Capítulo 3Skyla #2
Cuando la camarera regresa con más invitados para nuestra mesa, podría haberla besado por la interrupción, hasta que me doy cuenta de que la velada ha tomado un rumbo aún peor al traerme algo detestable, angustioso y asqueroso.
Mike.
Y lo que es peor.
Mike y Jenny.
Matadme ahora mismo.
Debería haberlo sabido.
Jenny es, después de todo, la asistente de Logan —por supuesto que estaría aquí— y Mike es uno de los contables principales de la empresa.
Pero en mi defensa diré que no he tenido tiempo de procesar mi montaña rusa de día.
Mi cabeza ha dado tantas vueltas que no sé qué necesito más, si un fisioterapeuta o un psicólogo.
Primero, encontrar a mi ligue ligando con otra persona, sacando a relucir cada inseguridad que he pasado años ocultando en lo más profundo para que no me duela, y luego encontrarme cara a cara con el padre soltero del siglo, Drew Blingwood, que ha hecho que mi piel esté tan caliente y con un cosquilleo tal que creo que me ha dado una insolación.
Y ahora, aquí estoy, frente a Mike antes de estar preparada. Antes de haber tenido la oportunidad de ensayar mi discurso de: me importa un bledo que me hayas engañado porque nunca me has gustado de todos modos .
Es el yin y el yang de la incomodidad. Mike a mi izquierda, Drew a mi derecha.
Ver hoy a Drew en la piscina ha sido como una sobrecarga sensorial tentadora; como cuando sabes que ese va a ser el mejor pastel de tu vida y aún no has probado ni un bocado.
Drew sí me miró el culo. Sentí el calor de su mirada.
Me hizo sentir bien. Me ayudó a ver que hay otros hombres ahí fuera, pero eso no quita que lo que hizo Mike duela menos.
Entiendo que lo de Mike y yo era algo informal y que aún no había surgido la chispa...
¿pero significaba eso que no surgiría con el tiempo?
Por una vez quería que alguien me sorprendiera.
Que alguien se viera superado por la profundidad de sus sentimientos hacia mí y fuera incapaz de contenerse. Quizás lo que yo quería no existe.
Una vez que todos nos hemos sentado, se unen a la mesa Fernando Ricci, nuestro jefe de cocina y director del restaurante, y su marido, Luca.
Nadie parece notar que, desde que han entrado Mike y Jenny, se ha esfumado el aire de la sala, excepto quizás Drew, que me observa con el ceño fruncido desde el lado opuesto de la mesa.
La charla trivial es forzada hasta que el último asiento lo ocupa la prometida de Logan, que llega elegantemente tarde con un vestido escarlata que se mantiene unido por dos trozos de cinta mal atados.
Logan llama a un camarero que toma nota de los pedidos de todos. Reprimo el impulso de ahogar mis penas comiendo y pedir postre en los tres platos, y en su lugar señalo en la carta el plato de pollo con un nombre que no sé pronunciar.
—Dana, ¿tú qué vas a tomar? —pregunta Logan. Es un hombre apuesto —todos los Blingwood lo son—, pero esta noche tiene ojeras.
—Tomaré unas aceitunas —responde Dana, haciéndome sentir como una glotona por pedir una comida de verdad, pero tras una mirada severa de Logan, cede y pide el salmón.
—Os he traído a todos hoy aquí porque vamos a trabajar codo con codo en los esbozos para el complejo de Miami.
Como todos sabéis, Drew diseñó el espacio y ambos hemos estado supervisando la construcción con los promotores; ahora, me complace anunciar que podemos empezar a planificar la inauguración oficial en junio.
Vamos muy justos de tiempo, pero creo que tres meses son suficientes para contratar y formar al personal.
Contamos con vosotros para extraer datos de nuestro complejo actual y crear nuestras proyecciones generales.
Tras la larga charla de Logan sobre la gestión, los costes de mantenimiento y los beneficios, la expresión de Drew se ilumina con pasión al pasar a darnos una descripción detallada de su visión para el nuevo complejo.
Se toma su tiempo, explicando entusiasmado que el proyecto es más grande que nuestro complejo actual, que está en una península de la costa este de Miami con arenas blancas y finas y aguas de color azul turquesa, ideales para el buceo y el esnórquel.
—Tendrá toda la sofisticación de los mejores hoteles europeos, pero con el añadido de bungalós de lujo privados.
Serán los toques individuales los que diferencien al Blingwood Resort 2. 0 de cualquier otra cosa.
Logan asiente mientras sonríe a su hermano, claramente encantado con la visión que Drew proyecta. Al lado de Logan, Dana está consultando su teléfono.
—Mike, tendrás que recopilar las hojas de cálculo de los costes de personal... y tendrás que trabajar estrechamente con Skyla. ¿Confío en que no sea un problema? —Logan lo mira con severidad y siento que mis mejillas arden.
Genial. Parece que se ha enterado de la guarrada que me hizo Mike. Mi día de vergüenza claramente no ha terminado todavía.
Aparto mi preocupación porque estoy segura de que mi voz interior está exagerando. No sé si él lo sabe. De hecho, mi jefe es probablemente la única alma viviente en el complejo que está demasiado ocupada para chismes de pasillo.
—Sin problemas, jefe —dice Mike con una sonrisa pútrida—. Skyla y yo podemos trabajar juntos perfectamente, ¿verdad, Sky? —La forma en que Mike acorta mi nombre me produce urticaria y un escalofrío me recorre la espalda. Me guiña un ojo jovialmente y mi mano se aferra con fuerza al tenedor.
Mientras esperan mi respuesta, me convierto en el centro de atención de todos.
—Haré los cálculos de las proyecciones de personal.
Doscientas cuarenta y seis habitaciones de huéspedes es un tamaño mayor al que estamos acostumbrados, pero debería ser fácil de escalar basándonos en lo que tenemos ahora.
Puedo calcular los costes. Tendré las cifras para mañana —asiento a Logan, siempre la empleada obediente.
—En la reunión de la semana que viene estará bien. No hagas todo el trabajo tú sola. Mike debe aportar su parte —responde Logan, y observo cómo la expresión de Mike se agria.
No es la primera vez que Logan señala que Mike elude el trabajo, pero ahora que ya no estoy cegada por él, parece cegadoramente obvio que Mike se ha salido con la suya delegando tareas, a menudo en mí, durante demasiado tiempo.
Cuando la cena termina y todos nos levantamos de la mesa, habiendo concluido la comida y la reunión de negocios, Dana me dice desde el otro lado de la mesa: —Me gusta tu vestido.
—Oh, gracias. Es vintage —le digo con orgullo.
—Se te da muy bien encontrar ropa grande. Me alegro por ti.
Mis mejillas estallan en llamas mientras todas las cabezas giran hacia mí. Mike suelta una carcajada, pero a su lado, al menos Jenny tiene la decencia de parecer incómoda.
—Sí, me alegro por mí —repito, todavía sonriendo. No es que pueda decirle a la prometida del jefe: «¡Gracias, y a ti también se te da bien abrir tu boca gigante, inflada y estúpida en los momentos menos oportunos para decir gilipolleces!» .
De repente, Drew ha rodeado la mesa y clava en Dana una mirada que se reconoce universalmente como un «¿Pero qué narices?». Al otro lado de Dana, la mandíbula de Logan se tensa como si estuviera mordiéndose la lengua.
Le devuelvo la sonrisa a mi jefe en plan «no te preocupes», pero su mirada fulminante no flaquea mientras sacude la cabeza hacia Dana con asco.
—Dana, vámonos. Al coche. ¡Ahora! —ordena Logan, y Dana se aferra a su brazo. Logan le susurra algo al oído mientras se alejan y, por su expresión cuando me mira por encima del hombro, no creo que le haya gustado lo que sea que le ha dicho.
Mike sigue a Logan, con Jenny detrás, y Fernando y su marido los siguen a ellos hasta que solo quedamos Drew y yo atrás.
—Estás muy guapa, Skyla. El color amarillo, casi dorado, te sienta muy bien, es pura clase discreta.
Eres sin duda la mujer mejor vestida de la sala.
Ignora a Dana con su vestido rojo brillante de «mírame», es un peligro público.
La mirada indignada de Drew ha desaparecido y ahora me sonríe; la piel de sus cálidos ojos castaños se arruga ligeramente en las comisuras, suavizando su ruda apostura.
—Gracias —respondo, inquieta por la magnitud del cumplido; no creo haber sido nunca la mujer mejor vestida de ninguna sala, pero agradezco que intente hacerme sentir mejor—.
Requiere mucho esfuerzo para una chica de talla grande como yo competir.
Quiero decir, ya viste en la piscina. Pensé que el socorrista me iba a arponear —bromeo, intentando aligerar el ambiente, pero el chiste cae en saco roto y, en lugar de reír, su sonrisa desaparece.
—No te menosprecies, Skyla, ni siquiera en broma. Tú vales por una docena de Danas.
—Querrás decir que tengo el tamaño de una docena de Danas —vuelvo a bromear por la pura costumbre de criticarme antes de que otros puedan hacerlo por mí.
Drew deja de caminar y sus dedos sujetan suavemente mi muñeca, obligándome a pararme.
Huele tan malditamente bien que me sorprendo inclinándome hacia él.
—No, no es eso lo que quería decir en absoluto.
Deja que me explique. Eres una mujer hermosa.
Mi hija piensa que eres una persona maravillosa y estoy seguro de que tiene razón.
Deberías estar orgullosa de tu cuerpo, y ciertas personas deberían tener algo de respeto.
Por desgracia, mi futura cuñada suelta tantas sandeces que no le llega el oxígeno al cerebro.
Por favor, intenta que sus comentarios no te afecten.
Me muerdo el labio para contener la sonrisa, luchando por definir cómo un simple comentario me ha hecho sentir tan...
¿guapa? ¿Valorada? ¿Respetada? No estoy segura de qué sentimiento es ni de cómo ha logrado evocarlo, pero está esperando mi respuesta, así que tartamudeo: —Intentaré que no me afecte.
—¿Quieres que te acompañe de vuelta al complejo? He venido con Logan, pero puedo pedir un Uber para nosotros, si quieres.