¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 20
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Hunter

Mi casa era demasiado silenciosa y no entendía por qué eso me molestaba, si nunca antes me había sentido así.

De hecho, antes de que aparecieran Madison y Noah, me gustaba. Pasaba tantas horas en el hospital rodeado de personas, máquinas, teléfonos, conversaciones y bebés llorando que llegara casa y no escuchar nada era una de mis cosas favoritas.

Ahora lo odiaba.

Noah llevaba fuera de casa menos de cuatro horas, junto con Madison, y yo ya estaba considerando seriamente la posibilidad de arrancarme los oídos para dejar de escuchar aquel puto silencio.

Entré en la habitación que Madison había ocupado desde el principio. La cama estaba hecha, la cuna vacía y sobre la cómoda había un bote de crema, un cepillo y una de esas gomas del pelo que aparecían por toda la casa desde que vivía conmigo.

Cogí la goma, la miré y la dejé otra vez donde estaba, porque estaba muy jodido si hasta eso me hacía pensar en ella.

Me estaba convirtiendo en un personaje sensiblero de película romántica de mierda.

Salí de la habitación e intenté distraerme. Cogí un libro y leí siete páginas antes de abandonarlo sin haberme enterado de nada.

Me preparé un café, di un sorbo y lo tiré porque estaba tan asqueroso que Madison se burlaría de mí.

Quería escribirle. Miré el móvil. El último mensaje era suyo:  Ya hemos salido de la ciudad. Noah está dormido.

Le había respondido con un pulgar hacia arriba.

Un puto pulgar hacia arriba.

Porque, al parecer, además de ser incapaz de mantener a la mujer que quería dentro del mismo estado que yo, también era idiota.

El timbre sonó, pero no me moví. Volvió a sonar. Y después otra vez. Y luego escuché la llave en la cerradura. Mi familia. Mi jodida familia y su nulo sentido de la intimidad.

—¿Hunter? —gritó Cassidy desde la entrada.

Cerré los ojos y me retrepé en el sofá.

—Lárgate.

—Está vivo —anunció a quienquiera que la acompañara.

—Qué alivio —escuché decir a Ryder.

Entreabrí los ojos y vi entrar a cinco personas en mi salón. Mis cinco hermanos.

Cassidy, Ryder, Declan, Chase y Mason. Los miré uno por uno antes de gruñir.

—¿Qué hacéis todos en mi casa sin invitación?

—Intervención Familiar —dijo Cassidy.

—No necesito una intervención.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que necesita una intervención —dijo Ryder.

—Fuera.

Nadie se movió. Mason fue el único que tuvo la decencia de parecer ligeramente incómodo.

—Mamá nos ha dicho que Madison se ha marchado.

—Mamá debería aprender que las vidas de sus hijos no son un boletín informativo.

—Buena suerte con eso —dijo Chase sentándose en el sofá—. De todas formas lo habríamos averiguado, así que…

—¿Tienes cerveza? —preguntó Declan abriendo el frigorífico.

—Son las cuatro de la tarde.

—No te he preguntado la hora. Te he preguntado si tienes cerveza.

—Sí, pero no te doy.

Sacó una y sonrió mientras la abría.

—Gracias.

Lo odiaba. Los odiaba a todos y, al mismo tiempo, una parte pequeña y patética de mí agradecía que estuvieran allí porque, si me quedaba solo mucho más tiempo, probablemente acabaría oliendo la almohada de Madison y había límites en la cantidad de humillación que un hombre podía soportar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Mason.

—Nada.

Cassidy resopló.

—Sí, claro. Madison se ha cogido al bebé, ha metido sus cosas en una maleta y se ha ido a Ohio porque todo va fenomenal.

—Solo se ha ido unos días.

—¿Por qué?

—Para pensar.

Ryder hizo una mueca.

—Uf.

Lo señalé.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Poner esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de «Estás jodido, hermano».

—No era esa cara.

—Era exactamente esa cara. Y quiero que la quites.

—Bueno —intervino Chase—, técnicamente estás bastante jodido.

—Gracias por el apoyo.

—A eso hemos venido.

Le hice un corte de mangas antes de volver a repetir que no quería hablar del tema, pero nadie se movió.

¿Y de qué me extrañaba? Los Rich no entendíamos bien el concepto de dejar a alguien sufrir en paz.

Probablemente porque nuestros padres nos habían criado prácticamente en comuna y, a aquellas alturas, meternos en la vida de los demás era una especie de derecho constitucional.

Mason se sentó en el sillón que había frente a mí.

—A ver, ¿qué dijo Madison exactamente?

Suspiré y me froté la cara con ambas manos.

No quería repetir aquella conversación. Bastante tenía con llevar horas reproduciéndola en mi cabeza, buscando el momento exacto en el que todo se había ido a la mierda, pero cedí porque… no sé, porque tal vez entre todos lográramos entender algo.

—Dijo que todo ha ocurrido demasiado rápido. Que nos hemos precipitado y que nos hemos dejado llevar por una especie de burbuja de familia feliz desde que nació Noah.

Cassidy dejó de juguetear con su teléfono y me miró elevando una ceja.

—Eso es muy específico.

—También dijo que necesitaba saber qué pasaría entre nosotros, o qué hay entre nosotros, independientemente de Noah.

Decirlo en voz alta hizo que algo se removiera dentro de mí. Otra vez. La misma sensación desagradable que había tenido cuando Madison pronunció aquellas palabras, solo que con cinco pares de ojos mirándome y frunciendo el ceño.

—¿Y tú qué dijiste? —preguntó Mason.

—¿Qué coño iba a decirle? Que no entendía de dónde venía todo aquello. Hace unos días estábamos bien, joder. Luego el bebé tuvo fiebre y todo se fue a la mierda.

Estábamos más que bien. Habíamos pasado de ser dos desconocidos unidos por un hijo sorpresa a construir algo que, por primera vez en mucho tiempo, me hacía desear terminar mi jornada laboral para volver a casa corriendo.

Me gustaba encontrarla allí. Me gustaban sus cosas desperdigadas por mi piso, escucharla hablar con Noah como si el niño pudiera responderla.

Joder, hasta me gustaba que discutiera conmigo por tonterías.

Me gustaba despertarme teniéndola entre mis brazos. Me encantaba eso.

Y nada de eso tenía que ver con Noah. O sí. No sabía ni qué pensar ya.

—Espera —dijo Ryder—. ¿Crees que el problema es Noah?

—Noah nunca sería un problema. Yo no he dicho eso.

—Eso lo está preguntando él —intervino Mason.

—¿Os podéis explicar mejor?

—¿Y si se está preguntando si lo vuestro es solo porque tenéis a Noah? —preguntó Ryder. Abrí la boca para decir algo, pero no salió nada, así que mi hermano siguió—. Puede que Madison piense que estáis juntos porque tenéis un hijo sorpresa, pero no porque os hayáis elegido libremente.

Abrí de nuevo la boca, esta vez para negarlo todo, pero entonces resonaron algunas cosas en mi mente, como esa frase de que nos habíamos precipitado amparados en el nacimiento de Noah. O esa que tanta me jodió acerca de crear una burbuja de familia feliz.

Joder. ¿Y si era eso?

—Es una gilipollez —murmuré, pero ya no estaba seguro.

—Puede —dijo Chase—. O puede que ella se esté convenciendo de cosas que no son. No lo sabremos, a no ser que le eches huevos.

Me levanté, porque de pronto estar sentado me resultaba insoportable. Crucé el salón, llegué hasta los ventanales y contemplé Central Park sin verlo realmente.

¿Madison pensaba que estaba con ella solo por nuestro hijo?

La idea era tan absurda que mi primera reacción era cabrearme, pero no podía evitar las pistas.

Y sí, Noah nos había cambiado la vida, por supuesto que me sentía responsable por él y por supuesto que era lo más importante para los dos desde el momento en que nació, pero Noah no era lo único que yo quería.

De repente me aterrorizaba la idea de que Madison estuviera convenciéndose de teorías que nada tenían que ver con la realidad. Repasé mentalmente nuestra relación hasta el momento:

Yo había insistido en que se mudara conmigo para estar cerca de mi hijo.

Incluso le dije que no iba a llevárselo lejos ahora que sabía de su existencia.

Compré un montón de cosas para Noah en mi empeño de convencerla de quedarse y me ocupé de ser un padre lo bastante bueno como para que se diera cuenta de que no era un inútil, aunque aquello me hubiera llegado de sorpresa, igual que a ella.

Intenté ser un pilar en todo momento y, en algún punto, quise más de ella.

Y se lo dejé claro y lo disfrutamos los dos, joder. El sexo había sido increíble.

Pero si obviaba eso y me concentraba en pensar como Madison, podía encontrar un fino hilo entre sus emociones y el hecho de que todo había sido demasiado rápido y tal vez creía que estaba con ella porque era la madre de mi hijo.

Y no porque estuviera obsesionado también con ella, que era la realidad.

Me apoyé contra el cristal del ventanal y cerré los ojos, intentando desesperadamente aclarar mi mente para seguir pensando como ella.

Pensé en aquella primera noche irremediablemente. Cuando todavía era Sally, y no Madison. Cuando la deseé tanto que sentí que una noche no bastaba. Pensé en todas las veces que la busqué después, intentando encontrarla a la desesperada.

Había terminado aceptando que no volvería a verla, pero ella volvió a mi vida de la manera más impensable.

Sí, Noah había sido una sorpresa, pero no era la razón por la que quería a Madison en mi vida. O no la principal, al menos.

La razón principal era que la quería, joder.  Estaba locamente enamorado de ella y, si iba a dejarme, lo menos que podía hacer era escucharlo de mis propios labios y luego tomar una decisión.

No sabía qué demonios estaba pasando por la mente de Madison, ni cuáles eran sus dudas, pero si quería espacio para aclararse, antes iba a tener que escuchar mi versión de nuestra relación. Después, que pensara en lo que quisiera, pero con todas las cartas sobre la mesa.

—Tengo que ir a Ohio —dije a mis hermanos, girándome con tanta decisión que me mareé un poco.

—Por fin ha dicho algo que merece la pena escuchar —dijo Cassidy a los demás—. Deberías pedirle a mamá el anillo de la familia.

—No digas tonterías. No voy a pedirle que se case conmigo… todavía. Solo voy a… voy a explicarle cómo son las cosas y todos los motivos ajenos a Noah por los que estoy loco por ella. Y después, que decida si me quiere o me da la patada para siempre.

Mis hermanos sonrieron, lo que me infundió ánimo, porque lo cierto era que, mientras planeaba ir a Ohio a convencerla de que estaba loco por ella y debíamos ser una familia, me sentía acojonado, porque si eso no bastaba…

si mis sentimientos por ella no bastaban para hacerla volver a casa, no tenía ni idea de qué hacer.

Si algo tenía claro, desde luego, es que mi vida nunca volvería a ser la misma. Madison había marcado un antes y un después, me gustara o no. Y pensaba hacer todo lo posible por recuperarla.