¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) Epílogo
100%

Epílogo

Madison

Un año después

Me até el pelo en una coleta rápida. Tan rápida que creo que no tardé más de treinta segundos en hacerlo, pero para cuando terminé, mi hijo había sacado de alguna parte un bolígrafo y apuntaba a la pared con una sonrisa que conseguía derretirme casi siempre.

—Noah, no.

Me miró, pero no pareció especialmente atemorizado. Volvió a mirar el bolígrafo que sostenía entre sus dedos regordetes y después la pared impoluta que seguía delante.

—Ni se te ocurra —insistí.

Sonrió y se me aceleró el corazón, porque conocía esa sonrisa. Era la misma que ponía su padre justo antes de hacer algo que sabía perfectamente que iba a sacarme de quicio.

—Noah Rich, detente ahora mismo. —La punta del bolígrafo tocó la pared y no me contuve más—. ¡Noah!

Lejos de asustarse o llorar, soltó una carcajada y salió corriendo con paso tambaleante hacia una de las habitaciones mientras me quedaba contemplando la pequeña raya azul que acababa de dejar en una pared que habían pintado hacía exactamente dos días. Dos.

Cerré los ojos y respiré profundamente. Todo el mundo hablaba de los terribles dos, pero desde que Noah había empezado a caminar, yo estaba experimentando los terribles uno. No quería imaginar cómo sería más adelante.

—¡Hunter! Tu hijo acaba de destrozar la pared.

Oí la risa del culpable y un segundo después mis dos chicos aparecieron en el salón sonriendo de la misma forma. A veces me abrumaba mirarlos y ver cuánto se parecían, aunque cada uno tenía sus propios rasgos característicos. No eran fotocopias, pero nadie podía negar que Noah era hijo de Hunter.

—¿Mi hijo, eh? Pero cuando come bien es tu hijo. Y cuando duerme del tirón es tu bebé. Y…

—Bueno, tengo un arsenal de anécdotas que me ha contado tu familia que demuestran que eras un pequeño gamberro, igual que él. ¡Ha destrozado la pared!

—No creo yo que pintar dos centímetros sea…

—Fuera. Los dos. Largo de mi vista.

Noah rio en alto porque, al parecer, encontraba gracioso que me enfadara, y Hunter rio con él porque sabía que bastarían un par de carantoñas para ablandarme. Aun así, se quitaron de mi vista mientras yo me acercaba a la pared para examinar la pintada.

Por suerte habíamos puesto pintura lavable en toda la casa, intuyendo que venían tiempos en los que íbamos a ponerla a prueba.

Fui a la cocina a por un trapo húmedo y limpié la pared con cuidado.

Teníamos servicio de limpieza, pero todavía no me sentía cómoda del todo dejando que lo hicieran absolutamente todo.

Pensé, no por primera vez, en lo increíble que era mi vida y que jamás habría imaginado terminar así.

Bueno, siendo justa, nunca había imaginado el noventa por ciento de las cosas que habían ocurrido en mi vida durante los últimos dos años.

No sabía que un contrato temporal en Nueva York y una maleta convencida de que regresaría a Ohio acabarían conmigo haciendo todo lo contrario en menos de un año.

No imaginé, ni por asomo, que conocería a un desconocido guapísimo en un bar y acabaría teniendo con él la mejor noche de sexo de mi vida.

Y desde luego, no había imaginado que nueve meses más tarde entraría en Urgencias pensando que tenía un cólico nefrítico para averiguar que lo que tenía dentro era un bebé.

Mucho menos hablamos de la fantasía disparatada que habría supuesto pensar que el ginecólogo que atendería el parto sería el padre del bebé.

Terminé de limpiar la pared justo a tiempo de atender la llamada de una clienta, que quería preguntarme cuándo tendría lista la habitación de sus hijos de seis y ocho años. Sonreí, charlé con ella un momento y le expliqué que ya casi estaba acabándola.

Poder dedicarme a la decoración de habitaciones y espacios infantiles, tal como yo había soñado, fue solo otra de las cosas increíbles que ocurrieron desde que Hunter Rich irrumpió en mi vida.

Tenía un horario de trabajo cómodo, podía manejarme perfectamente con Noah y la conciliación no era un problema gracias al millón y medio de personas apellidadas Rich o Montgomery que se ofrecían a hacerme de canguro constantemente.

Hablando de los Rich y Montgomery… tuvieron mucho que ver en que mi negocio prosperara rápido. Brielle, por ejemplo, hacía fotos de cada habitación que acababa y, no solo las subía a sus redes sociales, sino que las enseñaba a los clientes con recién nacidos que fotografiaba.

Mis cuñados y mi cuñada me hacían de canguro y me aconsejaban a partes iguales acerca de aspectos como inversiones, negocios y demás.

Mis suegros eran los seres más amables del mundo y hasta mis padres habían empezado a visitar Nueva York más a menudo y habían aceptado alojarse en uno de los apartamentos de invitados para hacerlo todo más fácil.

La vida era preciosa. Tan preciosa que a veces tenía miedo de despertar y darme cuenta de que todo había sido un sueño.

Había días en los que la ansiedad se empeñaba en hacer que tuviera las cosas un poquito difíciles pero luego recordaba todo lo que había conseguido. El hombre, el hijo, el trabajo y los sueños que aún faltaban por cumplir.

Lo tenía todo, o casi todo, y trabajaba sin descanso para seguir alcanzando metas.

Fui a la habitación después de colgar a mi clienta y me quedé mirando a Hunter, que hacía cosquillas a nuestro hijo mientras él se revolcaba sobre la alfombra de nuestro dormitorio.

Contuve un suspiro. Joder, era increíble que todavía tuviera el poder de ponerme nerviosa solo con verlo.

Seguía habiendo momentos en los que verlo aparecer con el pelo revuelto, la camisa remangada hasta los codos y esa sonrisa suya torcida me ponían muy difícil no saltarle encima y marcarlo como una troglodita.

O ir gritando por la calle que ese hombre era mío.

—¿Qué tal el atentado terrorista contra la pared? ¿Ha salido fácil la mancha? —preguntó Hunter, ajeno a mi tren de pensamientos.

—Mmm, sí, por suerte.

Hunter se levantó con nuestro hijo en brazos, se acercó y me besó, haciendo que Noah riera, como cada vez que nos veía besarnos.

—Estás preciosa en modo madre mandona, ¿sabes? Tan preciosa que, si tuviéramos más tiempo, haría lo imposible por dejar a Noah entretenido, llevarte a algún rincón de casa y…

—No empieces algo que no puedes acabar, amigo —dije contra su boca, haciéndolo reír.

Palmeó mi trasero y se despegó de mí a duras penas antes de guiñarme un ojo.

—Vamos, mami, no podemos llegar tarde a la reunión familiar.

Los seguí hacia la puerta recordando los tiempos en los que esas palabras me habrían hecho temblar ante la perspectiva, pero en aquellos instantes reunirme con su familia era uno de mis planes favoritos.

Atrás quedaron los días en que mi futuro en Nueva York era incierto. Ahora sabía a dónde pertenecía, y no solo me refería a Hunter.

Tanto Noah como yo habíamos sido captados por los Rich-Montgomery y no me a avergonzaba admitir que yo era de donde ellos fueran. Que iría a donde ellos fueran. Éramos como una secta, pero sin orgías ni muertes dramáticas de por medio.

***

La cafetería del edificio estaba a reventar cuando llegamos, pero eso no impidió que mi hijo aplaudiera encantado en cuanto un montón de voces empezaron a reclamar su atención.

Pauline me lo cogió en brazos antes incluso de que pudiera quitarle la chaqueta. El niño aceptó encantado, porque adoraba a su abuelita. ¿Cómo no iba a ser feliz? A su alrededor había aproximadamente veinte personas deseando hacerlo feliz y consentirlo.

—Hola a ti también —le dije a la espalda de mi suegra.

—Hola, cariño. Es que llevo mucho sin verlo.

Lo había visto el día anterior, pero preferí no recordarlo.

—¡Abu! —gritó Noah, haciendo que Pauline se derritiera aún más.

—Mi niño precioso.

—¿Ves? —miré a Hunter—. Ya no existimos.

—Yo dejé de existir el día que nació. No te quejes.

Nos reímos y entramos en la cafetería para integrarnos en el caos habitual. Los Rich-Montgomery no sabían hacerlo de otra manera.

Había comida suficiente para alimentar a un equipo de futbol, varias conversaciones simultaneas transcurrían a la vez y alguien estaba discutiendo de fondo, como siempre.

Seguramente era Cassidy.

—¡No he dicho que sea feo! —exclamó en aquel momento.

—Has dicho literalmente que parece una patata —respondió Declan.

—He dicho que todos los recién nacidos parecen patatas.

—Noah no parecía una patata —intervine.

Cassidy me miró con una sonrisa maliciosa.

—Madison, Noah parecía una patata con orejas.

Hunter frunció el ceño.

—¿Otra vez con eso? Dejad mis orejas en paz.

—Nadie está hablando de tus orejas desde que has llegado.

—Has dicho que mi hijo parecía una patata con orejas.

—Porque lo parecía.

—Todo el mundo tiene orejas, Cassidy.

—Pero las tuyas son más grandes.

—Joder.

Me eché a reír, ignorando la ofensa de mi chico, y me acerqué a la mesa contenta de sentirme lo bastante cómoda como para ignorarlos a los dos.

Aquello también se había convertido en hogar para mí. Las comidas largas, las discusiones absurdas, las interrupciones y la absoluta incapacidad de aquella familia para respetar el espacio personal de nadie.

Noah crecería rodeado de todo aquello y eso era algo que me hacía sentir una felicidad difícil de describir con palabras.

Para él sería normal entrar en un ascensor y que cada botón fuera la planta en la que vivía un familiar. A veces me preguntaba si algún día se daría cuenta de la suerte que tenía y lo difícil que era para muchos niños crecer tan protegidos y amparados.

Probablemente no.

Holly apareció corriendo y Noah se removió de inmediato en brazos de Pauline, señalando a la niña y gritando algo ininteligible que seguramente pretendía ser su nombre.

La niña sonrió y abrió los brazos justo antes de que mi hijo se tambaleara hacia ella y se estrellara contra sus piernas. Isla, que venía detrás, controló que Holly lo cogiera bien en brazos cuando quiso hacerlo.

—Con cuidado, peque. Como lo tires, tu tío Hunter me hará rellenar un parte completo de accidentes.

—Lo haría —admitió Hunter.

—Lo sabemos —dijo Isla riendo.

Me acerqué para abrazarla. En aquel tiempo, nos habíamos hecho inseparables y adoraba tenerla en mi vida.

Fui consciente de que Mason, pese a estar hablando con Chase, concentró toda su atención en Isla mientras esta me abrazaba. Apenas fue un segundo, nada perceptible para casi nadie… salvo para mí, que llevaba meses fijándome en aquellos micro gestos.

Hunter apareció junto a mí y, cuando Isla pasó de largo, se acercó a preguntarme.

—¿Qué mirabas tan concentrada?

—Nada.

—Estabas mirando a mi hermano fijamente y…

—He dicho que nada, cotilla.

—Yo no cotilleo— dijo ofendido.

Solté una carcajada.

—Claro que no, cielo. Tú solo observas cómo observo, ¿no?

—Exacto. Mucho más elegante, querida.

Le di un pequeño golpe en el pecho.

—Cállate.

Él rio y se llevó mis dedos a los labios para besarlos y mordisquearlos un poco, haciendo que algo en mi estómago se tensara. Dios, odiaba y me encantaba al mismo tiempo que fuera capaz de alterarme tanto incluso frente a toda su familia.

Carraspeé y miré alrededor para intentar librarme de las ganas de llevarlo a nuestro piso y hacer con él un montón de indecencias que me nublaban la mente en ese instante.

Cassidy había empezado otra discusión. George intentaba conseguir que Noah comiera algo que no estuviera cubierto de chocolate, Pauline decía que lo dejara porque era domingo y se lo merecía y Holly reía por algo que Isla acababa de decirle al oído.

Caos. Muchísimo caos, pero el tipo de caos que ya adoraba.

Apoyé la cabeza en el hombro de Hunter y contuve un suspiro.

—¿Sabes que dentro de unos meses hará dos años que llegué a Nueva York?

—Lo sé.

—¿Ah, sí?

—Difícil olvidarlo. Esa misma noche me ligué a una chica que me dio un nombre falso.

—Qué rencoroso.

—Recuerdo exactamente lo que llevabas la primera vez que te vi.

—Qué romántico.

—Y recuerdo exactamente lo mucho que disfruté al quitártelo todo.

—Hunter.

—Sobre todo lo que había debajo.

—Idiota —dije para intentar librarme del rubor que me provocaban sus palabras.

—Pero me quieres.

—Muchísimo, por desgracia.

Hunter rio y me besó.

—Eh —protestó Ryder—. Algunos estamos comiendo.

Hunter se separó lo justo para mirarlo.

—Pues concéntrate en tu plato.

—No puedo. Tengo ojos periféricos.

—Ese no es mi problema.

—¿Podéis dejar de comportaros como adolescentes? —preguntó Pauline.

—Ha empezado él —dijeron Hunter y su hermano a la vez.

Los miré y me eché a reír.

Sí, aquello era exactamente lo que quería en mi futuro durante toda la vida, aunque sonara loco.

Durante mucho tiempo había imaginado mi futuro en una casa en Ohio.

Un porche, niños corriendo por el jardín y una vida tranquila y predecible.

No había conseguido nada de eso. Vivía en mitad de Manhattan, en un edificio lleno de una familia incapaz de mantenerse al margen.

Había tenido un hijo sin saber que estaba embarazada y me había enamorado del hombre con el que se suponía que iba a pasar una sola noche.

Para terminar, había construido una carrera que ni siquiera sabía que quería hasta que la tuve delante.

Mi vida no se parecía en nada a lo que siempre había imaginado. Y menos mal, porque era muchísimo mejor. Porque el hogar no había resultado ser el sitio en el que había crecido, ni aquel al que siempre pensé que regresaría.

Mi hogar había acabado siendo aquello: Noah. Hunter. Una ciudad inmensa y una familia aún más inmensa.

—Bueno —dijo Mason irrumpiendo mis pensamientos de pronto.

No fue la palabra. Fue el tono. Hubo algo en la forma en que lo dijo que consiguió que toda la familia guardara silencio para mirarlo.

Se puso de pie, lo que hizo fruncir el ceño a todo el mundo. Sobre todo cuando nos dimos cuenta de que parecía nervioso.

Mason Rich jamás se ponía nervioso, o eso llegué a pensar yo. El hombre que podía enfrentarse a un juez, discutir con su madre y controlar a todos sus hermanos sin alterarse apenas estaba… raro.

Hunter debió pensar lo mismo, porque se puso alerta de inmediato.

—¿Qué pasa?

Mason metió las manos en los bolsillos.

—Tengo algo que deciros.

—¿Has matado a alguien? —preguntó Cassidy.

—¿Por qué iba a haber matado a alguien, joder?

—No sé. Tienes cara de haber cometido un crimen.

—Cassidy —la reprendió Pauline.

—¿Qué? Está rarísimo.

Lo estaba. Miré a Isla. Ella también estaba de pie ahora y, a diferencia de Mason, parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por no desmayarse.

Volví a mirar a Mason. Después a Isla. Luego a Holly.

La niña tenía una sonrisa tan grande que prácticamente le ocupaba toda la cara.

Mason soltó el aire, agarró la mano de Isla, miró a toda la familia y soltó el bombazo más grande que nadie había soltado desde que yo llegué con un bebé sorpresa.

—Isla y yo vamos a casarnos.