Capítulo 40
Sol
Después del paseo, le sugirió ir a su casa a picar algo. Estaba convencida de que improvisar algo allí sería más rápido que intentar elegir un restaurante a orillas del río sobre la marcha y sin reserva.
Luke aceptó ir a su casa aunque ella le dijo que solo podía ofrecerle una ensalada de lentejas y espinacas, queso de cabra, jamón, pan de masa madre y, por supuesto, té.
—La pasta también es mi opción preferida cuando voy con prisa y quiero algo rico —le dijo mientras abría el frigorífico de su cocina—. Pero no voy a preparar una puttanesca con fusilli integrales y tomates cherry salteados cuando el invitado es italiano.
—Pues suena interesante —dijo él, cortando unas rebanadas de una hogaza de pan como ella le había pedido.
—Me sentiría juzgada —dijo ella.
—Probablemente te juzgaría —admitió él—. Pero, por favor, no dejes que eso te impida hacer nada.
—No lo haré.
Lo agarró por la camiseta, lo atrajo hacia su cuerpo y lo besó.
—Antes de que pasemos a esta parte de tu visita —dijo ella, separándose de él muy ligeramente pasados unos minutos—, comamos.
—¿Podemos comer mientras te hago algunas preguntas?
Él tenía los ojos marrones más profundos y devastadores.
—Creo que ahora mismo no puedo negarte nada.
Sol tragó saliva. No había sido su intención decirlo en voz alta.
Se sentaron a la mesa, ocupando los mismos sitios de la noche anterior: ella en una de las esquinas del lado largo con vistas a la cocina, él en la cabecera de la mesa, en la misma esquina que ella, mirándola.
Comieron un rato en un silencio cómodo, mientras sus ojos se encargaban de toda la comunicación, sin perder detalle de lo que la mirada del otro insinuaba.
—Creía que querías hacerme algunas preguntas —dijo Sol, jugando con los restos de la ensalada en su plato. No solía sentirse así a menudo, pero parecía no tener hambre… de comida.
—¿Vamos a tomar el té? —le preguntó.
—Sí, en las dos connotaciones que parece tener la palabra para nosotros —le sostuvo la mirada sin reparos—. Si te parece bien.
Su mirada gamberra le dio la respuesta que necesitaba. Ella se deslizó hasta el borde del banco para acercarse a él y dejó que su boca encontrara la de él.
—Antes de que nos perdamos demasiado —dijo él, mordisqueándole el labio inferior—, recuerda que tengo preguntas.
—¡Has tenido toda la cena para hacerlas!
¿De verdad quería hablar ahora del caso?
—¡Eres tan impaciente! —Luke rió. E intentó aplacarla acariciándole el cuello con los labios—. Tenía que asegurarme de no estar presuponiendo nada.
Continuó explorándole la nuca y los hombros sin prisa hasta que Sol se rindió y empezó a relajarse.
—Voy a necesitar saber qué te gusta —su tono grave y gutural hizo que a Sol se le erizara la piel.
—Claro, esta es la forma correcta de hacerlo, ¿no? —dijo Sol—. Hablamos de lo que nos gusta y lo que no, de lo que nos pone y lo que no, de protección.
—Haces que suene muy transaccional —dijo él, abandonando momentáneamente sus deberes en la nuca de ella para mirarla—. Pero puede ayudarnos a entender los deseos y necesidades del otro y cuáles son nuestros límites.
—Me gusta la lógica que hay detrás de esto —se mordió el labio inferior y jugueteó con los dedos en el borde de la camiseta de él, rozándole el cuello—.
Seré breve, porque de verdad que soy impaciente.
Me encantan los preliminares, hasta cierto punto.
Soy impaciente. El cajón de arriba de mi mesilla de noche está lleno de juguetes y condones.
La estimulación del clítoris es imprescindible.
No falla centrarse en el cuello, los pezones…
o el dirty talk . Te daré más detalles. ¿Qué necesito saber de ti?
—Por ahora, digamos que soy sencillo —le besó delicadamente la zona más sensible de la muñeca derecha y Sol gimió ante el contacto—. Me pone el placer de mi pareja. Y mejoro con el uso.
Tragó saliva.
—Voy a sonar extremadamente tradicional, pero ¿te importa si subimos? Creo que esta primera vez necesito una cama.
—Tú mandas —le dijo él, con los ojos fijos en los de ella.
Sol lo agarró del brazo y lo guió escaleras arriba.
Cuando llegaron al segundo piso, ambos jadeaban.
No estaba segura de si era porque habían subido las escaleras muy rápido —aunque no había tantos escalones y se suponía que ambos estaban en una forma física relativamente buena— o por su frenética expectación.
Aún sin aliento y cogiéndolo de la mano, le enseñó a Luke su dormitorio.
Había fantaseado con llevárselo a la cama las últimas noches, aunque durante el día hubiera fingido que solo quería ser su amiga y todas esas tonterías. Se había imaginado cómo él la empujaría contra la pared, le besaría el cuello, le quitaría la ropa.
Pero cuando finalmente ocurrió —y estaba tan aliviada de que por fin ocurriera—, fue ella quien lo empujó contra la pared, lo besó con deseo, lo ayudó a quitarse la camiseta y le bajó la cremallera de los pantalones, todo mientras se quitaba sus propios tejanos y su camiseta.
Su olor, tacto, sabor la estaban enloqueciendo.
Los labios de él se recreaban en el lóbulo y cuello de Sol mientras ella lo acorralaba contra la pared. A esas alturas, él solo llevaba unos bóxers ajustados. Ella, su conjunto de bralette y tanga más minimalista —y prácticamente transparente—, y aun así, ambos seguían demasiado vestidos.
Se permitió contemplar la belleza casi desnuda de él y no se sintió decepcionada en lo más mínimo. Era tan sexy y escultural como sus más recientes —y frecuentes— sueños tórridos habían anticipado.
Lo acercó a su cuerpo estirando la cintura de sus bóxers y sintió su culo bien formado.
Deslizó la prenda hacia abajo y recorrió su erección con la punta de los dedos, hasta envolverlo.
Moviendo su mano lentamente. Luke exhaló de placer y ambos sonrieron.
A Sol le gustaba ser quien había hecho que él emitiera ese sonido. Y sentir esa sensación.
—Deshagamonos de toda la ropa interior —dijo ella.
Él respondió con una sonrisa de suficiencia en la cara mientras le deslizaba uno de los tirantes del bralette por el hombro para desabrocharlo.
—Tú tomas las decisiones esta noche —su voz era más ronca y áspera de lo habitual—. Estoy a tu merced —sonrió de forma traviesa mientras la ayudaba a terminar de desvestirlo y le bajaba el tanga por las piernas lentamente.
—¿Estás seguro de que no soy yo quien está a tu merced? —preguntó ella, sus miedos de la noche anterior regresaron de repente ahora que estaba completamente desnuda.
Sol Novo no solía sentirse incómoda en su propia piel.
Desde que había cumplido los cuarenta, se había esforzado mucho por sentirse bien.
Se encontraba increíblemente sexy, algo inconcebible a sus veinte y treinta años.
Pero allí de pie, sin ropa, sin armadura, frente a un hombre tan magnífico —y su muy magnífica erección—, dudó de sí misma y de su cuerpo.
—Eres jodidamente guapa —le dijo él entonces, casi como si le hubiera leído la mente y sí que era jodidamente guapa. No necesitaba que él se lo recordara, pero su mirada de admiración la deleitó igualmente.
Luke la cogió en brazos, levantándola del suelo.
Las piernas de ella envolvieron automáticamente su cintura y los labios de él iniciaron un lento descenso desde el cuello de Sol hasta uno de sus pechos y luego su pezón.
Sol se estremeció de placer mientras él provocaba, lamía, mordía.
Sus manos estaban firmemente plantadas en ese culo de ella que Luke había mencionado a menudo en sus conversaciones.
Casi como si recordara que ella le había dicho que se sentía tradicional esa noche, la depositó en la cama. Sus piernas y brazos, apresados por el cuerpo largo y duro de él.
—Háblame de tus juguetes —Luke le dijo, descuidando las atenciones a su pezón por un brevísimo instante—. ¿Hay alguno que te guste usar en pareja?
—El primero que encuentres si abres el cajón de arriba de mi mesilla de noche. Una cosa fucsia más bien pequeña —dijo ella sin aliento.
—¿Y te gusta?
—Es milagroso.
—Me estoy poniendo celoso —dijo, estirando el brazo para abrir la mesilla y encontrando fácilmente el juguete al que se había referido ella.
—No lo estés. Realmente lo superas con creces…
más de metro ochenta y cinco de cuerpo masculino y bien tonificado…
—Luke le mordió sin piedad uno de los pezones y una de sus manos estaba ahora en su clítoris—.
Además, esa cosa no me da conversación ni me ha mirado nunca como lo haces tú —dijo ella, jadeando.
—¿Cómo te miro? —Luke levantó la cara de su pecho, fijando la mirada en los ojos de Sol.
—Con unos ojos marrones cálidos e inquisitivos.
Pero Sol no pudo decirle nada más sobre sus preciosos ojos. Su cuerpo se arqueó ante la sensación del dedo de Luke deslizándose en su interior, sacándolo lentamente y extendiendo su propio flujo sobre su clítoris. Entonces, encendió el juguete y lo presionó contra su zona más sensible.
—Sigo un poco celoso —le dijo entre gemidos.
—Piensa que ahora mismo estoy tan jodidamente excitada porque eres tú quien está usando esa cosa. Normalmente no cedo el uso de mis juguetes —dijo con voz entrecortada. Estaba a punto de correrse, pero una parte de ella quería permanecer en ese estado de delirio durante más tiempo.
—¿Quieres unirte? —le preguntó con la respiración entrecortada.
Luke la miró con ojos inquisitivos. Sol tenía que admitir que él llevaba el consentimiento hasta un grado que la ponía aún más de lo que ya lo estaba.
—Por favor —le suplicó. Había echado de menos el sexo en compañía de otro ser humano, aunque ninguno de sus juguetes la hubiera decepcionado nunca.
Alcanzó la mesilla de noche, con los ojos aún fijos en Luke, su cuerpo bajo el de él. Palpó el contenido del cajón con la mano y cogió un condón. Lo abrió y envolvió su pene lentamente, sintiendo cada sensación que su mano provocaba.
Movió las piernas, rodeando el cuerpo de él.
Le acarició el culo con las uñas. Al sentirlo por primera vez dentro de ella, se dio cuenta de que había estado perdida desde la primera vez que le había puesto los ojos encima.
Aunque su mente no hubiera reconocido la atracción inevitable, su cuerpo sí lo había hecho.
—¿Todo bien? —le susurró al oído mientras se hundía en ella.
—Hablas demasiado —le arañó el culo y lo presionó para que entrara más profundo.
—La comunicación es clave en este tipo de trabajo —murmuró Luke mientras le estimulaba el lóbulo de la oreja. No había soltado el juguete, que seguía trabajando diligentemente en el centro de Sol, mientras la torturaba en un pecho con sus labios carnosos.
—Más fuerte —le dijo y el mordisco hizo que arqueara todo el cuerpo de placer.
Jadeaba, sudaba y estaba empapada en lujuria.
Podía sentir la creciente sensación invadirla con cada nueva arremetida de él en su interior, cada nuevo mordisco en su pezón, cada caricia vibrante entre sus piernas.
Y pensar que había leído un artículo absurdo sobre cómo los orgasmos mixtos eran discutibles o algo controvertidos o alguna otra absurdez que no recordaba bien.
Probablemente lo había escrito un tío inepto y lo había editado otro.
Perdió la noción de todo lo que los rodeaba, invadida por una sensación en espiral.
—Ya casi —dijo y de repente se dio cuenta de que probablemente toda Roupell Street era consciente de que estaba teniendo sexo con otro ser humano. No recordaba haber sido nunca tan ruidosa ella sola.
—Desde luego, hace milagros —susurró Luke con voz entrecortada.
—Es que está recibiendo una ayuda excepcional.
Se hundió en ella de nuevo y los dos se perdieron en el éxtasis.
Yacieron en silencio uno al lado del otro durante unos segundos.
—¿Decías que mejoras aún más con el uso?
Le trazó el contorno de la clavícula, descendiendo por su pecho y rodeando su ombligo. Él se estremeció con el contacto.
—¿Probamos otra vez y lo comprobamos? Te prometo un poco de dirty talk esta vez.