Capítulo 18
Sol
Se quedaron un rato más en el bar, cediendo a la urgencia de seguir mirándose y colando entre medias algunas palabras sobre sí mismos —Luke había crecido en Islington y pagaba una cantidad indecente por alquilar un estudio minúsculo al norte de allí; Sol se había criado en Sant Antoni, aunque dejó Barcelona a sus veintitantos—.
Era su sexta noche en la ciudad y, para entonces, Sol había perdido la cuenta de las veces que se había sentido perfectamente en paz y a gusto desde que aterrizó en su ciudad natal.
Y eso que ahora no solo estaba sin trabajo, sino también con el bolsillo temblando.
Barcelona le calmaba el alma como ningún otro lugar podía hacerlo.
Pero, por mucho que la compañía —y las vistas— no pudieran ser más cálidas, no conseguía entrar en calor a medida que la noche se volvía más fría.
—¿Alguna posibilidad de que todavía te apetezca acompañarme a casa hoy? —le preguntó a Luke, sin estar muy segura de qué la había hecho tan atrevida.
Nunca había sido de tomar la iniciativa. Sus dos exmaridos, que no compartían ni un solo rasgo, pensamiento u opinión, coincidirían en eso… y probablemente solo en eso.
Era más joven cuando los conoció a ambos. Ahora era otra Sol, una más segura de sí misma. También se gustaba más que nunca… y le daba igual lo que los demás pensaran de ella.
—Siempre estoy dispuesto a dar un paseo, si la compañía es la adecuada —respondió Luke. Ella notó cómo subía el nivel de su encanto.
—Mi casa está muy cerca, así que va a ser un paseo corto. Pero tiene unas vistas espectaculares.
Por un momento, no supo si seguían hablando de caminar o si la conversación había pasado a un terreno más cercano al sexo.
—Nunca me he opuesto a los paseos cortos con promesa de buenas vistas —dijo Luke.
Definitivamente, terreno sexual.
Luke
—Está a solo unas calles —dijo Sol mientras avanzaban por la calle peatonal, adoquinada con baldosas, junto a las terrazas repletas y los interiores cálidamente iluminados de bares y restaurantes aún en plena cena.
Luke pensó que, a diferencia de dos días antes, esta vez Sol parecía necesitar hablar, llenar el silencio, en lugar de optar por el paseo callado.
—No hace falta que sea largo, de verdad —dijo él. Quizá también prefería ocuparse con palabras antes que dejarse llevar por un silencio cargado de significado—. Esta mañana salí a correr y he caminado más que en Londres. Ya tengo pasos de sobra.
—¡Eso está bien! —respondió Sol, que sonaba decepcionada por su propia falta de inspiración—. Es aquí —añadió por fin, casi aliviada, señalando una puerta de cristal y metal.
Empezó a rebuscar en un bolso que no parecía tener espacio para más que unas cuantas tarjetas de crédito y un móvil y aun así a Sol le costaba encontrar lo que buscaba.
—¿Dónde están las llaves?
Tras unos segundos más de búsqueda insistente, desenterró un juego de llaves casi exagerado. Eligió una y abrió la puerta del portal, solo para volver a pelearse con el llavero, identificar otra y abrir una segunda puerta antes de llegar a un vestíbulo desnudo y, desde allí, a un ascensor estrecho.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, quedaron uno frente al otro, a menos de diez centímetros de distancia. Desde tan cerca, él podía olerla: floral pero no empalagosa, amaderada y, al mismo tiempo, delicada. Embriagadora.
Sol estaba deslumbrantemente sexy incluso bajo las luces frías y crueles del ascensor. Luke se vio reflejado en el espejo de la pared y pensó que tenía la piel verdosa, sudada y un aire demasiado ansioso por impresionar.
Pero Sol parecía haberse recompuesto y había recuperado toda su seguridad. Ya no hablaba de trivialidades. Lo miró directamente a los ojos, como interrogándolo. ¿De verdad vamos a hacer esto? , parecía preguntar su mirada. ¿Te atraigo tanto como tú a mí?
Los ojos de Luke le respondieron: Más.