Capítulo 17
Sol
¿Qué decía el refrán? Siempre que llueve, diluvia. Y en ese momento estaba diluviando sobre Sol, sin lugar a dudas. Acababa de cenar con sus padres y se despedía de ellos cuando decidieron soltarle, a última hora, una noticia financiera de impacto.
—Sol, cariño —empezó su padre—. No necesitas dinero, ¿verdad?
—¿Dinero? —preguntó ella, confundida. Acababa de decirle que había perdido el trabajo.
—Tienes ahorros, ¿no? —insistió él.
—Claro.
—Bien. Porque con lo de tu trabajo y, mientras encuentras otra cosa, seguramente los vas a necesitar —intervino su madre.
—Sin duda —respondió Sol. Se comportaban de manera extraña.
Su madre tomó aire.
—Sobre todo porque tu fideicomiso no es líquido en este momento.
—¿Cómo que no es líquido? —preguntó Sol. Hablar de dinero podía ser tan confuso. ¿Tenía ahora un fondo gaseoso o qué?
—Hicimos algunas inversiones que no han resultado tan rápidas ni rentables como esperábamos y parte del dinero familiar está inmovilizado —explicó su padre.
Ante la mirada vacía de Sol, añadió—: El dinero de tu fideicomiso formaba parte de esa inversión, así que tus fondos no estarán disponibles durante un tiempo.
—Pero, por suerte, eres una chica lista y tienes ahorros —añadió su madre.
Sol decidió no decepcionarlos por segunda vez en el mismo día y no confesar que sus ahorros eran, en realidad, el fideicomiso y que contaba con ese dinero. Los besó a ambos para despedirse y prometió llamar al día siguiente.
No había nada como estar sin trabajo y sin dinero a la vez. En cierto modo, la noticia había sido casi como otro despido. La red de seguridad que siempre había creído tener no era tan inquebrantable como pensaba.
Miró la hora y decidió dejar de pensar en todo aquello durante al menos media hora. Una vez en casa, ya tendría tiempo de preocuparse por su recién estrenada ruina.
···
Sol intentaba llegar antes que Luke. Quería honrar ese credo compartido de “llegar pronto es llegar a tiempo y llegar a tiempo es llegar tarde”, pero cuando llegó a la terraza de la calle Parlament, él ya estaba sentado en una de las mesas al aire libre.
— Hola —dijo, inclinándose para darle dos besos. Olía a madera, almizcle y lavanda. —¡Has encontrado mesa!
— Ciao, bella —respondió él y Sol casi se derritió.
—He llegado antes y he picado algo aquí. Espero que apruebes mi elección.
—Por supuesto —dijo ella, sentándose con las piernas temblorosas.
No debería haberlo besado. ¿En qué estaba pensando? No era un amigo ni un familiar, así que no había ninguna razón justificada para un saludo tan íntimo. Además, no habría manera de sacarse aquel olor de la cabeza. Y él tenía que dejar de hablarle en italiano. Ya. La estaba confundiendo aún más.
—¿Qué tal la cena? —preguntó Luke y Sol casi no lo oyó.
¿Estaba más moreno?
—Tranquila —respondió por fin Sol, cuando procesó la pregunta. Y, claro, ni siquiera era verdad.
—¿Ningún plato memorable que garantizara una experiencia extracorpórea? —reconoció su tono de broma.
—No es eso. La comida fue excelente. Mis padres no lo permitirían de otra manera —dijo, sonriendo—. Es solo que… son muy intensos.
Había salido de casa de sus padres con la sensación de que podían con ella. Pero la verdad era que, al ver a Luke, ya casi se le habían olvidado la cena, las inquietantes noticias financieras y las reiteradas súplicas de sus padres para que se mudara definitivamente a Barcelona.
Llevaban más de quince años repitiendo alguna variación del mismo “vuelve a casa” y Sol se estaba quedando sin energía para esquivar el tema.
Resultaba cada vez más difícil encontrar razones convincentes para negarse, cuando su principal argumento para vivir en el extranjero siempre había sido su carrera y ahora se encontraba sin trabajo.
¿Debería replanteárselo y quedarse en Barcelona? No es que no adorara su ciudad natal ni echara de menos a su familia y a sus amigos.
En ese momento se acercó el camarero a tomar nota. De camino allí, Sol había decidido quedarse solo media hora, pedir agua y marcharse temprano para reflexionar sobre su recién descubierta falta de fondos. Luke era una complicación y no podía lidiar con más drama.
Pero al verlo allí, se olvidó de todas sus resoluciones. Pidió una copa de Mencía y se recostó en la silla, poniéndose cómoda, relajándose quizá por primera vez en todo el día.
Estaban sentados uno frente al otro, separados por una mesa pequeña.
Luke tenía ambos brazos apoyados sobre la mesa y se inclinaba hacia adelante, mirando a Sol con intensidad.
Ella se permitió perderse en sus ojos castaños oscuros: eran peligrosamente cálidos.
Y no parecía que tuvieran intención de apartarse de su rostro.
Aunque la noche era fresca y estaban en la terraza, casi se quitó la chaqueta de cuero. ¿Por qué hacía tanto calor de repente?
—Esta mañana me he dado cuenta de que nunca te he preguntado por tu trabajo —dijo Sol al fin, apartando los ojos tras unos minutos de un juego de miradas demasiado intenso.
—¿Qué hay de mi trabajo? —respondió él.
—¿A qué te dedicas exactamente?
Luke
Justo en ese momento llegó el camarero con la copa de vino para Sol y una botella de cerveza para él y Luke decidió contárselo todo, aunque no lo dejara en buen lugar y pudiera acarrearle problemas con sus jefes.
Y probablemente con Sol también. Aunque no pudiera estar del todo seguro de la inocencia de ella, la duplicidad lo estaba matando.
— Merda —dijo de pronto Sol, justo cuando él estaba a punto de sincerarse—. ¡Acércate! —le indicó con la mano.
—¿Perdona?
—Acerca la silla, ven más cerca. Necesito usarte de muro humano —explicó. Él obedeció, moviendo la silla hasta quedar a escasos centímetros de ella.
—Hay alguien que conozco y no me cae especialmente bien. Estoy intentando esconderme.
—Avísame si esto es demasiado cerca —dijo él. Ella literalmente se encogía detrás de su cuerpo.
—Por eso odio salir por este barrio —susurró—. Si fuera de día, llevaría unas gafas de sol enormes y sería más fácil pasar desapercibida.
—¿Y por qué te gusta pasar desapercibida?
—Ya te lo he dicho: odio el small talk , ¿recuerdas? Sobre todo con gente que apenas conozco.
—¿Y esto te parece mejor? —preguntó él, señalando su posición actual.
—Lo sé, soy lo peor… Vale, creo que ya se han ido —su mirada se perdió en la esquina de la calle y su cuerpo se relajó—. Admito que no ha sido mi momento más empoderado ni sociable.
—Lo entiendo —dijo él y en parte era verdad—. Mi hermana mayor también tiene aversión a ciertos conocidos. Pero la próxima vez haz lo contrario.
—¿Lo contrario?
—Escóndete a plena vista. Es más fácil detectar a alguien que intenta ocultarse. Y si te ven y te reconocen, finge que no tienes ni idea de quiénes son. Normalmente eso los descoloca.
—¿Puedo preguntar por qué sabes tanto de esto? —hizo una pausa—. Ah, claro, tu hermana te habrá contado todos sus trucos.
—Se podría decir. Me llevo muy bien con mis dos hermanas.
—Ya me lo imaginaba —dijo con una sonrisa.
—Pero esto empieza a ser recurrente —observó Luke, dándose cuenta de que quizá debía volver a su sitio.
—¿Recurrente? ¿Y adónde vas? —preguntó ella cuando él empezó a mover la silla.
—Te sigues topando con gente —dijo él, a medio camino—. Y no pienso irme si no quieres, pero asumí que querrías recuperar tu espacio personal.
—No voy a volver a discutir contigo sobre el tamaño de mi ciudad.
Ha sido una coincidencia desafortunada porque crecí en este barrio y conozco a demasiada gente cuyos nombres ni siquiera recuerdo —dijo con firmeza—.
Y no des por sentado nada sobre mi espacio personal.
Puede que aún quiera esconderme detrás de ti, por prudencia, y así evitar futuros encuentros no deseados.
Luke volvió a acercarse a Sol.
—De acuerdo, perdona —dijo, volviendo a clavar sus ojos en los de ella—. Solo espero que no hagas lo de esconderte conmigo la próxima vez que nos crucemos, aquí o en Londres.
Sabía que debería retomar la conversación sobre su profesión y los motivos de su estancia en la ciudad, tal vez incluso aclarar las dudas que aún tenía sobre ella. Pero aquello era mucho más divertido.
—Prometo que no lo haré —dijo Sol, con una sonrisa traviesa.