Capítulo 26
Luke
Luke llevaba al menos veinte minutos apurando una pinta en The Kings Arms y empezaba a preocuparse por la hora de cierre. Comenzaba a creer que Sol no aparecería cuando, por fin, la vio llegar.
Llevaba una sudadera larga con capucha, unos pantalones de chándal anchos y el pelo castaño recogido en un moño bajo en la nuca.
Su rostro, normalmente luminoso y natural, estaba desprovisto incluso del más mínimo toque de tapaojeras.
Luke no sabía si aquella era su ropa de estar por casa o si había decidido ponerse las prendas más holgadas y tener el aspecto más modesto posible para no llamar la atención sobre el hecho de que era una mujer atractiva.
Parecía tratar de parecer lo contrario a sexy, aunque no estaba seguro de que pudiera conseguirlo.
Arrastró la silla frente a Luke, en la pequeña mesa redonda de madera donde él estaba sentado, y la apartó un poco de la mesa —y de él— antes de sentarse.
—Antes de que digas nada —empezó ella, con un tono no solo helado, sino ligeramente enfadado—, mi amiga Laia sabe exactamente dónde estoy ahora. Vive cerca y tiene instrucciones de llamar a la policía si no le mando un mensaje en diez minutos.
—Siento haberte asustado. Solo quería explicarte lo que está pasando. Me sentí fatal después de esta tarde.
Por primera vez, Luke comprendió del todo lo mala que había sido la idea de ir a verla tan tarde. Debería haberla abordado en un lugar público y a plena luz del día, sobre todo si ella no contestaba sus llamadas.
—Te has presentado en mi casa de noche. ¿Cómo sabes dónde vivo? —preguntó ella. La disculpa de él no había suavizado en absoluto su tono. Seguía furiosa.
—Voy a empezar por el principio. Me llamo Luke Contadino y soy investigador privado.
Hizo una pausa, dándole la oportunidad de hacer preguntas o lanzarle más reproches.
—Voy a necesitar algo más que eso para no pedir una orden de alejamiento —dijo ella.
Luke estuvo a punto de explicarle que el sistema penal británico solo permite las órdenes de alejamiento en procesos penales, pero decidió callarse. Sol ya no sentía la más mínima simpatía por él y no era momento para hacerse el sabelotodo.
—La agencia en la que trabajo está investigando el caso del guion robado de The Privateers .
Meshflixx nos contrató —prosiguió, haciendo otra pausa para ver si ella decía algo.
Pero no lo hizo—. Sara Daniels, la creadora de la serie, dice que el guion estaba en su bolso y que se lo robaron en el estudio de Josie durante una clase, el 23 de febrero.
Hemos estado vigilando a todos los que estaban allí esa noche para ver si alguno podía estar implicado.
—¿Estaba yo en el estudio esa noche? —preguntó Sol.
Si alguien le hubiera preguntado a él qué había hecho cualquier día desde hacía más de un par de noches, tampoco lo habría sabido con certeza.
—Sí, estabas —respondió.
Sol seguía aferrándose al móvil con fuerza, pero parecía un poco menos tensa, como si ya no pensara solo en cómo activar la función de alarma.
—Has dicho que habéis estado vigilando a todos los que estaban en el estudio esa noche. ¿Qué demonios significa eso? —preguntó.
—Que yo o alguno de mis compañeros os hemos seguido a ti y a otros alumnos de Josie unas horas aquí y allá durante las últimas semanas —explicó Luke con toda la naturalidad posible.
—¿Así que nos habéis estado espiando o acosando o algo parecido? —dijo ella. Tenía de nuevo los dedos colocados sobre los botones lateral y de volumen del iPhone, lista para hacer sonar la alarma.
—No es eso. Necesitábamos asegurarnos de que no estabas implicada. Básicamente, te hemos seguido a restaurantes o a las clases en el estudio. Por eso también me apunté yo como alumno.
—Un alumno pésimo —replicó Sol—. Puede que no te dieras cuenta, pero tu falta de coordinación para seguir una simple rutina de piernas nos hacía ir más lentos a todos.
—Lo siento —dijo Luke, intentando no sonar sarcástico. La mujer había pasado de temer por su vida a quejarse del rendimiento de él en pilates.
—¿Y también me seguiste hasta casa? —preguntó, empezando a atar cabos.
—Un par de veces, sí. Y alguna vez también te seguí desde casa. La vigilancia es una de las partes de mi trabajo que más detesto, pero a veces es necesaria.
—En este caso no lo era. Yo no he hecho nada —dijo, con los ojos brillantes—. Ni siquiera creo que ese guion lo robaran en el estudio de Josie.
—Lo sé, pero no lo sabía antes de investigar —Luke intentó sonar razonable—. Esta tarde estaba siguiendo a otra persona y, cuando tú te acercaste, esa persona se marchó. Por eso salí tan deprisa. Estuve trabajando hasta hace una hora. Fui a tu casa en cuanto terminé.
—¿Y cuánto pensabas seguir ocultándomelo? —preguntó ella. Había menos ira en su voz, pero el hielo seguía intacto.
—Sé que está mal. Sé lo que parece. Intenté contártelo en Barcelona. La noche que nos besamos iba a intentarlo de nuevo antes de irme de tu piso, pero básicamente me echaste.
—¡No me eches la culpa a mí!
—No lo hago. Lo siento —dijo—. Te hice mil preguntas sobre el caso, pero tú asumiste que era un aficionado.
Sol no dijo nada. Su mirada estaba fija entre el móvil y las vetas de la madera de la mesa. Luke aprovechó para ser completamente sincero.
—La verdad es que al principio me intrigabas. No lo vi venir. Y luego me asusté. Estoy asustado.
—¿Asustado de qué?
Ella había sido la aterrorizada aquella noche y él seguía lamentando su falta de juicio. Había tenido prisa por contárselo todo, por sincerarse al fin. Pero debería haber pensado antes en cómo lo percibiría ella.
—De que descubrieras la verdad y no quisieras volver a saber nada de mí —admitió—. ¿Es raro que te haya estado observando durante semanas?
—Sí —dijo ella—. Un poco. Aunque algunas cosas encajan ahora. No había forma de que alguien como tú pudiera haberse interesado en alguien como yo después de un par de clases de pilates y un encuentro casual en un bar.
—¿Alguien como tú? —preguntó él, sin entender.
—Una mujer de más de cuarenta —dijo, mirándole por primera vez directamente a los ojos, ya más relajada en la silla.
—Sabes que tu edad me pone, ¿verdad? —dijo él, con una media sonrisa.
—Vale, no hagas eso —le advirtió ella.
—¿El qué?
—No flirtees conmigo —dijo, sin apartar la mirada. El tono seguía helado.
—¿Demasiado pronto? —preguntó él, pero ella no respondió.
La vio pensar y creyó saber lo que diría a continuación.
—¡Soy una completa idiota! —exclamó Sol—. Barcelona… todo fue una farsa.
—Fue por casualidad —insistió él—. El encuentro en el bar fue por casualidad.
Mis jefes me enviaron allí cuando te fuiste porque les pareció sospechoso, aunque yo repetí mil veces que no había nada raro.
Aquella noche acababa de aterrizar. Encontrarte fue tan inesperado para mí como para ti, créeme.
—¿De verdad? —preguntó—. Tú sabías quién era yo. Sabías que estaba en la ciudad. Yo no tenía ni idea de quién eras tú. Ni siquiera sé si la tengo ahora.
—Todo lo que te he contado es verdad. Mis padres son italianos, tengo dos hermanas mayores, solo hablo italiano en casa —y contigo— y El hobbit era mi libro favorito de niño. Lo que no te conté es que en el instituto cambié la fantasía por la novela de misterio y me enganché a Patricia Highsmith.
—Pero me mentiste en Barcelona —razonó Sol—.
Me engañaste… Me sedujiste. No sé muy bien con qué propósito, pero lo hiciste.
Yo no robé el guion de Sara. Ni siquiera sabía que iba a estar en clase esa noche o que llevaba material sensible en su bolso.
Y por supuesto no lo filtré a Voyeur. Puede que esté sin trabajo y sin dinero, pero todavía tengo integridad.
Y, sobre todo, los odio. Me trataron fatal cuando trabajé allí como freelance y son una de las principales razones por las que los periodistas tenemos tan mala fama.
—Nada de lo que hice en Barcelona fue para ganarme tu confianza y acceder a información secreta —dijo él—. De verdad me intrigas, me atraes. Me sentí mal en Barcelona porque quería seguir viéndote, pero necesitaba explicarme y no sabía cómo.
—Deberías haberme dejado en paz —dijo ella, evitando otra vez su mirada.
Él estuvo a punto de recordarle que técnicamente había sido ella quien lo había invitado a salir primero, pero se contuvo. No le sorprendería que Sol intentara matarlo con una de esas miradas heladas. Tenía motivos de sobra para estar enfadada.
—¿Necesitas escribirle a tu amiga? —preguntó con cautela. Prefería que la noche no terminara con él en la comisaría.
—No sé qué decirle —contestó Sol. El hielo había dado paso a la frustración.
—¿Qué tal esto?: “El tío no es un psicópata, solo un detective privado. Parece sinceramente arrepentido. Creo que debería darle una segunda oportunidad”.
—Tengo que irme —dijo ella, levantándose.
—¿Puedo escribirte? —preguntó él.
—Lo pensaré —respondió.
Luke estaba a punto de ofrecerse a acompañarla a casa, pero Sol no le dio la opción. Saludó con un gesto al camarero y salió del pub.
Sol
Cuando llegó a su casa y cerró la puerta con llave, Sol le escribió a Laia.
Sol Novo
Estoy en casa. Todo bien.
Laia
¡Niña, qué susto!
Déjame que te llame.
Laia no le dio tiempo a responderle con un simple “gracias” y “buenas noches” y, aunque Sol no estaba de humor para hablar, vio la llamada de su amiga y contestó al instante.
—Es tarde —le dijo Sol. Sabía que Laia solía acostarse tarde, pero no le gustaba ser la causa.
—No tanto —respondió Laia—. ¿Qué ha pasado?
Sol ya le había contado que se había encontrado con un compañero de pilates en Barcelona, que habían congeniado y que él había desaparecido de la forma más inexplicable.
Solo tuvo que ponerla al día sobre el encuentro incómodo de esa tarde en Fortnum’s y la confesión de Luke tras su visita sorpresa.
—No sé muy bien qué decir —dijo Laia cuando Sol terminó de explicarse.
—Estoy confundida, enfadada y decepcionada. Pero la verdad es que no sé cómo me siento respecto a todo el engaño —admitió Sol.
—No me gusta que te haya mentido. Pero estaba trabajando —dijo Laia.
Era muy propio de una de sus amigas más orientadas a la carrera profesional: ver las cosas desde el punto de vista de quien está cumpliendo con su trabajo—.
No creo que actuara con mala intención, pero debería habértelo contado antes.
—Lo sé —dijo Sol—. En su defensa, insinuó un par de veces a qué se dedicaba. Y yo seguí llamándolo detective aficionado sin entenderlo.
—¡Claro! —protestó Laia—. ¿Cómo ibas a saberlo? Yo ni siquiera sabía que eso fuera una profesión real y no una inventada para las novelas.
—Aun así, me siento un poco idiota —reconoció Sol. Lo que más la molestaba era su propia ingenuidad. ¿Cómo no había caído en lo evidente?
—No te castigues —dijo Laia con firmeza—. Esto no es culpa tuya. Él fue quien mintió y se presentó en tu casa a esas horas.
—Vale.
Era imposible no escucharla cuando hablaba así.
—Sol, sé que te gusta...
—No, no me gusta —dijo Sol y, en cuanto lo hizo, supo que no era verdad.
—Perfecto, porque a mí no me cae bien —replicó Laia. Probablemente no se había creído la mentira de Sol, pero decidió seguirle el juego porque le convenía.
—Entonces supongo que no debería ni plantearme darle otra oportunidad, ¿no? —preguntó Sol, arrepintiéndose al instante—. Olvida que lo he dicho.
—Mejor hablemos de esto con una cena y vino, cuando no estemos a punto de quedarnos dormidas —dijo Laia.
—Te dije que era tarde.
—No es por eso. Paula acaba de dormirse hace veinte minutos y todavía tengo que repasar el guion de mañana.
—Gracias por escucharme —dijo Sol.
Se despidieron y colgaron. Sol se quedó con su confusión. Desde el momento en que había empezado a pasar tiempo con Luke, había sentido que algo en él no encajaba, en su interés por ella.
Había decidido ignorar esa intuición. Solo una crisis de mediana edad galopante podía explicar tanta imprudencia.
¿Por qué no iba a poder un hombre tan atractivo e interesante como Luke fijarse en mí?
, se había dicho, dejándose llevar. Pero la realidad era que era una niña bien mimada y posiblemente arruinada, con pocas perspectivas laborales y una cara que empezaba a mostrar su edad, aunque se empeñara en creerse otra versión —más intrigante y glamurosa— de sí misma.
Se reprochó un poco. Su yo racional y prudente la había estado advirtiendo desde el principio, mientras su yo despreocupado y hedonista —de la que ni siquiera sabía que hiciera gala con tanta fuerza— había tomado el control.
Nunca más. Olvidaría todo aquello. Mañana sería otro día y Sol nunca había sido de recrearse en lo que ya no tenía remedio.