17
Madison
A la mañana siguiente de la noche de sexo más increíble de toda mi vida, desperté con el sonido insistente del timbre de la puerta taladrándome los oídos.
Fuera quien fuera, tenía muchísima prisa por que abriéramos.
—¿Le habrá pasado algo a Noah? —pregunté, incorporándome de golpe y buscando a tientas la ropa que había dejado tirada junto a la cama.
Hunter abrió un ojo, después el otro, y cogió el móvil de la mesita de noche.
—Imposible. Si le hubiera pasado algo, antes habrían llamado. O escrito. O entrado directamente sin molestarse en usar el timbre.
Bueno, eso último tenía bastante sentido tratándose de su familia.
Aun así, no me quedé tranquila.
Me puse la ropa a toda prisa y salí del dormitorio mientras Hunter se quedaba atrás buscando algo que ponerse.
Ni siquiera me molesté en mirar por la mirilla.
Estaba convencida de que tenía que ser algún Rich-Montgomery.
Al fin y al cabo, entrar en aquel edificio no era precisamente fácil y, a esas alturas, casi todos parecían considerar nuestra casa una extensión de la suya.
Abrí la puerta y me quedé blanca, porque al otro lado no estaba Cassidy, ni Pauline, ni ninguno de los hermanos de Hunter.
Estaban mis padres… mis queridos padres.
Los mismos que, hasta donde yo sabía, deberían encontrarse a miles de kilómetros de Nueva York disfrutando de la vuelta al mundo de sus vidas.
Mi madre me miraba con los brazos cruzados y una expresión de enfado que no le había visto desde que, con dieciséis años, estampé su coche contra el buzón de los Henderson. Y mi padre estaba a su lado, bastante más sereno, aunque tampoco parecía precisamente encantado de verme.
Parpadeé. Una vez. Dos.
—¿Mamá? ¿Papá?
—Hola, Madison —respondió mi madre.
Tragué saliva mientras mi cerebro empezaba a trabajar a toda velocidad. Porque había algo evidente: si habían llegado hasta el apartamento de Hunter significaba que sabían quién era él. Y si sabían quién era él…
Oh, Dios mío.
—¿Cómo os habéis enterado?
Mi madre arqueó las cejas.
—¿Te refieres a cómo nos hemos enterado de que nuestra única hija estaba embarazada, ha dado a luz, ha tenido un bebé y se ha mudado al piso de un hombre al que ni siquiera nos ha presentado?
—Cuando quería, mi madre podía ser aterradoramente eficiente resumiendo todas tus malas decisiones en una sola frase.
—Bueno… dicho así suena fatal.
—¿Hay alguna forma de decirlo en la que suene mejor?
Abrí la boca.
La cerré.
No. Definitivamente no la había.
—¿Podemos entrar o vas a tenernos aquí, en la puerta, todo el día?
Me aparté de inmediato para dejarlos pasar.
—¿Y vuestro viaje?
Mamá se detuvo frente a mí.
—Nuestro viaje quedó cancelado en el mismo momento en que nos enteramos de todo lo que nos estabas ocultando, Madison Grace Clark.
Oh, mierda.
Que mi madre utilizara mi segundo nombre y mi apellido solo podía significar una cosa: estaba furiosa. Y había pocas cosas en este mundo que dieran más miedo que mi madre furiosa.
—¿Hola?
Cerré los ojos un segundo.
No.
No, no, no.
Hunter acababa de aparecer al final del pasillo. Se había puesto unos pantalones y una camiseta a toda prisa, pero seguía descalzo, con el pelo revuelto y la inconfundible cara de alguien a quien habían sacado de la cama hacía menos de cinco minutos.
Mi madre lo recorrió con la mirada.
Hunter la miró a ella.
Y yo consideré seriamente la posibilidad de fingir un desmayo.
—Supongo que tú eres Hunter —dijo mamá.
—Sí, señora. Hunter Rich. —Hunter me dedicó una mirada desconcertada, como si esperara que le explicara quiénes eran aquellas dos personas que habían irrumpido en su casa a primera hora de la mañana.
—El padre de mi nieto.
Eso debió proporcionarle toda la información que necesitaba, porque sus ojos se abrieron ligeramente y su expresión cambió de inmediato.
—Oh. ¿Son ustedes el señor y la señora Clark?
—Eso parece —respondió mamá.
—Es un placer conocerlos. —Hunter se acercó y le tendió la mano a mi padre primero y después a mi madre—. Los hacía todavía de viaje. Madison me contó que estaban recorriendo el mundo.
—Sí, lo estábamos —respondió mamá, recalcando el pasado con tanta intención que casi pude verlo escrito en mayúsculas.
Hunter mantuvo la sonrisa educada a pesar de todo. Supuse que tantos años ejerciendo de ginecólogo y asistiendo partos debían de haberle dado la sangre fría necesaria para enfrentarse a situaciones límite.
Al parecer, mi madre cabreada entraba dentro de esa categoría.
—Pasen, por favor. Siéntanse como en casa. ¿Quieren tomar algo? ¿Café? ¿Té? Puedo pedir que nos suban el desayuno de la cafetería.
—Lo que quiero es conocer a mi nieto.
Hunter y yo compartimos una mirada. La mía decía lo siento . La suya, tranquila, lo solucionaremos . No sé en qué momento habíamos aprendido a comunicarnos sin palabras.
Mis padres pasaron al salón y se sentaron en el sofá.
—Por supuesto —respondió Hunter—. Mi madre se quedó con Noah anoche. Vive en este mismo edificio, así que puedo llamarla para que lo baje.
Mamá frunció el ceño.
—¿Tu madre está cuidando de mi nieto?
—Bueno… también es su nieto.
—¿Y cuánto tiempo hace que tu madre sabe de su existencia?
Hunter vaciló.
—Emm…
—Ya veo. —Mamá apretó los labios—. ¿Es que ahora hay abuelas de primera y abuela de segunda?
Puede que yo no tenga un edificio con cafetería, spa y no sé cuántas cosas más de las que he visto en ese panel de abajo, pero soy tan abuela de ese niño como ella.
Y también habría querido estar aquí. Conocerlo. Cogerlo en brazos. Ejercer de abuela.
—Mamá —la corté—. Hunter y su familia no tienen nada que ver con la decisión de ocultaros a Noah.
Fui yo. Así que no lo pagues con él. Ni con su madre.
Desde que nació Noah, su familia no ha hecho otra cosa que ayudarme.
Yo solo quería que disfrutarais de vuestro viaje.
Llevabais toda la vida ahorrando para hacerlo y sabía que, si os contaba lo que había pasado, cogeríais el primer avión de vuelta.
—Por supuesto que habríamos cogido el primer avión de vuelta. ¿O acaso tu no cruzarías el mundo por tu hijo?
No supe qué responder, porque sí. Ahora que tenía a Noah sabía que cruzaría el mundo, nadaría un océano o haría cualquier otra estupidez que fuera necesaria por él.
—Aún no me has respondido —dije, recurriendo a la cobarde pero efectiva técnica de cambiar de tema—. ¿Cómo os habéis enterado?
Mamá soltó una risa sin humor.
—Por la señora Patterson.
Parpadeé.
—¿La señora Patterson?
—La vecina de Kendall —aclaró mamá.
Sabía perfectamente quién era. La señora Patterson vivía en el mismo edificio y tenía una habilidad casi sobrenatural para enterarse de cualquier cosa que ocurriera a menos de cincuenta metros de su puerta.
—Te mandamos un paquete desde Nueva Zelanda —explicó papá—. Un regalo que vimos y pensamos que te gustaría.
—Pero cuando lo entregaron no había nadie en casa —continuó mamá—. El repartidor nos envió un mensaje avisándonos de que lo había dejado en casa de una vecina. La señora Patterson.
Oh, no.
Ya empezaba a imaginar por dónde iba aquello.
—El repartidor nos dio su número de contacto, así que la llamamos para pedirle disculpas por el inconveniente...
y en cuanto le dije que era tu madre, me preguntó qué tal estaba el bebé.
Imagínate mi sorpresa cuando una mujer a la que no conocía me preguntó por un nieto cuya existencia yo desconocía.
Auch.
—Y después empezó a contarme que ya no vivías con Kendall, que te habías mudado con el padre del bebé y que…
—Vale, vale. Creo que ya he entendido cómo os enterasteis.
La señora Patterson.
De entre los ocho millones de habitantes de Nueva York, mi secreto había tenido que acabar precisamente en manos de una jubilada con demasiado tiempo libre y un doctorado honorífico en asuntos ajenos.
—Ahora tú vas a contarnos cómo demonios has podido tener un bebé sin decirnos absolutamente nada.
Cogí aire, lo dejé escapar despacio y decidí empezar por el principio. A excepción de la parte de la concepción. Esa consideré que podíamos ahorrárnosla todos.
Les expliqué que no sabía que estaba embarazada.
Que Noah había sido una sorpresa incluso para mí.
Que el día del parto había ido al hospital convencida de que tenía un cólico nefrítico y había descubierto que estaba de parto.
Que Hunter había resultado ser el ginecólogo que me atendió y, por una de esas bromas absurdas del universo, también el padre del bebé que estaba a punto de nacer.
Después les conté que, tras el nacimiento de Noah, habíamos decidido vivir juntos. Al principio por pura logística: ninguno de los dos estaba preparado para tener un bebé y compartir casa nos había parecido la forma más sencilla de aprender a ser padres juntos.
Obvié que, por el camino, las cosas entre Hunter y yo se habían complicado bastante.
—Espera, espera —me interrumpió mamá, levantando una mano—. ¿Me estás diciendo que durante nueve meses no supiste que estabas embarazada?
—No tenía ni idea.
—¿Y las náuseas?
—Nunca las tuve.
—¿Las patadas?
—Las confundí con gases.
Mamá me miró fijamente.
—¿Gases?
—Tengo colon irritable. En mi defensa diré que pasan muchas cosas raras ahí dentro.
Mi padre se llevó una mano a la boca, aunque no lo hizo lo bastante rápido como para ocultar una sonrisa.
—Esto no tiene ninguna gracia —le advirtió mamá.
—No me estoy riendo.
Pero sí, se estaba riendo.
—¿Y la barriga? —insistió ella, volviendo a mí—. Madison, un bebé ocupa bastante espacio.
—Engordé. Pensé que era por comer fatal, trabajar demasiado y no pisar un gimnasio desde hacía meses.
—¿Y la regla?
—Mamá, de verdad, ¿vamos a repasar uno por uno todos los síntomas de un embarazo?
—¡Sí! ¡Porque aparentemente mi hija puede fabricar una persona entera sin darse cuenta!
En ese momento, el timbre de la puerta sonó.
—Es mi madre —dijo Hunter, levantando ligeramente el móvil—. Le he pedido que baje con Noah.
Mamá asintió, y toda la indignación que había mostrado hasta entonces pareció desinflarse de golpe.
Hunter fue a abrir la puerta y, unos segundos después, Pauline apareció en el salón con Noah en brazos.
Mi madre se quedó completamente inmóvil.
Y mi padre también.
Fue extraño verlos así. Después de tantos reproches, tantas preguntas y tanta indignación, de pronto ninguno de los dos parecía capaz de pronunciar una sola palabra.
—Buenos días —saludó Pauline con una sonrisa—. Vosotros debéis de ser los padres de Madison. Creo que hay alguien que lleva demasiado tiempo esperando conoceros.
Se acercó a mamá y le ofreció a Noah. Ella no dudó ni un segundo. Lo cogió con cuidado, como si le estuvieran confiando la cosa más valiosa del mundo. Y, de pronto, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Hola, cariño —susurró—. Siento no haber venido antes, pero ya estoy aquí. Y prometo que voy a recuperar todo el tiempo perdido.
Le acarició una mejilla con la punta del dedo y Noah abrió los ojos, observándola con esa expresión seria que ponía cada vez que aparecía una cara nueva frente a él.
—Soy tu abuela —añadió mamá, y se le quebró un poco la voz al decirlo—. Tu abuela. Dios mío…
Papá se acercó por detrás y se inclinó para verlo mejor.
—Yo también quiero cogerlo.
—Pero si acabo de hacerlo yo.
—¿Y cuándo se supone que es mi turno?
—Cuando lo considere necesario.
Papá resopló, pero la sonrisa que intentaba contener terminó por aparecer mientras volvía a inclinarse hacia Noah.
—Hola, campeón. Yo soy tu abuelo. Con tu abuela voy a tener que organizar un sistema de turnos para poder cogerte.
Noah agitó uno de sus pequeños puños y papá le ofreció un dedo, que él atrapó casi de inmediato. La expresión de mi padre cambió por completo.
—Mira —murmuró, maravillado—. Me ha cogido.
Sentí que algo se me encogía por dentro.
Había imaginado muchas veces cómo sería el momento en que mis padres conocieran a Noah. Solo que, en todas esas versiones, no había una madre furiosa, un crucero cancelado ni yo llevaba la ropa arrugada después de haber pasado la noche acostándome con el padre de su nieto.
Aunque, pensándolo bien, últimamente mi vida no parecía especialmente interesada en seguir ninguno de mis planes.
***
Unas horas más tarde, mamá y papá seguían en el salón, turnándose para coger a Noah.
Estábamos solos. Pauline se había marchado hacía rato, no sin antes ofrecerles uno de los apartamentos de invitados del edificio para que pudieran quedarse todo el tiempo que quisieran.
Mamá, por supuesto, lo había rechazado. Había alegado que ya habían reservado un hotel, pero yo la conocía lo bastante bien para saber que su orgullo no le habría permitido aceptar aunque la alternativa fuera dormir en un banco de Central Park.
Y Hunter también había decidido darnos algo de privacidad con la excusa de que tenía unas cosas que hacer.
No me engañaba. Estaba huyendo.
Y, después de enfrentarme a mi madre durante toda la mañana, empezaba a pensar que había hecho bien.
—Cariño —dijo mamá.
Levanté la mirada. Noah dormía plácidamente entre sus brazos. Desde que Pauline se lo había entregado, apenas había consentido soltarlo más que para que papá pudiera disfrutar de sus escasos turnos de abuelo.
—¿Qué?
—¿Qué intenciones tienes a partir de ahora?
Fruncí el ceño.
—¿Mis intenciones?
—Con tu vida. Con Noah. —Hizo una pausa—. La última vez que hablamos me dijiste que, cuando terminara tu contrato, volverías a casa.
—Creo recordar que dije que ya decidiría lo que haría llegado el momento.
—Yo solo digo que Noah y tú tenéis espacio más que suficiente en casa. Además, siempre has dicho que preferías un pueblo para criar a tus hijos. Que querías que crecieran como tú.
Sí, lo había dicho.
Pero eso había sido antes de Noah.
Antes de Hunter.
Y antes de la familia Rich.
—Mamá, Hunter es su padre. No puedo simplemente coger a Noah y desaparecer.
Mamá bajó la mirada hacia su nieto y suspiró.
—Lo sé. Y tampoco te estoy pidiendo que lo hagas. Solo quiero que pienses bien qué quieres hacer con tu vida.
—Lo haré.
—Y que la próxima vez que tengas un hijo, nos avises.
Solté una carcajada.
—Te prometo que, si vuelve a ocurrir, intentaré enterarme yo también.
Papá se rio y mamá negó con la cabeza, aunque finalmente apareció una sonrisa en sus labios.
—Ven aquí, anda.
Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro mientras Noah dormía entre sus brazos.
Seguía enfadada conmigo. Probablemente tardaría bastante en perdonarme del todo.
Pero estaba allí.
Mis padres estaban allí.
Y, por primera vez desde que Noah había llegado al mundo, todas las personas que quería formaban parte de mi nueva vida.