¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 18
81%

18

Madison

Los siguientes días fueron extraños. Mis padres seguían en Nueva York, instalados en un hotel, por mucho que Pauline insistiera cada vez que los veía en que estarían mucho más cómodos en uno de los apartamentos de invitados del edificio.

Mamá continuaba negándose en redondo, aunque cada día pasaban más horas con nosotros que en el dichoso hotel.

Su llegada había cambiado por completo la dinámica de las últimas semanas.

Hasta entonces, incluso con Hunter trabajando de nuevo, seguíamos teniendo nuestros momentos a solas.

Nuestras cenas, nuestras noches en el sofá, esos ratos en los que Noah se dormía y, por unas horas, el apartamento volvía a pertenecernos solo a nosotros.

Ahora mis padres querían recuperar todo el tiempo perdido con su nieto y yo no podía culparlos por ello.

Aun así, echaba de menos nuestra burbuja.

El día que todo empezó a desestabilizarse ya comenzó mal. Lo recuerdo como si fuera ayer. Nada más prepararme el café a primera hora de la mañana, la taza se me resbaló de las manos, cayó al suelo y se hizo añicos.

Nunca había sido especialmente supersticiosa, pero aquello me dejó una extraña sensación en el cuerpo. Como si fuera una advertencia de que ese día nada iba a salir como esperaba.

Y, por desgracia, no me equivocaba.

Cuando Noah se despertó, lo noté especialmente alicaído. Hunter no estaba en casa porque tenía turno de mañana en el hospital y, justo ese día, mis padres habían tenido que ocuparse de unos asuntos relacionados con el regreso precipitado de su viaje, así que estábamos solos.

Al principio intenté no preocuparme. Noah tenía uno de esos días en los que parecía querer estar pegado a mí constantemente. Mamaba menos de lo habitual, protestaba por todo y, cada vez que conseguía que se durmiera, volvía a despertarse al poco rato.

Pero a medida que avanzaba la mañana, esa sensación extraña que me había acompañado desde que la taza se hizo añicos empezó a crecer.

Algo no iba bien.

La confirmación llegó cuando, al cogerlo para cambiarle el pañal, noté que estaba más caliente de lo normal. Fui directa a por el termómetro. Estaba en treinta y ocho. Noah tenía fiebre.

Empecé a agobiarme pensando en todo lo que podía estarle pasando sin que yo lo supiera. Era aún muy pequeño, todavía no había recibido sus primeras vacunas y yo no tenía ni idea de qué era normal en un bebé de su edad y qué debía hacerme salir corriendo hacia Urgencias.

Intenté llamar a Hunter, pero me saltó el buzón de voz. Quizá estaba atendiendo un parto o metido en una consulta. No sabía cuánto tardaría en poder devolverme la llamada y, con Noah ardiendo entre mis brazos, decidí que no iba a esperar para averiguarlo.

Escribí en el chat familiar de los Rich para avisar de que llevaba a Noah a Urgencias y Ryder respondió casi al instante. Ese día libraba y se ofreció a llevarnos.

Cuando llegamos a Urgencias Pediátricas nos hicieron pasar enseguida. Ser el nieto del dueño del hospital, por lo visto, te daba ciertos privilegios, como saltarte una sala de espera llena de niños enfermos y padres con cara de llevar allí media vida.

No me sentí especialmente orgullosa de ello, pero con Noah tan pequeño y con fiebre, tampoco iba a ser yo quien pidiera que nos devolvieran al final de la cola.

Una enfermera nos condujo hasta un box y, apenas unos minutos después, apareció un pediatra.

El hombre, muy amable, lo revisó de arriba abajo, me hizo unas cuantas preguntas y, después de realizarle las pruebas pertinentes, regresó con una sonrisa que consiguió que volviera a respirar con normalidad.

—Todo apunta a un proceso vírico. Ahora mismo no hay nada que nos haga pensar que sea algo grave.

—¿Entonces podemos irnos a casa?

—Sí, pero siendo tan pequeño quiero que lo vigiles muy de cerca. Ofrécele el pecho con frecuencia, aunque haga tomas más cortas de lo habitual. Lo importante es que siga hidratándose.

Asentí, intentando memorizar cada palabra.

—¿Y para la fiebre puedo darle algo?

—Te voy a dejar por escrito la pauta adecuada según su peso.

Si está muy decaído o cuesta despertarlo, respira con dificultad, rechaza varias tomas seguidas, moja muchos menos pañales, vomita repetidamente, aparece alguna erupción que te preocupe o simplemente notas que está peor, volvéis inmediatamente.

Y si la fiebre persiste o vuelve a subir, tráelo de nuevo también.

Miré a Noah, que descansaba contra mi pecho bastante ajeno al infarto que había estado a punto de provocarme.

—¿Seguro que está bien?

El pediatra sonrió.

—Ahora mismo, sí. Y has hecho bien trayéndolo.

Ryder nos esperaba fuera de la consulta. Cuando salí, estaba hablando con un par de enfermeras que le sonreían con bastante más entusiasmo del que parecía requerir la conversación.

Por supuesto, todos los hermanos Rich eran atractivos y el bombero de la familia no era precisamente la excepción.

En cuanto me acerqué, las enfermeras se despidieron y siguieron su camino.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Ryder, olvidándose de ellas al instante.

—Bien. Parece que solo es un proceso vírico.

—Menos mal. —Miró a Noah y le acarició suavemente la cabeza—. Nos has dado un buen susto, pequeñajo.

Solté el aire que parecía llevar conteniendo toda la mañana.

—¿Sabes dónde está Ginecología? Me gustaría acercarme a ver a Hunter. He intentado llamarlo antes, pero no he conseguido localizarlo.

—Claro. Está en la cuarta planta. —Ryder señaló los ascensores—. Si quieres, te acompaño.

—No hace falta. Ya has hecho bastante trayéndonos.

—No tengo nada mejor que hacer.

Miré de reojo a las dos enfermeras que todavía se alejaban por el pasillo.

—No sé yo.

Ryder siguió mi mirada y sonrió.

—Créeme, Madison. Nada que no pueda esperar.

Puse los ojos en blanco y pusimos rumbo a la cuarta planta. Al llegar a Ginecología, Ryder me pidió que esperara mientras preguntaba en recepción si alguien había visto a Hunter.

Me quedé junto a Noah, meciendo suavemente el carrito, cuando escuché una conversación que no tenía ninguna intención de escuchar.

Hasta que mencionaron a Hunter.

—Es que sigue pareciéndome muy fuerte que el bebé del embarazo críptico resultara ser hijo de Hunter —comentó una enfermera.

—Imagínate cómo me sentó a mí —intervino otra.

—Bueno, pero vosotros llevabais poco tiempo juntos, ¿no?

—¿Y? Todo iba bien hasta que apareció ella con un bebé bajo el brazo.

Espera, ¿qué?

Las miré de reojo. Eran tres enfermeras y no conocía a ninguna de ellas, pero la que acababa de hablar tenía los brazos cruzados y una expresión que dejaba bastante claro que aquella conversación la afectaba de forma personal.

¿Hunter tenía pareja cuando nació Noah?

¿Por qué no me había dicho nada?

—Ya os digo que, si no hubiera sido por el bebé, Hunter y yo seguiríamos juntos.

Sentí que algo desagradable se instalaba en la boca del estómago. Quise ignorar el comentario de aquella mujer despechada, marcharme, dejar de escuchar, pero no hice nada de eso.

Mala idea.

—¿Entonces confías en que vuelva contigo cuando se canse de jugar a las familias felices? —preguntó una de las enfermeras.

—Quién sabe. —Se encogió de hombros—. Aún noto cómo me mira cuando nos cruzamos por los pasillos.

Seguro que solo está con ella porque cree que es lo que debe hacer.

Ya lo conocéis, Hunter siempre ha sido demasiado responsable.

Ahora tiene un hijo con esa mujer y habrá decidido que lo correcto es intentar formar una familia con ella.

Quizá, cuando pase un tiempo y se dé cuenta de que eso no es suficiente…

Entonces sí, no quise escuchar más.

Me aparté de allí con el corazón latiéndome demasiado deprisa y una idea que, por mucho que intentara apartarla, ya había conseguido instalarse en mi cabeza.

¿Y si esa enfermera tenía razón?

¿Y si Hunter no estaba conmigo porque se hubiera enamorado de mí, sino porque tener un hijo juntos nos había empujado hasta allí?

¿Hunter habría querido estar conmigo si Noah no existiera?

Vi a Ryder regresar por el pasillo y me obligué a recomponerme antes de que llegara hasta mí. No lo conseguí demasiado bien.

—He preguntado en recepción. Está en quirófano, asistiendo una cesárea. No saben cuánto tardará. —Dio un par de pasos más hacia mí y entonces frunció el ceño—. Madison, ¿estás bien?

—Sí.

—Pues no lo parece. Te has puesto blanca.

Bajé la mirada hacia Noah, que seguía dormido, ajeno a todo lo que acababa de ocurrir.

—Estoy bien. Solo… ¿puedes llevarnos a casa, por favor?

Ryder me observó durante unos segundos, como si estuviera planteándose si insistir, pero finalmente asintió.

—Claro.

Se lo agradecí.

Porque una conversación de apenas unos minutos había conseguido hacer tambalear algo que hasta entonces había creído firme.