Sorry Not Sorry (Blingwood Billionaires 1) Capítulo 17Skyla
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Capítulo 17Skyla

CAPÍTULO DIECISIETE

Skyla

P auso la televisión justo cuando Samantha está a punto de explicar con poca delicadeza el propósito de su último juguete sexual.

Probablemente sea Jessie, que estará aporreando la puerta porque quiere que le preste unas patatas fritas, pero, aun así, me abrocho el botón de la falda que me había desabrochado para estar cómoda repantingada en el sillón y camino sobre las baldosas.

Cuando abro la puerta, la persona queda oculta tras un montón de bolsas de la compra y cajas con el logotipo del complejo, pero reconocería esa colonia en cualquier parte.

Oscura y profunda; se me empieza a hacer la boca agua.

—¿Drew?

Asoma la cabeza por detrás de la larga funda de vestido que lleva colgada al hombro y sus labios carnosos se curvan para saludarme. Es solo una sonrisa, pero el efecto físico que produce en mí es estremecedor. El corazón me galopa salvajemente en el pecho y el estómago me hormiguea de emoción.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto—. Pasa.

Me aparto de la puerta y él entra a grandes zancadas.

—Espero que no te importe que me presente sin avisar, pero me dejaste pensando y, ya que te invité, me pareció justo proporcionarte lo que vas a necesitar —dice por encima del hombro mientras se dirige hacia el sillón del salón, donde deposita los montones de vestidos y zapatos.

Luego me mira, con una sonrisa de entusiasmo jugueteando en el arco de sus labios y las manos balanceándose a los lados, como si no supiera muy bien qué hacer con ellas mientras espera mi reacción.

—¿Qué es todo esto?

—Ropa, zapatos. La dependienta ha incluido un pintalabios a juego para uno de los vestidos y algunos bolsos de mano. Creo que también hay algo de bisutería…

Cuento las fundas de los vestidos. Cinco. Cuatro cajas de zapatos y una bolsa de la tienda de la que asoman varios bolsos.

—Yo… —me he quedado sin palabras.

—Sigo sosteniendo que estarías muy bien con tus pantalones de yoga, pero me pareció justo darte opciones.

Toco con los dedos la tela que asoma por la parte inferior de una de las fundas. Es un satén de color rojo intenso y el material se desliza entre mis dedos.

—No puedo aceptar esto. Es demasiado…

Drew se muerde el labio, ahora con las manos en las caderas. —Qué lástima. La dependienta de la tienda ha dicho que no se aceptan devoluciones. —Sacude la cabeza y su boca se tuerce en una línea juguetona.

—¿Sin devoluciones? —pregunto con sospecha y saco el móvil para buscar información sobre los derechos del consumidor.

Él se rasca la cabeza. —Artículos de oferta.

Algunos podrían tener taras. Prácticamente los estaban regalando, pero si no los quieres, supongo que tendré que llevarlos a alguna organización benéfica.

—Se inclina para coger la caja con el emblema de Fendi y mi mano se lanza hacia delante para detenerlo.

—¡Espera!

Se detiene y me lanza una mirada de reojo.

—No hay por qué precipitarse. —Intento evitar que la sonrisa se apodere de mi rostro, a la vez que trato de demostrar algo de decoro, en lo cual estoy fracasando estrepitosamente.

No hay ni una sola etiqueta de oferta a la vista y, mientras examino con cuidado los vestidos en sus fundas protectoras, ninguno parece ser otra cosa que la absoluta perfección.

—Supongo que podría quedármelos. —Asiento con seriedad y su boca se contrae.

—Quiero decir, obviamente encontraré algunos artículos de buena calidad para donar, para restaurar… el equilibrio.

—Obviamente —rebate él. Su sonrisa ilumina su rostro y me envuelve una sensación tan cercana a la felicidad que casi me pongo a bailar.

Abro la cremallera de una de las fundas que está más arriba.

Es un vestido por la rodilla y de color marfil.

Tan hermoso que podría pasar perfectamente por un vestido de novia.

El de color rojo intenso, casi como la sangre, tiene una cremallera que recorre toda la espalda, y me sonrojo al imaginar a Drew quitándome el vestido. —Son preciosos.

Se encoge de hombros con timidez, mordiéndose el labio como un niño al que han pillado en una mentira. —La dependienta de la tienda los fue amontonando.

Sostengo otro en alto, preguntándome cómo decidiré cuál ponerme. —Has cogido uno amarillo.

Drew aparta la mirada, avergonzado. —Te queda bien el amarillo.

—Menuda dependienta, qué puntería ha tenido al elegir.

—Mi corazón se llena de calidez. Ningún chico me ha dicho nunca que me quede bien nada, y mucho menos ha elegido prendas que me hayan encantado al instante.

A mi lado, Drew se agita incómodo, así que lo libero del aprieto y cambio de tema. —¿Quieres un café?

Sus ojos se iluminan junto con su sonrisa. —Creo que necesito uno. Algunos de esos vestidos pesan una tonelada.

Sirvo dos tazas de mi único artículo de lujo, una cafetera exprés, y Drew me sonríe con aprobación. —No me fijé en que tuvieras una de las cafeteras buenas la última vez que estuve aquí.

—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí, Drew —digo en tono de broma—. Como mi talla de ropa.

Él sonríe con suficiencia. —Sé tu talla.

Siento el calor en las mejillas. ¿Cómo podría saber mi talla? Mi talla es de dos dígitos y probablemente el triple en número real comparada con la de las mujeres con las que suele salir.

—Investigué un poco… —dice con sorna.

—¿Ah, sí? —respondo. Me da demasiada vergüenza admitir que yo también he investigado un poco por mi cuenta.

Su ex, Crystal, era una renombrada estilista y dueña de un salón de belleza que peinaba a los ricos y famosos.

Tenía una talla cero y parecía tan glamurosa como sus clientes de la lista A.

Aunque no pude encontrar mención de ninguna otra ex en internet.

—¿Tienes un chubasquero del Blingwood Resort?

—Todos los empleados lo tienen. El mío está colgado en el perchero de mi despacho.

Drew agacha la cabeza y hace girar tímidamente su taza de café de un lado a otro.

—¿Fuiste a mi despacho?

Se rodea con brusquedad la nuca con la mano, lo que le da un aspecto adorable. —Tenía que ir a la oficina de todos modos y, ya que estaba allí, pues me fijé.

Entorno los ojos, fingiendo molestia, pero en el fondo estoy disfrutando de un modo extraño de la forma en que planeó hacer algo amable por mí.

—Eres dulce bajo ese exterior brusco, ¿lo sabías?

Da un paso hacia mí y los nervios me recorren como cohetes.

—Y tú estás adorable cuando te muestras desagradecida.

La niña buena que hay en mí salta de inmediato: —Gracias. Me encantan los vestidos. ¡No tenías por qué hacer esto!

Se acerca más. Su sonrisa ilumina la habitación y le hace cosas raras a mi pulso. —De nada. —Levanta la mano y su dedo recorre mi hombro y baja por mi cuello. —Sabes, en algunas culturas es costumbre ofrecer un beso cuando uno siente gratitud.

—No lo sabía —respondo—. ¿Es por eso que me has comprado tantos vestidos, para que me sienta obligada a besarte un montón de veces?

—No. —Sacude la cabeza y su pelo se desordena de su estilo habitualmente impecable. —Te he comprado las cosas para que me hagas una de tus pajas de once estrellas. —Arquea las cejas con seriedad, pero no puede evitar que sus labios se contraigan con picardía.

Hago un chasquido de decepción exagerado y deslizo el dedo por su cuello y a lo largo de su hombro, disfrutando al ver cómo se inclina hacia mi contacto.

—Drew. —Pongo un pucherito. —Ojalá lo hubieras mencionado antes, ya he repartido todas mis pajas por hoy.

—Abre la boca con sorpresa al procesar mi comentario.

—Es broma —respondo y estoy a punto de soltar una risita cuando captura mi boca con la suya y me deja totalmente muda.

Mi cuerpo responde al suyo, fundiéndose contra él y encendiéndose de deseo al sentir cómo se endurece contra mi cintura.

—¡Joder! —gruñe, agarrándome el pelo con el puño antes de soltarlo—. No he venido aquí para seducirte.

Doy un paso atrás. Siento que las piernas se me han vuelto de gelatina y me falta el aliento tras su beso.

No hay ninguna posibilidad de que deje que se marche ahora, así que respondo con sarcasmo: —Oh, qué pena.

Estaba deseando que me sedujeras y habías empezado de forma excelente. ¿Te acompaño a la puerta?

Su mirada se oscurece, su rostro se vuelve serio. —Que no lo haya planeado no significa que no quiera seducirte.

—Entonces, ¿qué tal si te enseño mi dormitorio en lugar de la puerta de entrada?

—Camino hacia la habitación y luego miro por encima del hombro para asegurarme de que me sigue.

—Puedes traer mis cosas nuevas contigo. —Luego le guiño un ojo, como una mujer que tiene el control, y Drew me sigue con entusiasmo.