Sorry Not Sorry (Blingwood Billionaires 1) Capítulo 4Drew
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Capítulo 4Drew

CAPÍTULO CUATRO

Drew

A l día siguiente sigo echando chispas por cómo trató Mike a Skyla a la salida del restaurante. Tengo un montón de trabajo pendiente, pero la imagen del rostro de Skyla, herida y a punto de llorar, me consume.

Logan me advirtió que Mike me resultaría molesto. Por suerte es problema de Logan y no mío; al menos, eso es lo que pensaba.

Cuando dejé a Skyla en el restaurante, estaba sonriendo.

Logan me pidió que esperara fuera mientras acompañaba a Dana a por el coche —quería hablar con ella por lo imbécil que había sido con Skyla—, así que me quedé atrás y saqué el móvil para mirar mis correos.

Ni siquiera sabía que Skyla estaba fuera hasta que oí su dulce voz.

Por la forma en que Mike le habló, la rabia me recorrió las venas y quise abalanzarme sobre él y arrancarle la cabeza.

¿Podría estampar su cara contra una de las macetas gigantes de la entrada del restaurante hasta dejarlo hecho una piltrafa sangrienta? Sospechaba que no sería difícil.

La menospreció, la humilló y tuvo la audacia de intentar que se sintiera menos que perfecta.

Quise matarlo, pero me contuve, sabiendo que no era asunto mío.

Ella demostró que era lo bastante fuerte para librar sus propias batallas.

Pero Mike, señalando su cuerpo con la mano como si fuera un problema y no una fantasía perfecta, diciéndole que pensaba que sería fácil, me hizo estallar y perdí todo el control.

Logan notó que estaba furioso desde el momento en que me subí al coche, y estuve muy tentado de decirle que despidiera a Mike —él odia a los aprovechados y a los abusones tanto como yo—, pero no me correspondía a mí airear el mal rato de Skyla, ni quería entrar en una conversación con mi hermano y su maleducada prometida sobre por qué me siento protector con su jefa de Recursos Humanos.

Y, como no dejo de recordarme, a quién contrate mi hermano —ya sean capullos vengativos o mujeres perfectamente dulces y hermosas— no tiene nada que ver conmigo.

Además, en tres meses, Callie y yo estaremos en nuestra casa nueva y probablemente no volveré a ver a Skyla ni a ninguno de los otros empleados de mi hermano.

Entre darle vueltas a cómo estará Skyla y dejar a Callie en su primer día en ese pozo séptico cruel y a menudo peligroso que es el instituto, tengo los nervios destrozados, así que me calzo las zapatillas y salgo a devorar asfalto hasta que se me despeja la cabeza.

El primer día de Callie en un colegio nuevo me tiene en un sinvivir.

Me aseguró que estaría bien, pero también tiene tendencia a decirle esas cosas a su viejo para evitarme preocupaciones.

Tal como están las cosas, las tres de la tarde —la hora universal de salida de la trena, como ella la llama— no pueden llegar lo suficientemente pronto.

Giro hacia el sendero de la costa y sigo corriendo, disfrutando del escozor en las pantorrillas y de la tierra bajo mis pies.

El sol está alto en el cielo, pero la brisa marina y el sendero arbolado proporcionan un dosel de sombra que baja la temperatura lo suficiente como para que el ejercicio al mediodía sea soportable.

También hay más gente fuera, algunos corriendo, otros paseando a sus perros y una pareja en el ocaso de sus vidas jugando al frisbi en el césped.

Me fijo en un par de voluntarios que reconozco del refugio de animales de mi madre, y hago el saludo de rigor con la mano al pasar.

Pero sobre todo mantengo la cabeza baja y me concentro en el rock que retumba en mis auriculares.

Me ayuda a vaciar la mente, pero mis miedos siguen filtrándose.

¿Estará Callie contenta? ¿Estoy haciendo lo correcto al alejarla de todo lo que conoce en Nueva York?

¿Seguirá intacta mi carrera, por la que tanto he trabajado, viviendo en las afueras?

¿Está bien Skyla después de su encontronazo con Mike?

¿Lo ha visto desde entonces, y habrá hecho él caso a mi advertencia?

¿Debería haberle soltado un puñetazo en la cara para asegurarme de que supiera que hablaba en serio cuando le dije que se alejara?

El hecho de haber pasado tanto tiempo pensando en Skyla me tiene inquieto y aprieto el paso, como si de algún modo pudiera dejar atrás mi deseo.

Desde que puse mis ojos en ella en la piscina, con el cuerpo empapado y con curvas que entran y salen en todos los lugares adecuados, ha estado provocando a mi imaginación y se ha convertido en algo parecido a una fantasía.

Tanto es así que anoche, después de acompañar a mi madre a la salida y comprobar que Callie dormía profundamente, me di un homenaje rápido en la ducha mientras pensaba en todo lo que me gustaría hacerle a ese cuerpo tan firme.

Corro más rápido e intento vaciar mi cabeza de tales pensamientos.

Trabaja para mi hermano.

Es demasiado joven.

Es obvio que Mike le ha hecho daño.

Prohibida.

Fuera de los límites.

No voy a empezar nada.

No me fío de mí mismo para no meter la pata.

No será solo a Skyla a quien le duela cuando todo se desmorone, también le dolerá a Callie.

Y eso es inaceptable.

No tenía que preocuparme por estas cosas cuando compartíamos la custodia.

Veía a mujeres de forma esporádica los días que no me tocaba Callie y ella ni se enteraba.

No hay posibilidad de ocultar un lío viviendo en el complejo —el personal de aquí vigila cada movimiento de todo el mundo—, así que ¿por qué estoy siquiera pensando en ello?

Estoy tan concentrado en enumerar todas las razones por las que Skyla es intocable que no noto la presión que roza mi pantorrilla hasta que me enredo con algo y salgo despedido hacia el suelo.

—¡Oh! ¡Maldita sea, Beanie! —grita la voz de una mujer.

Ruedo hasta quedar sentado y miro en dirección a la voz, pero me asalta un animado collie blanco y negro que parece decidido a lamerme la maldita cara. Me levanto, empujando al perro para que vuelva a sus cuatro patas.

—¡Lo siento muchísimo, Drew! —exclama la mujer y entorna los ojos por el resplandor del sol para verme mejor.

El sudor ha empezado a perlársele a Skyla en la frente y el sol brilla sobre su piel ligeramente bronceada mientras corre hacia mí, con sus pechos generosos botando arriba y abajo.

Sus curvas se acentúan bajo la ropa ajustada que lleva y me fijo en sus brazos y abdomen tonificados cuando se detiene.

Sin aliento, algunos mechones de su pelo se han escapado de la coleta y se le han quedado pegados a las mejillas. Verla resulta hipnótico.

—Hola. No sabía que tenías perro —digo, pasándome la mano por el pelo porque sé que se me habrá alborotado con la carrera.

Ella curva esos labios carnosos y responde:

—Beanie no es mío. Vivo en el complejo y el apartamento no es lo bastante grande para tener mascotas. Es de tu madre, en realidad. Soy voluntaria para ella durante mi hora del almuerzo. Los peludos también tienen que pasear, ¿no? Y de paso aprovecho para completar mis pasos del día.

Claro que sí. No basta con que parezca una tentadora enviada para destruirme, encima tiene que ser buena persona.

Skyla se quita el coletero de su pelo color miel y lo suelta con los dedos hasta que reposa sobre la curva de sus pechos.

Es un movimiento sexy y, para mi absoluto horror, se me pone dura en el acto, aunque no por mucho tiempo.

Más eficaz que una ducha de agua fría, Beanie da un salto en el aire y acabo recibiendo un zarpazo en los huevos que me hace llorar los ojos.

—¡Beanie, abajo! —le insta ella, pero al perro le importa un bledo. Noto que la correa cuelga de su collar y agarro el asa, extendiéndola para que ella la coja. Uso la otra mano para protegerme la entrepierna de otra embestida canina.

Skyla alarga la mano y, cuando sus dedos rozan los míos, el calor me recorre los dedos y sube por el brazo. Mi mano, como atraída por imanes, permanece sobre la suya un instante de más.

—Gracias —dice ella—. Hace un momento corría tranquilamente a mi lado y de repente te ha visto y ha salido disparado. La correa se me ha escurrido de la mano. Por favor, no le digas a tu madre que se me ha soltado, no me gustaría que pensara que no lo cuido bien cuando está a mi cargo.

Al mencionarlas, me quedo mirando sus manos pequeñitas y sus uñas pintadas de rosa, imaginando lo bien que quedarían envolviendo mi... Sacudo el pensamiento. —Tu secreto está a salvo conmigo. No te preocupes. El pequeño truhán parece tener mucha energía.

—¡Oh, la tiene! Pero es tan adorable. ¿A que sí? —le dice al perro y acto seguido procede a mimarlo y colmarlo de atenciones.

La pata trasera de él empieza a temblar como si estuviera disfrutando de un buen festín de caricias y una punzada de celos me atraviesa.

Genial. Ahora tengo celos de los perros.

—¿Vuelves al complejo? —pregunto, esperando que la respuesta sea un no. Pasar tiempo con ella cuando he estado pensando en ella de esa manera me parece una mala idea. Tengo que largarme de aquí. No me fío de que mi polla no le dé instrucciones a mi cerebro para lanzarme.

Skyla duda y trato de no ofenderme; probablemente sea mejor que no pasemos tiempo juntos; ella también debe de verlo así.

Se muerde el labio inferior y luego asiente. —Claro, podemos caminar juntos. Me parece perfecto.

Ignoro la leve chispa de alegría que crepita bajo mi piel y señalo en dirección al complejo. Marcamos un paso pausado, con nuestros cuerpos a escasos centímetros de distancia.

—¡Huy! Te has raspado la rodilla al caer. —Se detiene y me mira la pierna. Tengo la rodilla desollada y un hilo de sangre me baja por la espinilla hasta el calcetín.

—No es nada... —digo, pero las palabras se me cortan cuando ella se pone de rodillas, ofreciéndome una vista perfecta de su escote.

La entrepierna me late y noto un respingo en el pantalón que, con Skyla a esa altura, es imposible que pase desapercibido.

Saca un pañuelo del bolsillo y me limpia la sangre.