Capítulo 39
Sol
Sol llegó a los restos del palacio del siglo XIII que había servido de residencia a los obispos de Winchester cinco minutos antes de la hora acordada y disfrutó del hecho de que, por una vez, era ella la primera en llegar.
Luke apareció un minuto después. Llevaba el pelo perfectamente despeinado, la ropa oscura y con ese aire despreocupadamente sexy y sonreía.
Se acercó a ella, pero se detuvo antes de tocarla, como si se diera cuenta de que el protocolo de aquel saludo aún no se había negociado.
—¿Puedo besarte? —le preguntó ella, devolviéndole la sonrisa.
—Sí —suplicó más que asintió él, como si repitiera el eco de lo que ella había sentido la noche anterior.
Sol fue directa a su boca, rozando primero su labio inferior y mordiéndolo antes de besarlo. Se sintió un poco mareada cuando él le devolvió el beso. Una de sus manos estaba en su rostro, la otra en su cintura y su olor la envolvía por completo.
— Ciao —dijo él cuando ella por fin se apartó.
— Hola —respondió ella, dándose cuenta de que eran el centro de atención de un grupo de unos veinte niños de entre cuatro y seis años que parecían estar de excursión escolar.
¿Estaban dando tanto el espectáculo?—. Dado que estoy segura de que has visto el Winchester Palace mil veces, sigamos andando, ¿sí? Vamos a passeggiare.
Le cogió del brazo derecho y lo condujo en dirección al río.
—¿Eres tímida? —preguntó él mientras se alejaban a paso rápido de la mirada de los niños—. El encuentro mediterráneo fue idea tuya y creo que nos hemos comportado de manera totalmente apropiada.
—Para el sur de Europa, sí —admitió ella—. Pero si estamos en un espacio público concurrido, comportémonos más como londinenses formales.
—Así que eres tímida —rió él.
—Antes de que se nos vuelva a olvidar —dijo ella, cambiando de tema a propósito porque sabía que, si no, ambos se olvidarían—, y luego ya podemos volver a ese flirteo juguetón en el que eres tan brillante…
No recuerdo a ningún otro asistente en clase la noche del robo. Pero sí me he acordado de otra cosa.
—Iba a protestar por tu descarado cambio de tema —respondió él—, pero ahora quiero saber qué has recordado. Por cierto, ¿estás guiándome tú en este recorrido por mi ciudad natal?
—No guío, solo sigo el curso del río —dijo ella, señalando el camino junto al río frente a la taberna The Anchor, con su fachada de ladrillo marrón y paneles de madera pintados de rojo—.
Y los dos sabemos que tú eres de la parte norte de Londres, así que no te pongas tan posesivo con el sur, por favor.
—¿Qué más has recordado? —preguntó él mientras ambos adoptaban un paso más tranquilo junto al río.
—Mira quién cambia de tema ahora —replicó Sol con una sonrisa.
—Sol —dijo él, alargando de nuevo el sonido de la última letra de su nombre.
—Vale, no puedo torturarte cuando dices mi nombre así —dijo ella, tomando aire para concentrarse—.
A ver… establecimos que la clase debió de terminar a las seis y cuarenta el día del robo.
Cuando Josie nos despidió, fui a la zona de taquillas para coger mi bolso, pero me di cuenta de que mi compartimento estaba abierto.
—¿Abierto?
—No tuve que marcar los cuatro números de mi combinación porque la puerta de mi taquilla ya estaba entreabierta.
En ese momento di gracias a las deidades de la impuntualidad por semejante milagro, porque supuse que me había olvidado de cerrarla al llegar a clase.
Había llegado un poco tarde. Y me vino bien al salir porque, de nuevo, iba con prisas. Y odio…
—Llegar tarde —rió él—. Sí, ya me he dado cuenta.
Sol lo ignoró y continuó.
—Pero pensándolo ahora, quizá la misma persona que abrió la taquilla de Sara para coger el guion también abrió la mía y tal vez otras, buscando el compartimento correcto.
No es que tengamos una asignada. Puedes elegir la que quieras al llegar.
Los primeros suelen coger las que no te obligan a agacharte para meter o sacar tus cosas.
—Pero no estás completamente segura de que no fueras tú quien la dejó abierta por error.
—No, la verdad. No sería la primera vez —admitió—.
A veces llego a clase todavía distraída, dándole vueltas mentalmente a un artículo y tomo notas en el móvil y me olvido de cerrar la taquilla.
Nunca le he dado mucha importancia porque, como ya te he dicho mil veces, no creo que ninguno de los alumnos de Josie robe nada.
Además, para entrar en el edificio y acceder al estudio te tienen que abrir, así que no es que alguien de fuera pudiera colarse a mitad de clase y vaciar las taquillas mientras todo el mundo agoniza durante la serie de cinco ejercicios abdominales.
—Entonces, ¿qué más pasó aquel día? Encontraste la taquilla abierta, no le diste importancia…
—Cogí el bolso y salí rápido porque tenía prisa por llegar a casa y luego a cenar a un restaurante de tapas en Bermondsey.
—¿Bermondsey? —dijo él en un tono casi prejuicioso, como si Sol no hablara de un barrio de Londres, sino de un remoto suburbio.
— Mare meva , ¡eres un snob del North Bank! —exclamó—. Voy a menudo con mi amiga Laia porque vive por allí y para mí es solo un trayecto corto en taxi. Hay vida al sur del Támesis, Luca.
—¿Y quedaste con tu amiga a qué hora? —preguntó, ignorando su broma.
—¿Esto sigue siendo por el caso? ¿Necesitas un registro detallado de mis movimientos de esa tarde o qué?
—Podría venir bien para demostrar tu falta de implicación cuando redactemos ese maldito informe para Meshflixx. Pero también soy un poco cotilla.
—Cenábamos a las siete y media, creo. Es nuestra hora habitual —dijo Sol—. Al salir del estudio tenía que pasar por casa a dejar las cosas y cambiarme, pero como se me hacía tarde, cogí el metro en Charing Cross. Normalmente voy andando.
—Por alguna razón, no consigo imaginar a una de las discípulas de Josie haciendo algo tan mundano —y tan plebeyo— como coger el metro —dijo él.
—¡Por favor! —protestó ella—. Lo hago todo el tiempo. Y ni siquiera era la única “discípula” —dijo, marcando las comillas en el aire—. Cuando llegué al andén para esperar el metro, me encontré con Sara.
—¿Sara Daniels?
—Ajá.
—¿No había salido de clase diez minutos antes que tú?
—No subestimes mi capacidad para moverme rápido cuando tengo prisa —explicó Sol—. Además, al parecer había retrasos en la Northern Line y llevaba un rato en el andén. Creo que me dijo que tenía que llegar a casa para terminar algo de trabajo.
—¿Le preguntaste qué era eso que tenía que terminar?
—Jamás. No hay nada que provoque más paranoia que una periodista haciendo preguntas innecesarias. Fue deliberadamente ambigua sobre lo que tenía que hacer y luego me dijo que le encantaba mi bolso, que realmente es divino. Ah, y también llegó Phyllis.
—¿Phyllis? —repitió Luke, confundido.
—¡Philippa! Siempre me equivoco con su nombre. Ya sabes, la influencer que vive prácticamente instalada en el estudio de Josie.
—Sé perfectamente quién es Philippa Majors —dijo él—. Pero no la imagino cogiendo el metro.
—No habría dicho nunca que fueras tan prejuicioso —replicó Sol, divertida. Se detuvieron un momento para contemplar las vistas del otro lado del Támesis, frente al Shakespeare’s Globe Theatre .
—¡No soy prejuicioso! —protestó él, imitando su gesto de admiración ante el skyline de la ciudad—. Pero daba por hecho que tendría chófer que la llevara a todas partes.
—Probablemente lo tiene —concedió ella—. Pero suele ir andando a las clases de Josie desde su casa en Grosvenor Street. Vive tan pendiente de su cuota diaria de pasos como yo.
—Entonces, ¿qué hacía allí?
—¡No lo sé! Llegó el metro justo entonces. Me despedí de las dos y me metí en uno de los vagones. Tenía prisa, ¿recuerdas?
—Sí, prisa por tu expedición a Bermondsey —dijo él y Sol estalló en una carcajada—. No me digas que no hay barrios en Barcelona que te parezca que están lejísimos y en los que jamás pones un pie.
—¡Muchos! Probablemente la mayoría —admitió—. Ahora que lo dices, tiendo a moverme solo por la parte más caminable e histórica de la ciudad y no suelo aventurarme demasiado lejos. Es curioso encontrar a mi equivalente londinense, en cierto modo.
—¿Por qué te marchaste? —preguntó él de pronto.
—¿Cómo? —Sol no estaba preparada para la brusquedad de la pregunta.
—Parece que estás tan enamorada de Barcelona —dijo él.
—Lo estoy. Supongo que tuve que irme para darme cuenta de cuánto la echo de menos. ¿A ti no te pasa que a veces te olvidas de lo especial que es Londres?
Luke
—Intento que no —dijo él, aunque últimamente era más consciente de lo fácil que podía pasarle.
—Claro que no —dijo ella. Le pareció que había no solo empatía en su mirada, sino también un toque de envidia amistosa.
—Pero también estaba el tema del trabajo —continuó ella—. No había muchas perspectivas para mí en Barcelona, ni siquiera con mi red de amigos y antiguos compañeros de universidad trabajando en medios. Es un mercado muy pequeño. Simplemente, no hay puestos.
—¿Y California te recibió con los brazos abiertos?
—No exactamente —durante la conversación, su tono había cambiado; ya no estaba de broma—.
Fue duro. Echaba muchísimo de menos mi casa.
Está tan lejos… es tan diferente de Europa y de todo lo que conocía.
El visado fue una pesadilla. Pero tenía la sensación de que allí las cosas funcionaban de un modo en el que podría conseguir trabajo por méritos propios.
Sin necesidad de ser amiga personal o cuñada de la persona que contrataba.
—¿Y fue difícil mudarte aquí después de eso? —preguntó él, con cierto temor a su respuesta.
—Mudarse siempre es difícil. Da igual cuántas veces lo hagas —dijo.
En algún momento del paseo se había puesto unas gafas Ray-Ban Wayfarer redondas, así que él no podía verle los ojos, pero su voz sonaba melancólica—.
Tienes que hacer nuevos amigos, abrir nuevas cuentas bancarias, contratar un nuevo plan de móvil, un nuevo proveedor de internet y, lo peor de todo, encontrar un nuevo lugar donde vivir y una nueva peluquería.
Además, me mudé justo en vísperas del jodido Brexit —ahí estaba la palabra que Luke había anticipado y temido desde que la conoció—.
Lo hice a tiempo para poder arreglar mi situación de residencia, pero, en cierto modo, sentí que me mudaba a un país que no necesariamente me quería.
Siempre me sentiré una extranjera. No es que antes no me sintiera así.
Supongo que es algo que va con ser inmigrante.
—Mi madre dice que también se siente así y lleva viviendo en Londres desde los noventa. Dice que el acento no ayuda —respondió él, queriendo que Sol entendiera que la comprendía—. Creo que por eso nunca hablo italiano fuera de casa y siempre he intentado disimular ese lado de mí.
Le sorprendió su propia franqueza. Solo había hablado de eso con sus hermanas.
—Conmigo hablas italiano —dijo ella, sonriendo de nuevo.
—Solo porque me di cuenta de lo mucho que te atrae ese lado mío.