Capítulo 4Drew #2
—No te preocupes, está limpio. —Suelta una risa ronca. Lo cual tiene gracia, porque, con ella de rodillas y mirándome como si estuviera a punto de hacerme una guarrada, mis pensamientos son de todo menos limpios.
Me inclino y le quito el pañuelo. Cuando se levanta, Skyla queda más de treinta centímetros por debajo de mi metro noventa y ocho.
—Creo que sobreviviré —le digo, a pesar de que toda la sangre de mi cuerpo se ha ido de repente a la polla y corro el riesgo de desmayarme.
—¿Cómo está Callie? —pregunta Skyla, distrayéndome a la perfección, y seguimos caminando.
—Bien, creo. Hoy es su primer día en el colegio nuevo y me siento...
—¿Preocupado?
Asiento. —Es una niña estupenda, pero perdió a su madre y... —Se me cierra la garganta al pensar en cuánto echa Callie de menos a su madre.
La mirada de Skyla me examina con atención, con esos ojos marrones tan grandes vidriosos mientras absorbe cada palabra. —Me enteré, lo siento. Perder a una madre es muy duro para los niños.
—Callie lo ha llevado muy bien, pero el duelo sigue ahí, bajo la superficie.
—¿Seguro que tú también la echas de menos?
—Sí, pero no estábamos juntos cuando murió.
Estábamos divorciados. —Me pregunto por qué siento la necesidad de aclarar que Crystal y yo vivíamos separados.
Parece que Skyla me saca la información sin esfuerzo.
Me aclaro la garganta e intento zanjar la conversación—.
Crystal era una buena madre. Teníamos una niñera en Nueva York, pero Callie cree que ya es mayor para tener una, así que la he traído aquí para que esté con la familia. Espero que sea la decisión correcta.
—Seguro que todo saldrá bien. Sé que tu madre y tu hermano están felices de que hayas vuelto. Tienes una familia encantadora.
Intento no burlarme. —Somos como cualquier otra familia: complicada y un poco loca.
Skyla ríe entre dientes y su mano libre me agarra la muñeca con un breve apretón que hace que me suba la presión arterial.
—Tengo la sensación de que las cosas van a ir bien.
Callie tendrá una docena de amigos nuevos antes de que acabe el día, y tú te quedarás preguntándote por qué estabas ansioso.
—Cuando me suelta el brazo, me siento tentado de atrapar su mano con la mía.
—No estoy ansioso.
Ella inclina la cabeza y sonríe con aire de suficiencia. Al sonreír, oculta ese incisivo ligeramente torcido que la hace parecer tan adorable y que me cautiva cada vez que habla.
—Vale, puede que esté un poco ansioso. Es por los otros niños, ¿sabes? Pueden ser tan... —Hago una pausa mientras busco la palabra. No me parece bien soltar palabrotas delante de Skyla, ya que es más joven que yo.
Skyla llena el silencio.
—¿Capullos?
Me tiemblan los labios. Iba a decir «gilipollas».
—Sí. Los niños a veces pueden ser unos capullos.
—Estoy segura de que estará bien. —Enrolla la correa del perro un par de veces más alrededor de su mano, atrayendo a Beanie hacia ella mientras nos cruzamos con un par de perros y sus dueños.
—Supongo que no hace mucho que terminaste el colegio, ¿verdad? —pregunto casualmente.
—Han pasado ya unos cuantos años, en realidad. Tengo veinticuatro.
Lo sabía, demasiado joven.
—Yo tengo treinta y seis —añado, por si necesita que le recuerden que soy demasiado viejo para ella.
—Doce años —responde ella, calcando mis pensamientos—. ¿Y cuánto tiempo os quedaréis en el complejo? He oído que te están construyendo una casa.
—Poco tiempo, nuestra casa estará lista en junio. La construcción ya está en marcha y, una vez que termine la cimentación, el resto suele levantarse bastante rápido.
—Y todo esto mientras diseñas el nuevo complejo, debes de estar agotado.
Me encojo de hombros. Me gusta estar ocupado.
—Por cierto, el nuevo complejo suena de maravilla. Por cómo hablaste de él en la cena, tenías a todo el mundo pendiente de cada una de tus palabras. Parece increíble.
Como si recordara las secuelas de lo ocurrido en el restaurante, se muerde el labio y un pequeño surco se acentúa entre sus cejas delicadamente arqueadas.
—Espero que lo que pasó anoche no te haya hecho sentir avergonzada, porque no tienes nada de qué avergonzarte.
La forma en que Mike te habló... —Cierro los puños y aprieto los dientes antes de volver a hablar—.
Se equivoca. Te mereces a alguien que te trate mejor que ese imbécil.
Me siento mejor después de haber dicho lo que pensaba, aunque las mejillas de Skyla se hayan puesto de un bonito color rosa.
—Oh, lo sé —dice ella agitando la mano como si quisiera espantar nuestra conversación.
La agarro ligeramente del brazo y hago que se detenga.
La piel me arde y los latidos de mi corazón se aceleran de nuevo.
Más allá de ella, mi madre, que lleva una de sus camisetas de color verde brillante —probablemente con algún eslogan inapropiado—, se dirige hacia nosotros para recoger a Beanie.
Pero hay algo que quiero que Skyla sepa antes de que nos interrumpan.
—Eres una mujer joven y hermosa. —Recalco lo de joven —como en «demasiado joven para mí»— por el bien de los dos—.
¡Un hombre que se refiere a tu peso de forma negativa no es un hombre, es una sabandija!
Mike es un mujeriego que probablemente acabará gordo, calvo y solo.
Un consejo: espera a alguien que te respete. Alguien que vaya a cuidar de ti, ¿vale?
La vulnerabilidad en sus ojos me deja clavado en el sitio.
—Gr-gr-gracias. Sé que es un capullo. Me dolió un poco, ¿sabes?
Saber que está herida me llega directo al corazón y, de repente, me siento impulsado a hacerla sonreír de nuevo.
Las palabras salen atropelladamente de mi boca antes de que haya tenido tiempo de pensarlas bien: —El otro día, en la piscina, estaba mirándote el culo.
No pude evitarlo. Probablemente debería pedirte perdón, pero no puedo prometer que no volveré a hacerlo.
Suelta una risa gutural que me envía un hormigueo directo a la polla. Su incisivo torcido muerde la carnosidad de su labio inferior como si intentara contener la sonrisa.
—Sé que estabas mirando.
—¿Lo sabías? —Arqueo una ceja hacia ella; es imposible que estuviera segura, pese a que mi hija hizo todo lo posible por delatarme.
—Tu hija se ha pasado hoy por mi oficina antes de ir al colegio.
Callie me ha dicho que quería asegurarme de que no sueles mirar así a las mujeres.
Ha dicho que, de hecho, hacía mucho tiempo que no lo hacías.
Pero convenció a Simon, el de seguridad, para que le enseñara las grabaciones de las cámaras; creo que le dijo que había perdido algo y quería asegurarse de que no se le hubiera caído en la piscina.
Grabó las imágenes de la pantalla de seguridad con su móvil y luego me las enseñó. Te vi mirando , y luego...
Mi corazón casi se ha detenido.
—¿Y luego?
—Ha intentado darme tu número de teléfono.
Skyla sonríe, pero parece tan mortificada como me siento yo.
—No te preocupes, he tirado el trozo de papel... —tose ligeramente— que estaba rodeado de corazones... a la basura. No pensé que te hiciera gracia que guardara tu número.
Me paso las manos por el pelo. —Callie.
Callie no puede encariñarse con otra persona que no se va a quedar. No es justo.
—Creo que tiene buena intención...
—¿Quién tiene buena intención? —pregunta mi madre al alcanzarnos, tendiendo la mano para coger la correa de Beanie.
En su camiseta verde brillante se lee: Me encanta la salchicha .
Debajo del eslogan hay un dibujo de un perro teckel.
Sus camisetas se han convertido en un chiste familiar.
Tate y Tabitha le compran camisetas de perros inapropiadas cada vez que las ven, y mamá finge que no capta el doble sentido.
—Nadie —respondo—. Nadie tiene buena intención. Nos vemos en el almuerzo del domingo, mamá. —Y entonces saco mi culo de allí antes de que a alguna de las entrometidas mujeres de mi vida se le ocurra alguna otra idea loca.
A la semana siguiente, estoy en el despacho de Logan repasando los planos.
—Pareces cansado, viejo —dice Logan. Me pongo de pie y me estiro. Estoy cansado. Entre preocuparme por Callie y pensar en Skyla más a menudo de lo que me conviene, dormir se ha convertido en algo del pasado.
—Voy a por café, ¿quieres uno?
Logan asiente mientras examina mis planos para el gimnasio de última generación que tendrá vistas a la piscina infinita.
En la sala de descanso, me dirijo a la cafetera como un hombre con un único objetivo, pero entonces la veo a ella.
Skyla.
Lleva una falda ajustada con una blusa blanca que tiene el escote lo bastante bajo como para insinuar unos pechos turgentes y generosos.
En la mano lleva una taza de café sobre un plato que sostiene una torre de galletas.
Más allá de ella, Mike está sentado en uno de los sofás bajos y a su lado está Jenny.
Es una talla cero y convencionalmente guapa, de pelo rubio.
Mike no hace ningún esfuerzo por ocultar la mano que tiene sobre la rodilla de Jenny, y me cabrea que tenga tan poco respeto por los sentimientos de Skyla.
Soy incapaz de evitar la mirada de vete a la mierda que le lanzo cuando paso como un rayo a su lado, directamente hacia Skyla, que se mueve en silencio como si intentara hacerse pequeña. Invisible.
—¿Estás bien? —le pregunto, dirigiendo la mirada hacia los otros dos.
Ella sonríe ampliamente, pero la sonrisa no le llega a los ojos.
—Bien. Le he traído un café a Betty mientras descansa un poco.
Tiene setenta años y necesita un pequeño respiro entre habitación y habitación.
—La taza y el plato que sostiene tintinean al chocar entre sí.
Parece nerviosa, pero veo que finge confianza para aparentar ante Mike y Jenny—.
No son todas para mí —confiesa Skyla, mirando las galletas.
—Justo iba a servirme unas cuantas ahora mismo —respondo. Ni de coña voy a hacer que se sienta mal por disfrutar de una galleta; puede comerse tantas como quiera.