14
Hunter
Había fantaseado con volver a besar a Madison tantas veces durante las últimas semanas que, cuando por fin pude hacerlo sin miedo a que después huyera de mí durante días, descubrí que tenía un problema.
No quería parar. Me sentía incapaz.
La tenía apoyada contra la encimera de la cocina, con mis manos en su culo y las suyas alrededor de mi cuello.
—Hunter —murmuró contra mi boca.
—¿Mmm?
—Noah.
Me separé de inmediato.
—¿Ha llorado?
—Los dos nos quedamos callados, intentando oír.
—No, creo que no.
—Entonces no invoques al demonio.
Soltó una carcajada que tuve que cortar con otro beso, porque no quería que hiciera ruido y porque no quería separarme de su boca.
Madison enredó su lengua en la mía y, joder, me volví loco. Porque todo era como lo recordaba, pero al mismo tiempo todo era distinto.
La primera noche que estuvimos juntos no tuvimos que pensar demasiado. Éramos dos desconocidos que se gustaban, estaban calientes y sabían perfectamente lo que iba a ocurrir.
La segunda vez que nos besamos ya teníamos un hijo, pero también un montón de dudas por parte de ella, sobre todo, que hicieron que acabara huyendo de mí.
Ahora, en cambio, éramos libres de hacer aquello. O todo lo libre que se podía ser con un bebé durmiendo a unos metros.
Eso me recordó que Madison todavía estaba recuperándose del parto, y yo sabía demasiado bien lo que le había ocurrido a su cuerpo, así que, por muchas ganas que tuviera de desnudarla allí mismo y enterrarme en ella (y las tenía) interrumpí el beso para imponer el sentido común.
Por desgracia, a Madison no le sentó bien que parara. Tiró del pelo de mi nuca y reclamó mi boca de nuevo.
Gemí y me apreté contra ella.
—No hagas eso —murmuré.
—¿Por qué?
—Porque llevo semanas sin poder tocarte, portándome como un santo, pero me muero de ganas y cada cosa que haces me pone aún más caliente.
—¿Un santo?
—Prácticamente.
—Hace unos días me sentaste encima de tu erección sin muchos miramientos. Eso no fue muy de santo.
—Fue un accidente.
—Hunter.
—Vale, no fue un accidente.
Se rio y volvió a besarme. Mis manos descendieron por su espalda, apreté los cachetes de su trasero de nuevo, porque al parecer ahora era un tío obsesionado con esa parte de su anatomía, pero volví a detener el beso.
—Pero ¿qué pasa? —preguntó frustrada.
—Nada.
—Estás rígido. Raro. ¿Eres tú el que se arrepiente?
—Joder, no.
—¿Entonces?
Besé su frente, después su mejilla y por último sus labios.
—Tienes la revisión la semana que viene. Todavía no tienes vía libre para… para todo lo que quiero hacerte.
Madison Tardó un segundo en entender lo que le decía, pero supe el momento exacto en que lo comprendió porque sus hombros se bajaron a modo de derrota.
—Ah.
—Sí. Ah.
—Pero yo estoy bien.
—Lo sé.
—Ya no me duele prácticamente nada.
—Eso es un indicativo increíble de que todo va como debe.
—Y llevo días sin sangrar.
—Vale.
—Y…
—Madison.
—¿Qué?
—Soy ginecólogo.
—Créeme, soy consciente de eso.
—Entonces sabrá que no pienso hacer nada que pueda fastidiar tu recuperación por no ser capaz de esperar una semana. Aunque me muera de ganas.
Su expresión cambió de excitada a apenada en solo un instante.
—Vaya, eso ha sido muy generoso y responsable por tu parte.
—Gracias.
—Y muy poco sexy.
Me reí, frustrado.
—No se puede tener todo, ¿verdad? —La observé durante unos instantes, subí una mano y acaricié su mejilla, su mentón y el trozo de piel que bajaba hacia su escote. Su pulso se aceleró de inmediato y sonreí de medio lado—. Aunque… técnicamente hay bastantes cosas que sí podemos hacer.
Sus ojos se abrieron un poco.
—Ah ¿sí?
—Sí.
—¿Cómo cuáles?
—¿Quieres que te lo cuente, o prefieres que te lo enseñe?
Madison se rio, tiró de mí y volvió a acercarme a su boca. Y esta vez dejé de pensar tanto. La cogí de la cintura, la pegué a mí y la besé despacio al principio, como si todavía estuviéramos tanteando los límites de aquello que acabábamos de empezar.
Sin embargo, las prisas y las ganas se apoderaron rápido de la situación. Mordí su labio inferior y Madison gimió y tiró de mi pelo una vez más.
—Te he dicho que no hicieras eso.
—Tú a mí no me das órdenes, Hunter Rich.
Gemí, porque había algo demasiado excitante en la forma en que decía mi nombre. Joder, había algo demasiado excitante en todo lo que implicara a Madison, su boca y su cuerpo junto al mío.
La estreché aún más contra mí y la moví por todo el espacio hasta chocar con el respaldo del sofá. No fue un paseo digno, pero lo importante era que habíamos llegado.
La tumbé con cuidado y me coloqué entre sus piernas abiertas, apoyando mi erección contra su centro y volviéndome loco solo por eso.
Era extraño. Podía recordar con absoluta claridad nuestra primera noche y lo fácil que había sido desnudarla y follarla, pero ahora… ahora me preocupaba todo.
Que estuviera cómoda, que no se hiciera daño, que no estuviera demasiado cansada o que Noah no nos interrumpiera.
—Estás pensando demasiado —dijo ella acariciando mi espalda.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes arrugado el entrecejo. Justo aquí —dijo acariciando la piel entre mis cejas—. No quiero que estés preocupado.
—No lo estoy.
—Hunter.
Suspiré.
—Es solo que no quiero hacerte daño.
Su expresión se suavizó de inmediato.
—No me lo estás haciendo.
—Si algo de lo que haga te molesta…
—Te lo diré.
—Y si…
—Hunter.
—¿Qué?
—Bésame.
Aquello podía hacerlo. Obedecí, dejé que tomara la iniciativa porque de pronto no me reconocía en el hombre inseguro y nervioso que estaba siendo.
Madison me empujó ligeramente hasta que quedé apoyado contra el respaldo. Volvió a subir a horcajadas sobre mí y, esta vez, no se conformó con apretarse contra mi erección, sino que rotó las caderas volviéndome completamente loco.
—¿Puedo hacer esto, doctor? —preguntó con una sonrisa.
Gemí, porque aquello de pronto me tenía a mil.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuántas veces pienses repetirlo.
—Eso depende de cómo te portes.
Quería responder algo ácido e inteligente, de verdad, pero ella volvió a rotar las caderas y mi capacidad para mantener una conversación despareció por completo.
La deseaba tanto que me dolía físicamente. Sentía la polla palpitar de una forma que nunca antes había sentido y, pese a todo, intenté no ser brusco ni correr con ninguno de mis movimientos.
—La ropa —dije con la respiración entrecortada—. Joder, vamos a quitarnos la ropa.
Madison podría haberse reído de mí, porque sé que sonaba desesperado, pero no lo hizo.
En cambio, bajó de mi regazo y me obsequió con una especia de striptease en el que se despojó de la ropa poco a poco, mirándome a los ojos y dejándome ver su desnudez sin tapujos.
Me quedé tan absorto que, para cuando terminó, yo seguía vestido.
—¿Puedes tú solo o necesitas ayuda?
Me reí, pero mi respuesta fue quitármelo todo a tirones. Antes de hablar de nuevo, ya estaba desnudo y sentado de nuevo en el sofá, con mi polla apuntando al techo dura y expectante. La señalé con un dedo y luego a ella.
—¿Qué esperas? Ven aquí.
—¿No es demasiado arriesgado?
—Tendrás todo el control. Nada de metértela. Todo lo demás… puedes hacerlo. —Sus ojos se volvieron vidriosos y me pasé la lengua por los labios. Me agarré la base de la polla y la blandí frente a ella—. ¿Qué me dices, Madison? ¿Podrás resistir la tentación?
—Tendremos que intentarlo —murmuró con una voz tan rasgada que me puse aún más duro, si es que era posible.
Subió en mi regazo y casi me volví loco cuando separó sus labios vaginales sin ningún tipo de pudor y colocó mi polla a lo largo de su vagina, haciendo que los dos nos masturbáramos cada vez que ella movía las caderas adelante y atrás.
Joder, era el paraíso. Gemí tan fuerte la primera vez que tuvo que taparme la boca con la mano.
Se la aparté, la sujeté de la nuca y atraje su boca hacia la mía.
—Vamos, nena, haz que nos corramos así.
Esta vez fue ella la que ahogó un gemido en mi boca.
Olvidé la dulzura, la paciencia y el hecho de que aquella mujer estaba recién parida. Lo olvidé todo porque la fricción continua era enloquecedora y, cuando apretaba contra mí, sus pezones erectos se clavaban en mi pecho, haciendo que el mix fuera completo.
Madison empezó a moverse con más rapidez y recé para que eso significara que estaba a punto porque, joder, yo sí lo estaba.
Y aunque le había dicho que los dos íbamos a corrernos así, lo ideal era que ella llegara al orgasmo y yo lograra apartarme de su vagina antes de correrme, porque no podía olvidar lo increíblemente fértiles que, al parecer, éramos juntos.
Pellizqué su pezón derecho y lamí la base de su cuello, tentado de mordisquearlo y dejarle marca porque, de pronto, sentía algo primitivo e irracional que me pedía en mi interior que la marcara, que la reclamara como mía.
Me contuve a duras penas, pero mis manos fueron hacia su trasero y la insté a ir aún más rápido.
Alcanzó una velocidad tan demente que supe que los dos estábamos gimiendo en la boca del otro para intentar no hacer demasiado ruido.
En un momento determinado ella se arqueó contra mí de una forma tan perfecta que la sentí como a una maldita diosa.
Se corrió. Sé que se corrió porque era imposible fingir algo así, y en cuanto su cuerpo se relajó un poco la alcé, la senté sobre mis muslos y bombeé con mi mano un par de veces en mi polla antes de correrme sobre su vientre, llegando a salpicar incluso sus pechos.
Fue caliente, increíble y una de las cosas más eróticas que había hecho en mi vida.
Fue perfecto, sobre todo, porque se trataba de ella.
Madison apoyó su frente en la mía y restregó su nariz con la mía mientras nuestras respiraciones, aún agitadas, se entremezclaban.
—Bueno, doctor… examen superado —murmuró.
Me reí, la besé y la levanté para llevarla hasta la ducha.
—Ahora solo tenemos que averiguar de cuántas formas más podemos ser creativos antes de tu revisión.
Su risa me acompañó durante todo el camino hasta la ducha, pero supe que no se quedaría ahí.
Recordaría esa risa por el resto de mi vida, sin importar lo que ocurriera con nosotros. Porque durante ese instante, con ella desnuda, llena de mi esencia y feliz, yo fui el hombre más feliz del mundo.