Capítulo 9
Sol
Había quedado con Miquel para visitar la exposición anual del World Press Photo en el perpetuamente moderno CCCB, pero antes iban a ponerse al día con una copa de vino en una de las terrazas de la plaça dels Àngels.
Sol había llegado puntual, tras zigzaguear entre los numerosos skaters que acudían a esa plaza barcelonesa como destino de peregrinación sobre ruedas.
Ya contaba con que tendría que esperar, así que estaba cómodamente sentada, había pedido una copa de Albariño y leía el cuarto volumen de Heartstopper mientras los crujidos y golpes de los monopatines contra el cemento sonaban como una banda sonora constante —aunque no precisamente melodiosa—, cuando Miquel apareció por fin.
— Benvinguda —dijo él al llegar, inclinándose para besarla en las mejillas y regalarle una de sus sonrisas más seductoras.
— Fas tard —respondió Sol. Era inmune a sus encantos desde hacía años y detestaba que siempre, inevitablemente, llegara tarde a todas partes.
—Londres no te está sentando bien —continuó él en catalán—. Solo he llegado veinte minutos tarde y te he mandado un mensaje. Además, has sido tú quien ha querido verme.
Se sentó a su lado. La sonrisa no se había borrado de sus labios ni un segundo.
Llevaba el pelo más largo que la última vez que Sol lo había visto y, aunque dudaba que hubiera pisado una peluquería en meses, aquellas melenas despeinadas le favorecían de una forma que pocos podían permitirse.
Sol siempre había sentido cierta envidia por la belleza sencilla y despreocupada de él.
—Necesito uno de tus discursos motivacionales —le dijo Sol.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él y, por un instante, una preocupación genuina le nubló el rostro.
—Me han vuelto a despedir —dijo Sol—. Estoy intentando pensar cómo contárselo a mis padres. No querrás hablar con mi madre, ¿verdad? —bromeó a medias.
—A ver… me adora. Y lo siento por el trabajo. Pero, ¿para qué contárselo?
—Porque querrán saber qué hago aquí.
—Trabajas desde casa la mayoría del tiempo. Puedes hacerlo desde tu casa de Barcelona. Sobre todo ahora que ha terminado la temporada de premios. Ya lo has hecho antes.
—Supongo. Pero ¿no sería mentirles?
—No, si no te preguntan directamente.
Sol recordó perfectamente cómo funcionaba su mente.
—No te precipites —añadió él—. Cuéntaselo cuando estés lista.
Miquel aún no le había soltado un discurso inspirador propiamente dicho, pero Sol ya se sentía mejor. ¿Sería el sol? ¿El vino? ¿O toda esa gente guapa y moderna que pasaba por allí?
—¿Qué tiene de malo quedarse sin trabajo esta vez? Te ha pasado antes y siempre has encontrado algo. Y en nuestra profesión pasa continuamente —dijo Miquel, dando un sorbo a su cerveza. Sol recordó por qué lo había llamado.
Él nunca se alteraba y siempre minimizaba los problemas.
Nada lo descentraba y Sol envidiaba su optimismo perpetuo.
Era como si la vida, los dramas y la crisis de los cuarenta no lo hubieran tocado, como si el tiempo no pasara por él.
Seguía igual que veinte años atrás. Era el único amigo de su edad capaz de hacerla olvidar que ya vivían en la tierra de las mamografías anuales, el dolor de rodillas y espalda, las reformas de cocina, las facturas interminables y la montaña infinita de ropa por doblar: todas esas insoportables obligaciones adultas.
—Lo que pasa —dijo Sol, más para sí misma que para él— es que esta vez soy mayor que la anterior y nuestra profesión no premia la experiencia.
Decirlo en voz alta la ayudó a entender por qué este despido la había golpeado tan fuerte.
—Ya sé que no te gusta que te lo recuerde —dijo Miquel—, pero no tienes de qué preocuparte. Tienes más contactos que antes precisamente porque eres mayor. Y si tienes que estar unos meses como freelance , pues lo haces.
—¡Odio ser freelance !
—Todos lo odiamos. La diferencia es que tú no tienes que preocuparte por la nómina a fin de mes. ¿Podrías, al menos, disfrutar de tu dinero familiar por los que no tenemos esa suerte? Sabes que estaría encantado de estar en tu lugar —dijo con su habitual sonrisa.
—No te acostumbres, pero creo que esta vez tienes razón —admitió Sol, aunque sabía que Miquel exageraba mucho la fortuna que creía que ella tenía.
···
Se había despedido de Miquel tras cuarenta y cinco tediosos minutos de escucharle mansplainear toda la exposición fotográfica. Sol recordó por qué su primer matrimonio había implosionado.
Era encantador, con una mirada optimista sobre todo, alguien que hacía la vida fácil y ella había estado locamente enamorada de él cuando eran jóvenes. Pero Miquel era mejor en dosis pequeñas.
Aun así, Sol tendría que volver al museo durante su estancia en Barcelona: la exposición parecía fascinante sin la audioguía impuesta.
Esa noche había quedado con sus amigas Laura y Lali para tomar algo en un bar de cócteles de ginebra, situado en una de esas esquinas emblemáticas del Eixample, cerca de su casa.
Cuando llegó, sus amigas ya estaban con gin-tonics infusionados con albahaca.
Sol sabía que debería pedir agua —siempre bebía demasiado cuando estaba en casa—, pero decidió unirse a ellas.
Hablaron de relaciones, gentrificación, fast fashion , inflación y custodia compartida como fórmula ideal, aunque imperfecta, de coparentalidad tras el divorcio.
Tocaron el tema del trabajo, pero lo que realmente las mantuvo animadas fue una conversación entusiasta sobre entrenamiento de fuerza, alimentación antiinflamatoria y maderoterapia.
Lali juraba por la técnica de madera en su lucha contra la celulitis, aunque aparentemente dolía.
Sol decidió investigar por su cuenta en Internet.
Lali estaba dándole el nombre y contacto de su entrenadora personal, por si Sol quería un poco de sufrimiento guiado durante su visita, cuando la conversación tomó un giro inesperado.
—¿Estás preocupada? —le preguntó Lali en catalán.
—¿Por el trabajo? Un poco —admitió Sol. Ya había puesto al día a sus amigas sobre su reciente condición de desempleada.
—En realidad me refería al robo del guion de The Privateers —aclaró Lali—. ¿No fue en el estudio al que vas siempre?
—Sí, ¿y qué? —Sol no entendía a dónde quería llegar.
—¿No te preocupa que piensen que tuviste algo que ver?
—¿Con el robo? ¡Qué tontería! ¿Por qué alguien iba a pensar algo tan absurdo? —exclamó Sol. A veces sus amigas podían ser tan ridículas. No tenían ni idea de cómo funcionaba la industria del espectáculo.
Aún estaba dándole vueltas a lo poco que sus amigas de Barcelona entendían ciertos aspectos de su vida cuando vio a alguien que le sonaba sentado en la barra.
—¿Lo conocemos? —les preguntó Sol a Lali y Laura.
Ninguna intentó disimular la curiosidad: se giraron al instante para mirar al hombre al que se refería. Desde su mesa se veía bien su perfil y Sol esperaba que el bar estuviera lo bastante lleno como para que él no notara su escrutinio.
—No lo creo —dijo Laura.
Lali estuvo de acuerdo e insinuó que no le importaría conocerlo.
—Yo tampoco pensaba que lo conociéramos —dijo Sol—. Pero me resulta familiar.
Nunca olvidaba una cara y odiaba no ser capaz de situar a alguien.
Recibieron un mensaje de Lurdes —sí, Sol era consciente de su afinidad por la gente cuyos nombres empezaban por L—, avisando de que llegaría en diez minutos, en cuanto dejara a su hijo con sus padres.
—Voy a pedir algo para picar —dijo Sol, sabiendo que iban a quedarse un buen rato. Se levantó y fue hacia la barra.
Cuando llegó, el hombre que le resultaba familiar la vio. Parecía sorprendido, pero dio la impresión de reconocerla enseguida.
— Ens coneixem, oi? —le preguntó ella en catalán, su idioma de referencia en la ciudad.
—¿Qué? —murmuró él en inglés. Sol reconoció su voz grave y el acento del sudeste de Inglaterra.
—Ah, claro, nos conocemos de Londres. ¡Ya me acuerdo! —dijo ella también en inglés—. Eres el tío de mi clase de pilates, ¿verdad?
Lo recordaba distinto. No tan atractivo como ahora.
—Sí —murmuró el DAM.