¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 21
92%

21

Madison

Noah volvió a dormirse después de dos horas de desvelo nocturno, cuando el sol ya empezaba a asomar por el horizonte. Lo dejé en la cama de cuerpo y medio que tenía en mi habitación desde el instituto y me tumbé a su lado, sintiéndome exhausta.

Hacía menos de veinticuatro horas que había visto a Hunter por última vez y ya lo echaba de menos.

A pesar de haber tenido un tiempo para pensar, aún no tenía nada claro.

Quizá porque lo había dedicado a darle vueltas a las mismas preguntas, sin conseguir responder ninguna.

O porque resultaba bastante difícil aclararse cuando una parte de mí quería coger el teléfono y llamarlo y la otra seguía preguntándose si todo lo que habíamos vivido significaba lo mismo para los dos.

Noah movió los labios en sueños y me quedé mirándolo.

Tenía la boca de su padre. Era una observación que hasta entonces me había parecido adorable y que, a aquellas horas de la mañana, me hizo un nudo en la garganta.

Genial. Ni siquiera podía mirar a mi hijo sin echar todavía más de menos a Hunter.

Me escocían los ojos. Cerré los párpados, pero enseguida recordé cómo me abrazaba por las noches, la facilidad con la que me acercaba a él incluso medio dormido. A veces bastaba con que yo me moviera para que su mano me buscara debajo de las sábanas.

¿Podía alguien hacer eso por obligación?

Porque aquella era la parte que no conseguía encajar.

Hunter no se comportaba como un hombre resignado a estar conmigo.

No tenía que besarme mientras preparaba el desayuno, ni escucharme hablar durante cuarenta minutos sobre una cómoda, ni mirarme de aquel modo cuando creía que yo no me daba cuenta.

Podía ser un padre maravilloso sin hacer ninguna de esas cosas.

Lo sabía.

Y, aun así, seguía teniendo miedo de que lo que teníamos no fuera real, sino consecuencia de Noah.

Abrí los ojos y miré mi habitación.

Conocía las marcas del escritorio, el tirador del armario que nunca cerraba bien, la forma en que entraba la luz entre las cortinas. Había pasado años tumbándome en aquella cama para pensar en lo que haría cuando por fin saliera de allí.

Ahora había vuelto con un bebé y unas ganas absurdas de que su padre apareciera por la puerta.

Estiré el brazo hacia el móvil, pero me detuve antes de cogerlo.

¿Qué iba a decirle?

¿Que lo echaba de menos? ¿Que no había conseguido dormir? ¿Que había necesitado alejarme de él para pensar y que, por lo visto, mi cerebro había interpretado aquello como una oportunidad estupenda para recordarme todas las razones por las que quería volver?

Solté el aire despacio y me tapé los ojos con el antebrazo.

Solo había una cosa que aquellas horas me habían dejado clara: yo sí estaba enamorada de Hunter.

Hasta las trancas.

Y no tenía ni idea de qué hacer con eso.

Mis padres no me habían hecho preguntas cuando les había dicho que me iría con ellos unos días a Ohio. Se habían limitado a asentir y a ofrecerme reformar el cobertizo para que pudiera instalarme con Noah si al final decidía quedarme.

Pero había algo que sí tenía claro: pasara lo que pasara, mi futuro estaba en Nueva York, incluso si Hunter no formaba parte de él.

No podía alejar a Noah de su padre y de una familia tan maravillosa como la suya.

Aunque eso supusiera terminar trabajando en una de esas multinacionales que te explotaban y esperaban que les regalaras tus horas libres a cambio de una palmadita en la espalda.

Kendall me había llamado la noche anterior para intentar hacerme ver que estaba siendo incoherente. Según ella, no tenía ningún sentido salir corriendo de Nueva York por algo que le había oído decir a una mujer que, evidentemente, quería seguir acostándose con Hunter.

Dicho así, hasta yo me daba cuenta de lo absurdo que sonaba.

Pero una cosa era saber que podía estar equivocándome y otra conseguir que se me pasara el miedo.

Suspiré y cerré los ojos, deseando que el sueño me venciera de una vez. Necesitaba descansar. Quizá después de dormir unas horas conseguiría pensar con un poco de claridad y dejaría de sentir aquellas ganas de llorar que me acompañaban desde el día anterior.

Justo cuando empezaba a quedarme dormida, escuché el ruido de un motor y el crujido de unos neumáticos sobre la grava del camino.

Abrí los ojos.

Me levanté con prisa y me acerqué a la ventana, tontamente ilusionada. Durante los pocos pasos que me separaban de ella, me permití imaginar que era él. Que Hunter había venido a buscarme y que, en cuanto lo tuviera delante, sabría qué decirle.

La esperanza se desinfló en cuanto reconocí la vieja camioneta del vecino. Aparcó junto al porche y bajó con una caja de huevos, como tantas otras mañanas desde que mis padres lo conocían.

Apoyé la frente en el cristal y cerré los ojos.

Había pedido tiempo para pensar y allí estaba, decepcionada porque Hunter me lo estaba dando.

En algún momento conseguí quedarme dormida.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que el ruido de un segundo motor me hizo abrir los ojos, pero esta vez no me molesté en levantarme.

Ya había hecho bastante el ridículo ilusionándome con una entrega de huevos.

No pensaba pasarme la mañana corriendo hacia la ventana cada vez que se acercara un coche.

Pero entonces sonó el timbre.

Miré a Noah, que seguía profundamente dormido, y me levanté con cuidado. Al salir al pasillo me recoloqué la camiseta y bajé las escaleras intentando convencerme de que iba a abrir para que no volvieran a llamar y despertaran al bebé.

Solo por eso.

Encontré a mamá en bata, dirigiéndose también hacia la puerta. Se detuvo al oírme y yo miré por encima de su hombro.

El corazón me dio un vuelco.

El cristal esmerilado apenas permitía distinguir los detalles, pero reconocí la silueta alta de Hunter al otro lado. Me bastó la forma de sus hombros, la leve inclinación de su cabeza mientras esperaba para reconocerlo.

Mamá me miró.

—¿Es él?

Las lágrimas se me agolparon en los ojos.

Él.

No había necesitado decir su nombre y yo tampoco había necesitado preguntarle a quién se refería.

Asentí, incapaz de hablar.

—¿Quieres que me encargue yo? —preguntó con suavidad.

Tragué saliva y me limpié las mejillas antes de acercarme.

—Lo haré yo.

Abrí la puerta y Hunter apareció al otro lado. Tenía unas ojeras profundas, el pelo desordenado y la ropa arrugada. Parecía no haber dormido en toda la noche y, aun así, seguía siendo absurdamente atractivo.

Verlo allí, en el porche de mis padres, me dejó sin aire.

—Hunter… ¿Qué haces aquí?

—He venido a buscaros a ti y a Noah. Quiero que volváis a casa.

Más lágrimas se enredaron en mis pestañas. Tuve que apretar los labios para que no me temblaran.

—Yo aún necesito tiempo. Necesito pensar, tal como hablamos ayer.

—No, Madison. Ayer tú me dijiste que necesitabas marcharte y yo te dejé hacerlo. Pero me quedaron muchas cosas por decir y necesito que las escuches antes de decidir nada.

El corazón latía violentamente contra las costillas.

—Hunter…

—Llevo horas conduciendo y me he pasado la última hora preguntando dónde viven tus padres, porque sabía el nombre del pueblo, pero no tenía la puta dirección, Madison.

Parpadeé, mirándolo.

—¿Has conducido toda la noche?

—Sí.

—Es una locura.

—¿Aún no te ha quedado claro que cuando se trata de ti puedo volverme absurdamente loco?

No respondí. Apenas podía asimilar que estuviera allí, que hubiera cogido el coche y cruzado varios estados para verme.

Hunter resopló y se pasó una mano por el pelo.

—¿Crees que estoy contigo solo por Noah? ¿Es eso?

Se me encogió el estómago.

—¿Qué?

—Lo de habernos precipitado desde que nació.

Lo de la burbuja de familia feliz. Que me dijeras que volverías para que pudiera estar cerca de él, independientemente de lo que pasara entre nosotros…

—Apretó la mandíbula un instante—. Llevo horas dándole vueltas y, después de hablar con mis hermanos, creo que por fin lo he entendido.

Piensas que quiero estar contigo porque eres la madre de mi hijo.

Bajé la mirada al cuello de su camiseta. No podía sostenerle los ojos mientras él decía en voz alta aquello que tanto me había costado admitir.

—Madison.

Me limpié una lágrima con el dorso de la mano.

—Solo intento entender qué habría pasado si no lo hubiéramos tenido.

—Pues podrías habérmelo preguntado.

No lo dijo con dureza, pero me dolió igualmente. Porque tenía razón.

—Me daba miedo —admití.

Hunter soltó el aire despacio.

—Ya. A mí también me da miedo estar aquí y que, después de decirte todo esto, sigas sin querer volver conmigo.

Alcé la mirada de golpe.

Hasta entonces había estado tan pendiente de mi propio miedo que apenas había pensado en el suyo. En lo que debía de haber sentido al verme marchar con nuestro hijo después de decirle que no sabía qué había entre nosotros.

—Yo no estoy contigo por Noah —continuó—.

Lo adoro. Es lo mejor que me ha pasado en la vida y haría cualquier cosa por él.

Pero no necesito acostarme contigo, ni besarte, ni pasarme el día deseando volver a casa para verte para ser un buen padre.

Eso me pasa por ti, Madison. —Me tembló la barbilla y apreté los labios—.

Noah fue una sorpresa maravillosa de una noche que no había conseguido quitarme de la cabeza.

Hizo que volviéramos a encontrarnos, sí.

Pero yo ya quería volver a verte. Joder, llevaba queriendo volver a verte desde que me desperté en aquella cama y descubrí que te habías marchado.

Negué despacio, intentando encajar sus palabras con lo que había creído hasta entonces.

—Pero solo estuvimos juntos una noche.

—¿Y crees que una noche contigo no fue suficiente para dejarme completamente jodido? No sabía ni tu verdadero nombre y me acordaba de cómo te reías. De las cosas que me habías dicho. Me sorprendía pensando en ti en mitad de una guardia y preguntándome dónde coño te habías metido.

Una lágrima me resbaló hasta la barbilla. Ni siquiera intenté limpiármela.

—Hunter…