¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 15
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Madison

Empezar una relación con alguien cuando ya tenías un hijo con él era muy extraño. Sé que parece una obviedad, pero de verdad, lo era.

No había primeras conversaciones sobre si queríamos tener hijos, por ejemplo. Ya teníamos uno.

No había que preguntarse cuándo sería apropiado quedarse a dormir en casa del otro, porque vivíamos juntos.

No existía el momento incómodo de conocer a la familia, porque su madre me había visto dar el pecho y su hermana pequeña ya me había preguntado si todavía me hacía pis al estornudar después del embarazo.

Nos habíamos saltado tantas etapas que, técnicamente, nuestra primera cita todavía estaba pendiente.

—¿Entonces qué somos? —pregunté mientras entrábamos en la cafetería del edificio.

Noah iba en el carrito y Hunter lo empujaba con la sonrisa propia de un hombre que ha dormido increíblemente a gusto después de tener tres orgasmos, aun sin penetración.

—¿Otra vez con eso?

—Necesito saberlo.

—Somos pareja.

—Suena aburrido.

—Novios.

—Suena adolescente.

—Amantes.

—Ya hablamos sobre esto.

—Lo sé, pero no sé qué quieres que te diga —dijo risueño.

—Podríamos decir que estamos saliendo. Y ya está.

—Estamos saliendo con nuestro hijo.

—No en ese sentido.

Hunter soltó una risa y besó mi frente de un modo cariñoso.

—Creo que estás complicando demasiado algo muy sencillo.

—Puede ser.

—Buenos días, tortolitos.

Cerré los ojos al oír la voz de Cassidy, porque nuestra postura no dejaba lugar a dudas de que habíamos pasado una barrera, pero más allá de eso, cuando me fijé bien, me di cuenta de que la cafetería estaba llena de miembros de la familia.

Mason ayudaba a Holly a partir unos crepes mientras Isla removía su taza de café.

Ryder llevaba ropa deportiva, indicativo de que había salido a hacer deporte bien temprano.

Declan tenía un café delante y Delilah estaba sentada a su lado robándole unos trozos de tostada pese a tener un plato propio.

Brielle trabajaba con su portátil al otro extremo de la inmensa mesa.

Y prácticamente todos estaban pendientes de nosotros.

—¿Tortolitos? —preguntó Hunter.

Cassidy sonrió con cierta malicia.

—Tal vez prefieran ser llamados «amantes».

—No —respondimos Hunter y yo a la vez.

Nuestra reacción provocó varias carcajadas, aunque ninguno entendía realmente por qué nos habíamos negado tan rápido. Nos acercamos a la mesa y Hunter colocó el carrito de Noah junto a su silla.

—Ya que estáis todos aquí, supongo que podemos ahorrarnos el anuncio individual —dijo con una sonrisa enorme, como si fuera el hombre más orgulloso del mundo.

—¿Qué anuncio? —preguntó Brielle.

—Este —dijo cogiendo mi mano y alzándola.

Elevé una ceja aguantándome la sonrisa, porque incluso yo sabía que Hunter había pecado de inocente al pensar que su familia no sabía de sobra que teníamos algo más que una relación cordial, aunque no la hubiéramos formalizado hasta la noche antes.

Las reacciones fueron tan pasivas que Hunter frunció el ceño, molesto.

—Genial, me alegro de haber compartido un momento importante con vosotros para que paséis de mí.

—Estamos felices por ti —dijo Mason sin levantar demasiado la vista del crepe de Holly—, pero entenderás que la sorpresa es casi nula. Llevas un mes mirando a esa chica como si fuera la última mujer sobre la faz de la Tierra.

Hunter me miró.

—No es verdad.

—Es bastante verdad —dije orgullosa y regodeándome un poco en la sensación de que alguien tan increíble como él babeara por mí.

—¿Tú de qué lado estás?

—Del que tenga razón. Y te mueres por mí, doctor.

Varias risas resonaron en la cafetería y Hunter, lejos de enfadarse, me dedicó una sonrisa ladeada que hizo que mis bragas corrieran peligro de bajarse solas, pese a estar sentada.

—Acabamos de empezar esta relación y ya me traicionas delante de mi familia.

—Espera, ¿ese era el anuncio? —preguntó Cassidy.

—Ajá —dije.

—Puf, menuda mierda. Pensé que a estas alturas anunciaríais la boda.

Casi me atraganté con mi propia saliva.

—¡Cassidy! —exclamé.

—¿Qué? Joder, habéis llegado creando tantas expectativas que no podéis culparme.

Ryder negó con la cabeza, divertido.

—No me encanta darle la razón a mi hermanita, pero esta vez la tiene. Anunciar una obviedad no es anunciar nada.

—Pienso igual —dijo Brielle.

—Y yo —añadió Delilah.

—Todos pensamos igual —dijo Isla.

—Yo no —terció Declan, sorprendiéndonos.

—Tú tardaste media hora en entender lo de bailar. No cuentas.

—¿Vais a estar recordándome eso toda la vida? —preguntó Declan enfadado.

—Probablemente —dijo Ryder riéndose.

Hunter suspiró, apretó mi muslo y sonrió.

—Supongo que ya hemos pasado de moda.

Las risas volvieron a extenderse alrededor de la mesa, pero esta vez no sentí que fuera porque todos los ojos estaban puestos en mí.

No me sentí juzgada, ni observada, ni fuera de lugar.

No me vi a mí misma como una desconocida que había aparecido con un bebé sorpresa y se había instalado en la vida de todos, sino como un miembro más de la familia.

Fue caótico, revelador y precioso.

Holly se levantó de su silla y se acercó al carrito en ese momento, cosa que agradecí, porque había llegado incluso a emocionarme con mis propios pensamientos.

Noah estaba despierto y movía las piernas mientras observaba el techo. La niña señaló al bebé y después clavó su pulgar en su propio pecho.

—¿Quieres cogerlo? —pregunté.

Asintió enseguida.

—Claro que sí, ven aquí.

Mason levantó la cabeza enseguida.

—Sentada, por favor.

Holly puso los ojos en blanco, haciendo que Isla soltara una pequeña carcajada.

—Tu padre tiene razón. Siéntate y deja que Madison te ayude.

La niña obedeció de inmediato. Se acomodó en una de las butacas mientras yo cogía a Noah con cuidado y lo colocaba entre sus brazos, ayudándola a sostenerle la cabeza. Isla estaba cerca de las dos, pendiente por completo de los movimientos de la niña.

—Eso es, peque —la animó—. Lo haces genial.

Holly sonrió, agradecida por el cumplido, y Noah la miró con los ojos muy abiertos. La niña hizo un gesto señalando con la carita a Noah que no entendí, pero Isla sí.

—¿Sus orejas? —Holly asintió y soltó una risita, luego miró a Hunter—. Sí, es verdad, son igualitas a las de su papá.

Todos miramos al bebé.

—Pobre niño —comentó Ryder.

—Mis orejas son normales, idiota —dijo Hunter enfadado.

—Son enormes —dijo Cassidy.

—¡No son enormes!

Me incliné hacia Noah y besé su frente con cariño.

—No te preocupes, cariño. Mamá te querrá aunque tengas las orejas de tu padre.

Hunter me miró horrorizado y toda la familia estalló en carcajadas. Incluso Holly reía agitando sus pequeños hombros.

Isla, a su lado, revolvió el pelo de la niña con cariño. Era increíble que lograra comprender lo que quería decir incluso sin gestos muy claros. Había algo precioso en la facilidad con la que ellas se comunicaban.

—¿Siempre la entiendes tan rápido? —pregunté antes de preguntarme si era apropiado o no.

Por suerte, Isla sonrió.

—Después de tantos meses juntas, sí. Aunque a veces se inventa gestos solo para ponerme a prueba. —Holly negó con energía e Isla rio—. Sí lo haces. —Volvió a negar, pero riéndose, así que la niñera acarició su cuello para hacerle cosquillas—. Mentirosilla.

Holly volvió a reír y me resultó imposible no fijarme en el modo en que Mason las observaba mientras interactuaban. No hablaba, pero su expresión… era distinta a la habitual. O a la que solía tener cuando miraba al resto de la familia. Cuando las observaba a ella casi parecía tranquilo. Relajado.

—Ha mejorado muchísimo desde que llegó Isla —susurró a mi lado, para que la niña no lo oyera—.

Antes le costaba incluso relacionarse con otros niños.

Ahora no hay quien la pare. Ni siquiera su mutismo es un impedimento.

—Holly nos miró mal, dando a entender que la había oído, y su padre alzó las manos en gesto defensivo—. El oído lo tienes increíble, hija.

Isla soltó una carcajada.

—Me alegra mucho haber ayudado tanto a Holly. Dentro de poco ya no me necesitará.

La expresión de Mason y Holly cambió en solo un segundo. Fue tan repentino que hasta la tensión se sintió en el ambiente.

—Todavía queda tiempo —dijo él con voz cortante.

Isla se encogió de hombros.

——No tanto. Me queda menos de un año, mi programa de au pair no es eterno. —Holly dejó de sonreír e Isla se dio cuenta inmediatamente—. Eh —dijo tocándole la punta de la nariz—. No pongas esa cara. NO voy a ninguna parte hoy, ni mañana.

Holly pidió soltar al bebé, cogió rápidamente su libreta y escribió: NO TE VAS NUNCA.

Isla leyó y sé que no fue la única que sintió que su corazón se estrujaba. Era increíble que, siendo tan pequeña, hubiera aprendido a escribir rápidamente para poder expresarse. Pero también era doloroso ver hasta qué punto le generaba malestar la idea de perder a Isla.

—No me voy, Holly, no te preocupes.

Mason apretó la mandíbula y no supe si lo hizo porque le enfadó aquella declaración, cuando no era del todo cierta, o porque le generaba malestar la idea de perder a Isla. Antes de que pudiera pensar más en ello, Hunter puso una taza frente a mi cara.

—Su café, señorita.

—Mi héroe —murmuré aceptándola.

Nos sentamos a desayunar con el resto de la familia y estuvimos charlando hasta que Brielle me preguntó qué pensaba hacer ese día.

—Voy a trabajar un poco en la habitación de Noah y su decoración.

Lo dije un poco indecisa, mirando a Hunter de reojo, que apretó mi pierna por debajo de la mesa en señal de apoyo. Había decidido que, si iba a embarcarme de verdad en aquella vida, iba a aceptar todo lo que Hunter me ofrecía y eso incluía la posibilidad de decorar la habitación de nuestro hijo.

Quería empezar poco a poco: añadir algunas plantas, pequeñas piezas de decoración al apartamento para hacerlo también mío y meterme de lleno en el cuarto de nuestro hijo. Esto último me tenía obsesionada, y eso que no había dedicado tantas horas a pensar en ello.

—¿Tienes pensado cómo quieres hacerlo? —preguntó Cassidy.

—Creo que sí. Quiero mantener una base neutra en las paredes, pero añadir color en los detalles. He encontrado en internet un papel pintado precioso con animales del bosque, pero quiero mirar un poco más.

—¿Tienes fotos? —preguntó Brielle.

Aquello fue suficiente para que todas las chicas se acercaran a mí y desplazaran a Hunter de mi lado. Saqué el móvil y les mostré lo poco que había visto.

En un abrir y cerrar de ojos estaban dándome su opinión sobre el rincón lector que quería poner, el tono de mueble que les gustaba más y las cortinas que quedarían mejor. Era como tener un equipo dispuesto a iniciar cualquier proyecto a cualquier hora.

—Lo tienes bastante pensado, me encanta —dijo Delilah.

—«Bastante pensado» se queda corto —dijo Hunter—. Apenas ha empezado con este proyecto y anoche estuvo cuarenta minutos explicándome por qué una cómoda no podía estar en una pared concreta.

Lo que Hunter no contó fue que, si le hablé de eso fue porque acabamos restregándonos contra esa misma pared como animales en celo.

—Porque rompía todo el equilibrio visual —dije intentando superar el calor repentino que sentí al recordar lo que hicimos.

—Era una cómoda.

—Ese es exactamente el tipo de comentario por el que voy a hacer que no participes en ninguna decisión estética del cuarto de Noah. —Todos rieron y miré de nuevo las imágenes del móvil—. Siempre me ha encantado diseñar habitaciones infantiles —admití.

—Pues se te da genial —dijo Brielle—. Deberías dedicarte a eso.

Solté una pequeña risa incrédula.

—No sé si hay suficiente gente dispuesta a pagar solo por diseñar habitaciones infantiles.

Todos me miraron como si no entendieran qué estaba diciendo.

Me llevó un segundo, pero caí en la cuenta bastante rápido de que estaba hablando con personas que vivían en un edificio con spa y cafetería privados.

Gimnasio y un sinfín de cosas más. No eran personas vanidosas, pese a todo, pero había cosas que no entendían: por ejemplo, que no podía dedicarme solo a lo que me gustaba porque necesitaba generar más ingresos.

—Conozco como a quince personas que pagarían por contratarte —dijo Brielle—. Y eso sin pensarlo mucho.

—Yo conozco a otras tantas —dijo Delilah.

—Yo podría llenarte un año de trabajo solo con la gente que conozco —terció Cassidy, haciéndome reír.

Hunter, en cambio, me miró guiñándome un ojo.

—¿Ves? Trabajo es lo que va a sobrarte.

Bajé la mirada, ruborizada, porque a veces sentía que todo aquello era irreal. Como un sueño del que despertaría en cualquier momento. De hecho, estaba convencida de que el batacazo sería tan grande que tendría que pagarme terapia privada para poder superarlo.

Miré a mi alrededor. A Noah en brazos de Isla con Holly en su otra rodilla. A Mason pendiente de ambas, aunque estuviera fingiendo leer algo en su teléfono, a los demás discutiendo quién podía darme más clientes y a Hunter, que no apartaba sus ojos de mí.

Un mes atrás no tenía nada de eso y en aquellos instantes había tanto en mi vida por lo que debía dar gracias…

Un hijo. Un hombre increíble. Una familia que me había acogido sin dudarlo. Y ahora, con toda probabilidad, un futuro laboral que ni siquiera me había atrevido a soñar.

Por primera vez, la idea de que mi año en Nueva York terminara no me produjo ninguna sensación de alivio, sino todo lo contrario. Pensar en marcharme de allí era sentir que se me clavaba algo en el pecho hasta dejarme sangrante y malherida.

No quería irme de allí.

No quería despertarme de aquel sueño nunca.

Y la posibilidad de hacerlo me tenía completamente aterrada.