Sospechosamente tuya (La serie de misterio y romance de Sol y Luke 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Sol

Después de un paseo corto —y del trayecto en ascensor con más carga sexual de la historia—, estaban los dos en la terraza del ático de Sol, rodeados por el parpadeo de las luces de la ciudad.

—Siento que debería ofrecerte algo de beber —dijo ella, su cuerpo frente al de él.

Seguían separados por apenas unos centímetros, como si sus cuerpos se negaran a alejarse después del confinamiento en el ascensor—.

Pero solo tengo agua, leche de almendras y una botella de vino blanco abierta que lleva al menos medio año en la nevera.

—¿La guardabas para una ocasión especial? —bromeó él.

—Últimamente no he tenido muchos motivos de celebración.

¿Cómo conseguía Luke que se le desactivaran todas las inhibiciones? No podía evitar contarle más de la cuenta.

—Supongo que también tendrás té —continuó él, con la mirada fija en ella.

—Té de desayuno —con esa confesión, alzó los dedos hasta la cara de Luke, trazando la línea de su mandíbula sin afeitar, el perfil de su nariz, su voluptuoso labio inferior—. ¿Está bien? —preguntó con el corazón a punto de salírsele del pecho.

Él asintió, sonriendo, mientras los dedos de Sol descendían despacio. Se tomó su tiempo para acariciarle el cuello, la parte desnuda de la clavícula. Y, aunque los ojos de Luke eran pura hambre, parecía entender que ella necesitaba familiarizarse con su cuerpo con calma.

Cuando su mano bajó hasta el pecho, sobre la camiseta, sintió su deseo.

Se puso de puntillas para acercar sus labios a los de él, invitando a la boca de Luke a abrirse a la suya.

Sabía a cerveza, pero también a chocolate y a algo salado que la hizo sonreír.

Era casi lógico que su sabor le recordara al mar.

—¿Puedo? —susurró él y el cosquilleo recorrió todo el cuerpo de Sol.

Ella accedió con una mirada casi suplicante, dándose cuenta de todo lo que habían dicho esa noche sin necesidad de palabras.

Una de las manos de Luke fue a la parte baja de su espalda, ardiente incluso a través de la tela del vestido negro de punto que llevaba. La otra le sostenía la cara, el pulgar acariciando con cuidado la zona sensible detrás de su oreja.

Se besaron bajo el cielo nocturno de Barcelona. Sol se dejó llevar por la espontaneidad del momento. Su mano derecha avanzaba con valentía por la anatomía de Luke cuando sintió algo vibrando frenéticamente en el bolsillo trasero de sus tejanos.

—Tu móvil está… —dijo, separando apenas la boca de la de él, a punto de ceder a la tentación de morderle el labio inferior.

Pero no llegó a hacerlo.

Aunque Sol estaba segura de que Luke estaba tan metido en el beso como ella, él se apartó cuando cogió el teléfono que seguía vibrando.

—¡Mierda! —exclamó, con voz y gesto de frustración. O quizá era Sol quien estaba proyectando sus propios sentimientos—. Tengo que irme.

—¿Perdón? —preguntó ella, convencida de haber entendido mal. A veces le pasaba; el inglés era su tercer idioma y, además, el acento londinense de Luke podía ser cerrado. Siempre se había llevado mejor con el acento californiano.

—Me estaba llamando mi jefe y seguro que vuelve a hacerlo en un minuto —dijo él, sin mirarla y consultando la pantalla del móvil—. Tengo que ocuparme de él y de mi viaje de mañana.

—Claro, te vas mañana —repitió Sol, procesando la información y dándole al mismo tiempo una salida elegante.

—Mañana me voy —repitió él, distraído.

Sol lo acompañó hasta la puerta de entrada del piso. La abrió con su mejor sonrisa californiana de compromiso.

—¿Está bien si te escribo? —preguntó él.

—¿Por qué no iba a estarlo? —La sonrisa seguía ahí, perfectamente colocada. Fingió que un minuto antes no había estado besando al invitado que ahora se marchaba.

—¿Me contestarás?

—¿Por qué no iba a hacerlo? —replicó.

Aunque, en realidad, era tarde y tenía los músculos faciales entumecidos de tanto sonreír a la fuerza. Necesitaba que Luke se marchara ya.

—Siento tener que irme así —empezó Luke y Sol no tenía el menor interés en seguir aquella conversación.

—Todos tenemos cosas que hacer por la mañana —dijo, con esa frialdad cortés y glacial que dominaba a la perfección cuando la ocasión lo requería. Y esta lo pedía a gritos.

—Cierto, siento haberte hecho esperar. Buenas noches, supongo y gracias por enseñarme…

—¡Buenas noches! —Sol cerró la puerta en sus narices.

¿Qué demonios había pasado?

Primero, estaban prácticamente encima el uno del otro. ¿Tan vieja, salida y equivocada estaba en su lectura de la situación? Porque juraría que ambos querían tener sexo.

Pero de pronto él tenía que irse corriendo, solo para decidir, un segundo después, que en realidad no tenía tanta prisa y quería charlar.

Quizá no había pensado con la claridad habitual.

Pero habían pasado demasiadas cosas como para mantener el juicio despejado.

Primero, un marido que la hizo creer que no era suficiente.

Después, cumplir los cuarenta y descubrir que la sociedad asumía que sus mejores años quedaban atrás.

Luego, el despido. Nada resultaba más irritante que tener que responder al temido “¿A qué te dedicas?” justo después de perder el trabajo.

Y, para rematar, sus padres le habían confesado que no eran tan buenos inversores como había creído y que habían jugado con su colchón de seguridad.

No era de extrañar que hubiera coqueteado con la idea de follarse a un perfecto desconocido —aunque objetivamente guapísimo⁠—.

Una cosa estaba clara: Luke nunca había estado interesado en ella más allá de una amistad light .

Y precisamente por eso Sol tenía un buen número de amigos y conocidos que le gustaban —o, en algunos casos, toleraba—, una variada colección de juguetes sexuales y ninguna intención de volver a intentar combinar ambas cosas.

Luke

Para cuando Luke llegó a la calle, Thompson ya lo había llamado por segunda vez y le había dado los detalles de su vuelo del día siguiente.

Incluso le había dictado el código de seis cifras de la reserva, lo que obligó a Luke a detenerse, tomar nota en el móvil y pedirle a su jefe que repitiera todo dos veces.

Después de eso, Thompson colgó. No le interesaba escuchar los hallazgos de Luke sobre Sol. Solo quería que volviera a Londres al día siguiente.

¿Por qué había decidido llamarlo cuando habría tenido más sentido enviar un correo electrónico?

Sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera había sido él quien había reservado el vuelo.

Luke sabía que lo habría hecho el asistente de Thompson y que fácilmente podría haberle mandado todos los datos por mensaje.

Pero precisamente porque dictar un código por teléfono no tenía ninguna lógica, Thompson lo había hecho. A esas alturas, Luke ya sabía que T&T no era la agencia de detectives eficiente y elegante que pretendía ser.

No le había llevado mucho tiempo comprender que los fundadores y directivos de la agencia se habían abierto camino en el negocio gracias a una combinación a partes iguales de suerte y de los contactos familiares adecuados.

Y aunque seguía cabreado con su jefe por la interrupción, se sentía en cierto modo aliviado, incluso agradecido por ella. Podría haber apagado el móvil e ignorado la llamada, pero no lo hizo.

Le gustaba Sol, más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Mentirle sobre su profesión y los motivos por los que estaba en Barcelona no era la mejor manera de intentar empezar algo con ella.

En caso de que ella estuviera interesada, claro, cosa que —después de aquella despedida gélida— empezaba a dudar seriamente.

La mujer podía pasar de la calidez mediterránea a la cordialidad glacial en cuestión de segundos.

Lo mejor que podía hacer era volver a Londres, esperar que el caso del guion robado se resolviera pronto sin que Sol quedara implicada de ningún modo, decirle la verdad y cruzar los dedos para que no estuviera demasiado enfadada con él por todo aquel asunto de la doble vida.