento una hora con ella en su habitación y hablo de cosas que olvida a medias antes de que yo haya terminado la frase.
Me pregunta tres veces si como lo suficiente.
A la tercera le digo que sí, aunque no he comido nada en condiciones desde la comida de ayer con Caleb.
El estómago se me queja cada vez que pienso en pasta y en unos ojos azules. Y en su mano retirando mi silla.
De vuelta, me llama David. Su voz suena tensa.
—Anne, sobre lo de mañana. El señor Graham lo ha organizado todo. El billete de avión te llegará por correo electrónico, el hotel está reservado. Preséntate el miércoles por la mañana en la sede central. Me ha dicho que te diga que espera que seas puntual.
—Espera…
—Así lo ha escrito.
—David, ¿sabes de qué va esto en realidad? ¿Qué clase de documentos? ¿Qué se supone que tengo que hacer allí?
—No sé más que tú, Anne. Solo sé que Caleb Graham no es el tipo de hombre al que se le dice que no. Y no lo digo como una recomendación. Lo digo como una advertencia.
Genial. Mi jefe me advierte sobre mi jefe.
O sobre el jefe de mi jefe. O lo que sea Caleb Graham en la cadena alimentaria de esta empresa.
Puede hacer lo que le da la gana, tiene dinero a espuertas y, encima, es así de atractivo.
Tengo que sacarme sus ojos azules de la cabeza de una vez.
Ese hombre es demasiado grande y peligroso para mí.
Haré mi trabajo. Y luego volveré a casa en avión.
Cuelgo y me quedo mirando el teléfono. En la bandeja de entrada hay un correo con el asunto «Información del viaje» de una dirección de Graham Enterprises. Clase business y el hotel Hilton en Midtown. Todo negro sobre blanco, sin margen de maniobra, sin preguntas, sin un «por favor».
Un hombre que trata al mundo como si este necesitara su permiso para girar.
La noche tampoco va mucho mejor. Doy vueltas y más vueltas en la cama y, en algún momento, supongo que me he quedado dormida.
En el aeropuerto, de pie frente al control de seguridad, siento el corazón latiéndome en la garganta.
Seguro que la maleta pesa demasiado porque, en el último momento, Jess ha metido su cojín de la suerte.
Una cosa amarilla y fea con una mariposa bordada que, supuestamente, tiene que acompañarme en todos los viajes.
Mi tarjeta de embarque brilla en la pantalla del móvil.
Puerta B7. Embarque a partir de las diez y media.
Jess me ha traído en coche. Junto al vehículo me ha abrazado, un abrazo largo y fuerte, y luego me ha dicho: «Si es un gilipollas, llámame. Si no es un gilipollas, llámame también. Tú solo llámame».
Y ahora estoy aquí, entre viajeros de negocios con caros trolleys y caras de cansancio, preguntándome qué demonios estoy haciendo.
Anne McMillan, veintiséis años, recepcionista de Boston, vuela a New York porque un hombre lo ha decidido así.
No.
Vuelo a New York porque lo he decidido yo. Porque necesito el trabajo. Porque mamá necesita la residencia. Porque las facturas no van a dejar de llegar solo porque mi orgullo esté montando un numerito.
Y porque, en algún lugar bajo todo el miedo, la sensatez y las facturas, algo dentro de mí quiere saber qué hay detrás de la siguiente puerta. Algo que susurra tan bajo que casi no lo oigo.
Casi.
Paso el control de seguridad. Me siento en la puerta de embarque. El avión está fuera, en la pista, sus luces parpadean en el crepúsculo.
El teléfono vibra. Jess.
—¿Estás dentro?
—Todavía no. Estoy sentada en la puerta.
—Bien. Escucha. Solo voy a decir esto una vez, así que concéntrate.
—Vale.
—No eres la mujer que se sienta en recepción y se queda ahí apalancada hasta los cuarenta.
No eres la mujer que se esconde de la vida porque un tío le hizo daño una vez.
Eres Anne McMillan, y eres muchísimo más lista, valiente y fuerte de lo que crees.
Así que súbete a ese avión. Y, pase lo que pase, no olvides quién eres.
Me escuecen los ojos. Trago saliva para reprimirlo.
—¿Desde cuándo das discursos?
—Desde que mi mejor amiga necesita urgentemente una motivación para dejar entrar una nueva aventura en su vida.
—Te quiero, Jess.
—Lo sé. Llámame cuando aterrices.
Cuelga. Guardo el teléfono en el bolso y miro por la ventana. Afuera está Boston, gris y familiar, la ciudad que conozco como el latido de mi propio corazón. En dos horas estaré en una ciudad que no conozco. En un hotel que ha reservado un desconocido. En una vida que desde ayer ya no es la mía.
O que, por primera vez, es verdaderamente mía.
El altavoz crepita y anuncia el embarque.
Me levanto, cojo el bolso y voy hacia la puerta. Ante mí se extiende el pasillo hacia el avión, estrecho, con luz artificial, y al final un trozo de cielo que poco a poco se oscurece.
La voz de Jess en mi cabeza. Salta.
Inspiro. Y avanzo.