Capítulo 54
Sol
A las nueve de la noche, Sol estaba mordisqueando una pizza de funghi , cómodamente sentada en el sofá de IKEA y preguntándose por qué se había deshecho del suyo.
Ah, claro: se había mudado a California y no cabía en la maleta con tantas otras cosas que había ido dejando atrás a lo largo de los años.
—Parece que estés perdida en tus pensamientos —dijo Divya, sentándose a su lado y dándole el vaso de agua que acababa de traer de la zona de la mini cocina. Para ella había cogido una cerveza.
—Te diría que no —respondió Sol—, pero creo que detectarías la mentira.
—O sea, que estabas perdida en tus pensamientos pero no quieres hablar de ello.
—Creo que, como siempre, has dado en el clavo —dijo Sol—. ¿Alguna posibilidad de contratarte como terapeuta?
—Me encantaría tener una excusa para hacerte todo tipo de preguntas indiscretas, pero me temo que no tendré mucho tiempo para trabajos extra ahora, con lo de la nueva agencia y todo eso.
Sol ladeó la cabeza. No sabía nada sobre ninguna agencia nueva.
Divya percibió claramente su desconcierto.
—Luke te lo habrá dicho, ¿no?
—No…
Estaba cien por cien segura de que ninguna de las cosas que Luke le había susurrado bajo la ducha antes de que llegasen los invitados tenía que ver con una nueva agencia.
—¡Luke! —gritó Divya. Él acudió enseguida desde la cocina, donde había estado hablando con Sanjay y otro compañero de T ni drogas—ni siquiera las gominolas con marihuana que se habían hecho tan populares en sus últimos años en California pero que eran ilegales en el Reino Unido—; ni gente excesivamente borracha vomitando—Divya quizá se había tomado una cerveza de más, pero Sanjay se aseguraría de que llegara a casa sin problema—; ni gente gailando—aunque una agradable selección de indie pop con toques jazz sonó de fondo toda la noche—; ni gente follando en el baño—al menos durante la fiesta.
Todo había sido tan adulto que Sol tomó conciencia de repente de que Luke y sus colegas estaban en la treintena, no en la veintena. A veces Sol podía ser una snob provinciana y prejuiciosa. Quizá no había tanta diferencia de edad entre ella y Luke, al fin y al cabo.
Cuando Divya y Sanjay se marcharon y volvió a quedarse sola con Luke, preguntó lo que le había estado rondando la cabeza durante la última media hora.
—¿Debería irme yo también?
—Solo si quieres —dijo él, genuinamente sorprendido—. ¿Necesitas irte?
—No.
No sabía si estaba tomando la decisión correcta. ¿Y si Luke quería estar solo pero era demasiado educado para admitirlo? Además, había llevado un bolso mediano y los muchos productos cosméticos que necesitaba para su rutina nocturna no cabían todos ahí.
—¿Me estás diciendo que me quede solo por quedar bien?
—No te estoy diciendo que te quedes —respondió él, sonriendo—. Solo digo que no hace falta que te vayas si no quieres. Recuerdo perfectamente que no analizamos ni debatimos tanto las condiciones de que yo me quedara en tu casa.
—Solo intento no quedarme más de la cuenta —dijo ella. Era eso y también asegurarse de que su piel madura recibiera toda la hidratación extra que necesitaba.
—No creo que puedas quedarte más de la cuenta nunca —dijo él—. No aquí. Pero entiendo que quizá estés más cómoda en tu casa. Este sitio no es gran cosa.
—¿Qué? ¡Me encanta tu estudio!
Era verdad. Era pequeño, sí, pero Luke había conseguido crear un hogar con gusto y lleno de su personalidad y eso era lo que más le gustaba.
—Sol, dijiste que tu casa era diminuta. Mira esto —dijo él, señalando el estudio.
—Esto es del tamaño del primer piso que alquilé en Barcelona.
Solo que allí la presión de la ducha era inexistente.
El primer piso que alquilé en Los Ángeles tampoco era mucho más grande y tuve que convivir con una familia de arañas anidando —dijo Sol—.
No olvides que yo también he sido joven y pobre.
No es que esté insinuando que tú seas pobre ni nada.
¿Por qué no podía dejar de meter la pata?
Él, por suerte, no pareció fijarse en la última parte.
—Sigues siendo joven —protestó él y la sinceridad en su voz la enterneció.
—Sabes a qué me refiero —dijo ella—. Perdona si he estado un poco rígida esta noche contigo.
—No he notado ninguna rigidez —dijo él, acercándose.
—Es solo que estoy asumiendo que estoy… quizá… ¿cómo lo dijiste? Loca por ti —dijo ella, aliviada por haber encontrado las palabras, pero también un poco asustada de haberlas dicho en voz alta.
—¿Lo estás? —preguntó él, casi con cautela, antes de sonreír—. Te advertí que era adictivo.
—La verdad es que decidí permitirme estar loca por ti cuando vi el buen gusto con el que tienes decorado el piso y lo limpio que está todo, cocina y baño incluidos. Me habría quitado la idea de la cabeza si este lugar se viera mínimamente descuidado.
—¿Y si te dijera que limpié porque sabía que vendrías? —preguntó él con tono juguetón, acercándola y besándole la nuca.
—Tendré que vivir con la posibilidad de que no seas tan arquetípicamente ideal como pensé al principio, supongo.
Estaba enganchada.