¡Sorpresa! Vas a ser padre (¡Sorpresa! Los hermanos Rich se enamoran 1) 13
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Madison

Habían pasado tres días desde que Hunter me había dicho que quería estar conmigo.

Tres días con sus tres noches correspondientes.

Setenta y dos horas. Cuatro mil trescientos veinte minutos en los que mi cerebro había tenido tiempo suficiente para analizar cada una de sus palabras un millón de veces.

Intentaba sobrevivir sin que la ansiedad me consumiera, pero era complicado.

No había vuelto a evitarlo por completo, eso lo había logrado, porque desayunábamos juntos, cenábamos cuando sus horarios nos lo permitían y la noche anterior incluso habíamos visto una película en el sofá mientras Noah dormía sobre el pecho de Hunter y a mí se me caía la baba.

Pero no habíamos vuelto a besarnos.

Hunter estaba cumpliendo su palabra. Me había dicho que me daría mi espacio para pensar y estaba cumpliendo de una forma tan increíble y digna que sentía cierta envidia de su entereza.

Aquello, por raro que parezca, solo empeoraba las cosas, porque una parte muy estúpida de mí esperaba que no pudiera contenerse.

Que quisiera besarme con tantas ganas que se entregara a su deseo y me arrastrara con él.

Aunque objetivamente sabía que Hunter estaba siendo prácticamente perfecto en su comportamiento. No había nada que reprocharle.

No podía echarle en cara ni un comportamiento, por mínimo que fuera.

—¿Vas a ponerte eso?

Miré a Hunter desde el espejo de mi habitación, un poco sobresaltada por sus palabras, porque estaba tan metida en mis pensamientos que no lo había oído entrar.

—¿Qué le pasa?

—Nada. Estás preciosa.

—Entonces ¿por qué has puesto esa cara?

—¿Qué cara?

—Esa.

—¿Qué cara es esa? —preguntó con una sonrisa un tanto petulante.

Me giré para enfrentarlo. Estaba apoyado contra el marco de la puerta con Noah en brazos, vestido con un pantalón de traje oscuro y una camisa blanca que se había remangado hasta los antebrazos.

Era tan absurdamente guapo que rozaba lo patético. O tal vez la patética era yo, porque solo con verlo se me aceleraba el pulso.

—La cara que has puesto al verme —insistí.

—Solo te estaba mirando.

—Pues deja de hacerlo así.

—¿Así cómo?

—Como si intentaras ver a través de mi ropa.

Una sonrisa lenta apareció en sus labios mientras hacía un barrido visual por mi cuerpo que me dejó prácticamente temblando.

—Créeme, Madison. Recuerdo perfectamente cómo eres sin ropa, no necesito adivinarlo, te pongas lo que te pongas.

Sentí que me ardían hasta las orejas.

—Eres un idiota.

—Y tú estás preciosa.

Volví a mirarme en el espejo e hice todo lo posible por esconder la sonrisa que intentaba escaparse de mis labios.

Me había puesto un vestido oscuro bastante sencillo.

Era el primero de mi ropa anterior al embarazo que conseguía enfundarme sin sentir que alguna costura iba a saltar y asesinar a alguien.

No me quedaba igual que antes, ni de lejos.

Mis pechos eran más grandes, mi vientre seguía hinchado y mis caderas parecían diferentes, pero que hubiera entrado era un comienzo, ¿no?

—¿Estás nerviosa? —preguntó Hunter adentrándose en el dormitorio.

—¿Por qué iba a estarlo?

—Porque llevas veinte minutos aquí dentro y ya te he visto con dos pares de pendientes diferentes.

Miré la cómoda en la que iba colocando la bisutería después de cada prueba. Suspiré, pero me negué a reconocer cómo me sentía.

—Estoy bien.

—Claro. —Su tono irónico me encogió un poco.

—Es solo que… que quiero causar buena impresión.

—Ya los conoces, te adoran. No necesitas esforzarte tanto.

—Una cosa es conocerlos y otra muy diferente acudir oficialmente a una de vuestras cenas familiares mensuales.

Hunter resopló, como si hubiera dicho algo tonto, pero no me lo parecía.

Las cenas de los Rich-Montgomery eran, al parecer, el evento del mes.

Los únicos motivos para faltar eran la muerte o una catástrofe donde alguien rozara la muerte.

Esto me lo explicó Cassidy. Fue una charla brusca, pero aclaratoria a más no poder.

—Los ves prácticamente todos los días —siguió Hunter.

—Pero no todos a la vez —rebatí.

Y eso era lo que me preocupaba. Una cosa era encontrarme con Cassidy a diario, a la que empezaba a manejar con soltura.

Otra que Ryder apareciera por casa de la nada.

O coincidir con Pauline en el ascensor. O con Holly e Isla en el parque.

Pero aquella noche iba a estar todo el mundo. Todos juntos a la misma vez.

Los padres, los hermanos, los niños, las novias o novios, si es que alguien tenía… Era todo un ejército de gente guapa y rica que podría protagonizar perfectamente una serie de televisión que seguramente se ganaría a la máxima audiencia.

—Maddie, ya les caes bien. Te adoran —repitió.

Me quedé quieta, porque había algo particular en el tono de Hunter cuando me llamaba por mi nombre acortado. Algo… íntimo. Un susurro que me erizaba el vello.

Era una tontería. Mucha gente me llamaba Maddie y, sin embargo, en boca de nadie sonaba del modo en que lo hacía en boca de Hunter.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada.

—Has puesto cara rara.

—No sé de qué hablas.

Hunter frunció el ceño, pero no dijo nada. Solo estiró la mano, se atrevió a coger la mía y tiró suavemente de ella.

—Vamos, antes de que lleguemos tarde y mi madre mande una patrulla de rescate.

Cuanto más conocía a los Rich, más probable veía que algo así llegar a ocurrir de verdad.

***

La cena se celebraba en casa de los padres de Hunter, pero no siempre era así. Al parecer, cada mes se rotaba y era en una casa diferente. Así todos tenían que hacer de anfitriones en algún momento.

Me pregunté cómo sería cuando nos tocara organizarla a Hunter y a mí, pero tuve tanta ansiedad que decidí dejar eso para la Madison del futuro. Además, Hunter controlaría, como siempre. Solo tenía que dejarme llevar por él.

Subimos al ascensor y nos dirigimos a casa de mis suegros.

Bueno, no eran mis suegros realmente.

Mierda.

Precisamente por eso necesitaba decidir qué demonios hacer con Hunter. Aquella situación era rara, caótica y… estresante. Muy muy estresante.

Cuando llegamos, la puerta estaba abierta y el ruido podía escucharse desde el pasillo.

—¡Te estoy diciendo que eso no se hace así! —gritó Cassidy desde algún lugar.

—Y yo te estoy diciendo que llevo cocinando desde antes de que tú nacieras —respondió Pauline con calma.

—Eso no significa que cocines bien.

Hunter me miró.

—Hogar, dulce hogar.

Me reí, pero me cuidé mucho de recomponerme antes de que alguien me viera.

El apartamento de Pauline y George era todavía más grande que el de Hunter y, en aquel momento, parecía contener a la mitad de la población de Nueva York en su interior.

Ryder y Chase discutían frente a una botella de vino.

Declan estaba sentado en el suelo con Holly, intentando ayudarla a montar algo que parecía una construcción.

Mason hablaba con Charles Montgomery mientras Delilah le robaba comida de un plato cada vez que él apartaba la vista.

Brielle hacía fotos y Cassidy estaba en la cocina abierta con una isleta en medio, discutiendo con su madre.

Isla apareció desde el pasillo llevando unas servilletas y, en cuanto Holly la vio, dejó lo que estaba haciendo y corrió hacia ella.

Era tan natural el amor que esa niña tenía por su niñera que nadie se sorprendió por lo que hizo.

—¡Por fin! —exclamó Pauline al vernos—. Dame a ese niño, tengo mono de él.

—Hola, mamá, yo también me alegro de verte —dijo Hunter en tono irónico, haciéndome reír mientras Pauline cogía a Noah en brazos.

—Oh, cielo, no te pongas celoso. No te pega nada.

Mira qué cosita tan bonita. Eres tan perfecto, Dios mío, voy a mimarte tanto —susurraba mientras se lo llevaba con mi risa de fondo.

Porque me encantaba que mi hijo tuviera gente que lo quisiera tanto a su alrededor.

Y, sin importar lo enrevesada que fuera la situación de Hunter y mía, me alegraba muchísimo que Noah hubiera caído en una familia como aquella.

Además, después de darle a Noah a la madre de Hunter desapareció. No literalmente, pero durante la siguiente hora mi hijo pasó de unos brazos a otros como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Primero Pauline, después George. Más tarde Cassidy insistió en que debíamos fijar ya que era sería su tía favorita, pese a que Noah no tuviera capacidad de decidir eso.

Ryder le dio un biberón con leche materna que yo había llevado y Brielle consiguió hacerle unas veinte fotos, a cada cual mejor.

Incluso Chase, que parecía estar permanentemente pegado al teléfono, terminó caminando por el salón con Noah apoyado contra su hombro mientras respondía un correo.

Nadie parecía incómodo, ni me miraba mal. Ni mucho menos me hacían sentir que sobraba.

Simplemente cuidaban de mi hijo con naturalidad. Como si Noah hubiera formado parte de aquella familia durante años.

Como si yo perteneciera también a aquella familia.

—¿Estás bien? —preguntó Hunter en un momento dado, acercándose a mí.

—Sí.

—Tienes una cara rara.

—Últimamente te fijas mucho en mis caras —musité.

—Últimamente pones muchas caras raras.

Le di un pequeño golpe con el hombro y él sonrió. Tuvimos un pequeño momento de complicidad que se acabó en cuanto nos dijeron que era hora de sentarse.

Nos colocamos donde Pauline nos ordenó y fui testigo de lo rápido que aumentó el caos.

Había varias conversaciones ocurriendo al mismo tiempo.

Cassidy intentaba convencer a todos de que podía convertirse en influencer de viajes pese a que no sabía editar un video.

Chase le dijo que no invertiría ni un dólar en semejante proyecto.

Ryder aseguró que él sí lo haría si eso significaba que Cassidy pasaría seis meses fuera del país y todos rieron, o se insultaron o se dieron gritos sin que nadie se sintiera ofendido.

Fue maravilloso.

—Qué bonito es sentirse querida por la familia —respondió Cassidy a una nueva puya de sus hermanos.

—Nosotros te queremos muchísimo —dijo Declan—. Por eso queremos probar cuánto podríamos echarte de menos.

—¿Por qué nadie se mete nunca con Mason?