Capítulo 16Drew
CAPÍTULO DIECISÉIS
Drew
¡ J oder!
Nunca he visto a una mujer doblarse como lo hace Skyla.
Sí, es una mujer fuerte, con curvas, y sí, sabía que estaba en forma, ¡pero vaya!
He tenido que sacar el móvil y fingir que escribía un mensaje, porque si no me habrían arrestado; y si el jefe de policía supiera lo que me pasaba por la cabeza, seguramente estaría cumpliendo condena ahora mismo.
Vale, no era mi intención pedirle a Skyla que viniera a la fiesta con nosotros. Rayos, ni siquiera quiero ir yo, pero necesitaba saber que volvería a verla.
—Drew, ¿sigues ahí? —pregunta Lisa, de la oficina de Nueva York. Había olvidado que estaba en una videollamada de Zoom. Miro el reloj en la pantalla; Callie llegará pronto a casa con mi madre.
—Sí, sigo aquí. Avísame cuando hayas enviado las propuestas.
—Claro, Drew. —Me dispongo a cerrar el portátil cuando Lisa dice—: ¿Seguro que estás bien? Pareces distraído.
—Estoy bien. Callie está a punto de volver y...
—Vaya. Se ve que la mudanza te está sentando de maravilla. No recuerdo que te hayas ido antes de que terminara una reunión en la vida.
—Ese era el objetivo de mudarme aquí —explico—. Estar presente. —Aunque, en este momento, no me siento presente en absoluto.
—Me alegro por ti, Drew. Te llamaré cuando tenga noticias.
Finalizo la llamada justo cuando Callie y mi madre entran en el ático.
—¿Cómo ha ido el instituto? —pregunto.
—Bien. Ruby y yo vamos a hacer los deberes juntas, ¿te parece bien? —Señala su teléfono—. Por FaceTime, para que no puedas quejarte de que vuelvo tarde.
Mi madre me saluda y se pone a servirse un café, señalando las tazas y preguntándome si quiero una. —Pareces cansado —dice.
—¿Qué? Estoy bien.
—No duerme y ha estado muy raro —explica Callie, como si yo ni siquiera estuviera en la habitación.
Empiezo a protestar, pero mi madre da por buena la palabra de Callie. —Oh, cielo. Deberías hacerte voluntario en el centro de rescate. Siempre necesito gente para ayudar a pasear a los perros; con el aire puro, no tardarías en dormir mejor.
—Logan me lo pidió el otro día, pero no puedo, mamá, ya sabes... mis alergias.
Ella me mira por encima de la montura de sus gafas. —¿Alergias?
—Ya sabes, el pelo. Me salen ronchas. —Le indico con la cabeza a Callie, que está sacando el material escolar y llamando a Ruby.
—Ah. Tus alergias. Pues que sepas que tengo algunas razas que no producen alergia. —Esboza una sonrisa burlona y yo niego con la cabeza con vehemencia.
—Nada de mascotas, mamá.
Cuando Callie se marcha a su habitación con la excusa de los deberes, aunque probablemente sea para hablar de pintalabios o chicos o alguna mierda así, mamá dice: —Callie ya está haciendo amigos. Es una buena señal.
—Lo es. Estoy orgulloso de ella. Empezar en un instituto nuevo es algo importante, pero de momento lo está bordando.
—¿Y qué hay de ti, hijo? ¿Estás haciendo amigos?
Mamá se entretiene deslizándome el café y luego limpiando la encimera de la cocina. —¿Amigos? ¿Qué tengo, doce años?
Ella se sienta en el taburete de la barra y yo la acompaño. —Camino de los trece, según he oído. —Se lleva el café a la boca pero no me quita ojo de encima.
—¿Qué más has oído?
—Que le has pedido a cierta paseadora de perros, una de mis favoritas, que te acompañe a la fiesta de compromiso. —Tiene una mirada de complicidad que no me gusta ni un pelo.
—Solo como amigos, mamá. Eso es todo. No saques conclusiones precipitadas y, desde luego, no le des importancia delante de Callie. Ya sabes cómo se encariña con la gente.
—Ay, hijo, encariñarse es parte de la naturaleza humana.
Callie y tú tenéis más en común de lo que crees, pero mientras ella busca vínculos sanos, tú los evitas por completo.
Callie lo está llevando muy bien desde que murió Crystal, y es gracias a ti, pero no puedo evitar preocuparme por si tú no te has recuperado todavía.
—Mamá, sabes que lo de Crystal y yo se había acabado mucho antes de que ella muriera. La echo muchísimo de menos, pero como madre de mi hija y como amiga. Callie y yo fuimos a las sesiones de duelo. No es que esté... exactamente en paz con ello, pero estoy bien.
La mano de mi madre se alarga y rodea la mía. Siento el peso de su preocupación más que el peso ligero de su pequeña estructura ósea. —Tu herida no es por la muerte de Crystal. Ella tuvo una enfermedad larga y tuviste tiempo de prepararte. Me refiero a tu padre.
Mencionarlo es como si me inyectaran una vía de agua helada directamente en las venas.
Retiro la mano. —No quiero hablar de eso, mamá.
Ella sonríe con amargura y toma otro sorbo de café. —Sé que no quieres hablar de ello, Drew. Pero eso no significa que no debas hacerlo. Tu padre se ha ido hace ya casi un año. ¿Leíste la carta?
—¿Carta?
—Drew Blingwood, ni se te ocurra fingir sorpresa conmigo. —Me atraviesa con unos ojos tan claros que son casi traslúcidos.
—Mamá, es agua pasada...
—Es un asunto pendiente. Tu padre y tú erais igual de tercos y cabezotas. Pero te ruego que me escuches: él no habría querido que te estancaras. Las familias son complicadas, pero al fin y al cabo, tu padre te quería. ¿Querrías que Callie cargara con tanto equipaje?
Me estremezco ante la idea.
—Eso pensaba —dice mamá—. Creíste que teníais tiempo para reconciliaros y luego ese tiempo os fue arrebatado, pero recuerda lo que te digo: tu padre te quería...
—Mamá. Tengo cosas que hacer. ¿Te quedas bien aquí con Callie un rato?
—la interrumpo; ya me he levantado del asiento y estoy metiendo los pies en los zapatos antes de que haya podido aceptar.
Siento el pecho comprimido y lo único en lo que puedo pensar es en salir de esta habitación y buscar un poco de aire.
—Desde luego, tómate el tiempo que necesites. Pero por favor —se quita las gafas y se limpia los ojos con los dedos—, piensa en lo que te he dicho. Es hora de que hagas las paces.
Asiento, pero tengo la mandíbula tan apretada que no sé si le llega el mensaje. En su lugar, le grito a Callie que me tengo que ir a la oficina de Logan y ya estoy en el ascensor cuando responde:
—¡Lo que sea, papá! ¡Estoy ocupada!
Necesitaba una distracción. Tenía planeado ir a la oficina de Logan para ver si quería tomar algo en el bar de la playa, pero con el humor que tengo, no me fío de mí mismo para parar tras una sola cerveza; y meterse un montón de alcohol en el cuerpo con las emociones así no me traería nada bueno.
Normalmente hago ejercicio cuando la rabia asoma por dentro, pero como no llevo la ropa de gimnasio, camino por el complejo sin rumbo fijo.
Estoy un tramo más arriba de la acera de la cafetería cuando veo a Skyla saliendo, de la mano de un niño pequeño de unos dos o tres años.
Su amiga Jessie lleva al niño de la otra mano.
Me quedo rezagado cerca del centro comercial del complejo y observo cómo camina en dirección a su apartamento.
Todavía con la blusa y la falda del trabajo, con unos tacones altísimos y su pelo rubio suelto, parece despreocupada y relajada, disfrutando del tiempo con su amiga.
Al instante puedo imaginar la sonrisa que le dedica al niño, cálida y chispeante.
Esa sonrisa suya. Tan expresiva, capaz de detener corazones.
Cuando desaparece tras una esquina y la pierdo de vista, de repente lo único que quiero es verla más.
No falta tanto para el sábado, me digo, y de momento no ha cancelado el plan que hicimos, aunque quizás lo haga.
No es que le diera mucha opción mientras estaba delante de mí, con las mejillas encendidas por una intensa sesión de Pilates y el pelo todo revuelto.
Tenía el mismo aspecto que justo después de que la hiciera correrse.
La hice correrse.
Sonrío ante el recuerdo, sintiéndome victorioso.
Se puso así por mí, y joder si me hizo sentir bien.
Quiero ir a buscarla, hacerlo todo de nuevo pero tomándome mi tiempo esta vez. Pero no hay forma de que pueda presentarme otra vez en su casa sin más.
Una mujer tropieza conmigo justo cuando las puertas de la tienda emiten un tintineo.
—Lo siento, no te he visto —dice la mujer mientras se recoloca una de sus muchas bolsas de la compra en el brazo—. Creo que me he pasado ahí dentro. Tienen tantos vestidos bonitos... —Sus mejillas se tiñen de rosa como si le diera vergüenza la cantidad de compras que lleva colgando de las muñecas.
—No se preocupe. ¿Necesita que la ayude? —me ofrezco.
—Oh, no. Está bien, mi coche está ahí mismo. —Me da las gracias y se marcha, y yo me quedo fuera mirando la tienda de ropa de diseño para mujer. Entonces se me ocurre exactamente el motivo perfecto para visitar a Skyla.