¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 21 #2
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—Tú te marchaste pensando que habíamos tenido una aventura y yo me quedé deseando volver a verte. Así que no me digas que todo empezó con Noah, porque para mí empezó mucho antes. Me jodiste la cabeza, Madison. Me la jodiste tanto que pasé semanas buscándote.

Me quedé inmóvil, con los dedos todavía aferrados a la puerta.

—¿Me buscaste?

—Claro que te busqué. Volví al sitio donde nos conocimos, pensando que quizá aparecerías otra vez. Pregunté por ti. Por Sally —puntualizó, y sentí que me ardían las mejillas—. Lo cual, como comprenderás, no ayudó demasiado.

Me quedé mirándolo, intentando asimilar que, mientras yo había guardado aquella noche como una locura que recordar de vez en cuando, él había intentado encontrarme.

—Yo no tenía ni idea, pensé que solo había sido una noche para ti.

—No te estoy diciendo que aquella mañana supiera todo lo que sé ahora.

Apenas te conocía. Pero quería hacerlo, Madison.

Quería tener la oportunidad de descubrir quién eras.

Y después apareciste en el hospital. Y pasó todo lo de Noah.

Claro que me volqué en él. Era mi hijo y acababa de descubrir que existía.

Pero tú también estabas allí. La mujer a la que había estado buscando estaba delante de mí y tenía la oportunidad de conocerla de verdad.

—Me acarició el dorso de la mano con el pulgar—.

Y me enamoré de ti. Me enamoré de ti viviendo contigo.

Hablando contigo. Viéndote hacer planes, cambiar de opinión y discutir conmigo porque crees que siempre quiero salirme con la mía.

—Es que siempre quieres salirte con la tuya —susurré.

—Ahora mismo, desesperadamente.

Me reí y lloré a la vez. Hunter alzó la mano libre y me limpió una mejilla.

—Te quiero, Madison. Quiero que vuelvas porque soy feliz contigo y porque estos meses han sido los mejores de mi vida. Y sí, Noah tiene muchísimo que ver con eso, pero cuando me meto en la cama y te busco, te estoy buscando a ti.

Cerré los ojos un instante, apoyando la mejilla en su mano. Había pasado días necesitando escuchar aquello.

Aún tenía que contarle lo de esa chica y las enfermeras, la conversación que había encendido todas mis inseguridades.

Pero no quería hacerlo en aquel momento.

Ya tendríamos tiempo de hablar de eso. Creía a Hunter cuando me decía que me quería y no quería seguir buscando motivos para dudar de algo que deseaba tanto.

Abrí los ojos y lo encontré pendiente de mí, esperando una respuesta. Me di cuenta de que él también necesitaba escucharla.

—Yo también te quiero.

Hunter soltó el aire y me acarició la mejilla.

—Menos mal, porque me estaba quedando sin argumentos.

Me reí, aunque volvieron a escapárseme las lágrimas.

—Te quiero muchísimo. Siento haber dudado de ti. Escuché una conversación en el hospital. Una enfermera estaba hablando de ti. Decía que estabais saliendo cuando nació Noah y que seguramente solo estabas conmigo porque era lo que debías hacer. Porque eres demasiado responsable.

Hunter frunció el ceño.

—¿Lauren?

—No sé cómo se llama —admití, avergonzada—. Sé que debería habértelo preguntado, pero empecé a darle vueltas y…

—Madison, ser responsable es ocuparme de mi hijo. Estar enamorado de ti es coger el coche y conducir toda la noche porque no soporto pensar que estás aquí creyendo que no te quiero.

Se me escapó otra lágrima.

—He sido una idiota.

—Has tenido miedo. Yo también lo he tenido. Pero la próxima vez habla conmigo, por favor. Aunque no sepas cómo decirlo. Prefiero que me hagas una pregunta que me duela a quedarme viendo cómo te marchas sin entender qué ha pasado.

Asentí y le rodeé el cuello con los brazos.

—Lo haré. Te lo prometo.

Hunter apoyó las manos en mi cintura.

—¿Y ahora?

Me acerqué un poco más, hasta rozar su nariz con la mía.

—Ahora quiero que me beses. Y después quiero que volvamos a casa.

No llegué a decir nada más porque Hunter se inclinó y me besó.

Me estrechó contra él con tanta fuerza que me puse de puntillas para acercarme todavía más. Hundí los dedos en su pelo y le devolví el beso, sin preocuparme por las lágrimas ni por el hecho de que estuviéramos en el porche de mis padres, donde cualquier vecino podía vernos.

Había echado de menos su boca. Sus manos. La forma en que me abrazaba, como si tampoco él consiguiera tenerme lo bastante cerca.

Cuando nos separamos, Hunter apoyó su frente en la mía. Tenía los ojos cerrados y la respiración tan agitada como yo.

Le acaricié la nuca y volví a besarlo, más despacio.

—Creo que alguien quería estar con vosotros.

Nos separamos lo justo para mirar hacia el pasillo.

Mamá estaba allí con Noah en brazos, todavía en bata y con una sonrisa que ni siquiera intentaba disimular.

Después de todo, por mucho que hubiera insistido en que me quedara con ellos, le había bastado verme esa mañana para comprender que necesitaba a Hunter para ser feliz.

—Se ha despertado y he pensado que querría saludar.

Hunter apartó una mano de mi cintura y acarició la mejilla del bebé.

—Hola, pequeño.

Noah volvió la cabeza hacia su voz. Arrugó la carita y empezó a lloriquear, moviéndose en brazos de mi madre.

—Eh, ¿qué pasa? —murmuró Hunter, acercándose para cogerlo—. Ven aquí.

Mamá se lo entregó y él lo acomodó contra su pecho, sujetándole la cabecita mientras le besaba la cabeza. Noah todavía protestó un par de veces, pero enseguida se quedó tranquilo, con una mano diminuta apoyada en la camiseta de su padre.

Sonreí y le acaricié la espalda.

—Creo que alguien te ha echado de menos.

Hunter bajó la mirada hacia él. Se quedó unos segundos contemplándolo antes de darle otro beso, más largo, en la frente.

—Yo también, pequeño. No sabes cuánto.

Mamá me rozó el brazo al pasar.

—Voy a preparar café.

Le di las gracias con una sonrisa y la vi volver al interior de la casa. Cuando me giré, Hunter seguía mirando a Noah con ternura.

Me pasó el brazo libre por la cintura y me besó la sien.

Apoyé la cabeza en su hombro y me quedé allí, acariciando la manita de nuestro hijo.

Había vuelto a Ohio para averiguar si todo había ocurrido demasiado deprisa, si nos habíamos equivocado al intentar construir una vida juntos.

Ahora miraba a Hunter con nuestro hijo en brazos y solo tenía ganas de seguir conociéndolo.

De volver a casa y terminar aquella habitación infantil.

De tener nuestra primera cita de verdad y otras muchas después.

Nos habíamos saltado unos cuantos pasos. Seguramente todavía nos quedarían muchas cosas por aprender.

Me alcé para besarle la mejilla y él me estrechó un poco más contra su costado.

Teníamos tiempo.

Y, por fin, sabía que los dos queríamos lo mismo: pasarlo juntos.