Capítulo 30
Sol
Estaba un poco nerviosa y necesitaba esa agradable descarga de endorfinas que venía con el strength training . Además, si al final tenía que volar a Los Ángeles —y eso todavía estaba en el aire—, quería sentirse bien ejercitada y estirada antes de un vuelo tan largo.
Las clases de media mañana solían estar menos concurridas, lo que le daba más posibilidades de hablar con Josie a solas.
Eso no siempre era posible durante las sesiones de tarde, mucho más populares, porque las alumnas más entusiastas del estudio solían acaparar la atención de Josie al final.
Eran un poco como groupies, acosándola para que les contara su técnica de meditación matutina o la receta de su último zumo verde repleto de antioxidantes.
Cuando Sol llegó a la clase grupal de pilates en colchoneta, solo estaba Mark. Era una persona increíblemente afable, con una larga carrera en Hollywood y a Sol le encantaba charlar con él.
—Me alegra verte aquí —le dijo, colocando su esterilla lo bastante cerca como para conversar pero asegurándose la mejor vista posible del lugar donde se situaría Josie. Lo primero era lo primero—. Se supone que tengo que entrevistar a tu viejo amigo Richard Fynn en Los Ángeles.
Richard y Mark habían trabajado juntos en una serie de películas de acción de finales de los ochenta, tremendamente entretenidas —aunque no especialmente brillantes—, con Mark como director y Richard de productor. Había sido antes de que Richard debutara como director.
—¡Dios! ¿Por qué vas a someterte a semejante tortura? —preguntó Mark, mitad preocupado de verdad, mitad en broma. Sol recordaba haber leído que la separación profesional entre ambos no había sido precisamente amistosa.
—Está promocionando su nuevo estreno —dijo ella—. Revengers Reunite Redo o algo así —no lograba recordar el título exacto porque le había parecido demasiado absurdo para ser cierto la primera vez que lo leyó.
—¿Ha conseguido por fin rodar una secuela de ese coñazo infumable que fue Revengers Reunite ?
—Mark pareció un poco más interesado ahora—.
Dejé de leer la prensa especializada en entretenimiento hace siglos, así que no me entero de lo que se produce hoy en día hasta que aparece en el cine de mi barrio o en alguna plataforma.
Mark ya le había comentado antes que hacía tiempo había dejado de seguir las noticias de la industria. Pero aún le encantaba cotillear sobre todo lo relacionado con ella.
—Sí, la ha hecho. También la ha dirigido… y ha escrito el guion —explicó Sol.
—¡Dios, la ha escrito! —rió Mark—. No me digas que tendrás que verla.
—Por suerte no —dijo Sol, divertida—. Solo me pondrán el tráiler y los primeros veinte minutos antes de la entrevista. Nada más.
—Veinte minutos de tu vida que no recuperarás jamás —le advirtió él.
—Lo sé. Bueno, si la entrevista llega a celebrarse —en circunstancias normales, no habría compartido tantos detalles, pero sabía que Mark era discreto.
Y siempre resultaba terapéutico hablar con alguien que entendiera sus batallas—.
Ya la han pospuesto una vez y sabes que cuando empiezan a mover cosas en el calendario, a veces acaban por no suceder nunca…
—Sí —admitió Mark—. Pero no te preocupes demasiado. Si hay algo que a Richard le encante, es ser el centro de atención y sentirse importante. Nada da más esa ilusión que hablar con una periodista.
—Ya veo —Sol se sintió más tranquila tras sus palabras—. Gracias por la perspectiva hollywoodiense.
—Perspectiva del viejo Hollywood, pero de nada —dijo con una sonrisa.
Mark parecía más feliz —y mucho más sano— desde que se jubiló hacía una década, tras un problema cardíaco, aunque Sol sabía que aún echaba de menos algunos aspectos del oficio
—Una última cosa sobre Richard: puede ser un auténtico imbécil con casi todo el mundo, así que…
—Papá, por favor, no me digas que estás dando la brasa otra vez a tus compañeras de pilates con batallitas. ¡A nadie le importa! —interrumpió Oliver, el hijo de Mark.
Si Mark era una de las personas más agradables, simpáticas e incluso con mentalidad moderna —sobre todo para ser un hombre blanco, cisgénero, heterosexual y de más de sesenta años—, Sol no entendía cómo había podido engendrar a un hijo tan pijo y malcriado como Oliver.
Por suerte, el treintañero que decía ser documentalista, aunque sin filmografía conocida, solo acompañaba a su padre al estudio de Josie de vez en cuando.
—¡Mark no me estaba dando la brasa para nada! —dijo Sol.
Pero no tuvo tiempo de añadir nada más. Josie entró entonces en la sala de práctica y la norma no escrita del estudio era callarse y detener lo que estuvieras haciendo en cuanto ella aparecía.
Los siguientes cincuenta y cinco minutos se dedicarían exclusivamente a las enseñanzas de Josie, a respirar y adaptarse a la dificultad creciente de los ejercicios.
Y Sol, evidentemente, hizo exactamente eso.
Hablaría con Josie y le contaría lo que en privado había empezado a llamar el “Lío del DAM” después de la clase.
…
—¿Tienes un minuto? —le preguntó Sol a Josie al final de la sesión.
—Claro, pero no recuerdo de dónde saqué esto —dijo Josie, refiriéndose al vestido con cuello en V, tipo túnica, que llevaba sobre leggings negros y un top deportivo. Estaba acostumbrada a que Sol la atosigara con sus preguntas sobre ropa.
—Qué pena —dijo Sol y lo pensaba de verdad. Le recordaba a algo que había visto por las calles de Mallorca el verano anterior y que no había conseguido localizar—. Pero no era eso lo que quería decirte.
—¿Te importa que hablemos mientras me ocupo de mi rutina de fortalecimiento de mediodía? —dijo Josie mientras desenrollaba su gruesa esterilla Manduka. Retorció su esbelto cuerpo en una posición de estiramiento que Sol ni en sueños podría alcanzar.
—¿Debería tener yo también una rutina de fortalecimiento de mediodía, tú crees? —preguntó Sol, olvidando por un momento el motivo inicial de la conversación.
—Acabas de hacer una clase de fuerza, Sol —dijo Josie, abriendo un ojo para mirarla mientras hacía una plancha sostenida sobre una pierna y elevaba la otra.
—Lo sé, pero me lo preguntaba.
—¿Era eso lo que querías decirme? Puedo prepararte algo si lo necesitas —respondió Josie con ese tono paciente que usaba siempre con sus alumnos.
—No, bueno, sí. Gracias —dijo Sol—. Pero de lo que quería hablarte era de Greg —le alegraba poder recordar sin esfuerzo el nombre falso de Luke.
—¿Greg? —Josie se mantenía en una plancha lateral, con un brazo y una pierna en el aire—. ¿El recién divorciado con un porcentaje de masa corporal magra más que dudoso y la peor crisis de la mediana edad que hemos visto en el estudio en mucho tiempo? Y hemos visto unas cuantas…
Sol se preguntó en qué punto de la escala de leve a severa colocaría Josie su propia crisis de la mediana edad, pero decidió no preguntar. A veces era mejor vivir en la ignorancia.
—No, ese era Craig —corrigió Sol—. Me refería a Greg. El tío alto, bronceado, muy sexy, con ese aire de abogado o banquero pijo y fuera de lugar, pero que responde al canon clásico de belleza masculina.
Josie, que seguía con su rutina, concentrada en la respiración y con los ojos cerrados, abrió de nuevo un párpado para lanzarle una mirada interrogante.
—No me suena —dijo.
—Da igual, porque el caso es que en realidad no se llama Greg y tampoco es abogado ni banquero.
—Ah, ¿te refieres al que parece un modelo italiano, torpísimo, incapaz de seguir una secuencia ni aunque lo intente? —Josie por fin se acordó de Luke—. Sabía que había algo turbio en él.
—¿Así que no te engañó?
—Sol, a mi edad y con todo lo que he visto y vivido, ya no hay nadie capaz de engañarme.
Josie llevaba más de dos minutos en plancha de antebrazos y seguía hablando —y respirando— con total naturalidad.
Antes de contarle a la instructora todo el “Lío del DAM”, Sol volvió a preguntarse, una vez más, cuántos años tendría Josie. Y si ella misma tendría alguna posibilidad de convertirse algún día en una mujer tan serena y valiente.